miércoles, 24 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Olga Regina. Cap. 4.)

Cumplí mi palabra de regresar a la biblioteca Comfenalco de La Playa, en pleno centro, y conseguí mi cometido de hablar con Gumercindo. Fue esta semana. Al arribar al cuarto piso, la escena que vi en el vestíbulo me llenó de consternación. En la salita acondicionada para tal fin, un grupo de viejos adormilados miraba las noticias en el televisor colgado en la pared. Qué cuadro. La mayoría de los ancianos no miraba a la pantalla, sencillamente, dormían. Otros se veían aletargados, en un estado intermedio entre Morfeo y Moloc. Uno o dos veían las noticias de un canal omnipresente, pero yo dudé que entendieran algo, porque los imaginé sumidos en una niebla de destiempo en la que chapoteaban como fantasmas harapientos y perdidos, hundidos en la más pavorosa derrota. Los viejos dan traspiés con su propia sombra. De paso, advierto que son los viejos los visitantes más asiduos de esta biblioteca. Muchos la toman como escampadero, o mejor, como dormitorio diurno. Otros simulan leer, pero uno presiente que ya estos abuelos no leen nada, que dan vueltas en la cabeza a un mar de asuntos disparatados, en el que no pueden más que andar confundidos, así ellos sientan el engrane con la realidad, están en el Sahara. Pensé en Gumercindo como un vejete desmirriado y cegatón, como un superviviente de las épocas del escándalo, como un apacible equidna. De hecho, tuve que aguardarlo un buen rato, como que andaba en el receso del almuerzo, dándole función a la muela. Pensé que el lerdo y avejentado empleado de Devolución sería Gumercindo. "¿Gumercindo?", le pregunté, esperando que me respondiera: "sí, ¿qué se le ofrece?" Lo que me respondió es que Gumercindo sí andaba por ahí, pero él no sabía en qué sitio exacto. Tuvo la cortesía de levantarse y echar una ojeada. "Nada... no tiene un horario ni un lugar fijo, debe estar por ahí, almorzando o en planeación..." La idea de Dios y su ubiquidad se aparejaron en mi mente con esta descripción que el empleado me hizo de Gumercindo. "Si se va a ocupar leyendo, puede esperarlo. ¿Dónde va a estar? Si lo veo, se lo chuto". Algo así agregó el funcionario de Devolución. Yo pensé en marcharme al segundo piso, a la galería, donde hay mesas de estudio, pero me parecieron sensatas las palabras del bibliotecario, así que me senté en la sala y me ocupé con mi agenda. Gumercindo se presentía en el aire como un efrid pronto a saltar de una botella, así que me recomendé paciencia. Seguí imaginándolo como un vejancón cansado, un espectro endeble, que no puede con los zapatos, un hombre miope e irritable. En la sala donde me senté, la antiguedad del mundo se expresaba a través de las canas de los usuarios desperdigados en el espacio. La civilización y sus orígenes mesopotámicos me habló desde las mesas vecinas, donde una revista o un libro atenazaba al dócil y lábil lector. Qué hacen todas esas empleadas jovencitas y hermosas, esas muchachas frívolas, con estos vejetes cotidianos, resabiados, demorados como gallinas en trance de poner un huevo que nunca acaban de poner. Fastidiarse, eso es lo que hacen, con toda seguridad. El paso hacia el quinto piso (que yo llamo mezanini) estaba obstruido por dos tabiques. En el quinto piso sí que es el bostezadero y el dormitorio diurno de los viejos, por lo apartadito y escondido del sitio. Al hallar el obstáculo, los abuelos se crispaban, fuera de órbita, preguntaban. "Están haciendo una evaluación de la colección", les respondían las atentas señoritas."Ah, bueno", gemían, reculando hacia la nada. La nada es todo lo que rodea al noventa y nueve por ciento de los seres. Es lo incomprensible. Gumercindo y Olga Regina son la nada. Yo soy nada para otra porción no despreciable de seres. Sin embargo, muchas cosas surgen de la nada. El amor, por ejemplo. Ignoras de qué rincón y en qué momento Cupido llegará a flecharte. Aunque ese carcaj y esas saetas de Cupido ya andan en merma, Dios lo sabe. En fin. También el desamor. Es de lo más inesperado. Aledaño a mí, un hombre trabajaba en su computador. Le suena el celular e inicia una conversación en voz velada con la esposa (¿quién más puede ser?), a quien regaña por su molesta costumbre de cogerle el teléfono y llamar a las mujeres y preguntarles qué clase de relación las une con su esposo. "¿Sabe qué Viviana? A mí no me guevonee más la vida. Suerte. Usted, Viviana, tiene serios problemas psicológicos. ¿Y dónde yo le hiciera lo mismo? Cogerle el celular al menor descuido y comenzar a llamar a los hombres que encuentre en sus llamadas. ¿Por qué se mantiene en reuniones con esa mujer? ¿Reuniones? Una sola vez me reuní con ella. ¿Eso son reuniones?" Qué entradita ( o postre), pues hablamos de que es hora de almuerzo, de que acaso Gumer esté en esas. Pero al hombre del lado sí le tocó un platico. Cuelga. El celular suena una vez y otra y el hombre corta la comunicación, hasta que acaba por apagarlo. Es un hombre joven, como de treinta y cinco años. Lleva doce con Viviana. ¿Y Gumer? ¡Sumer! ¡Qué otra cosa es una biblioteca sino Sumer! El cofre de la civilización. Gumer. He explicado al camisa-rosada (el empleado de Devolución) que vivo en San Antonio de Prado, que hace unos días le hice el viajecito a Gumer, que no me gustaría perder esta oportunidad. Es cuando me aconseja que espere, que me ocupe en algo, mientras Gumer se reporta. El camisa-rosada, con todo y ser cincuentón y aparentar llevar años aquí, no sabe nada de Olga Regina. "Soy escritor, documento la época de 1995, cuando Olga Regina trabajaba acá". "Sí, ese dato se lo puede dar es Gumer. Nadie más". ¿Cuántos años tendrá Olga Regina? Unos sesenta. Es lo menos que les pongo a los asiduos a esta sala. Cuento los que hay ahora. Siete viejos. Vejetes, eso vamos siendo. Seres sin cuerpo, escurridos, inmateriales. ¿Será por eso que no aparece Gumer? Vendrá arrastrando los zapatos, su sombra. Se habrá vuelto espíritu. El único joven es el del lío con la esposa, el del computador. ¿Cuántos agarrones entre esposos presenciamos al día? Es una cosa loca. Pareciera que no nos preocupáramos sino por hacérsela al cónyuge. Definitivamente, mis respetos para el que es capaz de bastarse solo. "En la sala del fondo. No, no hay que salir del piso", me informa el camisa-rosada. Allí estaba Gumercindo. Parecía que lo conociera. Canoso, conservado, fino. Los lentes, la ropa, el aspecto todo, pulido, bien vivido. Un tipo todavía joven, aunque cincuentón. La voz juvenil. Sino juvenil, madura, algo velada, con un grato registro de barítono. Con esa apostura y ese tono docto... Gumercindo me habló de Olga Regina. Lo puse en situación: un compañero de la u, un trabajo literario (aquí Gumercindo me miró con desconfianza), documentar una época de treinta años atrás. "Olga Regina estuvo aquí días atrás, saludando. Hacía días que no venía. No, no siguió con las bibliotecas, se dedicó a la pedagogía, a disfrutar de la vida, siempre ha sido de platica". Gumer sentado en el cubículo del fondo, junto a la sala de informática, el decano. Un hombre de aire austero, filosófico. Treinta años por lo menos en esta sede. La clave estaba allí, en ese hombre de nombre estrafalario, de aspecto cuidado, en ese cubículo del fondo del cuarto piso. Cuarto piso, precisamente donde vi a Olga Regina aquella vez, agripada y leyendo a Joseph Roth. Un mundo de vivencias, de hábitos (los lectores), recuperable a través de este hombre, Gumercindo. Olga Regina leyendo La noche 1002. "Lo único que puedo hacer es que me deje su número, si ella vuelve yo se lo paso y le cuento". "Un compañero de la u", añadió en la papeleta donde tomó nota. "Un amigo de Loren", quise sugerirle que agregara esto, pero me arrepentí. Dejé todo en manos de la vida y de Gumercindo. El rostro de Olga Regina comenzaba a llegarme. Extraño, pero ya casi me acordaba de ella.                        

sábado, 13 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Olga Regina. Cap. 3.)

Forzar otro capítulo con Olga Regina. A veces resulta algo de estos forcejeos, de estas luchas, de este afanar. Es como el buscador de oro, incansable, ávido del destello de la pepita dorada, fantaseador de mundos entre los límites de lo posible y lo imposible. Parece agotado el personaje de Olga Regina, irremisiblemente perdido. Pero es que aún me falta otra pesquisa en Comfenalco de La Playa, una charla con Gumercindo. ¡El viejo Gumer! Es como decir: ¡La Vieja Sumer! Y abrir un cofre donde relucen Alnirac, Sahrazad, Sahriyar. Abrir las páginas sagradas donde Abrahán envía a su siervo a la tierra de su hermano Nacor, el padre de Betuel el sirio, a conseguir esposa para su hijo Isaac. ¡Y aparece Rebeca! La doncella que al atardecer viene al pozo a llenar de agua sus cántaros. La dulce y grata Rebeca abandona a sus padres y a su hermano Labán y viaja a Canaán a casarse con su primo Isaac. Alnirac es la estrella más brillante de la constelación de Orión. Sahrazad es la heroína más esplendorosa de la literatura. En definitiva, son el mismo latido, el mismo refulgir de un pueblo: Arabia, el Oriente. Si me resisto a dejar de escribir sobre Olga Regina, es que el personaje no está agotado. Por ahí he de encontrar algo todavía, una pista. Tal vez halle algún rastro en el "shalom aleijem" de Aníbal Madrigal, mi amigo judío, en su barba fluida y blanca, en sus relatos de extraterrestres que visitaron la Tierra e introdujeron un cambio en el ADN del homo sapiens. Los viajes intergalácticos, los telescopios espaciales, los centenares de planetas descubiertos, nuestra comunión con los dioses, con Dios: Aníbal es un pintor veterano que habla de todas estas cosas. "Alnirac" y "Orión" acuden a sus labios con misteriosa frecuencia, así como el nombre "Sara" se repite en la tradición hebrea, lo mismo que Olga Regina persiste en mi búsqueda. Hilar más fino en mis pesquisas, es lo que debo hacer. Volver a mis cuadernos de aquella época de la u, detenerme en algunos textos inciertos, donde un "ella" no precisa la mujer de quien hablo, sino que envuelve a la figura femenina en un mordicante misterio. ¿Quién es "ella"? Imposible recordarlo, aunque el mismo texto ofrezca algunos datos. Es lo que pasa cuando disfrazamos una realidad, cuando le ponemos claves secretas: luego olvidamos el código. La escritura abunda en estos simulacros, en imposturas, en subterfugios. ¡Artificios! Cuántos autores escriben en clave. Temen, por ejemplo, que su cónyuge esculque sus notas. El escritor maneja materiales comprometedores. Es un conjurado, un espía, un traidor. También tiene mucho de caníbal. En fin, mi rastreo de Olga Regina ha de ser más minucioso. Tal vez deba descorchar la lámpara y esperar que el efrid me conceda el deseo. Decepcionado de la virtud de las mujeres (tras amarga experiencia con su esposa, a quien ajusticia), Sahriyar se vuelve un monarca cruel e implacable. Cada día se desposa con una doncella distinta, la desflora en la noche y la mata a la mañana siguiente. Por supuesto, el pánico se difunde y los padres temen por la vida de sus hijas. Hay un éxodo. La comarca está en vilo ante la inflexibilidad del rey. Sahrazad, hija de uno de los ministros de Sahriyar, joven hermosa y valiente, decide poner fin a los desafueros del monarca. Además de su espíritu generoso y temerario, Sahrazad es dueña de un don inapreciable: conoce todos los cuentos antiguos y posee un donaire especial para contarlos. Fiada en este poder y elaborando un ardid para disuadir al rey de su terrible dictamen, Sahrazad resuelve pasar a la historia como la mujer cuyo valor libró a las mujeres de su pueblo de una condena brutal. El artificio de Sahrazad consiste en casarse con Sahriyar y narrarle sabrosas historias que deja cortadas cada noche, y así escapar al castigo del rey. Sahrazad confía en que las narraciones son tan deliciosas que Sahriyar, por conocer la continuación, estará dispuesto a aplazar, una noche tras otra, la funesta sentencia. La tradición afirma que Sahrazad logró su cometido. Mantuvo suspenso a Sahriyar a través de mil noches y una. En el interín, los dos se las arreglaron para tener descendencia. Sahriyar acaba por revocar el siniestro decreto y Sahrazad se entroniza como heroína. No faltará quien imagine a Sahriyar como un tirano tan cruel (al que aburren sobremanera las historias), que el plan de Sahrazad fracasa. El rey la disfruta en la noche, su única noche, y la mata al amanecer. Las Mil y una noches se truncan. Entonces habría que escribir Los trabajos de Sahrazad o Sahrazad en apuros o La única y mahadada noche de Sahrazad. Sahrazad y las Mil  y una noches serían un invento de Sahriyar, con la intención de crear el culto a una santa intercesora en las luchas del feminismo. "Regina" viene de "rey", "regio". ¿A qué Sahriyar metería en cintura Olga Regina? La regia Olga Regina. Gumer (¡Sumer!) me pondrá sobre el rastro. O Aníbal Madrigal, que es otro rastreador (adiestramientos del tiempo de la Armada). Aníbal distingue el rastro de la zarigueya en la yerba del solar de su casa, le pone las sobras de la comida (huesos de pollo) en los matojos del lindero. Al rato va a mirar y, adiós huesos de pollo. La zarigueya dio cuenta de ellos.                  

domingo, 7 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Olga Regina. Cap. 2.)

Días atrás hice de Sherlock Holmes. Muy de mañana visité la biblioteca Comfenalco de La Playa (Héctor González Mejía). Subí hasta el cuarto piso, entré, avancé hasta el punto de atención y pregunté a las empleadas por el funcionario más antiguo del lugar. Mi razonamiento era este: solo un empleado antiguo puede darme razón de Olga Regina. Un argumento muy válido, a mi modo de ver. Me dijeron que el más viejo allí era Gumercindo (a quien llaman familiarmente "Gumer"), pero no estaba, llegaba a las diez y media. Les pregunté si Olga Regina trabajaba allí, pero nadie la conocía Sí sabían de una María Olga que trabajó en esa sede, Olga Regina, no. "De pronto Gumer la conoce", me dijeron. Estuve allí hasta las diez pasadas. Al salir, me acerqué al punto de atención. A la sazón acompañaba a las empleadas un hombre cuarentón. Una oleada de entusiasmo me recorrió. Pensé que era Gumercindo. "¿Ya llegó Gumercindo?", pregunté. "Nada". "Ah, entonces vuelvo en  otra ocasión", dije, decepcionado. Estuve más de una hora allí, esperando a Gumercindo, entretenido con mis cuadernos y con algunos libros que tomé de los estantes. Como una especie de talismán, eché en mi morral, al salir de casa, el cuaderno 68, donde aparece el único apunte que conservo sobre Olga Regina. Creí, con cierto fervor, que este detalle redundaría en mi beneficio, que me serviría en bandeja a Olga Regina. Me ubiqué al fondo de la sala. En un rinconcito había un cubículo con el rótulo "Auxiliar Administrativo". El empleado sentado allí me pareció bastante veterano para preguntarle si conocía a Olga Regina. Le pregunté. Negativa. Quizás Olga Regina laboró en Comfenalco de La Playa un tiempo reducido, tal vez tuviese un contrato temporal. No era el caso de Gumercindo, ni el de Arturo (el empleado de la biblioteca Comfama de San Ignacio), quienes llevan décadas en sus respectivos trabajos. Olga Regina duraría allí uno o dos años, luego se iría, quién sabe a dónde. Lo cierto es que no sigue ahí, como otra Gumercinda u otra Artura antediluvianas.Nadie la conocía. Las empleadas actuales eran jóvenes, de buen ver, con aire de recién salidas del pregrado. Me asusta pensar en la Olga Regina que me hubiese salido al paso de continuar allí: una mujer de sesenta años por lo menos, una figura anacrónica con mi recuerdo, un fantasma que no se compadecería de la ternura de mi nostalgia, que haría trizas mi sueño. Es que pido demasiado a la vida. Estoy hablando de seis lustros. Olga Regina hasta puede haber muerto. O quizás se haya marchado a otro país. Subí la escalera a lo que me parece un mezanini (y que la empleada llama quinto piso) que alberga las obras de Humanidades. Ya a esta no le pregunté por Olga Regina pues, aunque un tanto jamoncita, me pareció aún joven. Pero sí le averigué por La noche 1002, que es la novela que Olga Regina leía, recostada en los ficheros, la ocasión en que la retraté en mi apunte de hace treinta años. La bibliotecaria no sabía de ese libro, no estaba en esta biblioteca. Buscó en su celular y vio que sí existía, que su autor era  Joseph Roth. ¡Joseph Roth! Me leyó otros títulos de este escritor, y luego nos trasladamos a los estantes. Había allí un buen número de obras de Joseph Roth, junto a las de Rainer María Rilke y las de Erich María Remarque. Intenté evocar a Olga Regina recostada en los ficheros leyendo La noche 1002, exorcizar su rostro, recrear una secuencia de momentos en tándem con el recuerdo. Por un instante estuve a un pelo de capturarla, la tuve en la punta de la memoria (o de la lengua, como suele decirse). Se me escapó. El fichero, ese armario desaparecido, ese mueble caduco, me daría la clave. Ya no existen los ficheros en las bibliotecas de hoy. El catálogo es virtual, se consulta en computadores. Son cosa del pasado las tarjetas de cartulina con la signatura de los libros. Olga Regina es como una de esas tarjetas inexistentes. Con razón no la encuentro. Encontrar a Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor, su último libro publicado en vida (1894-1939). También se dice de La noche 1002 que fue escrita en 1939, el año de su muerte. Esta obra es considerada como una extraña novela erótica. El Sha de Persia visita Viena y se enamora de una aristócrata, quiere pasar una noche con ella, los anfitriones le consiguen a una cortesana, Mizzi Schinagl, muy parecida físicamente a la noble e intocable dama. El Sha, al marcharse, le obsequia a Mizzi un collar de perlas. Imagino a Olga Regina leyendo esta novela recostada en el fichero, la nariz acuosa, el rostro enrojecido y el pañuelo en mano a causa del resfriado. El libro debía de ser suyo, o de otra biblioteca. O quizás en esa época esta novela sí estaba en Comfenalco de La Playa. La hurtarían o se dañaría. Total, no la remplazaron. Quizás sea difícil de conseguir. En todo caso, no es tan conocida como otras obras del mismo autor, por ejemplo, La marcha de Radetzky y Job. María Olga. ¿Quién será María Olga? A falta de Olga Regina, viene María Olga. Ambas pertenecen al ámbito de las que salieron de la nómina, de las que no trabajan ya en esta biblioteca. De cualquier manera, hablar con el viejo Gumer me haría bien. Alguna pista ha de darme. Joseph Roth tenía veinticuatro años durante la fracasada revolución alemana. Debió conocer a Rosa Luxemburgo, a Lenin, a Trotski. Vivía en París cuando las tropas alemanas invadieron ese país. Se suicidó. Era judío. Olga Regina debía de ser una lectora de quilates. De seguro ya había dado cuenta de Las Mil y una noches, desde que se atrevía con la noche 1002. ¿Y si la Sahrazad real solo vivió una noche, aquella en que fue gozada por el rey Sahriyar? No es posible que un monarca tan cruel se deje seducir por los cuentos de una muchacha. Sahrazad sería el invento novelesco de un círculo de mujeres necesitadas de una heroína que reivindique su causa, que meta en cintura al déspota, que le devuelva la fe en el bello sexo. "Nuestra salvadora" así quedaría Sahrazad entre las doncellas de la comarca. ¡Sahrazad! Pero si es que la historia de Sahrazad queda como una simple anécdota en medio de la maravillosa abundancia y riqueza de historias que el libro contiene. Una  excusa para volcar ante nosotros el inmenso y bello tapiz de la humanidad. Olga Regina, que al menos tu memoria me exhorte a releer Las Mil y Una noches y, algún día, a meterle el diente a La noche 1002, de Joseph Roth. Retiro mis palabras. Ante una narración tan fantástica y admirable, ¿quién no se deja seducir? Sahriyar fue el dichoso, cuyos oídos libaron tan fabuloso filtro. ¡De labios de una virgen! Olga Regina se las trae. ¿Qué otros hallazgos me dispensará?           


                         

miércoles, 3 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Olga Regina)

No puedo precisar el rostro de Olga Regina. Se me confunde con otros, se me insinúa, se me escabulle, en fin, juega conmigo. Nadie me da razón de ella. He preguntado a varios condiscípulos, no se acuerdan de ella. Es lo mismo que Arizmendy. Parece que fuera gente que solo yo conozco o conocí, por tanto, producto de mi magín. El recuerdo nos burla, no es de fiar. Olga Regina aparece en mis apuntes de escritor, por allá en el año 1995, cuando ya nos habíamos graduado. Ella trabajaba de referencista en la biblioteca Comfenalco de La Playa. ¿Es que no era profesora? No es raro que alguien estudie docencia y luego no quiera ejercer, que se coloque de bibliotecario o promotor de lectura, por no hablar de otros oficios. Olga Regina era amiga de Loren. Ni siquiera apelando al rostro de Loren consigo exorcizar el de Olga Regina. Se me presenta un manojo de rostros de compañeras de la u, quizás uno de esos sea el que preciso, tal vez ninguno. Este escrito acaso sea una forma de buscarla. Si alguien sabe de Olga Regina, que me diga. Acaso siga de bibliotecaria. Ah, sería razonable darse una vuelta por Comfenalco y averiguar qué fue de ella. Un bibliotecario, al igual que un profesor, se marchita en su oficio. Es como ese amigo de Luis, Arturo, que trabaja en Comfama de San Ignacio hace décadas. Encaneció, se volvió abuelo, y sigue ahí. Igual debe pasar con Olga Regina. Sí, tendré que hacer de Sherlock Holmes, darme una vueltecita por La Playa. Loren me contó un día que Olga Regina tenía en su poder unos poemas míos, unos textos que yo le obsequié. Al parecer Olga Regina se los enseñó, y Loren tuvo un buen concepto de ellos. No recuerdo haber regalado textos míos a Olga Regina. ¿Cómo los obtuvo? Y si se los obsequié, ¿cómo no recordar a una mujer a la que una vez regalamos unos poemas? Esa mujer debería quedar grabada en nuestra mente, por no decir en nuestro corazón. Ah, pero es que el tiempo y la distancia arrumban con todo. Estoy hablando de casi treinta años. No he sido muy asiduo a Comfenalco de La Playa, menos en todos estos años que llevo viviendo en San Antonio de Prado. En ocasiones, uno entra a una biblioteca (digamos la de Comfama de Itaguí) y sorprende algún rostro conocido, viejos condiscípulos de la u. Pero ninguno de ellos han sido Olga Regina. Es Nancy, esa amiga narigoncita. La saludas, tan amable. Qué bueno que esté ubicada. En aquel tiempo de 1995, un día, luego de una larga caminata por el centro, llegué a Comfenalco de La Playa y encontré a Olga Regina en el cuarto piso. Estaba constipada, con señas de congestión en el rostro, un pañuelo en la mano, presto a ser llevado a la aguanosa nariz. Advertí las confortables modificaciones arquitectónicas del espacio. Una escalera conducía del primero al segundo piso, donde habían ubicado la sala de periódicos y la sección de Literatura y Humanidades. Me entretuve hojeando periódicos, entre un circunspecto grupo de hojeadores de periódicos. Luego volví al primer piso a averiguar en el catálogo algo sobre Knut Hamsun, y Olga Regina estaba leyendo al lado de los ficheros. Dialogamos un ratito. Me entero de lo que lee: La Noche Mil Dos. Consigo que me informe el teléfono de Loren. Me presta su bolígrafo para escribir la referencia del libro que escogí. En fin, regreso al segundo piso, voy a los anaqueles, busco el volumen. Al no hallarlo, me conformo con otro del mismo autor: La trilogía del vagabundo. Leo una hora, fastidiado por el aire helado y el resuello del aire acondicionado. Veo los gruesos tubos de conducción pintados de blanco, fijados al cielorraso. Olga Regina sube y entra al retrete y se demora y sale y baja. Es quizás la última vez que la vi. Me marcho, dejando el libro sobre la mesa. Mientras yo leía un anciano apacible, de rancio traje y canos cabellos, tomó asiento frente a mí, en mi mesita, y se sumergió en la lectura de una gramática de inglés. En cierta ocasión, sin que me lo proponga, estiro mis piernas y rozo sus zapatos. El viejo levantó la vista, tranquilo, y tornó a bajarla. Al salir, busco con la vista a Olga Regina y no la encuentro. Momentos atrás, cuando la vi salir del baño, si hubiese sabido que no la vería más, le tomo una foto. Es un decir. En aquel entonces uno estaba muy lejos de tener un celular personal. Tampoco llevaba una cámara a la mano. Hay rostros que quisiéramos recordar, con plenitud, un instante. La memoria es mala madrastra, y nos lo niega. Sin duda he rozado el de Olga Regina en los diversos rostros que he barajado en la mente todos estos días. Una luz circular, como la que resalta a los artistas en escena, me la traerá un día. Me la devolverá. Le preguntaré cuáles fueron esos poemas que le di, cómo fue ese momento, dónde estábamos. Quizás me los robó. Un día perdí un cuaderno, puse anuncios en distintos lugares de la u, y no lo hallé. Quizás Olga Regina encontró mi cuaderno y se lo quedó. Es una hipótesis, aunque floja. A lo mejor le obsequié unos poemas en uno de esos momentos desinhibidos, cuando uno echa abajo los diques de la gravedad habitual. Quizás fue un instante hermoso. Me pregunto si aún los conserva. Son cuestiones, triviales para algunos, importantes para mí, que debo descubrir.              

lunes, 1 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 7.)

Una hermana con la que me cuadra una cita en la biblioteca de la u, una tía enferma, la mamá que requiere una vista con el acupunturista: no conocí mucho del círculo familiar de Loren. Estos parientes solo los supe de oídas, mencionados de paso por la propia Loren. La hermana con la que no sé a ciencia cierta si nos encontramos a la entrada de la biblioteca, donde le entregaría mi cuaderno de Fonética para que Loren se desatrasara: la habían operado de un quiste o algo así y faltaría por lo menos a dos sesiones. La tía enferma de la que me habló una vez que nos cruzamos en la recepción de La Piloto. La mamá urgida de un tratamiento alternativo, que Loren va y solicita donde un bio-energético de Perú, entre Palacé y Bolívar. Esa vez la acompañé. Eso es todo lo que me enteré de su familia. Creo que Loren supo menos aún de la mía. No se interesó por preguntar, al menos no lo recuerdo. Y yo siempre fui parco en estos asuntos. Yo imaginaba su familia como un rancio grupo de personas de buena procedencia social, venido a menos, con casa propia en un sector antañón, Belén. Una de esas familias trajinadas, donde hace mucho que no hay infantes, sólo viejas tías enfermas y una madre anciana y con achaques. Una casa con muebles de estilo caduco y densos cortinajes, con perros y gatos tan trasegados como sus amos. Nunca visité a Loren, ni ella a mí. Realmente, muy escasos condiscípulos de la u estuvieron en mi casa. Yo no los invitaba. Prefería ir a estudiar en la casa de ellos, lo cual hice varias veces. Con Loren nunca me reuní para estudiar algún tema de clase. Sus tránsitos por la u eran los precisos, a veces menos que esto. Solía faltar a las sesiones, lo que evidenciaba compromisos o contratiempos con los que debía vérselas. En cierta forma, era una mujer impredecible. Tal vez fuese la hermana mayor y debía hacerse cargo de la casa, llevar las riendas, manejar la economía, habida cuenta de los problemas de salud de la madre. Asistía a las clases  y salía volada. Muy raras veces se quedaba en la cafetería compartiendo un café, una charla. Ya se dijo que interrumpió la carrera por un tiempo, como me pasó también a mí. Ambos reingresamos y terminamos felizmente nuestro pregrado. Nos graduamos en distinta época, ella un tiempo antes que yo, creo. Era unos años mayor que yo, no sé cuántos, tres o cuatro. Había algo de señora en su catadura, cierto ajamone en su figura, una densidad vital de adiós a la juventud, cierto amargor. Nunca me habló de un padre, unos hermanos. Ignoro si los tenía. Se adivinaba que vivía en el ámbito de un matriarcado, lo que ayudaría a plasmar su carácter, su reserva con los hombres, su furtiva misandria. Amaría a la madre con un amor grande, revanchista, en contrapeso con una inexistente figura paterna. No sé, son puras cábalas mías. Y la madre amaría a Loren con un amor semejante, como a una heroína de estos tiempos difíciles, descabalados, sin ternura. Imagino entonces el drama angustioso que significó en esa familia de mujeres solas el asesinato de Loren. Cómo soportarían aquello la madre, la tía, la hermana. Esa adusta casa de Belén estremecida por la tragedia. Debió ser un golpe terrible. Ese día Loren saldría para el colegio con los modos de siempre, se despediría de la madre. Acaso acostumbraba ir a pie, disfrutando de la caminata. Como ese escritor de San Bernardo, Libardo Porras, que caminaba por la vecindad en compañía de un perro color caramelo. Así mismo debía hacer Loren, vieja residente de Belén. Debía conocer al dedillo esas calles animadas y nostálgicas, que llevan, por un lado, al cerro de las Tres Cruces, por otro, al cerro Nutibara. Y cuántas veces pasaría por el parque y vería a los veteranos jugando cartas. Cuántas veces vería, al desplazarse en bus, la rotación deliciosa de las torres de la iglesia, que parecen imbricadas en una lúdica estética con el observador. Cuántas veces caminaría por la 80, llegaría hasta Don Quijote. Cuántas veces, por la 65, vendría hasta la Avenida Bolivariana, siguiendo hasta San Juan. ¡San Juan! Aquella vez que nos cruzamos en el puente de la 65 sobre la 33, por Conquistadores, bien pude entrever su soledad. ¡Siempre la vi sola! Hoy me pregunto por qué ese arriscamiento en la soledad, por qué era así Loren. Se me ocurre pensar que su simpatía hacia mí obedecía a que veía en mi ser una inclinación similar a ir solo, a evitar a la gente. Éramos entidades gemelas. También nos unió el amor por la poesía y la buena literatura. Estoy seguro que, donde quiera que esté, Loren me mira escribir estas líneas. Y me susurra: "Está bien , Marcos. Está bien".