jueves, 19 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 10.)

La primera vez que los visité en la casa de Campo Valdés, la mamá de John Charles me dijo: "lo veo desmejorado". La voz de la anciana sonó desabrida. También yo la vi añosa, blandita. A pesar de conservarse robusta, su cabello gris aparecía marchito. En veces, me sorprendía pensando en ella, tratando de definir la naturaleza de su mímica facial. Era un aire remoto y aprensivo a la vez. Sí, eso era. Eran signos exteriores engañosos, lo sabía. Con la gente de sus afectos ella solía ser muy cálida. Lo era conmigo. "Tiene razón. Estuve enfermo. El médico dice que es agotamiento, por exceso de actividad. Trabajo de profesor. Leo mucho". "Está flaco". "Así es". "Cuídese. ¿Sí se alimenta bien?" Recordé las palabras de mi padre al verme tan acabado físicamente. Como en ese tiempo yo me había ido de la casa y vivía con una mujer, él me previno contra el abuso del sexo, que la cogiera suave. Que visitara a la familia más a menudo y me tomara las benditas sopas de mi madre, así me restablecería. Sentí a la mamá de John Charles contenta en la posesión y el disfrute de la casa propia. "Mi sueño es tener una casa donde reposar", decía afligida en las épocas más duras del rodar de un lado a otro. Aunque los reveses de la vida en ocasiones enfurruñaban su rostro, solía mostrar salidas simpáticas, actitudes risueñas. Sorprendía ver lo jocosa que llegaba a ser. Al fin casa propia. Cuántos años rodando de una casa a otra, pagando alquiler o beneficiándose de la caridad de algún pariente o amigo. Qué de trasteos y trabajos. Reparé la humilde casa. Los muebles eran antiguos, endebles, gastados, tristes. Los muros estaban recién revocados, sin pintar. Era un lugar largo, estrecho, donde se respiraba un aire de digna y sobria pobreza. La señora no se paró de su asiento. Fui yo quien me senté junto a ella. Comenzamos a hablar, ella indagando siempre, sin necesidad de interrumpir mucho su oficio de costura. Vi debilitados sus ojos, la mirada severa tras las gafas. "Me dice John Charles que usted trabaja en un colegio confesional, ¿se volvió evangélico?" "No. Por tradición familiar soy católico. Pero más bien tibio". "Hay que ser fieles a la tradición", dijo. Y a renglón seguido recriminó la adhesión de su hijo a la iglesia mormona, cosa que ella detestaba, sin contar con la energía necesaria para oponerse abiertamente. John Charles se hizo el desentendido. Era una relación extraña la de la madre y el hijo. La señora desaprobaba ciertas ideas del hijo, pero no se lanzaba a una lucha frontal contra este. A un descuido de John Charles, a solapa, me susurraba las censurables actuaciones de aquél. Me pregunté qué especie de chantaje sujetaba a la anciana a las exigencias del John Charles. Sabía que mi amigo era capaz de una cosa así. Veía con desagrado cómo ella le servía la comida como si se tratara de un huésped severo y descontentadizo, y cómo el semblante de John Charles aparecía casi altivo, insensible a los usos de sirvienta de su madre. ¿Tal vez amenazaba con dejarla? Sí, era una convivencia ambivalente. Aunque el hijo era abusivo con la madre, solía hablar de esta en términos elogiosos: "Estoy orgulloso de mi madre. Es una experta culinaria. Sabe tejer, hacer medias, zurce. Hace años participó en un concurso del buñuelo más grande y ganó. Mi madre es lo máximo. Trabaja doce horas al día, de siete a siete, cuidando a una anciana enferma". La señora confirmó las palabras de John Charles, y agregó: "También fui profesora de baile en un salón llamado Danubio Azul. Hace tiempos". Me pareció tan hermoso cuando la escuché decir eso. Casi rompo en lágrimas. Almorcé allí. No había nadie más en la casa. La esposa y el hijo de John Charles estaban fuera. Aquella, trabajando; el chico, en la escuela. John Charles se envaneció ante mí contándome que el niño fue circuncidado a los tres días de nacer. Luego, con un desparpajo que su madre reprobó, me pidió que le transcribiera a máquina una carta dirigida a la directora de la guardería, donde le solicitaba el favor de no privar del cupo al niño. El pequeñuelo estaba matriculado en la escuela del barrio, en la jornada de la tarde. En la mañana los padres lo llevaban al parvulario, porque sus ocupaciones les impedían cuidarlo. La madre de John Charles tampoco contaba con tiempo disponible para fungir de abuelita que cuida a los nietos. En cualquier momento la llamaban a atender un enfermo. Lola era otro miembro de la familia. Se trataba de una perra de negro pelaje, a la cual John Charles llamaba pastor no sé qué. Era un animal tan desordenado que debía castigársele encerrándolo en la terraza. Tuve la oportunidad de verlo y soportar sus olisqueos cuando John Charles me invitó a subir a la plancha, donde únicamente se veían dos toscas piezas repletas de los cachivaches más diversos. Mi amigo me señaló el lugar en el que, en un futuro hipotético, irían un baño y el dormitorio del niño. La azotea mostraba una cara abandonada, fea. Lola era el único elemento vital, aunque un tanto lúgubre, en aquel sitio. Qué mascota se habían conseguido. Lola no dejaba de seguirme, olfatéandome todo el tiempo. Tenía grande fuerza y su cuerpo, al atravesarse, me hacía trastabillar. Como John Charles no se preocupaba por contenerlo, lo intenté yo mismo. En vano. Qué ímpetu de animal. En el mirador de la plancha, con una gran panorámica de Medellín ante nuestros ojos, conversamos: "¿Qué tal el matrimonio?" "Bien". "¿Cuándo piensa encargar otro vástago?" "Pronto. Estamos en esas". "Si mal no recuerdo, su esposa también es mormona, ¿cierto?" "Sí. ¿Recuerda que no asistió a mi boda por más que lo invité? Me hubiese gustado que estuviese, Marcos . Sí, ella es más entusiasta que yo. Todos aquí somos mormones, menos mi mamá". "¿En qué trabaja su esposa?" "En unas confecciones. Me tiene afiliado a la caja de compensación familiar. Esto se lo agradezco. Así puedo usufructuar la biblioteca. Presto muchos libros. Literatura de circuncidados". Descendimos al segundo piso. Me despedí de la mamá de John Charles, olvidando su nombre súbitamente. La anciana me reiteró la recomendación de que me cuidara, pues me veía muy flaco. ¿Le haría caso? Yo era más bien un tipo renegado. Recordé cómo John Charles me insistió que asistiera a su boda y, luego, cómo su mamá me pidió que no olvidara participarles mi grado, cómo se sentiría agraviada si no lo hacía. Al final omití ambas cosas. Qué bestia.              

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