viernes, 10 de junio de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 12.)

Nos levantamos. Cojeando, John Charles avanzó en vanguardia hacia la escalera que conducía a la plancha. Cada impulso de su cuerpo provocaba una serie de temblores desacordados. Presentaba leve joroba. Aunque iba adquiriendo la sapiencia vital de un filósofo, los años habían desmejorado y avejentado su cuerpo. Al menos esta fue la impresión que tuve al seguirlo escaleras arriba. "Voy con ustedes. Niños, espérenme aquí. Leonardo, cuida de tu hermanita Laura mientras yo bajo", dijo la mamá. Y cerró la marcha. Lola no estimó necesario que se le extendiese una invitación para unirse a nosotros. Las escalas desembocaban frente a una pieza en obra negra atestada de cachivaches. Se levantaba allí un fuerte olor de excrementos perrunos. Las emanaciones eran perturbadoras. Las paredes de la habitación no tenían revoque, el piso no tenía losa. Una teja plástica caía en rampa hasta el lado opuesto, sobre la escalera por la que acabábamos de subir. "Queda un restico de claridad", señaló la señora. "La necesaria para que Marcos observe el cuarto", dijo John Charles. Nos acercamos a la pieza. Entre los objetos vetustos mis ojos descubrieron la polvorienta tabla de un aviso que publicitaba el oficio de la madre de mi amigo. "¿Qué es esto?", pregunté, levantando la tabla, examinándola unos instantes y volviéndola a su lugar. El anuncio rezaba: "Inyectología. Servicio a domicilio". "Es mi publicidad. No hace más que rodar de un lado a otro", explicó la mujer, con una hilacha de melancolía en la voz. "¿Por qué no la fija en la fachada?" "No es necesario. He vivido por aquí toda la vida. La gente sabe a qué me dedico". "¿Qué tal el trabajo?" "Soy jubilada, usted lo sabe. Todavía me llaman una que otra vez para cuidar enfermos". El tema languideció por su propia inocuidad. Tras un silencio, con suma reserva, John Charles dijo: "esta es la pieza. No sé si es lo que anda buscando. En caso de que se decidiera a alquilarla, habría que ponerle la puerta y la ventana, y sacar este montón de cacharros. Y por supuesto, poner luz eléctrica. Mi esposa se la instalaría. Ella instaló la del apartamentico que ve allí. Volví a sentir deseos de conocer a la esposa de John Charles, como aquella vez en que acompañé a mi amigo a la escuelita y saludamos a Leonardo y vi el hermoso hoyuelo en el mentón del niño. Qué mujer emprendedora. Me pareció que malbarataba sus capacidades trabajando en confecciones. Me reí bonachón de mi flagrante nulidad en las lides de electricista. En un extremo de la plancha había una pequeña vivienda tosca. En el patiecito externo, cuerdas con ropa puesta a secar. El otro lado de la plancha se veía despejado. "¿Qué opina de la habitación?", preguntó la anciana, sin disimular su ansiedad. "¿Le gusta? Habría que librarla de estos trebejos", se apresuró a recalcar. Yo dirigía concienzudas miradas al cuarto. Mi semblante aparecía reticente. "¿Me dice que podría utilizar el baño y el teléfono de ustedes, dada la confianza que nos une?" "Sí, uno no puede arrendarle una pieza a cualquiera. Con usted es distinto. Sabemos que es una persona responsable". dijo ella. Estaba indeciso. El cuarto me desagradó profundamente. Trataba de no manifestarlo, de conducirme con delicadeza. La noche se iba espesando, y los tres permanecíamos ante el vano. En derredor, pizpireta, Medellín se iluminaba. Detrás de los cristales de las gafas los ojos de John Charles tenían un aire grave y un tanto calculador. Dejaba que su madre hablara. Solo de vez en cuando añadía un detalle o hilvanaba una pregunta. La atmósfera se colmó de tensión y expectativa. De pronto, la figura de John Charles se fue opacando, mientras que la de la madre destacaba los aspectos esenciales del carácter. Ella apuntó: "son tantas las mejoras que hay que hacerle a esto. Todo es dinero. Si usted viera el platal que nos costó techar esta pieza. ¿Cómo la ve?" "No sé..." El mohín anhelante se acentuó en los rostros de la madre y el hijo, los cuales tomaron una expresión atormentada. Algo confundida, ella dijo: "hablando en plata blanca, con un anticipo que usted nos diera haríamos unas reparaciones a la pieza, empezando por ponerle puerta y ventana. Incluso podríamos improvisar una cocineta aquí, en este rinconcito, luego de techarlo convenientemente. En realidad, estamos muy estrechos de dinero. Esa carrera de John Charles nos ha exprimido. Usted ya está trabajando. Empezaron en la misma época, ¿verdad? Esas culequeras de mi hijo, los cambios de programa. No hay bolsillo que resista. Necesitamos más ingresos. Nuestro deseo es ir mejorando todo esto. Vea la escalera, ¿no necesita una barandilla? Así evitaríamos accidentes a los niños". John Charles se acorazó en un silencio sombrío. Parecía abatido. La anciana tenía un deje menesteroso en la voz, desesperación en la mirada. Me removí, incómodo. La madre me miraba con ojos penetrantes. Dijo: "cada día todo sube más. Sube la comida, sube el transporte, suben los servicios, pero los arriendos los reajustan una miseria". Su acento se hizo quejumbroso; su rostro, duro. John Charles seguía abstraído. Era imposible no discernir la hiel de reproche en las palabras de la madre. El hijo había sido un fardo pesado toda la vida. En lo que a mí respecta, ya había oído varias veces esas reprensiones amargas. En tales casos salían a flote las tiranteces entre ellos. "No es lo que necesita, ¿cierto?", dijo John Charles, saliendo de su abstracción, siempre con el grave aire de cálculo. Añadió: "mire, el apartamentico del extremo se lo alquilamos hace un mes a una pareja con dos niñas. Tiene dos cuartos, salita, cocineta, baño. Pagan una nonada. Si me hubiera hablado antes. Se acomoda perfectamente a sus deseos". En la voz de John Charles se demoraba una sombrita de pesadumbre. Yo seguía indeciso. Miraba el interior del cuarto con su montón de desechos, con su aire deprimente, con sus ladrillos desnudos, y sentía un gran descontento. El implorante desvalimiento de las caras de mis anfitriones lograba inquietarme. Sentí el imperativo ético de ser claro. "Quería formarme una idea. Bien. Me parece que el cuarto está muy angosto. Busco algo más amplio. Necesito un espacio que me brinde cierta independencia. ¿Comprende? Miraré otras alternativas. Si no encuentro nada mejor, me quedaré con la pieza". Parecía imposible no encontrar nada mejor. El aire se preñó de omisiones, de un silencio incómodo, de leve tristeza. Lola aparecía y desaparecía como un oscuro poder impetuoso, callado y enigmático. El vaho de caca de perro mordía la nariz. La noche se tupía.         

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