martes, 6 de abril de 2021

Mi maestro II

Creo haber demostrado que ese cuento que me premiaste (“Lucero”) era bueno de verdad, que no me regalaste el primer puesto. Eras el jurado del concurso, así que vi un inconveniente en este hecho. Me urgías a que enviara el cuento, que era muy bueno, que no tendría rival. No es que desconfiara de mi escrito. Sencillamente, era jugar con ventaja, y eso me parecía contrario al decoro. No creas que no dudé. Era mucho insistir de tu parte y mucho vacilar de la mía. Al final lo envié y ganó, pero el episodio nunca dejó de parecerme vergonzoso. Tal vez tu amor a la literatura estuvo por encima de la sujeción a la probidad. Desde que lo leí en el Taller, el cuento te gustó. Era una historia escueta, desgarradora, jalonada por pincelazos de poesía. Tal vez también me estimabas un poco. Acaso advertías mis penalidades de universitario: un muchacho que debe trabajar para sustentarse el estudio. Quizás me considerabas un explotado, la bicoca ganada en el colegio privado donde laboraba apenas me alcanzaría para los pasajes y los frescos. Debías saber de sacrificios. El Aldemar de tus novelas llega muy joven a Medellín y le toca trabajar de obrero textil. Me alcé con el premio, un dinero que me sirvió para salir de apuros. Además, publicaron la obra. Una cadena radial divulgó la noticia. Fausto cantó el himno nacional en la ceremonia de premiación. Yo era aún muy inexperto y, sobre todo, bastante despreocupado, para calar la dimensión del acontecimiento. En cambio, tú sabías el significado real de tal distinción. Y me la ofreciste, maestro. Me la serviste en bandeja. Hiciste que mi nombre sonara. ¿Cómo dudar de tu criterio? Este pensamiento me sosegaba una migaja. Tal vez en esa época “Lucero” fue uno de los mejores cuentos que se escribieron en la ciudad. Y esto, según tu parecer, resistía cualquier análisis y te impulsaba a enrostrar cualquier señalamiento. Hoy pienso que tal vez esa historia te atrapó de tal modo que quisiste verla impresa, y este capricho fue superior a la objeción moral. Acaso, igual que yo y que otro buen número de medellinenses, conservas un ejemplar en tu biblioteca. Los premios que vinieron luego me resarcieron de la maluquera. Ya habías finado cuando mi libro de Once cuentos me valió la presea nacional. En los datos biográficos de la solapa reconocí mi deuda contigo. Yo era producto de tu Taller, maestro. Qué bueno haberte entregado mi libro. No se pudo. La noche del lanzamiento de la obra, Héctor Osorio, condiscípulo de la universidad, me transmitió un dato que me causó gran alegría. “Esa prosa tuya es muy buena. Estévez te hace un elogio en su libro Diario de un escritor. Dice que eras el que mejor escribía en su Taller”. No podía creerlo. En ese momento el premio recién ganado y el volumen publicado no valían tanto como lo que Héctor acababa de comunicarme. Ese breve fragmento en Diario de un escritor era mi justificación y mi revancha. En los días que siguieron, no descansé hasta trasladarme a la Piloto y buscar esas líneas. Las hallé. Se trata de un comentario que haces sobre tu cuento “Violeta”. Una vez en el Taller nos pusiste a leerlo y a opinar al respecto. Mi opinión te pareció profunda. Y de esto versa el fragmento, que transcribí en mi cuaderno. Muy tarde nos damos cuenta de las cosas. Hoy mi libro Once cuentos está en la Piloto, cerca de los tuyos, como dos espíritus que guardaran el vivac de la memoria. Siempre mantuve la más estricta reserva sobre el premio a “Lucero”, del mismo modo que fui fiel a la promesa de no hablar a nadie de la pistola que guardabas en tu escritorio. Esa pistola me asustaba. Siempre temí que siguieras los pasos de Hemingway, del que honrabas el estilo. Esperaba que el día menos pensado la prensa anunciara la noticia. Olvidaba que existía por lo menos una razón que te anclaba férreamente a la vida: tu tierno hijo. Tal vez Hemingway no contaba con una atadura tan fuerte. O quizás tuvo más cojones. No se sabe. Según las prescripciones de Hemingway con relación a la técnica del cuento, si al principio se muestra una escopeta colgada en una pared, es natural que a la mitad o en el desenlace de la historia esa escopeta sea disparada. El autor de Por quién doblan las campanas aplicó en sí mismo esa ley de la narración. Toda la vida manejó armas. Le pareció lógico mandarse mudar usando una de estas. Hasta lo último fue fiel a la técnica.

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