martes, 17 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 9.)

Una viuda, la mamá de John Charles. Se casó tardíamente, pasados los cuarenta años. El marido les había dejado una casa en Campo Valdés, pero el asunto de la sucesión era espinoso y, mientras lo resolvían, iban de un lado a otro, pasando trabajos. Era una vida inestable en lo relacionado con la vivienda. Por lo general se alojaban como cuidanderos en casas desocupadas, bien por estar en venta o porque los dueños se hallaban de viaje. En su condición de enfermera jubilada y asistente de viejos enfermos, había conocido a un sacerdote que se constituyó en una especie de benefactor para ellos. Una vez los visité en la casona de este eclesiástico, en Buenos Aires. El cura se había ido al extranjero y les dejó la casa para que la habitaran en su ausencia. De este modo precario era como pasaban John Charles y su mamá en aquella época. Unas veces moraban en viviendas lujosas, otras, en casas de tercer orden. En un tiempo cuidaron un hotel en Palacé con la Paz, en pleno centro. Era el tiempo de la violencia de los narcos, y muchos hoteles se vieron obligados a cerrar. La amenaza de las bombas y las masacres ahuyentaban a los turistas. Madre e hijo residían en el hospedaje desierto, a la vez que hacían de vigilantes. En cierta ocasión los visité en las cercanías del parque de Bostón, por la cárcel la Ladera. Habitaban en una casita pobre al lado de la cañada. Era más bien un sótano estrecho y lóbrego. Todo esto se solucionó cuando heredaron la propiedad de Campo Valdés y se establecieron allí. Era una casa de dos plantas sin revocar, con terraza. Arrendaban la primera y ocupaban la otra. En este período la mamá de John Charles era ya una anciana, una mujer adusta, con un aire de cautela originado tal vez en la constante brega con el hijo. Sus ojos acostumbraban una actitud alerta tras los gruesos y cuadrados cristales de las gafas. Su rostro y sus gestos delataban un carácter nervioso. Por estos días me crucé con ella en el centro. Venía de bañar a una ancianita que ya no podía ver por sí misma. "Mi paciente vive en esos edificios, tengo que venir a bañarla todos los días". "Entonces hay trabajo". "No crea, cada vez escasea más. Ahora no tengo sino a este paciente". Ella había despejado el aire de recelo de cuando la abordé, aun así continuaba apretando su bolso contra el pecho. Me felicitó por haberme graduado de la u hace años y se quejó de que John Charles no había podido terminar. "Está haciendo esa bendita tesis que, dicho sea de paso, nos va a arruinar. Todo es gastar y gastar dinero. Si usted viera lo que costó la pasada de ese trabajo. Es escandaloso. Ojalá que todo este lío de tesis y graduación pase pronto. Solo entonces descansaré". "Siquiera ya casi acaba". "Está en el último semestre. Realiza la práctica en una institución de niños especiales. Va los martes y los jueves. Si viera la plata que se va en pasajes". John Charles tenía dos niños. Ahora la madre no tenía que vérselas solo con él, también con la nuera y los nietos. John Charles seguía en la iglesia mormona, se había rebautizado. En esa iglesia encontró a la mujer que ahora era su esposa. Su mamá se mantuvo en su tradicional línea católica. Para John Charles esto no dejaba de ser motivo de pesadumbre. Igual podía afirmar la madre respecto a la desviación doctrinal del hijo. Ella era una mujer de arraigados principios. Recuerdo que cuando viví amancebado, me exhortó a legalizar mi situación conyugal mediante el matrimonio por la iglesia. Era una manera sutil de reprobar mi convivencia marital sin sanción religiosa. Nos despedimos. Me quedé pensando en la relación de dependencia entre John Charles y su madre. Aunque este se había casado y tenía hijos, no abandonó la casa ni la compañía maternas. Al contrario, llevó a la esposa a vivir allí. Acaso la anciana tuviera momentos en que renegaba de la esclavitud a la que la sometía ese hijo inconsciente. Había sido un cepo eterno. Quizás hasta pensara que no se las veía con un hijo, sino con un monstruo que la parasitaba y exprimía. Cuántas excentricidades le había costeado. Y ella no era una mujer rica, era una pensionada, una pobre viuda. Una anciana que debía mantener a un hijo flojo y descarado. John Charles también debía tener instantes en que abjuraba de su vida, de esa morbosa cadena pasional y de intereses que lo ligaba a su madre. ¿Anhelaría terminar la carrera e independizarse? ¿Independizarse? ¿Dejaría sola a su madre, a una mujer que solo lo tenía a él y que le había dedicado todos sus desvelos? No. Era una atadura que los acompañaría hasta que alguno de los dos finara.                     






   

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