lunes, 26 de abril de 2021

Mi maestro IV

Uno de esos salones destartalados del Paraninfo que acogían al Taller en esos días, tenía paredes adornadas con láminas de payasos. A Estévez le prestaban unas veces un salón, en ocasiones, otro, por lo general en el segundo o tercer piso. Para cada sesión, el administrador de la edificación o el conserje le entregaba la llave y Estévez se dirigía al aula haciendo, en unión con sus pupilos, la conmovedora imagen de la gallina y los pollitos. Estos aguardaban a que él se las viese con el candado y abriera la puerta, para entrar y ocupar sus puestos. Por costumbre, trabajaban en mesa redonda. Estévez mantenía el candado en la mesa, ante sí, y jugueteaba con él entre sus manazas mientras hablaba. Tiempo después, en el recuerdo, Marcos volvía a ver a Estévez recorriendo los pasillos y ascendiendo las escaleras del Paraninfo. Los salones tenían piso de tabla. Más tarde el edificio sería remodelado. Volvía a ver la figura de Estévez presidiendo la mesa redonda. En ocasiones, a su lado, se situaba una mujer joven con rostro de ratoncito inquieto, la compañera del maestro, que se le unía luego de salir del trabajo. Al parecer, era enfermera. Los más allegados sabían que Estévez venía de un divorcio, del rompimiento con su familia. Se daba otra oportunidad con esta muchacha. Una muchacha que acaso estuviese asustada ante la imponencia con que su hombre dictaba la clase, la dureza con que corregía los exabruptos literarios de los alumnos, ese aire adusto (que algunas veces podía ser tomado por intransigencia) que intimidaba a los discípulos, coartando impulsos de oposición. En el recuerdo, Marcos volvía a ver al maestro  y a la muchacha que lo acompañaba durante la sesión, con la que se marchaba al terminar la clase, mientras los demás se dispersaban. Era una historia de amor, la de Estévez y esa joven. 

Mucho tiempo de su existencia, en lo que abarcaba su rol de tallerista, Estévez hubo de vérselas con aulas, puertas, candados. En cierta forma, parecía un carcelero. Algunos de los desertores argumentaban que el Taller cortaba las alas a la imaginación. Ese referente férreo no era extraño a la figura de Estévez. En algunos aspectos, hacía pensar en el término Cortina de Hierro, que alude a un plano político, a un interdicto espacial, a una conducta extremista. Todo maestro tiene algo de dictador. La llave, el candado, la puerta. Cuando el Taller funcionó en el segundo piso de la Piloto debía hacer lo mismo: tener el candado o la llave a resguardo durante la sesión, y cerrar bien al salir. Cierto tiempo, tal vez porque sufría una afección respiratoria, estilaba aplicarse gotas nasales. Para muchos de sus alumnos debía de ser memorable la imagen: sacaba de su bolso de cuero un tarrito, levantaba la cabeza mirando al cielorraso y dejaba caer una gota en cada fosa; luego, tapaba el tarrito y lo volvía al bolso. Aunque era un hombre de admirable fortaleza física, por aquellos días su rostro ya mostraba un matiz ceniciento. A veces se veía decaído, y su semblante se tornaba como el de un niño enfadado por una tontería. Profundas arrugas surcaban su faz. Los colores chillones y la risa a mandíbula batiente de los payasos en las láminas parecían ironizar a aquel salón donde un veterano y agrio maestro teorizaba.                               

No hay comentarios:

Publicar un comentario