Fueron esos los últimos días en que viví en el centro. Me uní a mi mujer, tuve hijos, me mudé a San Antonio de Prado y perdí contacto contigo. Una o dos veces nos encontramos por ahí y siempre me reprochaste mi distanciamiento. Una vez coincidimos en el Éxito. Tú hacías unas compras. Yo andaba metido hasta el cogote en mi trabajo de profesor de colegio. Al fin me había atrevido a meterle el diente a la novela, escribía Las vueltas de la pelota. Más acá, en ese tiempo, a solicitud mía, me diste, en una hoja con membrete de la U de A, un certificado de mi asistencia al Taller. No recuerdo para qué necesitaba ese certificado. ¿Quizás como evidencia de un dato de mi hoja de vida? No pusiste ningún reparo. Allí hiciste constar que yo había sido tu pupilo tres años, que cumplí con 270 horas de clase, que mi rendimiento fue excelente. Siguieron largos hiatos de incomunicación. Tenías razón para quejarte. “Cuando ya no necesitan de nosotros, nos olvidan”, dijiste una vez que te llamé a saludarte. Tiempo sin saber de ti, maestro. También vivías entregado a tus cosas, a tu familia. Me imagino que las mejoras de la casa habían marchado sobre ruedas, que ahora te regalabas con el espacio a tu gusto, incluida la bañera. Tu hijo ya estaría en bachillerato. El teléfono fue el medio ocasional para algún breve diálogo. Por ejemplo, esa ocasión en que te llamé para que me sirvieras de tutor en un concurso a unas becas. “Parihueliando”, me contestaste cuando te pregunté qué había sido de ti. Me hice cargo de la originalidad del verbo “parihueliar”. Ese era tu entretenimiento, sacarle destellos al lenguaje, inventar nuevas palabras. No estabas informado del asunto de las becas. “A la orden”, me dijiste. Tu hijo estaba ya en noveno. Era un joven de quince años, muy buen estudiante. Al final no participé en el concurso de las becas. Así que no tuve que incordiarte con eso. Ya se te notaba la decadencia. Lo constaté después, al ver un programa de televisión donde te entrevistaban. A poco, me enteré de que estabas enfermo, que te habían hospitalizado. Un día intenté visitarte, pero el horario de visitas era muy estricto. Te tenían en cuidados intensivos. Todo fue vertiginoso. Algo hay en los años largos, que también se vuelven veloces, como si el tiempo pasara más rápido. Es el tiempo de la erosión, cuando todo se desmorona. Imposible pedir a una avalancha que sea lenta. No, es un verdadero alud. Y bien, finaste. Me enteré tarde, razón por la que tampoco asistí a tu funeral. En algún aparte de mis cuadernos, o en alguna de mis historias, quedaste como “el hosco escritor pelicano de las agendas adornadas con láminas de mujeres en pelota”. Eras más que eso, lógicamente. Eras un literato con una trayectoria de cuarenta años al servicio de la escritura, un galeote, un formador de talentos, un autor con una obra. ¡Una obra! A veces me cabreaba tu salmodia de la obra. ¿Y si al fin de cuentas lo que valía la pena era ese librito único y esmirriado? No la gran obra, los muchos títulos, la perpetuación de la memoria en un fundación. Un librito escurrido, unitario, como único sostén del recuerdo. Títulos y más títulos, ¿con qué objeto? Un escritor es un libro, llámese opúsculo, folleto. Una obra sencilla y modesta. Hernán sólo tenía dos libros de poemas. ¿Para qué veinte o treinta títulos? ¿Para esponjarse en la vanidad del autor prolífico? A veces amo al librito único y esmirriado. Al conciso testimonio de una vida. Y amo más todavía al libro nulo, al libro no escrito, al libro que se queda flameando en la imaginación. Sí, a veces amo esos abortos. Tiempo después me di cuenta de que tu familia creó una fundación con tu nombre, con el propósito de difundir tu obra. Un hermano tuyo estaba a cargo del asunto. Se trataba de reeditar algunos títulos, publicar otros inéditos, revisar el abundante material escrito que dejaste, tus agendas. Llegué a saber esto un día en que, buscando vídeos tuyos en Youtube, encontré uno promocionando la fundación. No sé por qué me entró un amor inusitado por los libritos canijos, esos que, de tan livianos, parecen a punto de desaparecer ante los ojos del observador. Un librito como el de Luis, el de Arteaga, incluso el mío. Bueno, también es válido sumar. Un título sigue a otro y así, con los años, tenemos el cerro. Eso parece que debiera contentarnos. Cuántos títulos, maestro. Y en cada uno de ellos nos desnudamos, no sin cierta satisfacción morbosa. Porque escribir es el acto de mayor sinceridad, la confesión absoluta. Y uno ignora por qué se somete a esa ordalía. La cafetería de Kokorico servía de fondo a tu imagen. Te refrescabas con una naranjada y unas rosquillas mientras escribías en tu agenda. En ese mundo revuelto del corredor repleto de silletería y de gente, una especie de interdicto circunscribía tu íngrima figura. En algunos causabas espanto, en otros, odio, y en otros más una cautelosa simpatía. La familiaridad y la franqueza también estaban en la carta, pero solo para unos cuantos, conocidos de vieja data. Era difícil trabar amistad contigo. Esto pueden atestiguarlo los que no pasaron la prueba de tu dureza en el Taller y se fueron escaldados a la primera oportunidad. Algunas chicas inocentes ornaron su huída con lágrimas de coraje.
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