El tubo de escape de la aplanadora lanzaba
espasmódicas y oscuras masas de humo. Parecían los arduos esputos de un vejete
que se estuviera asfixiando. Por la autopista de doble calzada desfilaban tres
hileras de autos en cada lado. La aplanadora, de color amarillo, mostraba un
aspecto gigantesco, acucioso. La espalda del hombre que la conducía era
estrecha y acaso llevase una gorra encasquetada en la cabeza. Marcos no podía
asegurarlo. Desde el bus vio cómo la aplanadora se adelantaba con sus grandes
llantas embarradas. La perdió de vista en el recodo, más allá del semáforo.
Retuvo en la mente la marca de fábrica de la enorme máquina: MG300 Mitsubishi.
¿Qué hacía Loren por allí? Las amplias
instalaciones del Terminal de Transportes se alzaban detrás de ella, con esa
imponencia de muros y vigas metálicas. El puente peatonal atravesaba la
autopista, exhibiendo el tráfico rutinario, nutrido, mecánico. El tráfago rugía
frente a Loren, que mostraba una figura humilde, pese a la altivez de sus ojos
y a la ostentosidad de sus ademanes. Marcos (que la espió desde un bus en
marcha) se concentró en el diseño y el color de su traje. Loren
estaba “lanzada”, como suele decirse, con esa faldita. En ese desgaire de su atuendo latía un
propósito seductor.
Aunque Marcos no le quitó los ojos de
encima, Loren no pareció verlo. Desde la ventanilla del bus, momentáneamente
inmóvil, la observaba, sintiendo el privilegio de una contemplación estimulante
e impune. Loren tenía una expresión desinteresada de otra cosa que no fuera el
paso del bus que necesitaba. Marcos vio cómo la mujer lanzaba miradas
escudriñadoras a todos los buses que se acercaban. En una ocasión la vio hacer
señales diligentes a uno de estos vehículos y, luego, apresurarse por el andén
en pos de él, que se detuvo unos metros más allá. Loren miró el rótulo de la
ruta y regresó a su sitio con un gesto decepcionado, pero siempre al acecho.
Loren, con esos ojos ligeramente
antipáticos, con esa presunción a flor de piel. Era una de esas mujeres que
alcanzan y dejan atrás el guardacantón de los treinta años, entrando, cuando
son solteras, en una especie de acechante timidez. Este tipo de damas se
mantiene a la expectativa, tras el velo (unas veces más denso que otras) de una
discreción manipulada de acuerdo al carácter. Ese lapso de los treinta a los
cuarenta, donde la vida puede tornarse muy interesante o muy aburrida, dominaba
en Loren.
No era bella, pero flotaba en un nimbo de
sugestión. Tenía una voz interesante, cuidada, tanto que uno estaba tentado a
desear que no la malgastase hablando las naderías y futilidades que acostumbra
todo el mundo, sino que la aprovechara leyendo poemas, exclusivamente, o
elevando el nivel de sintonía de cualquier emisora cultural. Esa voz, entre
cansada e indolente, poseía registros verdaderamente agradables. Era una voz
sensual, lenta, autocomplaciente. Loren sabía moldearla, controlaba sus ritmos,
sus pausas, sus tonos.
Marcos anheló que Loren lo descubriera,
que girara la vista hacia el bus; exactamente, que se fijara en la ventanilla
detrás de la cual él la miraba con su rostro pardo, su barba rala, sus labios
negroides, su mirada afable. Sin embargo, Loren continuó en su espera, sin duda
anhelante. Sus ojos serios, que extendían una luz severa sobre su semblante,
seguían saltando de un bus a otro. Su cabeza presentaba un
movimiento de persistente alerta.
El bus reanudó la marcha y Marcos no se
arrepintió de haber conservado la calma. En el punto más alto de su ansiedad
por cruzar un saludo fugaz con Loren, sintió el impulso de hacerle una seña con
la mano y hasta llamarla con un grito moderado. Desistió, no obstante. Disfrutó
hasta donde pudo, de una manera noble, la prerrogativa de contemplarla en la
peripecia de aguardar el bus, o de representarse, por un momento, el destino de
su viaje. Notó en ella un desgaire tal, una atmósfera tan deportiva, que la
imaginó abandonando la ciudad, yéndose lejos, a la ventura, ávida de
peregrinajes e intemperies, olvidos. Se le antojó un ser desvalido, frágil,
infeliz, en medio del tumulto matinal y de ese tufo de invierno.
Recordó el temor pueril que lo sojuzgaba
en ocasiones, el escrúpulo de sentir, de pronto, en el lugar que fuera, los
vigilantes ojos de Loren, como un Argos milimétrico, ubicuo. Loren era una
especie de sombra que no lo desprotegía. En ocasiones sentía acentuarse su
invisible presencia, creía oír el sonido suave y un tanto artificial de su voz: "Marcos, ¿qué haces?" La presentía en los lugares más disímiles, vigilándolo. Especialmente al
hallarse en aventurillas románticas, experimentaba la desazón de saberse
espiado y, de un modo tácito, objeto de condena.
Ahora era él quien la espiaba. Marcos pensó en la vida de Loren, se
preguntó si tenía un amor. La existencia de esta mujer no podía prescindir del
aire intelectual. Donde se leyeran poemas o sonara música clásica, podía rastreársela. Igual que los millares de individuos masificados en torno a la
fábula del arte, Loren respondía al llamado de estos eventos, con esa fácil y
alegre expresión de los consumidores.
Ahora Loren andaba en otro plan. Marcos se
preguntó por el lugar adonde ella se dirigía, si era lejos o cerca, si estaría
dos horas, un día, tres semanas, un año. Con ese atuendo tan descomplicado,
Marcos no podía resistirse a hacer cábalas. Quizás fuese
a visitar a una amiga o a un pariente, personas que verían sin melindre su desaliñado
aspecto.
Marcos pensó que acaso Loren fuera miembro
de una honorable y adinerada familia empobrecida. Si por el modo de vestir y la
calidad de la ropa puede medirse la posición económica de la gente, Marcos
convenía, sinceramente, en que Loren no formaba parte de una clase próspera,
sino de una clase en apuros.
No era amigo de Loren en el sentido amplio
del término. ¿Hoy por hoy quién es amigo de otra persona en el sentido amplio?
Estaba cierto de algo: no evitaría saludar a Loren ni canjear unas palabras con
ella donde sea que la hallara. Esto en memoria y reconocimiento a esa comunión
delicada y amistosa que los unió en la u.
Recordó la ocasión en que se cruzó con
Loren en La Piloto. En esa oportunidad ella le dio la impresión de que estaba
feliz. Incluso le notó (aunque tal vez no fuera más que una treta del magín) un
anillo de oro en el anular. Marcos estuvo tentado de suponer que ese gesto
radiante, esa expresión jovial, obedecían a los buenos pastos del matrimonio.
Esa vez Loren llevaba un vestido sencillo, pero nuevo, distinto a esos ropones
desteñidos que solía usar, como el de ahora, que daba la idea de ser ajeno, de
una hermana o una tía o una amiga
caritativa.
Pensó que la vida era como esa MG300 Mitsubishi, como ese monstruo japonés que te aplana sin ningún miramiento. Así acabarían yendo por la vida, domesticados, metidos en cintura, puestecitos en regla, braceando por la pitanza, anónimos en una urbe caótica. Mientras el engendro nipón, Toyota, Mitsubishi, llenaba sus arcas.