El Carnudo te apodaba Tarzán Amargado, por el constante marco de referencia del monte, por tu figura clara y acuerpada, por cierta brusqueza en tus ademanes. Siempre he pensado que el Carnudo tiene un don especial para los apodos, amén de una pícara fluidez para narrar. También te decía Hemingway, por tu afición a las armas y a la cacería. Sí, maestro, tenías un no sé qué de cerril, un temperamento contrario a las sofisticaciones de la cultura. Vivías de un modo simple, apenas con las comodidades necesarias, desprendido de un sartal de convenciones. Dejaste a tu mujer y a tus hijos y te fuiste de colono a Urabá. Parecían no asustarte los reproches sociales, la aspereza del clima, la soledad, las privaciones. Yo conozco algo de Urabá. Nací allí. Me crié en el interior. Después volví, siendo un muchacho. Urabá hace parte del escenario de mis ficciones. De alguna forma, esto me hermanó contigo. Recuerdo que una o dos veces, en mis comienzos en el Taller, te visité en tu casa de Buenos Aires. Era el hogar de tu mujer y tus hijos. Quedaba en una hilera de viviendas frente a un parquecito. Era un sitio muy chusco. Vivías con holgura. Yo debí ir allí tal vez por algún libro. No eras de los que programa reuniones en su casa, de los que invita a amigos a expansiones sibaritas y esas cosas. Después te separaste de tu mujer, te agenciaste a una joven. Y más tarde te radicaste en Manrique. Te nació un hijito. Siempre me acordé de esa casa de Buenos Aires. Algunas veces, yendo a jugar fútbol en ese sector de la ciudad, pasaba por ahí, en el bus, frente al parquecito, y miraba la casa. Miraflores, creo que así se llama ese sitio al que yo iba a desfogarme con el balompié. Ahí vive o vivió Estévez, me decía al pasar frente al parquecito. Me preguntaba si tus hijos entendían tus búsquedas de viejo, cuántos de ellos cerraron filas en torno tuyo, cuáles apoyaron a la madre. ¿Cómo es que habías roto con tu esposa? La vida con ella ya era un infierno. El corazón se desvivía por las jóvenes, por los cuerpos hermosos. ¿Y la censura social? No te importaba. Mandabas al carajo las imposiciones morales, el qué dirán. También me preguntaba si alguno de tus hijos indulgentes accedió a conocer a tu nueva mujer, a la rival de la madre. Me preguntaba cosas de tu historia. Nunca nos hablabas de tu preparación académica, porque no la tenías, sencillamente. En gran parte, fuiste un autodidacta. ¡Y cómo te encumbraste en el pensamiento gracias a la lectura! Y, a rachas, me llegaban tus enseñanzas. Que un cuento es un sector de historia en el que hay que vigorizar la “columna vertebral”, que todo gire en torno a ese eje; no ser tan exuberante, caracterizar las cosas con una pincelada; fijarse hasta en el mínimo detalle; no atiborrar la prosa de lugares comunes; que es preciso hacer “amarres”, y que sueles hacerlos una vez acabado el texto. En esencia un “amarre” es una consecuencia lógica entre dos acciones. Que hay que corregir minuciosamente. Hablas de tres tipos de correcciones, que aplicas a una narración, la de quitar, la de agregar y la de revisar frase por frase. Que hay que estar alerta con el entorno, como otro Argos. Que al explorar la historia hay que escribir de todo lo que se presente a los sentidos. Si se entra a un salón de billares, por ejemplo, fijarse en las voces que estallan aquí y allá, cómo fluctúan, los matices que tienen; los jugadores con sus tacos, cómo entizan, lo que hablan; la comparsa de la que toda acción humana, por lo general, va unida. Todo es proclive de escribirse. Los clientes del lugar, sentados o de pie, que toman gaseosa o tinto, otros orinando; el vendedor de cigarrillos que entra y ofrece o que simplemente está recostado a una mesa de billar, mirando con desgana a los jugadores de más allá. El entrechoque incesante de botellas, pocillos, cucharas y el sordo golpeteo de las bolas rodando sobre el verde tapete. El sonido de los ficheros, de las monedas. Una cajetilla de cigarrillos, vacía, volcada debajo de una mesa. El tibio aroma de café esparcido en el ámbito y el gorgoteo del agua en el orinal. La calle y lo que pasa allí, los pregones, los ruidos, si es que los hay. El olor a maní confitado. El lotero que entra ofreciendo el número ganador, repitiendo por enésima vez el gastado truco del billete que se le cae al chocar por accidente a una persona.
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