En todo ese tiempo, en la lidia
de los encuentros y los desencuentros, entre un cúmulo de rostros que eran
también un poco ausencia, entre ansias, logros
y desatinos, se fraguó la
historia, el cuento del muchacho que regresa al pueblo donde vivió la infancia
y tuvo el primer destello del amor. Estévez capeaba los líos de su separación,
el deleite de su unión con una muchacha, el golpe aleve de la muerte de un
hijo. Cosas que cavaron hondos surcos en su pecho y que refrescaron su aridez
de veterano. Fue ese el tiempo en que Marcos se atravesó en su vida, cuando el
espejo, a quemarropa, le puso su imagen al frente. También fue una zancadilla
del destino, la aparición de ese joven. El aura de soledad en que se movía, su
arisquez. Sí, el espejo era cruel. Tarde o temprano tenía que mostrarle el
reflejo. Y ahí estaba ese muchacho, con su misma terquedad, con sus ganas de
aprender, con un mundo de belleza y dolor a cuestas. Ah, no sabes en qué te has
metido, muchacho. Porque en seguida vio la tenacidad en sus ojos, la firmeza de
su carácter. Y era así como él mismo había sido. Supo que Marcos llegaría
lejos, porque no otra cosa delataba su aire de desterrado. Turbado, escribió el
nombre en su registro. Era un poco el temor del maestro que descubre al pupilo
que lo superará. Por eso sintió una emoción turbia, entre agrado y repulsión. Y
no pudo evitar escribir, más tarde, en su agenda: “me inquieta ese muchacho. Sé
que fui duro con él, sin necesidad. Al menos debí invitarlo a que se quedara, a
que estuviera en la sesión en calidad de observador. Apareció cuando la clase había
comenzado. Dijo que quería inscribirse en el Taller. Le respondí que las
matrículas habían pasado, que debía aguardar hasta el próximo semestre. Se fue,
un poco con el rabo entre las patas, confuso, defraudado. Lo imagino reculando,
hecho un lío, avergonzado, absurdo; yendo hasta el extremo del corredor,
bajando la escalinata, saliendo del Paraninfo, odiándome por mi intransigencia.
¿Cómo se presentaría la Plaza San Ignacio ante sus ojos, luego de esa
experiencia bochornosa? Yo seguí adelante con la clase, mientras él, cegado por
la vergüenza y la rabia, emergía a la plaza donde campea el busto del Leguleyo.
¿Cómo vería a Santander, al Hombre de las Leyes? El bronce del prócer le
recordaría mi figura inflexible, apegada a las normas. “No puede matricularse
hasta el próximo semestre”. Me vi ridículo, por mi severidad. Desde las
paredes, los payasos me zaherían, y algunos de los talleristas acaso pensaran
que mi crudeza fue exagerada. ¡Payaso! Un viejo y con esa irreductibilidad, con
esa soberbia, cuando los años deben inclinarme hacia la ecuanimidad y la
bondad. ¿Por qué hacer pasar un mal rato a ese muchacho? Un joven atolondrado
que viene en busca de mi saber, y lo despido con tal arrogancia. Un senil con
semejante intemperancia. Cuando ya debería estar de vuelta del recelo, del
odio, del miedo, del orgullo y la vanidad; cuando debería haber depuesto toda
belicosidad y todo anhelo de engrandecimiento, cuando debería mostrarme amable
y sencillo. ¿Qué me irrita en ese joven? Sus veinte años. Eso es lo que me altera,
me incomoda, me mortifica. Su juventud. Tal vez por eso me mostré tan áspero
con él y, prácticamente, lo eché de mi clase. Lo eché, escudado en la norma,
cuando es otro sentimiento, oscuro y bajo, el que actuó en mí. Ahora siento que
sus ojos de perro apaleado me buscan y me reprochan mi acritud. El payaso se
ríe, y su gesto de burla se multiplica en las paredes, mezclado con el colorido
chillón de los trajes, las pelucas, las narices postizas y el maquillaje
desmedido. Payasos. Payaso. Ahora la censura callada de ese muchacho, el
silencio dolido con que se escabulló, me hacen ver como un payaso. La imagen
vuelve, incisiva, atormentadora. El salón, la redonda mesa presidida por mi
figura magisterial, los pupilos cerrando el círculo. El joven irrumpiendo,
preguntando, siendo repelido por mi brusqueza. Un muchacho con rostro huraño,
con mochila de universitario. Un pelao que irrumpe en un aula donde un viejo
dicta cátedra. No conoce a nadie allí. Ha tenido el valor de presentarse, lo
que demuestra la fuerza de su voluntad. Es un joven tímido, pero ha oído que yo
enseño lo que él necesita, y se aparece, indaga. Y yo lo despido, fingiendo
cortesía, valiéndome de mi autoridad, más que de la sensatez. Y él retrocede,
se va, malogrado el intento. ¿Quién sabe si ese muchacho solitario y medroso
vale más que toda mi clase? Y yo me he negado la grandeza de decirle: “Quédese,
observe la sesión. Si le gusta, se matricula el semestre entrante”. Este
recuerdo me perseguirá siempre. ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde sale? Algo
muy profundo se estremeció en mí al verlo irrumpir en el salón. Tal vez me
recordó a mí mismo cuando tenía veinte años, mi soledad, mis búsquedas. Miré
sus ojos y vi lo inmenso. Supe que venía de lejos. En su empaque aullaba el
mar, se removía el viento. Vi pájaros rituales revolotear sobre su cabeza. El ardor
del río destellaba en su piel oscura, rachas de calor despedía su espalda.
¿Quién es? ¿De dónde viene? Le rodea una atmósfera de forastero, del que
encontrará su patria en la escritura o en ninguna parte. De pie en el umbral
del salón, sentí su aire de canícula, su condición de expatriado. En la noche
le hablé a Rosa del muchacho, de la
impresión que me hizo verlo aparecerse allí, de ese impulso oscuro y ruin que
me impelió a echarlo. “Obré mal, ¿cierto?” “Sí, obraste mal” “¿Crees que
vuelva?” “No sé”. “Tengo la
corazonada de que volverá”. Vi la ciudad en sus ojos, aunque supe que venía de
lejos. Vi el pétreo tejido de los edificios y las calles, los túneles del
vértigo y el dolor, la luz del vidente y el tiempo de la consumación. Era un
ser distinto a mí, que me continuaba y me superaba. Me hizo sentir, de una vez
y para siempre, un viejo. “Rosa…” “¿Qué?” “Ese muchacho…” “¿Qué hay con él?” “Me hizo sentir viejo”. Su solo irrumpir en el
salón me aplastó, me venció. No estaba preparado para tal sacudón. Fue como un
ángel del Apocalipsis. Vi la ciudad en
sus ojos. Yo mismo me vi en sus pupilas, trasegando entre el pandemonio,
succionado y castigado por los días. Sus ojos me contuvieron. Era como si me
conociera, como si poseyera el secreto de mi historia. ¿Por qué? Había toda una
vida de diferencia entre nuestras edades. ¿Por qué adiviné que me conocía?
Acaso sentí un escalofrío. Ese momento de suspenso encarnó un enigma. Pude
decirle que se quedara, opté por rechazarlo. Se fue. “Rosa… ¿por qué lo hice? Ese
muchacho se veía tan desamparado”. Quizás necesitaba más que nosotros estar
allí, sentado a la mesa, resguardado entre una conversación. Sentí su embarazo
ante mi negativa, vi su retroceder, cómo volvió sobre sus pasos. Se fue, pero
imprimió su atmósfera, de un modo misterioso, en el aire del salón. Creo que
toda la clase se acordó de él. Yo sentí el afán de escribir este apunte en mi
agenda: “Hoy se presentó en el Taller un muchacho…” Después que se marchó, los
payasos de las láminas acentuaron sus muecas de burla. La sesión pareció
asentarse sobre arenas movedizas. Las frases sonaron huecas, falaces. Las
miradas profanaban una suerte de verdad revelada. Creímos escuchar una música,
tal vez el fragor de unas alas. Cierta viscosidad intolerable se cernió sobre
los escritos en nuestras agendas, un cieno. La imagen del joven, ahora ido, lo
llenó todo. ¿A dónde iría? ¿Dónde se metería? Desconfiamos de él, nos pusimos
en guardia. Su mochila no podía contener más que una escritura sediciosa,
desesperada, luminosa, quizás balbuciente, pero fustigada de relámpagos. “Rosa…
ese muchacho…” “Dices que volverá” “Es lo que creo… ¿y si no vuelve?” “Hay que
esperar” “Sí. En este momento debe estar escribiendo…”
jueves, 29 de abril de 2021
Mi maestro V
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