jueves, 29 de abril de 2021

Mi maestro V

En todo ese tiempo, en la lidia de los encuentros y los desencuentros, entre un cúmulo de rostros que eran también un poco ausencia, entre ansias, logros  y  desatinos, se fraguó la historia, el cuento del muchacho que regresa al pueblo donde vivió la infancia y tuvo el primer destello del amor. Estévez capeaba los líos de su separación, el deleite de su unión con una muchacha, el golpe aleve de la muerte de un hijo. Cosas que cavaron hondos surcos en su pecho y que refrescaron su aridez de veterano. Fue ese el tiempo en que Marcos se atravesó en su vida, cuando el espejo, a quemarropa, le puso su imagen al frente. También fue una zancadilla del destino, la aparición de ese joven. El aura de soledad en que se movía, su arisquez. Sí, el espejo era cruel. Tarde o temprano tenía que mostrarle el reflejo. Y ahí estaba ese muchacho, con su misma terquedad, con sus ganas de aprender, con un mundo de belleza y dolor a cuestas. Ah, no sabes en qué te has metido, muchacho. Porque en seguida vio la tenacidad en sus ojos, la firmeza de su carácter. Y era así como él mismo había sido. Supo que Marcos llegaría lejos, porque no otra cosa delataba su aire de desterrado. Turbado, escribió el nombre en su registro. Era un poco el temor del maestro que descubre al pupilo que lo superará. Por eso sintió una emoción turbia, entre agrado y repulsión. Y no pudo evitar escribir, más tarde, en su agenda: “me inquieta ese muchacho. Sé que fui duro con él, sin necesidad. Al menos debí invitarlo a que se quedara, a que estuviera en la sesión en calidad de observador. Apareció cuando la clase había comenzado. Dijo que quería inscribirse en el Taller. Le respondí que las matrículas habían pasado, que debía aguardar hasta el próximo semestre. Se fue, un poco con el rabo entre las patas, confuso, defraudado. Lo imagino reculando, hecho un lío, avergonzado, absurdo; yendo hasta el extremo del corredor, bajando la escalinata, saliendo del Paraninfo, odiándome por mi intransigencia. ¿Cómo se presentaría la Plaza San Ignacio ante sus ojos, luego de esa experiencia bochornosa? Yo seguí adelante con la clase, mientras él, cegado por la vergüenza y la rabia, emergía a la plaza donde campea el busto del Leguleyo. ¿Cómo vería a Santander, al Hombre de las Leyes? El bronce del prócer le recordaría mi figura inflexible, apegada a las normas. “No puede matricularse hasta el próximo semestre”. Me vi ridículo, por mi severidad. Desde las paredes, los payasos me zaherían, y algunos de los talleristas acaso pensaran que mi crudeza fue exagerada. ¡Payaso! Un viejo y con esa irreductibilidad, con esa soberbia, cuando los años deben inclinarme hacia la ecuanimidad y la bondad. ¿Por qué hacer pasar un mal rato a ese muchacho? Un joven atolondrado que viene en busca de mi saber, y lo despido con tal arrogancia. Un senil con semejante intemperancia. Cuando ya debería estar de vuelta del recelo, del odio, del miedo, del orgullo y la vanidad; cuando debería haber depuesto toda belicosidad y todo anhelo de engrandecimiento, cuando debería mostrarme amable y sencillo. ¿Qué me irrita en ese joven? Sus veinte años. Eso es lo que me altera, me incomoda, me mortifica. Su juventud. Tal vez por eso me mostré tan áspero con él y, prácticamente, lo eché de mi clase. Lo eché, escudado en la norma, cuando es otro sentimiento, oscuro y bajo, el que actuó en mí. Ahora siento que sus ojos de perro apaleado me buscan y me reprochan mi acritud. El payaso se ríe, y su gesto de burla se multiplica en las paredes, mezclado con el colorido chillón de los trajes, las pelucas, las narices postizas y el maquillaje desmedido. Payasos. Payaso. Ahora la censura callada de ese muchacho, el silencio dolido con que se escabulló, me hacen ver como un payaso. La imagen vuelve, incisiva, atormentadora. El salón, la redonda mesa presidida por mi figura magisterial, los pupilos cerrando el círculo. El joven irrumpiendo, preguntando, siendo repelido por mi brusqueza. Un muchacho con rostro huraño, con mochila de universitario. Un pelao que irrumpe en un aula donde un viejo dicta cátedra. No conoce a nadie allí. Ha tenido el valor de presentarse, lo que demuestra la fuerza de su voluntad. Es un joven tímido, pero ha oído que yo enseño lo que él necesita, y se aparece, indaga. Y yo lo despido, fingiendo cortesía, valiéndome de mi autoridad, más que de la sensatez. Y él retrocede, se va, malogrado el intento. ¿Quién sabe si ese muchacho solitario y medroso vale más que toda mi clase? Y yo me he negado la grandeza de decirle: “Quédese, observe la sesión. Si le gusta, se matricula el semestre entrante”. Este recuerdo me perseguirá siempre. ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde sale? Algo muy profundo se estremeció en mí al verlo irrumpir en el salón. Tal vez me recordó a mí mismo cuando tenía veinte años, mi soledad, mis búsquedas. Miré sus ojos y vi lo inmenso. Supe que venía de lejos. En su empaque aullaba el mar, se removía el viento. Vi pájaros rituales revolotear sobre su cabeza. El ardor del río destellaba en su piel oscura, rachas de calor despedía su espalda. ¿Quién es? ¿De dónde viene? Le rodea una atmósfera de forastero, del que encontrará su patria en la escritura o en ninguna parte. De pie en el umbral del salón, sentí su aire de canícula, su condición de expatriado. En la noche le hablé a Rosa del muchacho, de la impresión que me hizo verlo aparecerse allí, de ese impulso oscuro y ruin que me impelió a echarlo. “Obré mal, ¿cierto?” “Sí, obraste mal” “¿Crees que vuelva?”No sé”. “Tengo la corazonada de que volverá”. Vi la ciudad en sus ojos, aunque supe que venía de lejos. Vi el pétreo tejido de los edificios y las calles, los túneles del vértigo y el dolor, la luz del vidente y el tiempo de la consumación. Era un ser distinto a mí, que me continuaba y me superaba. Me hizo sentir, de una vez y para siempre, un viejo. “Rosa…” “¿Qué?” “Ese muchacho…” “¿Qué hay con él?” “Me hizo sentir viejo”. Su solo irrumpir en el salón me aplastó, me venció. No estaba preparado para tal sacudón. Fue como un ángel del Apocalipsis. Vi la ciudad en sus ojos. Yo mismo me vi en sus pupilas, trasegando entre el pandemonio, succionado y castigado por los días. Sus ojos me contuvieron. Era como si me conociera, como si poseyera el secreto de mi historia. ¿Por qué? Había toda una vida de diferencia entre nuestras edades. ¿Por qué adiviné que me conocía? Acaso sentí un escalofrío. Ese momento de suspenso encarnó un enigma. Pude decirle que se quedara, opté por rechazarlo. Se fue. “Rosa… ¿por qué lo hice? Ese muchacho se veía tan desamparado”. Quizás necesitaba más que nosotros estar allí, sentado a la mesa, resguardado entre una conversación. Sentí su embarazo ante mi negativa, vi su retroceder, cómo volvió sobre sus pasos. Se fue, pero imprimió su atmósfera, de un modo misterioso, en el aire del salón. Creo que toda la clase se acordó de él. Yo sentí el afán de escribir este apunte en mi agenda: “Hoy se presentó en el Taller un muchacho…” Después que se marchó, los payasos de las láminas acentuaron sus muecas de burla. La sesión pareció asentarse sobre arenas movedizas. Las frases sonaron huecas, falaces. Las miradas profanaban una suerte de verdad revelada. Creímos escuchar una música, tal vez el fragor de unas alas. Cierta viscosidad intolerable se cernió sobre los escritos en nuestras agendas, un cieno. La imagen del joven, ahora ido, lo llenó todo. ¿A dónde iría? ¿Dónde se metería? Desconfiamos de él, nos pusimos en guardia. Su mochila no podía contener más que una escritura sediciosa, desesperada, luminosa, quizás balbuciente, pero fustigada de relámpagos. “Rosa… ese muchacho…” “Dices que volverá” “Es lo que creo… ¿y si no vuelve?” “Hay que esperar” “Sí. En este momento debe estar escribiendo…”         

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