Seguro que fue para escribir “Violeta” que entrevistaste a unos travestis. Necesitabas saber cómo piensa un ser así, qué vivencias le ocurren. Recuerdo que nos leíste este cuento en el Taller, pidiéndonos la opinión. ¿Qué podía yo decir sobre esa historia? Se trata de un marica que acaba teniendo sexo con un perro. “Miserablemente hermoso”, creo que fue lo que dije. Era el tiempo en que me había ganado tu confianza, en que apreciabas mi opinión y me exhortabas para que la expresara en medio de la clase. Seguro que ya habías escrito en tu agenda algunas palabras elogiosas sobre mí, tal vez pensando que en mí, como en muchos otros a lo largo de la historia del Taller, la semilla había fructificado. Algunas veces me telefoneabas a la casa y si yo no estaba, me dejabas la razón con mi madre o mi hermana. Cierto día me llamaste para preguntarme por mi reiterada ausencia a la sesión, qué pasaba. Y yo respondía como un buen hijo a esos tiernos jalones de oreja, y me daba una vuelta por el Taller. Pero la verdad es que ya estaba harto. En tus llamadas sentía un asomo de amistad. Es que eran muchos días de brega, de perseguir el ideal, de soportar tus ríspidas correcciones, de volver sobre la senda, comenzar de nuevo, halando el cabo de un relato, rompiendo lo escrito y sentarse otra vez ante la página en blanco. Un día me regalaste una agenda, “para que no escriba más en esos cuadernos deleznables”. Después me prestabas libros, uno o dos cada vez, y solo reanudabas el crédito cuando te devolvía los de turno. Nunca te fallé en ese aspecto, la consideración y el respeto sobre todo. Comenzaba a fallarte en otro asunto, no en quedarme con uno de los libros que me prestabas. Era aún más terrible. Comenzaba a fallarte en la lealtad, esto es, comenzaba a traicionarte. Fue hasta irónico, porque mientras más me honrabas con tu confianza y aprecio, menos acataba tus postulados con respecto a la escritura. Acaso advirtieras mi incomodidad. Al cabo de varios semestres había descubierto inconsistencias en el culto a la técnica, en el Decálogo del escritor, en los “amarres” y las “extrapolaciones”. La literatura me sabía a otra cosa, a algo más suelto y desenfadado, lejos del rigor y el tormento. Te dabas cuenta de que ya no era de los tuyos, de que no te seguía a ciegas, de que había escogido mi propio camino. Eso te gustó. Y lo trataste en una sesión, avalando mis ideas ante los demás. Lo que yo sustentaba es que la digresión también es válida, que la literatura no puede ser un estrecho corsé, una receta. Hay que escribir sin sentirse atado a tantas prescripciones. Soltarse y punto, como en una catarsis. Esto es lo que yo exponía. Que la imaginación es la fuente, que escribir es una aventura, que no sabemos a dónde va a llevarnos la palabra que soltamos. Que es como una invocación, como un ritual chamánico. Quizás por eso me tomaste más cariño. Porque ahora hablábamos como iguales. Porque no me daba miedo declarar una opinión contraria. No necesitabas un coro de aduladores. Te gusto mi sinceridad. Una sinceridad que en nada se peleaba con la realidad: éramos, simplemente, dos estilos distintos. Y eso quedó claro. Entonces podíamos seguir siendo amigos, desde la caballerosa y digna altura del buen criterio.
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