martes, 31 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 11.)

Visité por segunda vez a John Charles. Pensaba mudarme de casa y mi amigo se ofreció a alquilarme una habitación. Nos encontramos cerca de la u y fuimos caminando hasta su casa. John Charles mostraba una figura desvaída. Venía de la práctica, el cansancio lo abrumaba. Traía colgado al hombro su raído morral. En la mano, un sobre de manila con la tesis pasada a computador. Su semblante se despejó un poco al hablar de su inminente graduación. "Tantos años en la u, qué karma. Qué bueno trabajar. Pienso regar hojas de vida. ¿No le importaría llevar una a su colegio?" "En absoluto, con gusto". "Todos los colegios deberían tener un trabajador social, ¿no?" "Así es". "¿Cree que me colocaría fácil?" "Tal vez". "Cambiaría mi indumentaria. Vestiría formal, como usted. Le luce ese estilo, ¿sabe? Aunque nunca fue desorganizado al vestir, ahora se ve serio, como todo un profesor. En cambio, mire mis prendas". John Charles traía un bluyín descolorido, con atrevidos adornos de rotos y desgarrones, obedeciendo a una moda de juvenil desafío que chillaba con su edad y su carácter. Calzaba tenis usados y no muy limpios. Su atuendo lo completaba una camiseta gris en el color, el precio y la atmósfera. "También yo tengo trajes solemnes. Me los pongo cuando voy a la iglesia. Para la u no requiero más que estos trapos. ¿Quiere echarle una ojeada a la tesis? Me interesa su opinión". Accedí, hojeé el trabajo, revisé la portada. "Le falta el título", dije, alarmado. "Sí, no es necesario". "¿Que no es necesario? Es fundamental". "No opino lo mismo". Me irritó la intransigencia de John Charles. Me alcé de hombros y le devolví el trabajo, formándome un mal concepto de la tesis. Si acusaba tales defectos de forma, cuántos serían los de fondo. Esta negligencia me entristeció y redondeó la imagen de John Charles como un estudiante mediocre. Conforme avanzábamos debía acomodar mis pasos a los lentos y trabajosos de mi amigo. Adicionalmente, el trayecto se hizo largo por la facundia de John Charles quien gozaba, hedonista, de la conversación, sobre todo escuchándose a sí mismo. Así arribamos a la modesta vivienda de dos pisos. John Charles abrió la puerta y empujó hacia adentro. "Siga". Entré y ascendí la tosca escalera de cemento que llevaba al segundo piso. Después del recodo había cuatro escalones más, y, luego, una reja. Me detuve frente a esta. Un perro de oscuro pelaje y volumen macizo, alertado por el ruido de los que llegábamos, se removía inquieto contra las barras metálicas. Reconocí a Lola, la mascota de la casa. No ladró. Solo brincaba y agitaba la cola. John Charles cerró la puerta e inició a su vez el ascenso de la escalera. Sus movimientos eran despaciosos, agobiados. Intimidado, aguardé en el escalón inmediato a la reja. A través de esta vi venir a dos niños que, imitando a Lola, se agolparon en la cancela. El piso de la sala mostraba un extraordinario disturbio de juguetes infantiles. Me sentí abrumado. No eran solo los muñecos, las pelotas y los aros quienes me producían repulsa. No soy un maniático del orden, pero me agrada que las cosas estén en su punto. Sin embargo, ¿qué otro lugar distinto al piso legitiman en una casa los juguetes de los niños? Acaso yo fuera quisquilloso. Aun así no pude dejar de advertir que la vivienda de John Charles presentaba tal aspecto de desidia, que pareciera que no la arreglaban en varios días. No podía achacarse el trastorno a la alborotadora rutina de los pequeños, sino al descuido y la flojera de los adultos. Me causó mala espina observar tanta incuria. El aire de la casa estaba saturado de orines de niño y de vaharadas de ropa húmeda. Sofocaba. Por otra parte, me pareció que la perra trasudaba un olor de suciedad. La criatura más pequeña estaba ensopada de caquita. La mamá de John Charles también se agolpó en la reja. John Charles se me unió en lo alto de la escalera. El televisor estaba encendido en la sala, y su ruido hería. La afabilidad del niño mayor, su tez clara, sus ojos alegres, mitigaron en mí el efecto desolador del desorden casero. Animado por la presencia protectora de la familia, oculté mi miedo a Lola y abrí la cancela. Lola no me mordió: me olfateó y restregó sus flancos contra mí. Esos contactos me transmitían la idea de una formidable potencia contenida en el cuerpo del cuadrúpedo. Experimenté un temor supersticioso. John Charles vino a mi zaga, cerrando la reja. Entendí la utilidad de ese enrejado en una casa donde había niños revoltosos. La mamá de John Charles se frotaba las manos en el delantal. Toda ella manaba una brisita de vapores culinarios. Su fija mirada, aprensiva al comienzo, ahora expresaba gentileza y mesura. Me saludó con afabilidad. "Marcos vino a mirar la pieza", dijo John Charles. "Así es". Nos sentamos en sillas de las cuales hubo que apartar objetos importunos. Noté que el rostro de la anciana cobraba una actitud ansiosa.Los niños se aquietaron ante la hipnosis de la pantalla. "Disculpe este desorden", se excusó la madre. Su pudor era sincero. "Suelte el bolso". Deposité el maletín en una silla. El intenso olor seguía mordiéndome la nariz. Era una mezcla turbia de vapores de alimentos hervidos, lavadas prendas de enfermo, cuerpos ácidos, tufo de medicamentos. Recordé ese olor. Era el de la casa de un compañero del colegio que vivía reducido a una silla de ruedas: Pedro. Siempre que visitaba a Pedro era fustigado por una ingrata vaharada, proveniente de la lavadora manduqueando ropa con sus aspas mecánicas, y de la olla a presión resoplando y manando olor a caldo. Recordé a la mamá de Pedro, ojizarca, añosa, desconfiada. Recordé a Pedro, su atormentada mímica, sus oleadas de pesimismo, las emanaciones ácidas de su cuerpo debilitado por varias cirugías. Le aquejaba un infección urinaria. El olor de la casa de John Charles era el del cuerpo de Pedro. Era una exhalación mordiente, entontecedora. Sentí alivio cuando John Charles me invitó unos instantes al balcón. Nos sentamos. Allí era menos opresivo el olor. Me cohibí de preguntarle a mi amigo qué era. No me pareció prudente. Más sabiendo que John Charles expelía un olorcillo mordicante, como si se tirara peditos quedos y fétidos. Un rato más tarde todos estábamos ante el televisor, cautivados por una película. De pronto, interceptando mi mirada a la criatura menor y analizando él mismo el caso, John Charles declaró: "madre, la niña se poposeó". Contrariada, la anciana miró a la niña. Luego se puso de pie: "voy a limpiarla". Cargó a la bebé y desapareció en el trasfondo de la vivienda. Regresó al cabo de unos minutos. La niña exhalaba un fresco aroma de aceites y jabones. Manipulaba un juguete. John Charles y yo seguimos viendo la película. La señora dijo al hijo: "¿por qué no sube a la plancha y muestra la pieza a Marcos? La pieza no tiene luz eléctrica. Es mejor que vayan ya". Su voz sonó firme, vigorosa, sin dejar de ser amable. "Está bien, Marcos, acompáñame. Mi madre tiene razón. Ya está oscureciendo".                     

jueves, 19 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 10.)

La primera vez que los visité en la casa de Campo Valdés, la mamá de John Charles me dijo: "lo veo desmejorado". La voz de la anciana sonó desabrida. También yo la vi añosa, blandita. A pesar de conservarse robusta, su cabello gris aparecía marchito. En veces, me sorprendía pensando en ella, tratando de definir la naturaleza de su mímica facial. Era un aire remoto y aprensivo a la vez. Sí, eso era. Eran signos exteriores engañosos, lo sabía. Con la gente de sus afectos ella solía ser muy cálida. Lo era conmigo. "Tiene razón. Estuve enfermo. El médico dice que es agotamiento, por exceso de actividad. Trabajo de profesor. Leo mucho". "Está flaco". "Así es". "Cuídese. ¿Sí se alimenta bien?" Recordé las palabras de mi padre al verme tan acabado físicamente. Como en ese tiempo yo me había ido de la casa y vivía con una mujer, él me previno contra el abuso del sexo, que la cogiera suave. Que visitara a la familia más a menudo y me tomara las benditas sopas de mi madre, así me restablecería. Sentí a la mamá de John Charles contenta en la posesión y el disfrute de la casa propia. "Mi sueño es tener una casa donde reposar", decía afligida en las épocas más duras del rodar de un lado a otro. Aunque los reveses de la vida en ocasiones enfurruñaban su rostro, solía mostrar salidas simpáticas, actitudes risueñas. Sorprendía ver lo jocosa que llegaba a ser. Al fin casa propia. Cuántos años rodando de una casa a otra, pagando alquiler o beneficiándose de la caridad de algún pariente o amigo. Qué de trasteos y trabajos. Reparé la humilde casa. Los muebles eran antiguos, endebles, gastados, tristes. Los muros estaban recién revocados, sin pintar. Era un lugar largo, estrecho, donde se respiraba un aire de digna y sobria pobreza. La señora no se paró de su asiento. Fui yo quien me senté junto a ella. Comenzamos a hablar, ella indagando siempre, sin necesidad de interrumpir mucho su oficio de costura. Vi debilitados sus ojos, la mirada severa tras las gafas. "Me dice John Charles que usted trabaja en un colegio confesional, ¿se volvió evangélico?" "No. Por tradición familiar soy católico. Pero más bien tibio". "Hay que ser fieles a la tradición", dijo. Y a renglón seguido recriminó la adhesión de su hijo a la iglesia mormona, cosa que ella detestaba, sin contar con la energía necesaria para oponerse abiertamente. John Charles se hizo el desentendido. Era una relación extraña la de la madre y el hijo. La señora desaprobaba ciertas ideas del hijo, pero no se lanzaba a una lucha frontal contra este. A un descuido de John Charles, a solapa, me susurraba las censurables actuaciones de aquél. Me pregunté qué especie de chantaje sujetaba a la anciana a las exigencias del John Charles. Sabía que mi amigo era capaz de una cosa así. Veía con desagrado cómo ella le servía la comida como si se tratara de un huésped severo y descontentadizo, y cómo el semblante de John Charles aparecía casi altivo, insensible a los usos de sirvienta de su madre. ¿Tal vez amenazaba con dejarla? Sí, era una convivencia ambivalente. Aunque el hijo era abusivo con la madre, solía hablar de esta en términos elogiosos: "Estoy orgulloso de mi madre. Es una experta culinaria. Sabe tejer, hacer medias, zurce. Hace años participó en un concurso del buñuelo más grande y ganó. Mi madre es lo máximo. Trabaja doce horas al día, de siete a siete, cuidando a una anciana enferma". La señora confirmó las palabras de John Charles, y agregó: "También fui profesora de baile en un salón llamado Danubio Azul. Hace tiempos". Me pareció tan hermoso cuando la escuché decir eso. Casi rompo en lágrimas. Almorcé allí. No había nadie más en la casa. La esposa y el hijo de John Charles estaban fuera. Aquella, trabajando; el chico, en la escuela. John Charles se envaneció ante mí contándome que el niño fue circuncidado a los tres días de nacer. Luego, con un desparpajo que su madre reprobó, me pidió que le transcribiera a máquina una carta dirigida a la directora de la guardería, donde le solicitaba el favor de no privar del cupo al niño. El pequeñuelo estaba matriculado en la escuela del barrio, en la jornada de la tarde. En la mañana los padres lo llevaban al parvulario, porque sus ocupaciones les impedían cuidarlo. La madre de John Charles tampoco contaba con tiempo disponible para fungir de abuelita que cuida a los nietos. En cualquier momento la llamaban a atender un enfermo. Lola era otro miembro de la familia. Se trataba de una perra de negro pelaje, a la cual John Charles llamaba pastor no sé qué. Era un animal tan desordenado que debía castigársele encerrándolo en la terraza. Tuve la oportunidad de verlo y soportar sus olisqueos cuando John Charles me invitó a subir a la plancha, donde únicamente se veían dos toscas piezas repletas de los cachivaches más diversos. Mi amigo me señaló el lugar en el que, en un futuro hipotético, irían un baño y el dormitorio del niño. La azotea mostraba una cara abandonada, fea. Lola era el único elemento vital, aunque un tanto lúgubre, en aquel sitio. Qué mascota se habían conseguido. Lola no dejaba de seguirme, olfatéandome todo el tiempo. Tenía grande fuerza y su cuerpo, al atravesarse, me hacía trastabillar. Como John Charles no se preocupaba por contenerlo, lo intenté yo mismo. En vano. Qué ímpetu de animal. En el mirador de la plancha, con una gran panorámica de Medellín ante nuestros ojos, conversamos: "¿Qué tal el matrimonio?" "Bien". "¿Cuándo piensa encargar otro vástago?" "Pronto. Estamos en esas". "Si mal no recuerdo, su esposa también es mormona, ¿cierto?" "Sí. ¿Recuerda que no asistió a mi boda por más que lo invité? Me hubiese gustado que estuviese, Marcos . Sí, ella es más entusiasta que yo. Todos aquí somos mormones, menos mi mamá". "¿En qué trabaja su esposa?" "En unas confecciones. Me tiene afiliado a la caja de compensación familiar. Esto se lo agradezco. Así puedo usufructuar la biblioteca. Presto muchos libros. Literatura de circuncidados". Descendimos al segundo piso. Me despedí de la mamá de John Charles, olvidando su nombre súbitamente. La anciana me reiteró la recomendación de que me cuidara, pues me veía muy flaco. ¿Le haría caso? Yo era más bien un tipo renegado. Recordé cómo John Charles me insistió que asistiera a su boda y, luego, cómo su mamá me pidió que no olvidara participarles mi grado, cómo se sentiría agraviada si no lo hacía. Al final omití ambas cosas. Qué bestia.              

martes, 17 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 9.)

Una viuda, la mamá de John Charles. Se casó tardíamente, pasados los cuarenta años. El marido les había dejado una casa en Campo Valdés, pero el asunto de la sucesión era espinoso y, mientras lo resolvían, iban de un lado a otro, pasando trabajos. Era una vida inestable en lo relacionado con la vivienda. Por lo general se alojaban como cuidanderos en casas desocupadas, bien por estar en venta o porque los dueños se hallaban de viaje. En su condición de enfermera jubilada y asistente de viejos enfermos, había conocido a un sacerdote que se constituyó en una especie de benefactor para ellos. Una vez los visité en la casona de este eclesiástico, en Buenos Aires. El cura se había ido al extranjero y les dejó la casa para que la habitaran en su ausencia. De este modo precario era como pasaban John Charles y su mamá en aquella época. Unas veces moraban en viviendas lujosas, otras, en casas de tercer orden. En un tiempo cuidaron un hotel en Palacé con la Paz, en pleno centro. Era el tiempo de la violencia de los narcos, y muchos hoteles se vieron obligados a cerrar. La amenaza de las bombas y las masacres ahuyentaban a los turistas. Madre e hijo residían en el hospedaje desierto, a la vez que hacían de vigilantes. En cierta ocasión los visité en las cercanías del parque de Bostón, por la cárcel la Ladera. Habitaban en una casita pobre al lado de la cañada. Era más bien un sótano estrecho y lóbrego. Todo esto se solucionó cuando heredaron la propiedad de Campo Valdés y se establecieron allí. Era una casa de dos plantas sin revocar, con terraza. Arrendaban la primera y ocupaban la otra. En este período la mamá de John Charles era ya una anciana, una mujer adusta, con un aire de cautela originado tal vez en la constante brega con el hijo. Sus ojos acostumbraban una actitud alerta tras los gruesos y cuadrados cristales de las gafas. Su rostro y sus gestos delataban un carácter nervioso. Por estos días me crucé con ella en el centro. Venía de bañar a una ancianita que ya no podía ver por sí misma. "Mi paciente vive en esos edificios, tengo que venir a bañarla todos los días". "Entonces hay trabajo". "No crea, cada vez escasea más. Ahora no tengo sino a este paciente". Ella había despejado el aire de recelo de cuando la abordé, aun así continuaba apretando su bolso contra el pecho. Me felicitó por haberme graduado de la u hace años y se quejó de que John Charles no había podido terminar. "Está haciendo esa bendita tesis que, dicho sea de paso, nos va a arruinar. Todo es gastar y gastar dinero. Si usted viera lo que costó la pasada de ese trabajo. Es escandaloso. Ojalá que todo este lío de tesis y graduación pase pronto. Solo entonces descansaré". "Siquiera ya casi acaba". "Está en el último semestre. Realiza la práctica en una institución de niños especiales. Va los martes y los jueves. Si viera la plata que se va en pasajes". John Charles tenía dos niños. Ahora la madre no tenía que vérselas solo con él, también con la nuera y los nietos. John Charles seguía en la iglesia mormona, se había rebautizado. En esa iglesia encontró a la mujer que ahora era su esposa. Su mamá se mantuvo en su tradicional línea católica. Para John Charles esto no dejaba de ser motivo de pesadumbre. Igual podía afirmar la madre respecto a la desviación doctrinal del hijo. Ella era una mujer de arraigados principios. Recuerdo que cuando viví amancebado, me exhortó a legalizar mi situación conyugal mediante el matrimonio por la iglesia. Era una manera sutil de reprobar mi convivencia marital sin sanción religiosa. Nos despedimos. Me quedé pensando en la relación de dependencia entre John Charles y su madre. Aunque este se había casado y tenía hijos, no abandonó la casa ni la compañía maternas. Al contrario, llevó a la esposa a vivir allí. Acaso la anciana tuviera momentos en que renegaba de la esclavitud a la que la sometía ese hijo inconsciente. Había sido un cepo eterno. Quizás hasta pensara que no se las veía con un hijo, sino con un monstruo que la parasitaba y exprimía. Cuántas excentricidades le había costeado. Y ella no era una mujer rica, era una pensionada, una pobre viuda. Una anciana que debía mantener a un hijo flojo y descarado. John Charles también debía tener instantes en que abjuraba de su vida, de esa morbosa cadena pasional y de intereses que lo ligaba a su madre. ¿Anhelaría terminar la carrera e independizarse? ¿Independizarse? ¿Dejaría sola a su madre, a una mujer que solo lo tenía a él y que le había dedicado todos sus desvelos? No. Era una atadura que los acompañaría hasta que alguno de los dos finara.                     






   

miércoles, 11 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 8.)

No digo que estuve a punto de volverme mormón, de caer en las redes de John Charles: sí lo acompañé varias veces al templo en el barrio Prado centro y, la verdad, no la pasaba mal: había una personalia muy grata a los sentidos entre las hermanas de fe de mi amigo: casi consigo novia. Después del yugo de las clases y los informes escritos, uno salía de la u con ganas de cambiar de sistema de cosas, como diría un protestante. En un tiempo visité un garito en Bolívar, otras ocasiones me presentaba al ventorrillo de papas fritas de  mi amigo concordiano (en Perú con el parque Bolívar): también me dejaba llevar de la labia de John Charles y del ameno recuerdo de sus hermanas de fe, cuyas largas faldas y modales recatados no lograban aquietar en mí a los lebreles del deseo. Tampoco llegué a nada con ellas, cierto. Hay en mí una reacción interior automática que neutraliza las insidias de la religión. Soy un escéptico. John Charles tenía su opinión sobre la religiosidad de los negros: flácida. La mayoría son apáticos en este sentido, prefiriendo creencias y rituales secretos, con sabor a brujería. Los acusaba de borrachos, mujeriegos, impuntuales. Además, eran unos incircuncisos redomados. John Charles tenía su cosita con los negros. Sin pizca de tacto me expresaba ideas en que delataba sus prejuicios raciales. Yo no sabía a veces qué pensar sobre el montón de disparates que llenaban la cabeza de John Charles. Me parecía que el gangoso murmullo de su voz y esa morbosa fruición al hablar me acompañarían por el resto de mi vida. Era un tipo que no se medía, cuyo ego no poseía un polo a tierra. En muchos aspectos, era como si se elevara por encima del bien y el mal. Mis padres nunca se preocuparon por trasmitirme un credo. Crecimos en los formalismos de la fe católica. Por mi parte, me desprendí de ellos muy pronto. Cuando mis hijos nacieron, zanjé el asunto por lo sano: hice lo mismo que mis padres hicieron conmigo. A resultas de todo esto ( y es algo que agradezco) mis hijos son muy fríos en cuestiones de fe. No van a misa ni se congregan en templos. No militan. Su religión es la mía: una tranquila indiferencia. John Charles debía estimarme bastante: haciendo aparte su desagrado de los negros y sus reparos confesionales: me consideraba su amigo. También es verdad que se lucraba bastante de mi amistad ("¿me ayudas con el trabajo de literatura latinoamericana?"). Siempre me ha interesado (como fenómeno de análisis) esta faceta utilitarista de algunas personas. No les gustan los negros, pero no tienen muchos escrúpulos en alternar con ellos, desde que saquen alguna ventaja. Tengo amigos que me han dicho en la cara: "No me trago a los negros, solo a usted". Soy de un aguante ejemplar: esto bastaría para no volverles a hablar a los susodichos. Mi vida ha sido una escuela en el arte de soportar desaires en este sentido. Esto me ha convertido en filósofo. Así, por paradójico que parezca, tengo amigos del alma que no quieren a los negros, pero que ante mí parecieran olvidarse de mi piel. Es muy extraño. A mí todo esto me entra en reversa. John Charles es uno de estos tipos. Celebraba mi fisonomía, echaba flores a mi intelecto, pero no le gustaban los negros. Tras acompañar a John Charles al templo mormón y escuchar su sartal de excentricidades, me despedía de él. Descendía entre las señoriales casonas y asociaba al lujo con cierta forma de depravación humana. Los sistemas de todo tipo (religión, filosofía, ciencia)  son como filigranas del pensamiento, bellas arquitecturas lógicas. Me dirigía a coger el bus y seguía escuchando en mi mente el gangoso palabrerío de John Charles: me preguntaba cómo se había dejado atrapar en los tentáculos de Mormón. Siempre he creído que la religión es una debilidad del ser, más que una fortaleza. Una persona pensante no tiene por qué dejarse modelar de esa manera. ¿Tendrá que ver, como en la percepción del espectro cromático,  con alguna longitud de onda? Por estos días he estado pensando en las radiaciones electromagnéticas.                        

   

jueves, 5 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap.7.)

De mirar los pies de una extraña sentada en la cafetería de la u (ella se ha quitado los zapatos por pasajera comodidad) a conocer intimidades tales como que tiene el clítoris invertido, es preciso que transcurra cierto lapso. Nos magnetizan los pies de la extraña, nos levantamos de nuestro asiento, nos acercamos a ella y le decimos: "me gustan tus pies". De esta coquetería superficial a conocer particularidades del órgano sexual de la susodicha, la vida debe acomodar ciertas cosas, formalidades, etcétera. Se trataba de Patricia. A John Charles le tomó dos meses hacerla su novia. Pero, ¿qué relación hay entre los pies de una mujer y su clítoris? John Charles debía saberlo. Era un experto en esas cuestiones. La sexualidad humana le interesaba por encima de todo. El vulgo también hace gala de algunas creencias y supersticiones al respecto. Resultan hasta chabacanos. John Charles era un entendido sobre características anatómicas, magnitudes y rentabilidad en el placer. Del grosor de la muñeca de un individuo deducía rigurosas proporciones en otro órgano. John Charles llegaba al punto de parecer maricón, porque en el estudio admirativo del cuerpo y su capacidad erótica, se desvivía hasta por las fisonomía masculinas. A mí me decía: "eres apuesto, admiro tu físico, tu piel; en serio, no te rías". Uno no se imagina el día de un sujeto con esta fijación. El asunto es tal, que además del  amor voyerista por la calle y la manía de los cines porno del centro, John Charles tenía en su casa, guardada bajo llave, una colección de Play Boy y su tratado masturbatorio. El clítoris de Patricia lo traía feliz. ¿No era por esa época que me hablaba del libro El punto G? Un clítoris es un pene, con glande y todo, lógico. Uno se maravilla de la sexualidad humana. Es que realmente somos hermafroditas. La determinación del sexo es un fenómeno que parecería tener más de magia y encanto que de determinismo genético. Cuánto tabú existe todavía en estos temas. A John Charles se le abona cierta cientificidad y su voluntad dilucidadora. Era un estudioso del caso. Desde la anatomía, un sexólogo es como un botánico que estudia las flores. Ahí está la flor, muy bonita, pero es sólo el botánico quien la hace objeto de análisis. Los demás nos conformamos con cortarlas y adornar nuestra sala. Lo mismo ocurre con la sexualidad. La gente va al grano. No se interesa por más. Hoy debe haber todavía mucha gente que no sabe nada del clítoris, que no ha oído hablar del punto G. Preguntémosle a John Charles. Nos dará una conferencia. No será tan burdo que te hable de cuántos centímetros se requieren para satisfacer a una mujer, porque el hombre entiende del tema. Es en la raíz del clítoris donde está el goce. Con razón John Charles mantenía su atado de revistas Play Boy en un baúl con candado. La mamá, mujer puritana y severa, habría levantado el grito al cielo al descubrir todo ese arsenal del Diablo. Mínimo un exorcismo hubiese mandado a practicar en el hijo. El clítoris. Hazme ahí, sí. La mamá de John Charles dispersaría anatemas y condenaciones a diestra y siniestra. La vida no era fácil para ella con ese vástago indócil. Le tocó criarlo sola. Cuidaba enfermos, ancianos sobre todo, en horarios agotadores. Ancianos. Qué mundos dispares. El mundo de John Charles centrado en el disfrute del sexo, el de la mamá esquinado en la lidia con los viejos. ¿Cómo vivían? John Charles era un simulador. Ante su madre, no tenía más opción. La conversación necesaria hubiese tenido que darse entre esos dos, entre todo el mundo, en  todas partes. Tú también tienes pene, madre, se llama clítoris. Hijo, tú también tienes clítoris, se llama pene. Y así. Un ser más abierto. Esto tiene necesariamente que hacer una sociedad mejor, sin tanta frustración y tanto asesino en serie. La mamá no se imaginaba los alcances de John Charles, lo entrón que era con las femmes. Me gustan tus pies, estoy buscando novia, ¿estás comprometida? Al poco tiempo ya le está haciendo el amor, descubriendo las peculiaridades de su clítoris, como todo un anatomista. Asesinos en serie de la imaginación, los amantes dedicados, con lupa y bisturí. Seccionemos esta parte, esta membrana. Ahora vamos por aquí. Se vuelven unos artistas, como Jean Batipste Grenouille, el personaje de El perfume. Una sensibilidad tan alquitarada conduce a la monstruosidad. Mejor el bruto que solo se desahoga. El polvo de gallo contento, sin retórica. Bueno, cada quien. Con John Charles nada de polvo de gallo, piensa uno. Ni con el amigo Luis que le gusta que se lo mamen. Non plus ultra del placer. Me gustaría cruzarme con John Charles en esta época de la vida, sostener una charla con él, enterarme de sus avances en la disciplina de la sexología. Preguntarle si volvió a ver a Patricia. Cómo se corteja a la bestia.