sábado, 8 de mayo de 2021

Mi maestro VII

 

En otro sueño conversaba con Estévez, el viejo maestro. La voz añeja, la entonación paternal, el discurso exacto y sentencioso. Amonestaba a Marcos sobre cierto cariz de su formación intelectual, algo sobre el marxismo-leninismo. Marcos se mostraba reacio a los consejos del maestro, afirmaba su postura, le pedía que lo dejara experimentar su propio camino. Era un sueño extraño, al menos en la temática. En la vigilia, el maestro jamás expresó adhesión a las ideas socialistas. Quizás era del mismo parecer de Natalia, la profesora de la u, que lanzaba denuestos contra el régimen comunista de la Unión Soviética. Marcos, en cambio, simpatizaba con esas ideas. Obvio, rechazaba la represión estatal, la censura del pensamiento, las persecuciones, las purgas. Pero amaba el cuadro romántico de la comunidad socialista, la propiedad en común, el trabajo colectivo. No creía que el camino del socialismo tuviese que llegar al brazo de hierro, al gulag. Se inclinaba por una imagen creativa y humana. Era quizás de todo esto de lo que platicaba con Estévez en el sueño. No veía la figura del maestro, solo escuchaba su voz. Era como si hablara desde detrás de un telón, como si desde allí observara la malacrianza de Marcos, tratando de corregirlo.

A Marcos le inquietaba esta apatía política de Estévez. No es que él, Marcos, se enfrascara en el tema, no, pero tenía sus simpatías por la izquierda. Tampoco escuchó jamás una mención a Estévez sobre el ajedrez, práctica que a él lo entusiasmaba. Ni en la vigilia ni en sus ficciones Estévez había demostrado gusto por el deporte ciencia. Quizás nunca le llamara la atención. En cambio, era un apasionado de la física cuántica y la matemática. También era un apasionado de la Historia. Tenía en su biblioteca, completa, la Enciclopedia de la Historia de la Civilización, de Will Durant. Con el tiempo y el aumento de la confianza, esta obra acreció el nexo entre maestro y alumno, pues Estévez se la fue prestando a Marcos tomo por tomo. Estévez apuntaba el dato en una agenda, para asegurarse de que la información sobre el deudor del volumen no se le perdiera en los tremedales de la memoria. Era el tiempo en que Marcos se había alejado del Taller, convencido de que Estévez ya le había aportado bastante. Ya había escuchado hasta el hastío de labios de este lo que es un personaje, un sector de historia, un suceso, un hecho. Había trabajado a conciencia las tareas que el maestro dejaba sobre esos temas, desglosando los contenidos, afianzándolos a medida que los ponía en práctica, yendo de lo simple a lo complejo, de lo fragmentario e inacabado a la totalidad. Era así como había pergeñado esbozos de cuentos y relatos completos, que luego leía en la sesión, sujetándose a la crítica severa de Estévez. Comenzó a darse cuenta de que iba por buen camino, cuando los elogios de Estévez comenzaron a menudear. En cierta ocasión, luego de que Marcos leyera su escrito, exclamó: “aprendan, aprendan”, dirigiéndole a continuación estas palabras: “muy bien, joven, se nota que está trabajando como de se debe”. Eran los triunfos esperados, tras los malos ratos y la madera sin compasión recibidos al comienzo. Cometía dislates de tal magnitud, que ponía al personaje yendo por un caminito polvoriento en un aparte donde hablaba de la lluvia. Pero se había propuesto estar ahí, no soltar, llegar. Una clase de Estévez las más de las veces se iba en la disertación magisterial, por lo común sobre un tema suelto o traído al acaso, porque el profesor no estilaba un rigor teórico ni una metodología estructurada. Aquello era un conversatorio, donde se ventilaban conceptos enmarcados en el tópico general de la narrativa. La sesión se le iba a Marcos en tomar notas y en escuchar las ocasionales intervenciones de los talleristas. Tomaba escasas notas, relacionadas, especialmente, con el léxico nuevo: gazapo (conejo joven), otero (de otear, altozano), soto (claro en un bosque). Esta última palabra le gustaba bastante a Marcos.

Estévez enseñaba la precisión en el uso de las palabras. Hay que pesar bien los vocablos. Valerse del diccionario, no librarse a la suposición ni a la costumbre. Esto es, ser riguroso con el lenguaje, constatar el significado de los términos. Cuántas veces empleamos mal una palabra, apoyados en la nefasta autoridad de la tradición, sin tomarnos la tarea de comprobar. Un ejemplo, el término “tenaz”, que la mayoría de las personas emplea mal. De cualquier cosa decimos que es “tenaz”, queriendo significar que es admirable, digno de elogio, en fin. Sin embargo, “tenaz” es lo que porfía, lo que persiste, lo que se arraiga. Aplicado a una persona, este adjetivo tiene el mismo valor de “terco”.

Así, uno aprendía a desconfiar de la supuesta seguridad con que usamos las palabras en la cotidianidad. Esta prevención era saludable, porque nos ponía en guardia, nos precavía de embarrarla y recibir madera.

A veces, cariñosamente, en sus adentros, Marcos apodaba a Estévez “Bagual”. Cualquiera de los que pasamos por el Taller recuerda la obligada sesión dedicada al dominio de la sinonimia, y la serie de ejemplos a los que el maestro acudía. “Caballo” es un nombre común que designa a una especie animal. Pero, cuán vario es el espectro de clases de caballos que acoge el término “caballo”. Así, Estévez precisaba que “bagual” es el caballo salvaje, padre, jefe de manada, casi lo mismo que el “mustang” inglés; un “bridón” es un caballo de precio, manejado con las rodillas; una “jaca” es un caballo fino, que montan las mujeres; el “semental” es un caballo padre, reproductor; el “percherón” es un caballo corpulento, de raza francesa, usado para carga; “matalón” o “táparo” es el caballejo común, viejo, acabado, maltrecho. Estévez hacía un aparte dedicado al color del “caballo”. Un “alazán” es un caballo color canela;  y el “tordo” tiene el color mezclado, blanco y negro; el “moro” es el caballo de pelo negro, con una estrella o mancha en la frente.              

Los ejemplos eran muchos.

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