domingo, 4 de enero de 2026

Venezuela!

El movimiento libertario que libra a estas tierras nuestras del imperio español, hasta donde recuerdo, surge de Venezuela. La imagen de Simón Bolívar y de San Martín abrazando los Andes, venciendo a los usurpadores, es una de las más bellas estampas de nuestra historia. Un manojo de países inventados por el genio y la fuerza de unos hombres indómitos se levantó como el magma de las montañas, estalló en rebeldía y arrebató la independencia. Hasta donde recuerdo era honroso sentirse de esta parte de América, de los Andes, de los anchurosos ríos y las bravas costas. Los manuales escolares estaban henchidos de estos tiempos gloriosos. Simón Bolívar y San Martín eran considerados centauros vencedores de batallas. Nada ha conseguido despojarme de estos sentimientos de infancia, de esta herencia de valor, de hombres aguerridos. Todavía veo a Bolívar y a San Martín abrazando los Andes en el diálogo urgente de esta parte de nuestra América. Hasta donde recuerdo Venezuela era esa tierra de promisión adonde mis ancestros del Caribe emigraban en busca de sueños de prosperidad. Venezuela acogió a esa riada de aventureros que muy pronto enviaban cotizados bolívares a sus pueblos de origen y así desahogaban las penurias de los hogares. Es lo que recuerdo. Yo era aún un muchacho, pero es lo que recuerdo. La abundancia venezolana tenía como base las reservas de petróleo. Pero también su tierra prodigiosa, de llanos y montañas, de mares e islas, de aires musicales y gramáticas memorables. La tierra donde Miranda  soñó la libertad. Mis ancestros emigraron a Venezuela y allí obtuvieron un mejor modus vivendi, se hicieron venezolanos, del mismo modo que Bolívar se hizo colombiano y estableció su ideal de una América unida. Es lo que alcanzo a recordar. Y a través de la literatura también irradió en mí ese fuego de una tierra hermosa, Las lanzas coloradas, de Uslar Pietri. Son tantas cosas las que recuerdo, la música del llano, la imagen de Páez y el negro Piar, la gesta de los centauros, el resonar de los cascos de los caballos, el mestizaje. Venezuela vocablo sonoro, que llena de armónicos la cavidad bucal. El espíritu venezolano es ese ingrediente básico de nuestra historia, de la riqueza de nuestros recursos, de nuestros inquebrantables sueños.         

domingo, 30 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 92)

Kant, Konisberg, Kafka, radioemisiones discretas. De dónde viene esa onda de radio, a qué objeto se refiere; se percibe pero se ignora el origen. Otros mundos, galaxias. Ventanas de transparencia atmosférica. El radiotelescopio, las radio-estrellas, es muy poco lo que se logra aclarar, para ser sinceros. Lo desconocido. El hombre que es Kant, el hombre que es Kafka, también pueden ser extraterrestres. El negro es otro. Con ese coco de pirulito, con esa lejanía. Hoy Kant es ruso, Konisberg es Kalinigrado. 

Se cancela el semestre por tiempo indefinido. Vale para mí como para mi homóloga de Jena en 1806, con la invasión de las tropas francesas y Hegel tratando de salvar sus manuscritos: Fenomenología del espíritu. 

El 19, número atómico de Kafka, potasio. El 1, número atómico de Hegel y de Hubble, hidrógeno. Hegel estudia las órbitas de los planetas, considera a Kepler superior a Newton. La última tentativa de la metafísica por constituirse como sistema, Hegel. Hubble ve corregida su Ley por las investigaciones de otros astrónomos. Eso es la ciencia, un perpetuo corregir. Un semestre perdido, el negro y yo sabemos de esto. Aquí son otras las causas, distintas a la megalomanía de Napoleón. Aquí son otros reyezuelos los que orquestan la violencia, los que me obligan a parar y al negro a buscar trabajo de peón mientras torna la academia. El paro está en el orden de las cosas por las que me rijo. 

El negro también carga con sus manuscritos, la interrupción de las clases dispara la Royal. Qué mundo tétrico. En su rol de profesor, el negro habla en el descanso con un chico de octavo. Este le cuenta de una balacera en su barrio en la que casi cae muerto: huye, se disloca la rodilla, razón por la que no viene a estudiar. También cuenta de una masacre en Itagüí donde caen veinte. Como para quedar desmoralizado. Y ese otro alumno que se suma al coloquio habla de tres muertos en su barrio. El negro siente que la tristeza le desgonza el cuerpo y el ánimo. Qué año de muertos. En el siguiente descanso no sale del aula, se queda estudiando guitarra con Jorge Rodríguez, un alumno de séptimo. Viloria y Gaviria los acompañan. En cierto momento Viloria recuesta la cabeza en los brazos, contra la tabla del pupitre. Su carita se ve tierna, inocente, entregada a la pereza, a la ensoñación, a la melancolía. Este chico no merece un mundo tan violento, plagado de bestias sanguinarias que asesinan sin discriminación, sin piedad. Viloria merece un país bueno, como el que sueña Luis, habitable, solidario. El bloque de clase siguiente disipa la pensadera del negro. Te mueves o sucumbes: son cuarenta muchachos indóciles, cansados, algunos anestesiados por la barbarie en que vivimos. En cuanto a Viloria y esos chicos que practican guitarra con el negro, gustosa los espero en mis duelas, gustosa de abrirles un horizonte.  

Esas mentes alemanas: Kant, Goethe, Schlegel, Heidegger. Ahí viene Elena, quiere tirar la toalla, la monografía sobre Kant le queda grande. Luis la saca del atollo, lee la Crítica de la razón pura y escribe unas notas para Elena, que le paga. Hoy el negro lee al de Konisberg y toma apuntes. No se conforma con un resumen. Este hombre tiene algo que decirle, así que se zambulle en su mundo del noumeno, la cosa en sí. Hay que quitarse el sombrero ante semejantes pensadores. 

La sustancia incondicionada, Dios, es el objeto de la filosofía, dice Hegel, el mismo que el de la religión, pero que mientras que esta llega a Dios por representaciones, aquella lo hace reflexionando, pensando. ¿Cómo puede el negro barajar este batiburrillo mientras camina hacia el despacho de Macías? Llega puntual. Macías lo espera sentado del otro lado de una mesita redonda, contra la pared, donde se ve que suele tener reuniones. En una repisa lateral una cafetera hierve, pero Macías no lo invita a un tinto. En la mesa, ante sí, hay una agenda abierta con apuntes breves, en tinta  de varios colores. ¿Serán escritos literarios? ¿Asuntos académicos? Sí, más bien esto último, horarios de clases, fechas de asesorías, etcétera. Cerca de la agenda hay un libro. El negro cree que es una novela, pero en el curso de la entrevista fisgonea el título y se percata de que es un texto técnico, talleres de lenguaje. 

Talleres de lenguaje. Recuerda a la profesora Lucy, la de Didáctica del lenguaje, cómo incluye en la bibliografía del curso un trabajo de Juan Fernando Saldarriaga, ejercicios de aplicación sobre el tema de la expresión oral. El nombre de Juan Fernando Saldarriaga aparece entre los de Sigmund Freud, Marta de Luca y Óscar Castro García. Debe ser que el trabajo de clase gusta tanto a Lucy que lo inserta en la bibliografía del curso. Es lo mismo que ocurre con Natalia Pikouch y el ensayo del negro sobre La muerte de Iván Ilich, que la ucraniana publica en la revista Lingüística y Literatura. Codearse con los consagrados. Ante Macías, el negro rememora el rostro de este condiscípulo aventajado, Juan Fernando Saldarriaga. Macías viste con pulcritud. La barba cana le da carácter a su rostro de piel clara, rasgos dulzones, y ojos un poco zarcos, vivaces y atentos. Su voz es franca y cordial. Sin rodeos, luego de invitarlo a sentarse, dice:

"Usted es el ganador del Concurso de Cuento Tomás Carrasquilla".

Macías es el director del Taller de Lenguaje de la Escuela del Maestro, entidad organizadora del concurso. 

"Es un cuento excelente. Tiene dos personajes muy bien logrados y un tratamiento muy delicado, que conserva hasta el final. ¿Ha escrito otras cosas? ¿Ha publicado?"

Renuente, el negro responde:

"Algo. Y usted, ¿ha escrito más libros, además de Amada está lavando y Ganzúa?"

"Reuní esos dos, amén de Relatos de la Milagrosa, bajo el título Cuentos del barrio, es lo que antes llamé Cuarteto de la Milagrosa, un nombre pretencioso, la verdad". 

"¿Por lo de la obra de Durrell?"

"Sí, precisamente. El Cuarteto de Alejandría es clase aparte, ¿no cree?".

"Es cierto".

"Voy a poner una de mis obras en el paquete de libros incluido en el premio".

"Muchas gracias".

"A propósito, que no se nos olvide, debe firmar la autorización de publicación de su cuento".

"Ah, claro. ¿Dónde firmo?".   

                                

viernes, 28 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 91)

Ese es el papá del negro. El que lo acompaña es Marcos Barrios, profesor de Deportes. Enfilan por Troncos, pasan por el 11, llegan al 12 (un mito, sin duda, la fábula más grande, la fábula más monstruo, que Buda, Sócrates y Jesús no escriben; ¿cómo pueden no escribir unos personajes tan dotados de verbo, tan carismáticos, tan revolucionarios? Es como decir que Nietzsche y Marx no escriben. Qué tontería, a otro perro con ese hueso. El editor, porque hay un editor, los veta. Es lo que ocurre con Buda, Sócrates y Jesús: el editor, hipócrita editor, los veta). El padre busca al hijo que está desaparecido, en pleno año de los muertos. El negro lleva tres días sin reportarse en casa. El papá telefonea a Marcos, su paisano, se citan en mis duelas. Inquieren entre los docentes y los condiscípulos. Se asoman a la sala de profesores, allí está Rito Llerena Villalobos, otro de Urabá. Rito introduce al papá del negro con algunos profesores (Natalia Pikouch, Rogelio Franco, Alcides, Hernán Botero) y alumnos (John Wilson, Osorio, Gloria, Amed el Bajá), 

Sí, esos dos negros veteranos que este miércoles de febrero transitan con tal salero por mis corredores, son el papá del negro y el profesor Marcos Barrios. 

"No te preocupes. Tu hijo debe estar en San Andrés con una chica. Ya aparecerá". 

El desparpajo del paisano no hace mella en el papá, conoce bien a su hijo, que ni una novia tiene. Yo lo he visto con algunas condiscípulas, pero son estas las que se insinúan. No es como John Wilson, un seductor, un picaflor, no. Mi negro anda a trompicones entre mis muros, atento solo a las clases y, por una época, afanado por largarse a un garito del centro, donde se ha enviciado. Malbarata allí un dinero que el papá le confía, un giro para el hermanito que vive en Neiva, y se borra del mapa, no vuelve a casa por varios días, temeroso de la reprensión paterna. Los profesores (Natalia sobre todo) y los compañeros hablan maravillas del hijo, pero no saben nada de él, solo que es un muchacho juicioso, que se jala unos ensayos de antología. 

El papá, que pide permiso en el trabajo para tal diligencia,  se va a la oficina, decepcionado. El hijo repunta el viernes, y el sábado cita al papá en La Montaña, la heladería de Calibío. Le inventa una patraña de guerrilla y explosivos, pero el viejo lo desenmascara, le ordena irse a casa, darse un baño, dormir. Tal cara de mala vida le ve. 

El viejo descansa. 

El garito es en pleno centro, Bolívar, entre Boyacá y Calibío, un segundo piso: Salón Bogotá. Una escalera estrecha lleva allí. El negro está tan familiarizado que sabe el número exacto de escalones (los cuenta cada vez): dieciséis. Tal número está en la serie que Platón enuncia en el Timeo (1,2,3,4,9,16,27). De esta serie puede deducirse todo, las órbitas de los planetas, la trayectoria de los cometas, la distancia entre las estrellas. Es una forma de medir el universo sin necesidad de telescopio. Tiempo adelante, en los días de profesor, el negro recomienda a Daniela, una alumna, el libro de Carl Sagan, Cosmos. Lo que esta chica anhela es tener un telescopio. De noche, desde una rampita de su casa, observa las estrellas.

La antesala del garito es una estancia donde funciona un bar. Allí hay un orinal, un baño y dos cuartitos de depósito. En el costado opuesto se halla el mostrador de la cantina y, junto a esta, la entrada a los salones donde se juega cartas, apuntao. Son tres. El primero y el segundo, paralelos al bar, tienen ventanales que dan a Bolívar. Son de igual tamaño. El tercer salón, más pequeño y reservado, se comunica con el bar por una ventana, por la que despachan. El escritorio del administrador, don Mario, se encuentra a la entrada del primer salón, en la esquina izquierda. 

El garito es un sitio exclusivamente acondicionado para jugar cartas. Las mesas, con sus respectivas sillas, se reparten el espacio de los salones. Otra ventana comunica el bar con el primer salón, en el extremo opuesto de don Mario. La cara de don Mario luce afeada por una cicatriz, herida de arma blanca, que le deforma la boca. Es un vejete blanco, vivaz, astuto, con ademanes de marioneta. 

Hoy pregunto al negro por esa etapa de su vida. Me responde que le parece irreal, un sueño. En su momento es algo real, cargado de materia y de pasión. Ahora parece una irrealidad, un onirismo. 

"No puedo decir que el juego era mi vida, porque la literatura era un impulso más profundo. Sin embargo, donde no me despabile, el juego la hubiese desplazado. Tuve que forzarme a dejarlo. Recaí, claro, varias ocasiones. Pero logré salir a flote. Mis cuadernos de esta época documentan la obsesión y el esfuerzo por superarla".

Igual que una persona de la ciudad, de vida cómoda y culta, que se radica en el campo, se delata en seguida por sus modales diferentes a los de los rústicos, asimismo el negro, que es un muchacho tímido, desentona en el ambiente desabrochado del garito. No es raro que individuos solitarios anclen en escenarios donde reina el tumulto y la vulgaridad. Prueba de esto son los bares, que acogen a gente de toda laya. El negro es un advenedizo. Su aire taciturno y su inexperiencia en el juego de cartas a ese nivel de tahúres, chillan. Tiene suerte de principiante, como es normal. Luego lo pelan en regla. Aunque con las semanas se arrima allí con desenvoltura y llega a ser reconocido por muchos asiduos, no deja de preguntarse cómo vino a parar a este sitio y cómo se obsesiona tanto tiempo. Se le antoja un misterio.

La figura de don Mario acude a su memoria. ¿Vivirá aún? No vuelve a verlo. En realidad, vuelve a ver a muy pocos ejemplares de aquella fauna extravagante. Y no es que se haya convertido en un eremita, porque camina bastante el centro, aunque no con con la regularidad enfermiza de entonces. Don Mario le recuerda un muñeco de cera: atornillado en su escritorio, con aspecto de valetudinario. Aunque estricto en el manejo del personal (por ejemplo al recibir la plata de cada mesa de mano de Pateclós, el Mocho y el Mostachudo, los gariteros), en ocasiones sorprende con gestos de tormento, como si le atacaran punzadas en alguna parte del cuerpo. 

Acaso don Mario haya muerto, igual que el novelista, el maestro del Taller de escritores. Un Mario por un Sila, un Sila por un Fabio, una Fabio por un Palma. En la tumba en que acaso se retuerce, don Mario, el administrador de garito, ¿recordará a ese muchacho que saca un libro de su mochila y se pone a leer en medio del pandemonio del salón de juego? Lo más probable es que no. El viejo Cara cortada, figura de un museo del horror, ¿qué va a imaginar que ese muchacho lo recuerda hoy en estas páginas? El negro se pregunta si alguien hará lo mismo con su sombra. Tal vez haya alguien.            

     

           

jueves, 27 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 90)

Nombres en el recuerdo, nada más. Rostros, gestos, una palabra, ¿qué otra cosa? Nombres, palabras que intentan objetivar, aprehender lo confuso, lo diluido, lo informe. Decir Fanny Monsalve, Sociología de la educación , bloque 10. Nombres, palabras, nada más. En cuanto más distancia más se aplica la Ley de Hubble. Más muerte, más olvido. La vivencia por la que el negro se siente atado a Fanny, asiste a una audiencia donde ella actúa de jurado de conciencia. 

"La próxima sesión no hay clase, tengo un compromiso, empleen bien el tiempo, adelanten la exposición". 

El negro acompaña a la profesora hasta su oficina y en el trayecto le sonsaca la razón por la que faltará la clase siguiente. 

"Una audiencia donde soy jurado de conciencia". 

"La entrada es libre, ¿cierto?" 

"No hay objeción al respecto". 

"¿El jueves a las cuatro? Bueno, allí estaré". 

Nombres, palabras, el acusado, el veredicto, culpable. Un homicidio en la comuna nororiental, un cuchillo (como en Aire de Tango), una sentencia. La causa más irrisoria, una discusión de amigos, ten, muere. El aplomo de Fanny sentada entre los otros dos jurados. La figura de fieltro del juez. Una personalia del absurdo, Kafka. Ese jueves en la tarde el negro, en lugar de hablar de Dewey, asiste a la banalización de la justicia. Un títere de los instintos va a dar con sus huesos a la cárcel.       

El rostro de la profesora, la cotidianidad en mis muros, una lección, calificar informes, tomar un café. El negro en el rol de estudiante, cumplir con los requisitos, ganar la materia. Las galaxias se alejan a velocidades escalofriantes, por el efecto Doppler se estipula la velocidad, por el espectro, el mamarracho asesino alejándose de la libertad. Almas bastas, como Pascual Duarte. Actúan y luego reflexionan. Veinte años en privación del mayor de los bienes. La mejor lección que una profesora de Sociología de la educación puede dar, llevar a su alumnos a una audiencia, enrostrar al asesino.

Imposible no sentirse a veces como una prisión a prueba de escape, como Alcatraz; imposible que los que me recorren a diario no se vean como prisioneros, como sentenciados a una pena inconmutable. Grande el área de mis muros, la ilusión de levedad en la arquitectura hace más terrible la verdad del castigo. Dígase cuanto se quiera sobre el espacio del intelecto, sobre la conjunción de lo diverso, pero a veces no puedo eludir sentirme la Roca. Lo mismo el ser entre los muros del cuerpo, el alma entre las fronteras de lo físico. Se está en una entidad, se es individuo. En tanto se da esta objetivación, ocurre el yo. Pero el budismo habla de romper la estructura del yo, anularse en el todo. Salto sobre mis muros, escapo a otras esferas. 

Es en el año de los muertos cuando el Pascual Duarte paisa es enviado a chirona. Nombres, palabras, demasiada muerte, interminable olvido. Saca el cuchillo con la frescura del que enciende un cigarro. No hay atenuantes. En una sociedad devastada por la violencia la mano de la justicia no puede temblar, la pena debe ser ejemplar. Ahí está la placa (ya borrosa), en la columna de la biblioteca. El año aciago. Luis Fernando Vélez cae. El busto de la plazoleta central intenta hacer justicia, llamar a la conciencia. El nombre de la víctima de Pascual Duarte no está en el registro de esta historia, es cualquier Pedro Pérez. Pero este Pedro Pérez eres tú, soy yo. Es Josep K. 

Abundantes apuntes sobre El proceso acumula el negro en su agenda. Los comparte conmigo al amor de un café y advierto lo sesudos que son. Entonces veo a la profesora de francés, Montag, pálida, debilucha, coja, de andar arrastrado, también inquilina de la señora Grubach, que se muda a la habitación de su amiga, la señorita Burstner. Conozco a la insignificante dactilógrafa con la que K. hace vanos intentos por entrevistarse para aclarar su conducta. Asisto a la reconciliación entre K. y la señora Grubach, cuya relación se enfría por el comentario impropio que la dueña hace respecto de la señorita Burstner, algo como que la ha visto con diferentes hombres en calles inadecuadas y a horas poco convenientes. K. ejerce un gran poder sobre esta mujer que le adeuda dinero. Ella lo trata con servilismo. K. se muestra escrupuloso ante ciertas cosas, por ejemplo, ante el ruido que la señorita Montag hace en el vestíbulo mientras se muda. K. es desdeñoso, además.  Sin embargo, pese a su poder, es víctima de las confabulaciones que sospecha (y ante las que nada puede hacer) en esos seres inferiores, débiles, como la señorita Montag, a través de la cual se entera de que la señorita Burstner no le dará la oportunidad de verla. Y, para empeorar las cosas, es sorprendido por la profesora de francés y el capitán Lanz cuando, indebidamente, se asoma al cuarto de la señorita Burstner. 

Debo decir que este episodio no guarda mucha relación con el proceso que se adelanta en contra de K. De tanto tratar a Mario escobar y al negro, algo se me pega de su buen criterio en literatura. Mario escobar lo desautorizaría: "no apunta a la columna vertebral". Anoto, de paso, que K. es un hombre de fisonomía robusta, que tal vez por esto adopta, en ocasiones, posturas desafiantes y orgullosas. ¿Por qué sugiere a la señora Grubach que debe arrojarlo de su pensión como a un infame asesino? ¿Qué absurdo psicológico encierra este K?             

    

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.89)

Hijo de un lustrabotas y debiendo ayudar al sostenimiento de la familia, Tálaga no tiene una formación académica a fondo en el terreno del arte, al que se inclina a temprana edad, desventaja que suple de manera autodidacta. Comienza pintando cantantes como Camilo Sexto, Leonardo Favio, Rafael, pero luego manifiesta su preferencia temática por las cantinas, las saloneras, los niños lustrabotas. Es más tarde, cuando se mueve en mis predios como auxiliar en el Aula de Apoyo Docente, que logra estudiar. Presenta varias veces mi examen de admisión, sin resultado. Entonces se matricula en Bellas Artes. 

Georges Brasseur es director y profesor de la Escuela de Pintura y Escultura de Bellas Artes, pero está tan harto de la mojigatería de esta tierra que rechaza la renovación del contrato. 

En el Archivo Histórico de Antioquia hay documentos con invitaciones del director de Bellas Artes al Gobernador, en que lo exhorta a asistir a una exposición de Brasseur. 

Brasseur regresa a Bogotá en 1927 (allí vive su hijo Charles), pero viene ocasionalmente a Medellín, donde tiene amigos. Sopesa la idea de establecerse en esta ciudad. Goovaerts, que construye el Palacio Departamental (hoy Palacio de la Cultura) le ofrece la decoración de una de las salas de este edificio. 

En 1928 se dirige a Norteamérica, mas se establece en Venezuela hasta 1932. En 1934 está otra vez en Bélgica. Tiene cincuenta y cuatro años. Expone en la afamada Galería de los Artistas Franceses de Bruselas. El torbellino de la guerra lo escamotea al ojo de los biógrafos. 

A pesar de su breve estada en Bogotá y Medellín, Brasseur causa impacto en el arte del país. Entre sus estudiantes se encuentran nombres que que logran figuración en la vida artística de la ciudad: Luis E. Vieco, Carlos Correa, Emilio Botero, Gustavo López, Lucía Cock, Gabriela Vielles, Helena Ospina, Teresita Santamaría.

En 1948, tras escribir a su hijo Charles, regresa a Bogotá. Expone cincuenta y dos obras (entre estas cuarenta óleos) en la Biblioteca Nacional. Viene a Medellín con el propósito de quedarse. Expone en el Museo Zea (hoy Museo de Antioquia) una serie de bodegones, paisajes y retratos. Vuelve a ganarle el desasosiego y retorna a Bélgica. 

Tálaga se precia de las exposiciones en que participa, de los viajes a otros países, del destino de sus cuadros. En mi Museo hay dos obras suyas, pero están en bodega, y Tálaga duda que las presenten al público. Magro favor es este, que acepten dos de sus obras y las dejen en la bodega. No muy satisfecho con el asunto, Tálaga comenta esto al negro mientras se pasean por los pasillos de Artes rumbo a una burbuja de café. Es como el editor que te recibe una novela, no la lee, y te deja en la incertidumbre. Al negro se le ocurre preguntar a Tálaga si conoce a Brasseur, pero mejor deja las cosas de ese tamaño, se le antoja pérfido tal pensamiento. Tálaga ha estado en Roma, en Cuba, pero vaya uno a saber si conoce a Brasseur. A Botero, normal, incluso entona loas. Cuántas obras de artistas no están en bodega en mi Museo. Hay que bajar al sótano y enterarse. No es una calamidad, como tampoco lo es que el editor no se preocupe de tu manuscrito. 

El arte de Tálaga se agiganta en la pintura en que representa una caja de embetunar. Ahí es un Leonardo, un Brasseur, un Manzur. En esto piensa el negro al entrar al baño del bloque 1, al pie de la circunvalar. En la pared descubre varios grafitis incendiarios; en la concavidad del lavamanos, un reguero de pintura verde y negra. Pintura, ver obras de arte en los letreros de los capuchos, en la mancha pertinaz del hueco del lavamanos. Me incumbe mirar estas cosas con imparcialidad. Soy en cuanto diversidad, así que no puedo sino observar y reflexionar. "Rojos en la u", todo en verde en las losetas de los orinales. Una caja de embetunar, el Viacrucis de la iglesia de Buenos Aires. Tálaga tampoco es dado al arte religioso, la suya es una obra profana. Lo que deja Brasseur en la iglesia de Buenos Aires es grandioso, esos catorce retablos del Viacrucis, el camino de Jesús al Calvario. 

En el portal un mendigo que agita el tarro recibe al negro con el retintín de las monedas y el debido sablazo. Le obsequia una moneda y entra. Una mujer reza el rosario para un manojo de feligreses. Mientras recorre los costados del templo observando, uno a uno, los retablos de marcos dorados, el negro medita en los extraños lazos que unen las vidas a través del tiempo.           

sábado, 22 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 88)

De ese año de los muertos revivo al costeño que estudia Español, el muchacho de Córdoba, el escritor, Naudín Gracián. Se mueve entre mis cuadernas con el desparpajo propio de los de su tierra, en la mano un atado de libros recién editados, para la venta. Su nombre suena en el cotarro de las letras, obtiene premios y menciones en concursos, publica sus obras. Es un joven desgarbado, un poco cargado de espaldas, buen conversador, con sobrada autoestima. No suele asistir a talleres de escritores, y se cuenta que no hace buenas migas con Mario Escobar desde que, siendo casi un adolescente, le arrebata un concurso al viejo. Este triunfo lo ensoberbece. Tiene mucha madera para la escritura. No espera que los otros divulguen sus méritos, él se adelanta a publicarlos. Un viernes por la tarde lo veo entre el corrillo de Troncos, sumándose a los condiscípulos, ofreciendo su volumen de cuentos. El viernes estoy exacerbada con el bullir de las ideas y las sensaciones. El aire exuda sensualidad y desenfado. Naudín muestra su libro, los compañeros le echan un vistazo, alguno lo compra. En el corrillo, entre el café y el humo de los cigarros, los coloquios se entrecruzan, allí se trae al tapete el pensamiento de José Martí, aquí se habla de Cortazar, en otro lado se destaza al sistema educativo. Del ilustre cubano: Como quien vuelve de revés una vaina de espada, se ha de cambiar de lleno todo el sistema transitorio y vacilante de la educación moderna. No hay para pueblo alguno crecimiento verdadero ni felicidad para los hombres, hasta que la enseñanza elemental no sea científica. Del escritor argentino: el entrecruce de planos temporales, cómo uno se imbrica en el otro hasta suplantarlo, así en El ídolo de las Cícladas los rituales sangrientos de la antigua Grecia se actualizan con Somoza, Morand y Teresa. Un condiscípulo cuenta que adelanta en el Sena un curso de Salud ocupacional; argumenta sobre la necesidad inaplazable del debate educativo sobre la salud mental de los docentes. Su propósito es dar este debate, sí o sí. Es que la mayoría de los educadores están enfermos, del cuerpo y de la mente, pero más de la segunda. Anhela ir a trabajar a un pueblo, pero teme que en la provincia no haya terreno abonado para la discusión. Es joven, de expresión suave y gentil, de voz franca y amena. Late en sus palabras la energía y el entusiasmo, el ímpetu del luchador, del que quiere transformar. Me recuerda a Maecha y su caletre atiborrado de sueños. Trabaja en un colegio del que sale amenazado, quizás se enzarza en pugnas. Ya se sabe en lo que acaba eso en esta cochina sociedad. Que se vaya a un pueblo. Su mirada clara, su ser transparente, su dinamismo, le abrirán puertas. Aprenderá a ser más reservado. Ahí está con su acento pleno, su carácter aplomado, el gesto comedido. Rezuma pulcritud, viste de tirantes. Literaturizarlo es opacarlo. Está allí como un John Walton cándido, emprendedor, contagiando a todos sus palabras fervorosas. Hay personas con aura noble, este joven es una de ellas.  

Naudín regresa a su río Sinú una vez acaba el pregrado. Trabaja por años en la docencia, pero la deja y emprende negocios particulares. De vez en cuando lanza un libro. Una de estas ocasiones presenta su obra en Medellín. Pero no se amaña acá, torna a su tierra sinuana, a su música vallenata. Naudín se evade por la tangente de la enseñanza y se consagra a la música. No va a acabar convertido en pasto de psiquiatra. Hoy en día es, más que todo, compositor y cantante. Publicita su música de manera intensa, valiéndose de las redes. Se presenta en colegios y en plaza pública. Compagina la música con la poesía. 

Es muy activo en Facebook, opina sobre folclor, política y temas en general. Tiene un estilo punzante. Es un veterano bajetón, canoso, desenvuelto, muy apersonado de su carrera musical, que inicia ya entrado en años. 

Canta con pista o acompañado por un conjunto, pero más lo primero. Solo en una tarima, ante auditorios adultos o juveniles, micrófono en mano, canta. Como dicen en la costa, va metío en su cuento. 

Al otro muchacho, el que anhela dignificar el estatus del maestro, lo veo llegando a un pueblo, desarrollando programas recreativos y culturales, oxigenando el cuerpo y la mente de los colegas, arrebatando pacientes al psiquiatra.                 

Me acerco un tantito más al corrillo de Troncos y sigo el pensamiento de Martí que, resonando en las palabras del negro, exclama:

"No sé qué tiene la tierra que invita a dormir sobre ella".  

viernes, 21 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.87)

Cuartas gana una Beca de Creación en 2014 con la novela Adentro, una hiena. Se trata de la historia de la enfermedad de Librado, desde el diagnóstico hasta la vuelta a casa, pasando por la hospitalización y la cirugía. Del trance del que Iván Ilich (y Mario Escobar, y Natalia Pikouch y la mamá del negro) no pueden salir, Librado sale avante. Tiene cuarenta y cinco años. El negro trae el libro a Bogotá, en su morral, así como, años atrás, trae a María en su mochila de estudiante. Hoy remplaza la imagen de la dulce muchacha hebrea, la de las hermosas trenzas, por la cara larga y huesuda de Librado. Acaba la lectura en Midtown, el edificio donde se hospeda. Librado, el personaje de Cuartas, regresa a casa, se reencuentra con Lucky, su perro labrador, sueña con volver a sus caminadas por los cerros (El Cerro de las Tres Cruces) e ir de ronda por los bares.

En la biblioteca del Palacio de la Cultura (antigua Gobernación, edificio construido por Goovaerts), en la Colección Antioquia, el negro encuentra Ah, mar amargo, una novela de Óscar Castro García, su profesor de Teoría literaria. Halla el texto un poco al acaso, cuando no sabe bien qué busca. ¿Qué es un libro más, un libro menos? ¿Qué es una novela perdida en el mar de libros de una biblioteca? Es una banalidad, un gran misterio. Es lo fortuito. ¿Qué importa una novela más entre un millar de novelas que se escriben a diario? Es un absurdo, una labor pretenciosa, inútil. Pero ahí está el enigma, la vía secreta: el libro aguarda a su lector. Es para un lector (no para el gran público, no para forrarse en plata) que se escribe la novela. Para un lector incognito desnuda el escritor su podredumbre, qué paradoja tan bella. Esto solo (como en la paradoja de la fe de Kierkegaard) alienta a seguir escribiendo. En las manos del negro descansa la obra de este hombre al que conoce y trata, que hoy deambula por la ciudad, viejo, solo. ¿Es este su destino? ¿Vale la pena transigir con esta gran confesión, con esta vanidad? Y tras el trago amargo de la vida, ¿no está reservada la derrota? ¿Para qué afanarse por lucir? ¡Un vómito de párrafos con ínfulas de belleza! ¡Una novela! Da hasta fastidio tanta cretinada, tanta pobreza. Pero cada uno vive la vida que le toca, no la que desea. En toda vida hay ansiedad y conflicto. La del escritor no es la más plena, tampoco la más miserable. Trata de dignificarla con los recursos a su alcance: la imaginación y la palabra. ¿Qué hay con que el maestro envejezca y vaya triste por la calle? Es triste y vencido todo, hasta la piel tersa de un niño. En la pasión elegida batalla el creador. Allí fulge y sucumbe. No es un mal final.

¿Qué oficio tiene Librado? No es un escritor, más bien un profesional dedicado a negocios con clientes, tal vez un asesor de seguros, esto no queda claro. Librado sueña con dinero para montar una oficina y atender a su clientela. Aporta algunos detalles de su paso por mis ámbitos, del rol de profesor. En todo caso, ahora es o quiere ser un trabajador independiente. La enfermedad (cáncer de páncreas) trunca el proyecto de viajar a Egipto con su novia, Victoria. Harto trasiega Cuartas mis predios como estudiante y catedrático, el retrato que de mí hace es mezquino. Habla de la Facultad de Medicina y de mi Hospital. En este último (en el pabellón de pensionados)  aloja a Librado. A pesar de tal ingratitud, Cuartas aparece en el libro Espíritus libres, un catálogo de udeáticos ilustres.     

En distintas partes del apartamento (el baño incluido) Victoria tiene los diferentes tomos de José y sus hermanos, la novela de Thomas Mann. Victoria también es universitaria, lleva quince años con Librado, en una relación poco convencional. El título del novelista alemán, junto con la oscura historia del suicidio de un profesor de sociales, salen a relucir una mañana en que Luis y el negro se citan en la Librería Nueva, en Junín. Luis llega tarde. El cabello crespo húmedo y apelmazado, las gafas, una camisa de tela de jean, un bluyín, unos tenis. No entran a la librería, sino que van a Versalles y desayunan. Luego se trasladan al pasaje comercial Junín, donde a Luis le gusta beber café y orinar (por el consumo dan un ficho con derecho a usar el baño). Mientras toman café, Luis relata la historia del suicidio de su colega, entretejido con la lectura de una novela de John Katzenbach, El psicoanalista, que el profesor de sociales le presta. El negro escucha el resumen de la novela de labios de Luis, una mujer que se desnuda ante un psicoanalista. Luis tiene un cuento donde habla de una escena similar, una mujer sin gabán, sin nada debajo. Pulula el gentío: meseros con bandejas, comensales, clientes de almacenes de ropa y joyerías. Entre personas que comen y otros que brillan sus escaparates, Luis pone al tanto al negro del suicidio del joven profesor de sociales. En la novela de Katzenbach un personaje muere bajo las ruedas del metro de Nueva York. Son demasiadas coincidencias. Meses atrás una hermana del profesor de sociales es asesinada. En el entierro este ve a unos tipos malucos. Unos días antes de suicidarse, comenta a Luis:

"Ya sé quién mató a mi hermana". Qué historia truculenta. 

"No poderse acostar uno con dos o tres de estas a la semana", comenta Luis, mirando a las bellas dependientas de los almacenes. Y añade: 

"La vida sexual es como la económica, hay los que tienen plata y los que no. Para ellas no hay problema. Es como elegir entre un anillo de cobre y uno de oro". 

Luego del café salen a Junín y tornan a la Librería Nueva. El negro recuerda que es allí, en esta librería, donde Mario Escobar, una vez, obsequia a Alcántara la novela Hombres de Maíz. Alcántara cuenta esta anécdota siempre que tiene ocasión,  sazonándola con la peculiaridad de Mario de propinar a sus amigos intempestivos puñetazos en el hombro a manera de saludo. 

José y sus hermanos está exhibido en la vitrina. Luis pregunta al empleado si ahí vienen todos los tomos. 

"Solo el cuatro", y a continuación dice el precio, una suma elevada. 

 "Thomas Mann es un escritor de quilates, esa pausa, ese método, uno es muy apresurado", dice el negro, mientras se alejan La Playa abajo.

"No te preocupes, tú escribirás una buena novela". 

A pesar de la tristeza que lo acogota por la muerte del colega (del que hubiese querido hacerse más amigo), Luis tiene suficiente bonhomía para halagar al negro con la expectativa de tiempos mejores, de una novela bien escrita.