En otro sueño conversaba con
Estévez, el viejo maestro. La voz añeja, la entonación paternal, el discurso
exacto y sentencioso. Amonestaba a Marcos sobre cierto cariz de su formación
intelectual, algo sobre el marxismo-leninismo. Marcos se mostraba reacio a los
consejos del maestro, afirmaba su postura, le pedía que lo dejara experimentar
su propio camino. Era un sueño extraño, al menos en la temática. En la vigilia,
el maestro jamás expresó adhesión a las ideas socialistas. Quizás era del mismo
parecer de Natalia, la profesora de la u, que lanzaba denuestos contra el
régimen comunista de la Unión Soviética. Marcos, en cambio, simpatizaba con
esas ideas. Obvio, rechazaba la represión estatal, la censura del pensamiento,
las persecuciones, las purgas. Pero amaba el cuadro romántico de la comunidad
socialista, la propiedad en común, el trabajo colectivo. No creía que el camino
del socialismo tuviese que llegar al brazo de hierro, al gulag. Se inclinaba
por una imagen creativa y humana. Era quizás de todo esto de lo que platicaba
con Estévez en el sueño. No veía la figura del maestro, solo escuchaba su voz.
Era como si hablara desde detrás de un telón, como si desde allí observara la
malacrianza de Marcos, tratando de corregirlo.
A Marcos le inquietaba esta
apatía política de Estévez. No es que él, Marcos, se enfrascara en el tema, no,
pero tenía sus simpatías por la izquierda. Tampoco escuchó jamás una mención a
Estévez sobre el ajedrez, práctica que a él lo entusiasmaba. Ni en la vigilia
ni en sus ficciones Estévez había demostrado gusto por el deporte ciencia.
Quizás nunca le llamara la atención. En cambio, era un apasionado de la física
cuántica y la matemática. También era un apasionado de la Historia. Tenía en su
biblioteca, completa, la Enciclopedia de la Historia de la Civilización, de
Will Durant. Con el tiempo y el aumento de la confianza, esta obra acreció el
nexo entre maestro y alumno, pues Estévez se la fue prestando a Marcos tomo por
tomo. Estévez apuntaba el dato en una agenda, para asegurarse de que la
información sobre el deudor del volumen no se le perdiera en los tremedales de
la memoria. Era el tiempo en que Marcos se había alejado del Taller, convencido
de que Estévez ya le había aportado bastante. Ya había escuchado hasta el
hastío de labios de este lo que es un personaje, un sector de historia, un
suceso, un hecho. Había trabajado a conciencia las tareas que el maestro dejaba
sobre esos temas, desglosando los contenidos, afianzándolos a medida que los
ponía en práctica, yendo de lo simple a lo complejo, de lo fragmentario e
inacabado a la totalidad. Era así como había pergeñado esbozos de cuentos y
relatos completos, que luego leía en la sesión, sujetándose a la crítica severa
de Estévez. Comenzó a darse cuenta de que iba por buen camino, cuando los
elogios de Estévez comenzaron a menudear. En cierta ocasión, luego de que
Marcos leyera su escrito, exclamó: “aprendan, aprendan”, dirigiéndole a
continuación estas palabras: “muy bien, joven, se nota que está trabajando como
de se debe”. Eran los triunfos esperados, tras los malos ratos y la madera sin
compasión recibidos al comienzo. Cometía dislates de tal magnitud, que ponía al
personaje yendo por un caminito polvoriento en un aparte donde hablaba de la
lluvia. Pero se había propuesto estar ahí, no soltar, llegar. Una clase de
Estévez las más de las veces se iba en la disertación magisterial, por lo común
sobre un tema suelto o traído al acaso, porque el profesor no estilaba un rigor
teórico ni una metodología estructurada. Aquello era un conversatorio, donde se
ventilaban conceptos enmarcados en el tópico general de la narrativa. La sesión
se le iba a Marcos en tomar notas y en escuchar las ocasionales intervenciones
de los talleristas. Tomaba escasas notas, relacionadas, especialmente, con el
léxico nuevo: gazapo (conejo joven), otero (de otear, altozano), soto (claro en
un bosque). Esta última palabra le gustaba bastante a Marcos.
Estévez enseñaba la precisión en
el uso de las palabras. Hay que pesar bien los vocablos. Valerse del
diccionario, no librarse a la suposición ni a la costumbre. Esto es, ser
riguroso con el lenguaje, constatar el significado de los términos. Cuántas
veces empleamos mal una palabra, apoyados en la nefasta autoridad de la
tradición, sin tomarnos la tarea de comprobar. Un ejemplo, el término “tenaz”,
que la mayoría de las personas emplea mal. De cualquier cosa decimos que es
“tenaz”, queriendo significar que es admirable, digno de elogio, en fin. Sin
embargo, “tenaz” es lo que porfía, lo que persiste, lo que se arraiga. Aplicado
a una persona, este adjetivo tiene el mismo valor de “terco”.
Así, uno aprendía a desconfiar de
la supuesta seguridad con que usamos las palabras en la cotidianidad. Esta
prevención era saludable, porque nos ponía en guardia, nos precavía de
embarrarla y recibir madera.
A veces, cariñosamente, en sus
adentros, Marcos apodaba a Estévez “Bagual”. Cualquiera de los que pasamos por
el Taller recuerda la obligada sesión dedicada al dominio de la sinonimia, y la
serie de ejemplos a los que el maestro acudía. “Caballo” es un nombre común que
designa a una especie animal. Pero, cuán vario es el espectro de clases de
caballos que acoge el término “caballo”. Así, Estévez precisaba que “bagual” es
el caballo salvaje, padre, jefe de manada, casi lo mismo que el “mustang”
inglés; un “bridón” es un caballo de precio, manejado con las rodillas; una
“jaca” es un caballo fino, que montan las mujeres; el “semental” es un caballo
padre, reproductor; el “percherón” es un caballo corpulento, de raza francesa,
usado para carga; “matalón” o “táparo” es el caballejo común, viejo, acabado,
maltrecho. Estévez hacía un aparte dedicado al color del “caballo”. Un “alazán”
es un caballo color canela; y el “tordo”
tiene el color mezclado, blanco y negro; el “moro” es el caballo de pelo negro,
con una estrella o mancha en la frente.
Los ejemplos eran muchos.
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