viernes, 29 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 6.)

El tubo de escape de la aplanadora lanzaba espasmódicas y oscuras masas de humo. Parecían los arduos esputos de un vejete que se estuviera asfixiando. Por la autopista de doble calzada desfilaban tres hileras de autos en cada lado. La aplanadora, de color amarillo, mostraba un aspecto gigantesco, acucioso. La espalda del hombre que la conducía era estrecha y acaso llevase una gorra encasquetada en la cabeza. Marcos no podía asegurarlo. Desde el bus vio cómo la aplanadora se adelantaba con sus grandes llantas embarradas. La perdió de vista en el recodo, más allá del semáforo. Retuvo en la mente la marca de fábrica de la enorme máquina: MG300 Mitsubishi.

¿Qué hacía Loren por allí? Las amplias instalaciones del Terminal de Transportes se alzaban detrás de ella, con esa imponencia de muros y vigas metálicas. El puente peatonal atravesaba la autopista, exhibiendo el tráfico rutinario, nutrido, mecánico. El tráfago rugía frente a Loren, que mostraba una figura humilde, pese a la altivez de sus ojos y a la ostentosidad de sus ademanes. Marcos (que la espió desde un bus en marcha) se concentró en el diseño y el color de su traje. Loren estaba “lanzada”, como suele decirse, con esa faldita. En ese desgaire de su atuendo latía un propósito seductor.

Aunque Marcos no le quitó los ojos de encima, Loren no pareció verlo. Desde la ventanilla del bus, momentáneamente inmóvil, la observaba, sintiendo el privilegio de una contemplación estimulante e impune. Loren tenía una expresión desinteresada de otra cosa que no fuera el paso del bus que necesitaba. Marcos vio cómo la mujer lanzaba miradas escudriñadoras a todos los buses que se acercaban. En una ocasión la vio hacer señales diligentes a uno de estos vehículos y, luego, apresurarse por el andén en pos de él, que se detuvo unos metros más allá. Loren miró el rótulo de la ruta y regresó a su sitio con un gesto decepcionado, pero siempre al acecho.

Loren, con esos ojos ligeramente antipáticos, con esa presunción a flor de piel. Era una de esas mujeres que alcanzan y dejan atrás el guardacantón de los treinta años, entrando, cuando son solteras, en una especie de acechante timidez. Este tipo de damas se mantiene a la expectativa, tras el velo (unas veces más denso que otras) de una discreción manipulada de acuerdo al carácter. Ese lapso de los treinta a los cuarenta, donde la vida puede tornarse muy interesante o muy aburrida, dominaba en Loren.

No era bella, pero flotaba en un nimbo de sugestión. Tenía una voz interesante, cuidada, tanto que uno estaba tentado a desear que no la malgastase hablando las naderías y futilidades que acostumbra todo el mundo, sino que la aprovechara leyendo poemas, exclusivamente, o elevando el nivel de sintonía de cualquier emisora cultural. Esa voz, entre cansada e indolente, poseía registros verdaderamente agradables. Era una voz sensual, lenta, autocomplaciente. Loren sabía moldearla, controlaba sus ritmos, sus pausas, sus tonos.

Marcos anheló que Loren lo descubriera, que girara la vista hacia el bus; exactamente, que se fijara en la ventanilla detrás de la cual él la miraba con su rostro pardo, su barba rala, sus labios negroides, su mirada afable. Sin embargo, Loren continuó en su espera, sin duda anhelante. Sus ojos serios, que extendían una luz severa sobre su semblante, seguían saltando de un  bus a otro. Su cabeza presentaba un movimiento de persistente alerta.

El bus reanudó la marcha y Marcos no se arrepintió de haber conservado la calma. En el punto más alto de su ansiedad por cruzar un saludo fugaz con Loren, sintió el impulso de hacerle una seña con la mano y hasta llamarla con un grito moderado. Desistió, no obstante. Disfrutó hasta donde pudo, de una manera noble, la prerrogativa de contemplarla en la peripecia de aguardar el bus, o de representarse, por un momento, el destino de su viaje. Notó en ella un desgaire tal, una atmósfera tan deportiva, que la imaginó abandonando la ciudad, yéndose lejos, a la ventura, ávida de peregrinajes e intemperies, olvidos. Se le antojó un ser desvalido, frágil, infeliz, en medio del tumulto matinal y de ese tufo de invierno.    

Recordó el temor pueril que lo sojuzgaba en ocasiones, el escrúpulo de sentir, de pronto, en el lugar que fuera, los vigilantes ojos de Loren, como un Argos milimétrico, ubicuo. Loren era una especie de sombra que no lo desprotegía. En ocasiones sentía acentuarse su invisible presencia, creía oír el sonido suave y un tanto artificial de su voz: "Marcos, ¿qué haces?" La presentía en los lugares más disímiles, vigilándolo. Especialmente al hallarse en aventurillas románticas, experimentaba la desazón de saberse espiado y, de un modo tácito, objeto de condena. 

Ahora era él quien la espiaba. Marcos pensó en la vida de Loren, se preguntó si tenía un amor. La existencia de esta mujer no podía prescindir del aire intelectual. Donde se leyeran poemas o sonara música clásica, podía rastreársela. Igual que los millares de individuos masificados en torno a la fábula del arte, Loren respondía al llamado de estos eventos, con esa fácil y alegre expresión de los consumidores.

Ahora Loren andaba en otro plan. Marcos se preguntó por el lugar adonde ella se dirigía, si era lejos o cerca, si estaría dos horas, un día, tres semanas, un año. Con ese atuendo tan descomplicado, Marcos  no podía resistirse  a hacer cábalas. Quizás fuese a visitar a una amiga o a un pariente, personas que verían sin melindre su desaliñado aspecto.

Marcos pensó que acaso Loren fuera miembro de una honorable y adinerada familia empobrecida. Si por el modo de vestir y la calidad de la ropa puede medirse la posición económica de la gente, Marcos convenía, sinceramente, en que Loren no formaba parte de una clase próspera, sino de una clase en apuros.

No era amigo de Loren en el sentido amplio del término. ¿Hoy por hoy quién es amigo de otra persona en el sentido amplio? Estaba cierto de algo: no evitaría saludar a Loren ni canjear unas palabras con ella donde sea que la hallara. Esto en memoria y reconocimiento a esa comunión delicada y amistosa que los unió en la u.

Recordó la ocasión en que se cruzó con Loren en La Piloto. En esa oportunidad ella le dio la impresión de que estaba feliz. Incluso le notó (aunque tal vez no fuera más que una treta del magín) un anillo de oro en el anular. Marcos estuvo tentado de suponer que ese gesto radiante, esa expresión jovial, obedecían a los buenos pastos del matrimonio. Esa vez Loren llevaba un vestido sencillo, pero nuevo, distinto a esos ropones desteñidos que solía usar, como el de ahora, que daba la idea de ser ajeno, de una hermana o una tía o una amiga caritativa.         

Pensó que la vida era como esa MG300 Mitsubishi, como ese monstruo japonés que te aplana sin ningún miramiento. Así acabarían yendo por la vida, domesticados, metidos en cintura, puestecitos en regla, braceando por la pitanza, anónimos en una urbe caótica. Mientras el engendro nipón, Toyota, Mitsubishi, llenaba sus arcas. 

 

 


lunes, 25 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 5.)

Loren me saludaba con amabilidad, y algunas veces con efusión. Yo quedaba perplejo, porque era una mujer complicada, con cierto fastidio de la vida. Así que no me explicaba su deferencia hacia mí. Le caía simpático, no hay de otra. Tiempo después de que nos graduamos me crucé con ella en un pasillo de la Secretaría de Educación (entonces este despacho quedaba en Los Huesos). Recuerdo que a raíz de este encuentro, luego de despedirnos, me hice el propósito de revelar el sentido del paso de Loren por el mundo. Era lo mismo que preguntarse por el objetivo de cualquier vida humana, la mía, la del más ignoto ser que respira. En este caso mi interrogante se enfocaba en Loren, por qué se cruzaba en mi camino, qué nexos extraños nos unían. Nos conocimos en la u. Al final de la carrera estábamos viendo juntos Latín, y esto debía encerrar algún significado secreto. La clase era a las seis de la tarde, y el aire crepuscular de la atmósfera compaginaba con la edad del profesor, César, un veterano corpulento, alegre y un tanto banal. Senatus Populusque Romanus. Me traía a la mente a Pontius  Pilatus, gobernador de Judea del 26 al 36, que escribió el libro Judaism at Rome. ¿Es que Loren tenía algo de Agripina, de Calpurnia o de Mesalina?  Me hacía pensar en una de esas mujeres encumbradas y fatales, una de esas historias horribles, como Nerón mandando a matar a su madre. Todos hemos matado alguna vez a los padres. De alguna forma, esto forma parte del desarrollo de nuestro psiquismo. Resolverlo de una manera sana garantiza cierto buen puerto en la vida, aunque siempre hay rezagos. Hoy pienso esa altivez de Loren como si fuera una nieta de Augusto, una esposa de Germánico. Y pienso en Pilato no como quien condenó a Jesús, sino como el letrado que expone con claridad y buen criterio las relaciones políticas entre Roma y su colonia judía. Sí, Loren hubiese hecho un buen papel de romana. No al estilo de la heroína de la novela de Alberto Moravia, Adriana, la muchacha sencilla y pobre, sino una aristócrata. César, nuestro profesor de Latín, era hasta chabacano. Una tarde, al llegar al aula, encontramos escrita en el tablero la siguiente frase: "Hoy mi alma quiere volar libre como el viento. Mario, septiembre 8 de 1992." "Quién sabe qué traba se irán a pegar", comentó el catedrático. Ese desparpajo me caía al hígado. Nunca he estado de acuerdo con la burla porque sí. También es que soy un poquito acartonado y exijo ciertas maneras a la gente. Por ejemplo, cuando mi hijo, que ya es un joven de 22 años, en una reunión familiar, sale con "qué chimba", de inmediato lo llamo al orden. Quizás es que ya estoy viejo. Pero que un profesor ridiculice una frase soñadora, eso me sentaba mal, aún hoy lo reprocho. A partir de ese momento César se me antojó una persona poco seria. Siempre hay que tener esa severidad y elegancia romanas. Me gustaba Loren porque era de una pieza, no se traicionaba en su soberbia y en su hartera del mundo. No solía llevársela bien con la gente, criticaba a diestra y siniestra, pero amaba la poesía. Despotricaba del sistema educativo, el gremio de los docentes le parecía miserable. De su experiencia de maestra rural en San Luis, rescataba el silencio y el recogimiento del campo. La vereda distaba tres horas del pueblo. En invierno el fango del camino llegaba hasta las rodillas. Debía lavarse bien antes de la clase. Era la profesora de español. Tenía a su cargo siete niños. En aquel monte los alumnos iban armados con machetes para defenderse de las culebras. Loren les leía cuentos y poemas. Los exámenes consistían en hablar con los chicos. No se adaptó al carácter de sus colegas, por eso abandonó el trabajo. No quería saber nada de la docencia. La ocasión en que nos cruzamos en la Secretaría de Educación, Loren traía unos sobres blancos en la mano, los agitaba al andar, como significando la importancia de la información que contenían. Me pidió que le tuviera uno de los sobres mientras ella, con los restantes, entraba en una oficina. Cometí la indiscreción de sacar la hoja. Leí. Era una carta comercial, donde una empresa ofrecía a la Secretaría de Educación tizas coreanas. El lenguaje era el característico de esta clase de comunicaciones, formalísimo, concreto. Luego del saludo y de la afirmación de la necesidad de un buen nivel educativo en todos los aspectos, se pasaba a describir las cualidades del producto (las tizas coreanas Ningiu son antitóxicas, antialérgicas y no producen ruidos estridentes). Más abajo aparecían las cotizaciones para tizas blancas y para tizas de colores. Estas últimas tenían un costo mayor. Guardé la carta, preguntándome qué tendría que ver Loren con todo eso. Con aire desenfadado, me dije que las personas no dejan de sorprendernos. A todas estas, Loren apareció en el pasillo, despidiéndose de un funcionario en mangas de camisa. Le devolví el sobre sin confesarle mi falta.Una pareja sentada conmigo en el banco se levantó impetuosa y fue tras el tipo del que Loren acababa de desprenderse. Noté la altivez con que caminaba mi amiga.Traía un vestido claro, ceñido al cuerpo, combinado con unas medias de seda vinotinto, que conferían un toque de osadía a su atuendo. Me dije que Loren vestía con desenvoltura burguesa. Advertí los crespos hilos plateados salpicando su pelo corto, undoso. Su tez clara mostraba un leve encendimiento a causa del calor. Salimos de allí. Caminamos hasta el centro. La acompañé al consultorio de un médico bio-energético, donde concertó una cita para su anciana madre. Entretanto, hablamos y, como siempre, ella era una lanzadera de preguntas. Fue rodeando el terreno, asechando, hasta que se internó en lo afectivo. Qué sandez, me dije, tanta perífrasis para preguntarme si vivo con una mujer. Fui descarnadamente sincero. Me preguntó si tenía hijos. Respondí con una broma: "Mis hijos son el producto de mis viajes a Idumea", parodiando a Mallarmé. A ella le quedó sonando la palabra "Idumea". Me pidió pormenores, aclaraciones. Se las di. Fue más allá, hasta tocar lo íntimo, la relación de pareja. Entonces me inhibí un poco. Como la tortuga, escondí la cabeza en la coraza. Loren me halagó diciéndome que desde la u le parecía interesante, que ella no osaría sondear de ese modo a cualquier otro. Me contó que conocía algunos de mis escritos. Me sorprendió. Yo nunca le había enseñado nada de lo que escribo. Ante mi asombro, me dijo: "Olga Regina me los mostró. Tú le diste unos poemas tuyos." No me acordaba de Olga Regina ni de haberle obsequiado nada. ¿Sería un infundio de Loren? Esta inquietud llenó varios minutos de conversación. Nos separamos en Carabobo. Loren cogería buseta de Santra. Intercambiamos un beso en la mejilla. Retumbaba el mediodía. Me pregunté quién era Loren, a qué designio obedecían sus apariciones en mi vida. Pensé que podría novelar la experiencia de seres como ella, esencialmente áridos, sumidos en el limbo del fastidio y el escepticismo frente al futuro. Loren ya pasaba de los treinta. Tal vez todo su desdén y resentimiento fuesen azuzados por la sensación de la juventud que comienza a ajarse.                     

viernes, 22 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 4.)

Fue un episodio más admirable de lo que pensé. Lo tenía consignado en mi memoria con el rótulo de "Loren y la mariposita en mi camisa". Lo había olvidado en algunos detalles, creo que en el esencial. Recordaba que era algo así como la vez en que mi hermano Cature me quitó una lanita que se había prendido a mi cabello. Lo mismo habría hecho Loren con la mariposita detenida en mi camisa: la habría tomado entre sus dedos y me habría dicho: "mira". No fue así, y mejor. Las mariposas son muy delicadas, seguro que Loren la habría lastimado al sujetarla. Quizás le desprendería un ala. Mejor que no fue así. Con Cature y la lanita no hubo problema. Una lanita se echa al vuelo con un soplo, es la levedad en una fibra. Una mariposa debe volar, y si unos dedos la sujetan, se hace un lío. Estamos en clase. De pronto, descubro una falena prendida de mi camisa. Pequeña, parda, está a la altura de mi corazón. No la espanto. Me dedico a contemplarla con mudo asombro, mientras la pastosa voz del profesor vibra en el aula. La escruto. Sus ojillos son minúsculos, redondos, oscuros. Las antenas, cortas. La pintada seda de las alas en pliegue. Miro a la derecha. Loren está concentrada en lo que el profesor dice. Peregrina, magnífica, enigmática, la mariposa continúa sujeta a mi camisa. Por un instante me tengo por el objeto de una revelación, afortunado receptor de una dádiva maravillosa. La mariposita, en cierta forma, me enaltece. Es que también vi Fonética con Loren, claro. Quizás fue la primera materia que vimos juntos, antes que Literatura Latinoamericana del Siglo XIX, antes que Latín. En esa época me dio su teléfono y, una vez, me llamó. Yo había reingresado a la u tras un año de interrupción (cuando empecé a trabajar de profesor). Otra vez era el estudiante aislado de las masas, el misántropo. Las desiertas aulas me alojaban nuevamente en su artificial día de lámparas fluorescentes, en sus profundos y bochornosos silencios, en el espasmódico crujir de las sillas, en su resuello sordo. Otra vez regía escrupulosamente mi tiempo, aprovechando los intervalos de las clases para leer unas fotocopias o para escribir alguna idea. Otra vez estaba solo en medio de un imperativo de perfección intelectual en el que cualquier otra persona hubiese resultado una intrusa. Una vez me llamó. Distinguí su voz a través del vacío y se me antojó postiza. Como todo el mundo alababa su voz, la adulteraba, le daba un tono altivo y engreído. Quiero pedirte un favor. Me operaron del endometrio. Casi me muero. ¿Puedes prestarme el cuaderno con las notas de las dos clases venideras? Te arreglaré una cita con mi hermanita. ¿El jueves a las cuatro de la tarde a la entrada de la biblioteca? ¿Está bien? Estaba bien. Me describió a su hermana: "blanca, de pelo largo". Sencillamente excitante, pensé. Una muchacha blanca, de copioso cabello, un rostro de gravedad medieval. Imaginé la forma como Loren me describiría ante su hermana: "moreno, alto". Probablemente unos rasgos del todo ajenos al ideal viril de la muchacha. La muchacha. Me pregunté si la hermana de Loren no sería la misma cuyo rostro eclosionó en mi mente en el carro de Iván, al regresar de Concordia. Vino a mi cabeza nítida, casi palpable, en una atmósfera de colores malvas y verdes. ¿En realidad tuve ese encuentro con la hermana de Loren? ¿Cómo es que no puedo recordarla? Sí, Loren tenía una hermana. Eran muy distintas. Loren tenía el cabello crespo y corto. Su cuerpo era elástico y ágil, un poco achaparrado. Tenía la grasa bien distribuida, una fisonomía esmerada, amaba caminar. Su rostro mostraba unas manchas oscuras, como las de Luis. Luis se había librado de esas manchas con la dieta del agua, bebiendo varios vasos en ayunas. Era lo que él afirmaba. La hermana era una mujer más fina, más estirada, también con ese aire aburguesado. Por lo general, uno veía a Loren sola. Era una de esas personalidades hurañas, lejanas. Su vida no debía de ir sobre ruedas. Una operación del endometrio, algún quiste. Interrumpir la carrera. Amaba la agenda cultural. Una noche coincidimos en el Teatro Metropolitano, durante un concierto. Recuerdo que al salir sentí la fascinación de la calle hundiéndose en la noche, entre un baldío y el flanco del teatro. No había pavimento. El terreno estaba apisonado, con diseño de avenida. Los postes del alumbrado se veían desnudos, vacilantes en la penumbra. Aquello exhalaba un aire indómito, el hechizo de los lugares desiertos, la sugestión de los ámbitos marginales, que parecen llamarnos con una voz secreta. Desde el umbral (porque allí no existía otra cosa que un umbral), la calleja se alargaba, respirando misterio. Una valla limitaba el baldío, con una enredadera sujeta a su capricho. La noche palpaba las cosas con su indescriptible caricia. Desde allí, en la distancia, pero no demasiado lejos, la aguja de la iglesia de Barrio Triste erguía su oscuro trazo pulido. La sombra inmensa de un edificio en construcción se interponía. La ciudad destellaba, era pupilas rojas, de un rojo subido, azules, blancas, amarillas, con matices y tonalidades maravillosas. Fluía el tiempo entre esas imágenes: la aguja de la iglesia, la enredadera, la mole a medio hacer. Y Loren apareció, vino desde atrás, rebasándonos con su altivo gesto y su ropa delicada, con su bufanda al cuello y su andar presto. Como nosotros, había gozado de la magia del pianista cubano, el encanto de la Patética. Al alejarse, volvió el rostro y nos hizo adiós con la mano. Se fue, trotandito, para no perder el bus que aguardaba en la esquina. Tuvimos la certeza de que Loren estaría espiándonos siempre que asistiéramos a cualquier acto de esta índole, que nunca nos evidenciaría su presencia hasta el último instante, para comunicarnos tácita, enigmáticamente, que conocía todos nuestros movimientos. Recordé a la mujer de ojos verdes, la irritación en su rostro cuando el público aplaudió intempestivamente al pianista. Ella se mantuvo quieta, en una actitud altiva, indignada. Sus acompañantes, algo atolondrados, se sintieron perplejos por el mudo reproche de la exigente ojiverde. La silenciosa censura en la faz de esa mujer, y la irrupción inesperada de Loren, al marcharnos, se grabarían en mi memoria de esa noche.                           

sábado, 16 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 3.)

¿En qué ocasiones -que no sea en mis escritos- recuerdo a Loren? En clase de Literatura Latinoamericana del siglo XIX, con Elvia, a las cuatro de la tarde, en el bloque de Química. Loren suelta, viva, no amarrada a mis escritos. Sí, en aquella clase, aquellas tardes, y en clase de Latín, a las seis de la tarde, con César (¿es así como se llamaba el profesor?). Loren faltaba a clase,  su relación con la academia era un poco irregular, dispersa, de estar y no estar. Loren siempre andaba magnetizada por algún poema. En la clase de Elvia, una tarde, nos deleitó con su hermosa voz, leyendo un poema. ¿Borges acaso? ¿Ese poema que tanto gustaba al profesor Hernán Sepúlveda? Recordarla en aquel salón, con aquella profesora y aquellos compañeros; recordarla con su figura austera, con su cara seca, con sus modales severos. Parecía que hubiera estudiado con monjas. Una mujer espiritual, mística (como dice el amigo Jhony), que rehuye el tumulto, que aprecia la compañía de alguien que le cae bien, con quien es agradable conversar. ¿Se llevaba bien con Elvia? ¿Hizo buenas migas con Clemencia? Fue el libro que leímos con Elvia, Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano. ¿Le gustaría ese romanticismo dulzón y esquemático? Loren tenía una forma de ser altanera, y así no es fácil llevarse bien con la gente. Claro, en algo me recuerda a mi hermana mayor, con su glamur, con sus gestos calculados y su código de buenas maneras. Las mujeres así no es que me gusten mucho, no. Me pueden gustar, incluso, las chicas mal habladas, un poco machorras, las que dicen "parce" y "marica" cada nada, aunque yo no hablo así. En clase de latín la recuerdo con menos precisión. Seguro que no se la llevaba bien con Nazaret y su tropa, quienes también estaban matriculadas a esa materia de senatus populusque romanus. ¡Declinaciones! Quién iba a pensar que esta palabra,que en clase de latín estaba relacionada taxativamente con la gramática de este idioma, más tarde, con los años, en lo personal, se relacionaría con las mermas de la edad y la decadencia. ¡Declinar! Ponerse el sol, agotarse las facultades, en fin. Nazaret, Maryori, Emilce, Gladis, una de aspecto aseñorado, que hablaba con un dejo de bacanería, de cuyo nombre no puedo acordarme. Toda esa tropa, seguro que Loren las miraría un poquito por encima del hombro. Me hubiese gustado entablar una relación con Loren basada en los libros. Que su "¿qué autor buscas?" de La Piloto nos hubiese entretejido en una amistad culta e inteligente. Que así como ella me dijo que buscaba a Isak Dinesen, yo hubiera podido decirle que estaba encarretado con Yukio Mishima. Cosas por el estilo. Eso se dio en cierta medida, en las contadas veces que conversamos, pero pudo ser más pleno. Es que, ahora que caigo en ello, me vi muy pocas veces con Loren. Alguna vez me dio su teléfono; en otra ocasión me llamó. Tiene su misterio o su encanto. En la época en que fuimos compañeros en la u, yo leía a Mishima, El marinero que perdió la gracia del mar. Hoy, cuando escribo sobre ella, Mishima me acompaña otra vez: Nieve de primavera. En mi cuaderno 32, entre otros escritos, en tinta azul, aparece, sencilla y exacta: "Loren". Era un nombre que me gustaba. Habían cogido "Lorena" y le suprimieron la "a". Quedó "Loren". Y yo lo escribí en mi cuaderno así, limpio y preciso: "Loren". Como si me hubiese propuesto escribir una plana con ese nombre, y me bastara con dejarlo ahí, en su simple grandeza. Un día me senté en una mesa de estudio, y descubrí que alguien había rasgado pacientemente un vaso desechable de color verde, en el que quedaba un residuo de café; luego echó en él una servilleta sucia y estrujada y rota. Me pregunté qué emoción pudo originar semejante acto en esa persona. Rasgar el vaso con ese ostensible placer, con cierta sevicia, y luego depositar allí la servilleta estrujada. Me pregunté si Loren podía hacer eso, si fue ella quien lo hizo, tal vez molesta por la lluvia que se había desgajado. La lluvia concita reacciones diversas. Ese alguien del que seguramente jamás tendría noticia, dejó el objeto de su instante de soledad y rencor para que yo tuviese en mis manos los vestigios de un anhelo abandonado. También yo era un desconocido para ese alguien que desgarró en silencio el verde plástico. Pensé que debía gritar con todas mis fuerzas un nombre sacado de los limbos del azar. Pero la tarde transcurría (el sol se había ido a morar en una remota percha) y supe que los sentimientos sinceros no eran pan del día. Así que era ocioso clamar al aire por unos ojos de mujer o una plazoleta asaeteada por la ausencia. El aroma del café, exquisito y sagrado, se demoraba en el vaso destruido. Me pregunté quién había bebido el café y desgarrado el recipiente. Pensé en una mujer taciturna, tal vez en Loren, enmascarada en el rostro de todas las femmes que pasaban a mi lado.                 

miércoles, 13 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 2.)

La vida ejecuta en nosotros las operaciones de una lavadora: remojo, lavado, enjuague, centrifugado. Realiza todo esto en un modo inteligente, con la cantidad de agua precisa. Somos nosotros los llamados a aplicar el detergente y el suavizante necesarios. De un ser imperfecto y atacado de impurezas, a través del proceso reparador de los días, accedemos a cierto nivel de perfección. Es el ideal de la vida, esa máquina en cuyo programa nuestra existencia discurre por fases y transformaciones. Una prenda lavada y fragante, secándose al sol y a la brisa como en las playas de un nirvana, así es nuestro espíritu enfocado en la trascendencia. Es como un olor conducente a descanso, como una tienda en el encinar de Mambré. Yo creo que era todo esto lo que buscaba Loren, jugada en los tumbos del día a día, cuando se colocó a trabajar en ese colegio de Belén. Tenemos sueños de ermitaños, a veces. Queremos irnos a un pueblito alejado del ruido de las ciudades, trabajar allí en sosiego, consubstanciados con la tierra. A veces queremos lo contrario, estar en el centro del torbellino, en Babel: es cuando dejamos la escuela en la vereda distante y volvemos a Medellín, porque aquí está la vida que satisface nuestra necesidad de contacto con lo que nos gusta: un libro de Isak Dinesen, por ejemplo. En ese centrifugado final, entre  impulsos, decisiones y sueños, acaba Loren. Fue por allá en el 2000. Era mediodía. Yo salía para el trabajo, cuando una noticia me sembró ante la tele. Una profesora asesinada en Belén. Loren Aguirre. Un alumno le disparó. Me quedo ahí, frente al aparato, paralizado. Mi esposa advierte mi consternación. Le digo que conozco a esa profesora, que fue mi condiscípula en la u. Eso es todo. Salgo de casa impactado por el suceso, reflexionando un montón de cosas, rumbo a un lugar donde, supuestamente, voy a enseñar, pero que también es el pudridero donde un muchacho cegado por la violencia puede acabar con mi vida. No hay razones válidas. Es, desde todo punto de vista, un absurdo. La maestra asesinada. Es como atentar contra nuestra madre. Remojo, lavado, enjuague, centrifugado, a través de todos estos pasos las vidas buscamos la luz. Que un muchacho de alma infecta haga parte de esta ecuación del ser, es lo que nos parece cuesta arriba. Pero es así. Es como Judas y sus monedas de traición, llamadas a escena, prescritas para gloria del Santo. Y así es todo. Seguramente ese muchacho violento no alcanzara a leer a Isak Dinesen. Otro gallo hubiese cantado. Quizás ni alcanzara a libar leche de los pezones de una madre tierna. Simplemente estaba allí para el último paso de Loren en este mundo. Memorias de África. Hoy, al través de este título, veo la vida de Loren como un delicado tejido, como un hermoso proyecto. Aquella vez de hace tantos años, al encontrarnos en el recibidor de La Piloto, ella iba por el libro de Isak Dinesen. Había cierta apatía en ella, pero acaso fuese una pose. Ese desgano le sentaba a su personalidad. Creo que ella lo manejaba por medio de un dial ajustado a sus deseos. Era el desgano más dulce que jamás existiera. Un deliquio, como diría Porfirio Barba Jacob. Porque ella, como nosotros, era una actriz, una impostora. Su fingido desinterés, su elaborado desmayo, eran eso: actuación. Un tinglado de locura, donde no atinamos a entender qué es sueño, qué es realidad. Vuelvo al encuentro en La Piloto, en los semestres iniciales de la u. Me saluda y me pregunta por mi vida con tal desgana que siento ganas de llorar. Su rostro, lo mismo que su vestido, relatan afugias, estrecheces. Sus mejillas lucen congestionadas, con manchas, cierto carate. Con su característica apatía, me cuenta que suspendió la universidad. Antes de esto, me ha contado que se encuentra muy triste por la muerte de un amigo al que amaba mucho. Es una mujer tan misteriosa que uno elude cualquier intento de seducción y la deja en su indolencia. Cuando estamos devolviendo los libros (Circulación y Préstamo, cómo olvidar esta sección, si así es la vida, circulamos en préstamo), Loren comunica a la empleada la noticia de la muerte de su amigo, exhortándola a que se acuerde de él (lo describe a la ligera). La empleada, tal vez por librarse de Loren y sus noticias funestas, afirma recordar al muchacho (quien, a propósito, se mató en una moto). Ya en el catálogo (los muebles con sus casillas repletas de fichas de cartulina), le pregunto: "¿qué buscas?" Me cita dos autores. El primero no lo capto, el segundo, Isak Dinesen. Nos apartamos lánguida y formalmente. Imagino que ese libro que no entendí, tal vez porque ella lo pronunció en un susurro o muy rápido, ha de ser una novela que yo escriba y le dedique: En la comisura de la noche, por ejemplo.                   

lunes, 11 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren)

Ante el mostrador del bar, sentada en un butaco, la mujer se zafa a hablar de su vecino del segundo piso, finado hace dos años. Tiene dos interlocutoras, una al lado suyo, en otro butaco; la otra es la  administradora, que permanece de pie detrás del mostrador. Yo estoy un poco alejado, en un sofá, pero la relatora me involucra entre sus escuchas. La mujer bebe cerveza, mientras su amiga, que convalece de una virosis, se las arregla con una aromática de frutos rojos. Es una voz vulgarota y achispada la de la mujer (también alguna fibra pacata late por ahí), la cerveza le ha soltado la lengua. No repara en la inconveniencia del tema, se arroja lanza en ristre contra el difunto. Este era el dueño del apartamentito donde hoy viven ella y su esposo. Su esposo se lo compró. Compartían una entrada y una escalera común. Esta última continuaba hasta el apartamentito, que venía a ser un tercer piso. Comenzaron a vivir allí, y a poco se dieron cuenta de que el antiguo dueño (que vivía en el segundo piso, como se ha especificado) era entremetido, chismoso y viejo verde. Esto de viejo verde era lo que más sublevaba a la mujer contra su antiguo vecino. El decir común es que no hay muerto malo, pero la mujer se esforzaba en enumerar los defectos del finado. No la asistía ni una pizca de compasión. Es que el vecino, al darse cuenta de que ella pasaba casi todo el tiempo sola en casa, mientras el esposo trabajaba, le tocaba la puerta y la invitaba a ver tele. El viejo vivía solo. Espiaba desde su balcón la llegada de ella, cuando esta salía de casa a sus diligencias, y aguardaba su paso por la entrada de su segundo piso, para saludarla, mirarla, empalagarla, lo que encendía de rabia a la vecina. El esposo le advirtió que ya el apartamentito era de ellos, que lo habían comprado, que no se tomara más atribuciones de las correspondientes. En fin, que dejara tranquila a su mujer. Los escuchas estábamos abochornados ante la andanada de agravios que la mujer disparaba contra el muerto. Su indignación era tanta, que su rostro se puso grana. De nada valieron mis intentos por desviar el tema. Terminé por pensar que, tanto para un vivo como para un muerto, son sus actos sus mejores abogados. Dejé que la mujer destilara su amargor drogado con cerveza. 

También yo voy a hablar de una difunta, Loren, que fue mi condiscípula en la Universidad de Antioquia. Debió tener defectos, como todos, pero, por fortuna, mi amistad con ella fue distante, protocolaria, por lo que solo pude advertir en su forma de ser los rasgos convencionales y discretos. El código de decencia, como podríamos llamarle. Sé que una u otra compañera del pregrado le tenía ojeriza a Loren, se había peleado con ella, o lo que fuera. Esos enredos de mujeres es mejor asirlos con pinzas, o dejarlos quietos. Mi relación con Loren era académica, y un tris galante, en el sentido de que, como muchos, yo era un admirador de su bella voz. Cuando leía en clase (poesía sobre todo) su voz no tenía nada que envidiarle a una locutora de renombre. Todos creíamos que su futuro era ese, ser contratada por una importante emisora cultural, a raíz de lo cual Loren llevaría una vida desahogada, burguesa, mimada. Nunca asimilé la realidad de que Loren estudiaba, como nosotros, para docente, con todos los rasgos peyorativos a los que esta profesión adhiere. Siempre la imaginé en el confort. Pero al graduarse, como todos nosotros, tuvo que luchar por una vinculación, irse a algún moridero, permanecer allí cierto tiempo, hasta que la movieron a Medellín. Aunque vivía en un sector cómodo de la ciudad, su vida no parecía fácil. Nunca supe mucho de ella. Cierta vez viví con mi hermana en Conquistadores y una mañana, al salir a trotar, me crucé con Loren en el puente de la 65. Loren solía caminar. Charlamos un rato, entre el tráfago. En otra ocasión me topé con ella en la Secretaría de Educación, cuando la sede estaba en Los Huesos: Loren distribuía tizas coreanas, las ofrecía en esos despachos. También nos cruzamos, alguna vez, en el vestíbulo de La Piloto (los libros que ella leía o que pensaba leer en esa ocasión, eran de todo mi gusto) y en algún concierto (Irakere, si no estoy mal). Loren tenía la idea errada de que yo era mujeriego, un cotizador, porque, según ella, siempre me veía con mujeres distintas. Nada más alejado de la verdad. Siempre he sido, más bien, tímido. A partir de esa creencia de Loren, me atacó la extraña sugestión de pensar que ella me espiaba. En cualquier evento cultural que me hallara, sentía los ojos de Loren, furtivos, fijos en mí. Ella decía que yo era un hombre muy varonil y que por eso no me costaba nada atraer a las mujeres. Yo sentía una sutil amonestación en sus palabras. Una vez la vi desde  un bus. Estaba en el andén del Terminal de Transportes del Norte. Me mostró un ángulo de su existencia que a mí, quién sabe por qué rara asociación, se me antojó patético. Llevaba un vestido corto, entero, de esos que acaban en faldashort. El traje poseía una sencillez un poco luctuosa y desteñida. Era uno de esos atuendos de dos colores, estampados, con figuras de flores o pájaros, blanco y negro. Unos tenis, ostensiblemente usados, unas medias cortas. Tras el vestido, el cuerpo de Loren respiraba cotidianidad. Me extrañó que exhibiera las piernas, y me pregunté si alguna vez la vi en otra faceta que ropajes largos, casi talares, un tanto desmañados, pero guardando cierta severidad. Recordé que Jhony decía de Loren: “es una mística”. La verdad es que Loren era una mujer inquietante. Acaso en la mochila de lana que pendía de su hombro portara algún libro entre su inevitable menaje femenino. No solía  maquillarse, pero tal vez no le faltara el providencial espejito que sirve a las mujeres para el retoque. Esperaba bus allí, en el andén de la Terminal. Se veía inquieta, atenta al paso de la ruta que debía abordar. ¿Adónde iría? Parecía una persona solitaria, un tanto evasiva. Pero era buena conversadora, con un dejo engreído en la voz y los gestos. Una vez caminamos desde Los Huesos hasta el centro, donde ella tenía una cita con un médico acupunturista. Me contó lo arduo que fue su trabajo en un pueblo, la escuela quedaba en una vereda alejada. Cuando la trasladaron a Medellín, se ubicó en Belén. Era el sector donde vivía. Fue en uno de esos pudrideros donde la mataron. La mató un alumno.    

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