Visité por segunda vez a John Charles. Pensaba mudarme de casa y mi amigo se ofreció a alquilarme una habitación. Nos encontramos cerca de la u y fuimos caminando hasta su casa. John Charles mostraba una figura desvaída. Venía de la práctica, el cansancio lo abrumaba. Traía colgado al hombro su raído morral. En la mano, un sobre de manila con la tesis pasada a computador. Su semblante se despejó un poco al hablar de su inminente graduación. "Tantos años en la u, qué karma. Qué bueno trabajar. Pienso regar hojas de vida. ¿No le importaría llevar una a su colegio?" "En absoluto, con gusto". "Todos los colegios deberían tener un trabajador social, ¿no?" "Así es". "¿Cree que me colocaría fácil?" "Tal vez". "Cambiaría mi indumentaria. Vestiría formal, como usted. Le luce ese estilo, ¿sabe? Aunque nunca fue desorganizado al vestir, ahora se ve serio, como todo un profesor. En cambio, mire mis prendas". John Charles traía un bluyín descolorido, con atrevidos adornos de rotos y desgarrones, obedeciendo a una moda de juvenil desafío que chillaba con su edad y su carácter. Calzaba tenis usados y no muy limpios. Su atuendo lo completaba una camiseta gris en el color, el precio y la atmósfera. "También yo tengo trajes solemnes. Me los pongo cuando voy a la iglesia. Para la u no requiero más que estos trapos. ¿Quiere echarle una ojeada a la tesis? Me interesa su opinión". Accedí, hojeé el trabajo, revisé la portada. "Le falta el título", dije, alarmado. "Sí, no es necesario". "¿Que no es necesario? Es fundamental". "No opino lo mismo". Me irritó la intransigencia de John Charles. Me alcé de hombros y le devolví el trabajo, formándome un mal concepto de la tesis. Si acusaba tales defectos de forma, cuántos serían los de fondo. Esta negligencia me entristeció y redondeó la imagen de John Charles como un estudiante mediocre. Conforme avanzábamos debía acomodar mis pasos a los lentos y trabajosos de mi amigo. Adicionalmente, el trayecto se hizo largo por la facundia de John Charles quien gozaba, hedonista, de la conversación, sobre todo escuchándose a sí mismo. Así arribamos a la modesta vivienda de dos pisos. John Charles abrió la puerta y empujó hacia adentro. "Siga". Entré y ascendí la tosca escalera de cemento que llevaba al segundo piso. Después del recodo había cuatro escalones más, y, luego, una reja. Me detuve frente a esta. Un perro de oscuro pelaje y volumen macizo, alertado por el ruido de los que llegábamos, se removía inquieto contra las barras metálicas. Reconocí a Lola, la mascota de la casa. No ladró. Solo brincaba y agitaba la cola. John Charles cerró la puerta e inició a su vez el ascenso de la escalera. Sus movimientos eran despaciosos, agobiados. Intimidado, aguardé en el escalón inmediato a la reja. A través de esta vi venir a dos niños que, imitando a Lola, se agolparon en la cancela. El piso de la sala mostraba un extraordinario disturbio de juguetes infantiles. Me sentí abrumado. No eran solo los muñecos, las pelotas y los aros quienes me producían repulsa. No soy un maniático del orden, pero me agrada que las cosas estén en su punto. Sin embargo, ¿qué otro lugar distinto al piso legitiman en una casa los juguetes de los niños? Acaso yo fuera quisquilloso. Aun así no pude dejar de advertir que la vivienda de John Charles presentaba tal aspecto de desidia, que pareciera que no la arreglaban en varios días. No podía achacarse el trastorno a la alborotadora rutina de los pequeños, sino al descuido y la flojera de los adultos. Me causó mala espina observar tanta incuria. El aire de la casa estaba saturado de orines de niño y de vaharadas de ropa húmeda. Sofocaba. Por otra parte, me pareció que la perra trasudaba un olor de suciedad. La criatura más pequeña estaba ensopada de caquita. La mamá de John Charles también se agolpó en la reja. John Charles se me unió en lo alto de la escalera. El televisor estaba encendido en la sala, y su ruido hería. La afabilidad del niño mayor, su tez clara, sus ojos alegres, mitigaron en mí el efecto desolador del desorden casero. Animado por la presencia protectora de la familia, oculté mi miedo a Lola y abrí la cancela. Lola no me mordió: me olfateó y restregó sus flancos contra mí. Esos contactos me transmitían la idea de una formidable potencia contenida en el cuerpo del cuadrúpedo. Experimenté un temor supersticioso. John Charles vino a mi zaga, cerrando la reja. Entendí la utilidad de ese enrejado en una casa donde había niños revoltosos. La mamá de John Charles se frotaba las manos en el delantal. Toda ella manaba una brisita de vapores culinarios. Su fija mirada, aprensiva al comienzo, ahora expresaba gentileza y mesura. Me saludó con afabilidad. "Marcos vino a mirar la pieza", dijo John Charles. "Así es". Nos sentamos en sillas de las cuales hubo que apartar objetos importunos. Noté que el rostro de la anciana cobraba una actitud ansiosa.Los niños se aquietaron ante la hipnosis de la pantalla. "Disculpe este desorden", se excusó la madre. Su pudor era sincero. "Suelte el bolso". Deposité el maletín en una silla. El intenso olor seguía mordiéndome la nariz. Era una mezcla turbia de vapores de alimentos hervidos, lavadas prendas de enfermo, cuerpos ácidos, tufo de medicamentos. Recordé ese olor. Era el de la casa de un compañero del colegio que vivía reducido a una silla de ruedas: Pedro. Siempre que visitaba a Pedro era fustigado por una ingrata vaharada, proveniente de la lavadora manduqueando ropa con sus aspas mecánicas, y de la olla a presión resoplando y manando olor a caldo. Recordé a la mamá de Pedro, ojizarca, añosa, desconfiada. Recordé a Pedro, su atormentada mímica, sus oleadas de pesimismo, las emanaciones ácidas de su cuerpo debilitado por varias cirugías. Le aquejaba un infección urinaria. El olor de la casa de John Charles era el del cuerpo de Pedro. Era una exhalación mordiente, entontecedora. Sentí alivio cuando John Charles me invitó unos instantes al balcón. Nos sentamos. Allí era menos opresivo el olor. Me cohibí de preguntarle a mi amigo qué era. No me pareció prudente. Más sabiendo que John Charles expelía un olorcillo mordicante, como si se tirara peditos quedos y fétidos. Un rato más tarde todos estábamos ante el televisor, cautivados por una película. De pronto, interceptando mi mirada a la criatura menor y analizando él mismo el caso, John Charles declaró: "madre, la niña se poposeó". Contrariada, la anciana miró a la niña. Luego se puso de pie: "voy a limpiarla". Cargó a la bebé y desapareció en el trasfondo de la vivienda. Regresó al cabo de unos minutos. La niña exhalaba un fresco aroma de aceites y jabones. Manipulaba un juguete. John Charles y yo seguimos viendo la película. La señora dijo al hijo: "¿por qué no sube a la plancha y muestra la pieza a Marcos? La pieza no tiene luz eléctrica. Es mejor que vayan ya". Su voz sonó firme, vigorosa, sin dejar de ser amable. "Está bien, Marcos, acompáñame. Mi madre tiene razón. Ya está oscureciendo".
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