No digo que estuve a punto de volverme mormón, de caer en las redes de John Charles: sí lo acompañé varias veces al templo en el barrio Prado centro y, la verdad, no la pasaba mal: había una personalia muy grata a los sentidos entre las hermanas de fe de mi amigo: casi consigo novia. Después del yugo de las clases y los informes escritos, uno salía de la u con ganas de cambiar de sistema de cosas, como diría un protestante. En un tiempo visité un garito en Bolívar, otras ocasiones me presentaba al ventorrillo de papas fritas de mi amigo concordiano (en Perú con el parque Bolívar): también me dejaba llevar de la labia de John Charles y del ameno recuerdo de sus hermanas de fe, cuyas largas faldas y modales recatados no lograban aquietar en mí a los lebreles del deseo. Tampoco llegué a nada con ellas, cierto. Hay en mí una reacción interior automática que neutraliza las insidias de la religión. Soy un escéptico. John Charles tenía su opinión sobre la religiosidad de los negros: flácida. La mayoría son apáticos en este sentido, prefiriendo creencias y rituales secretos, con sabor a brujería. Los acusaba de borrachos, mujeriegos, impuntuales. Además, eran unos incircuncisos redomados. John Charles tenía su cosita con los negros. Sin pizca de tacto me expresaba ideas en que delataba sus prejuicios raciales. Yo no sabía a veces qué pensar sobre el montón de disparates que llenaban la cabeza de John Charles. Me parecía que el gangoso murmullo de su voz y esa morbosa fruición al hablar me acompañarían por el resto de mi vida. Era un tipo que no se medía, cuyo ego no poseía un polo a tierra. En muchos aspectos, era como si se elevara por encima del bien y el mal. Mis padres nunca se preocuparon por trasmitirme un credo. Crecimos en los formalismos de la fe católica. Por mi parte, me desprendí de ellos muy pronto. Cuando mis hijos nacieron, zanjé el asunto por lo sano: hice lo mismo que mis padres hicieron conmigo. A resultas de todo esto ( y es algo que agradezco) mis hijos son muy fríos en cuestiones de fe. No van a misa ni se congregan en templos. No militan. Su religión es la mía: una tranquila indiferencia. John Charles debía estimarme bastante: haciendo aparte su desagrado de los negros y sus reparos confesionales: me consideraba su amigo. También es verdad que se lucraba bastante de mi amistad ("¿me ayudas con el trabajo de literatura latinoamericana?"). Siempre me ha interesado (como fenómeno de análisis) esta faceta utilitarista de algunas personas. No les gustan los negros, pero no tienen muchos escrúpulos en alternar con ellos, desde que saquen alguna ventaja. Tengo amigos que me han dicho en la cara: "No me trago a los negros, solo a usted". Soy de un aguante ejemplar: esto bastaría para no volverles a hablar a los susodichos. Mi vida ha sido una escuela en el arte de soportar desaires en este sentido. Esto me ha convertido en filósofo. Así, por paradójico que parezca, tengo amigos del alma que no quieren a los negros, pero que ante mí parecieran olvidarse de mi piel. Es muy extraño. A mí todo esto me entra en reversa. John Charles es uno de estos tipos. Celebraba mi fisonomía, echaba flores a mi intelecto, pero no le gustaban los negros. Tras acompañar a John Charles al templo mormón y escuchar su sartal de excentricidades, me despedía de él. Descendía entre las señoriales casonas y asociaba al lujo con cierta forma de depravación humana. Los sistemas de todo tipo (religión, filosofía, ciencia) son como filigranas del pensamiento, bellas arquitecturas lógicas. Me dirigía a coger el bus y seguía escuchando en mi mente el gangoso palabrerío de John Charles: me preguntaba cómo se había dejado atrapar en los tentáculos de Mormón. Siempre he creído que la religión es una debilidad del ser, más que una fortaleza. Una persona pensante no tiene por qué dejarse modelar de esa manera. ¿Tendrá que ver, como en la percepción del espectro cromático, con alguna longitud de onda? Por estos días he estado pensando en las radiaciones electromagnéticas.
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