viernes, 30 de abril de 2021

Mi maestro VI

El Carnudo te apodaba Tarzán Amargado, por el constante marco de referencia del monte, por tu figura clara y acuerpada, por cierta brusqueza en tus ademanes. Siempre he pensado que el Carnudo tiene un don especial para los apodos, amén de una pícara fluidez para narrar. También te decía Hemingway, por tu afición a las armas y a la cacería. Sí, maestro, tenías un no sé qué de cerril, un temperamento contrario a las sofisticaciones de la cultura. Vivías de un modo simple, apenas con las comodidades necesarias, desprendido de un sartal de convenciones. Dejaste a tu mujer y a tus hijos y te fuiste de colono a Urabá. Parecían no asustarte los reproches sociales, la aspereza del clima, la soledad, las privaciones. Yo conozco algo de Urabá. Nací allí. Me crié en el interior. Después volví, siendo un muchacho. Urabá hace parte del escenario de mis ficciones. De alguna forma, esto me hermanó contigo. Recuerdo que una o dos veces, en mis comienzos en el Taller, te visité en tu casa de Buenos Aires. Era el hogar de tu mujer y tus hijos. Quedaba en una hilera de viviendas frente a un parquecito. Era un sitio muy chusco. Vivías con holgura. Yo debí ir allí tal vez por algún libro. No eras de los que programa reuniones en su casa, de los que invita a amigos a expansiones sibaritas y esas cosas. Después te separaste de tu mujer, te agenciaste a una joven. Y más tarde te radicaste en Manrique. Te nació un hijito. Siempre me acordé de esa casa de Buenos Aires. Algunas veces, yendo a jugar fútbol en ese sector de la ciudad, pasaba por ahí, en el bus, frente al parquecito, y miraba la casa. Miraflores, creo que así se llama ese sitio al que yo iba a desfogarme con el balompié. Ahí vive o vivió Estévez, me decía al pasar frente al parquecito. Me preguntaba si tus hijos entendían tus búsquedas de viejo, cuántos de ellos cerraron filas en torno tuyo, cuáles apoyaron a la madre. ¿Cómo es que habías roto con tu esposa? La vida con ella ya era un infierno. El corazón se desvivía por las jóvenes, por los cuerpos hermosos. ¿Y la censura social? No te importaba. Mandabas al carajo las imposiciones morales, el qué dirán. También me preguntaba si alguno de tus hijos indulgentes accedió a conocer a tu nueva mujer, a la rival de la madre. Me preguntaba cosas de tu historia. Nunca nos hablabas de tu preparación académica, porque no la tenías, sencillamente. En gran parte, fuiste un autodidacta. ¡Y cómo te encumbraste en el pensamiento gracias a la lectura! Y, a rachas, me llegaban tus enseñanzas.  Que un cuento es un sector de historia en el que hay que vigorizar la “columna vertebral”, que todo gire en torno a ese eje; no ser tan exuberante, caracterizar las cosas con una pincelada; fijarse hasta en el mínimo detalle; no atiborrar la prosa de lugares comunes; que es preciso hacer “amarres”, y que sueles hacerlos una vez acabado el texto. En esencia un “amarre” es una consecuencia lógica entre dos acciones. Que hay que corregir minuciosamente. Hablas de tres tipos de correcciones, que aplicas a una narración, la de quitar, la de agregar y la de revisar frase por frase. Que hay que estar alerta con el entorno, como otro Argos. Que al explorar la historia hay que escribir de todo lo que se presente a los sentidos. Si se entra a un salón  de billares, por ejemplo, fijarse en las voces que estallan aquí y allá, cómo fluctúan, los matices que tienen; los jugadores con sus tacos, cómo entizan, lo que hablan; la comparsa de la que toda acción humana, por lo general, va unida. Todo es proclive de escribirse. Los clientes del lugar, sentados o de pie, que toman gaseosa o tinto, otros orinando; el vendedor de cigarrillos que entra y ofrece o que simplemente está recostado a una mesa de billar, mirando con desgana a los jugadores de más allá. El entrechoque incesante de botellas, pocillos, cucharas y el sordo golpeteo de las bolas rodando sobre el verde tapete. El sonido de los ficheros, de las monedas. Una cajetilla de cigarrillos, vacía, volcada debajo de una mesa.  El tibio aroma de café esparcido en el ámbito y el gorgoteo del agua en el orinal. La calle y lo que pasa allí, los pregones, los ruidos, si es que los hay. El olor a maní confitado. El lotero que entra ofreciendo el número ganador, repitiendo por enésima vez el gastado truco del billete que se le cae al chocar por accidente a una persona.


jueves, 29 de abril de 2021

Mi maestro V

En todo ese tiempo, en la lidia de los encuentros y los desencuentros, entre un cúmulo de rostros que eran también un poco ausencia, entre ansias, logros  y  desatinos, se fraguó la historia, el cuento del muchacho que regresa al pueblo donde vivió la infancia y tuvo el primer destello del amor. Estévez capeaba los líos de su separación, el deleite de su unión con una muchacha, el golpe aleve de la muerte de un hijo. Cosas que cavaron hondos surcos en su pecho y que refrescaron su aridez de veterano. Fue ese el tiempo en que Marcos se atravesó en su vida, cuando el espejo, a quemarropa, le puso su imagen al frente. También fue una zancadilla del destino, la aparición de ese joven. El aura de soledad en que se movía, su arisquez. Sí, el espejo era cruel. Tarde o temprano tenía que mostrarle el reflejo. Y ahí estaba ese muchacho, con su misma terquedad, con sus ganas de aprender, con un mundo de belleza y dolor a cuestas. Ah, no sabes en qué te has metido, muchacho. Porque en seguida vio la tenacidad en sus ojos, la firmeza de su carácter. Y era así como él mismo había sido. Supo que Marcos llegaría lejos, porque no otra cosa delataba su aire de desterrado. Turbado, escribió el nombre en su registro. Era un poco el temor del maestro que descubre al pupilo que lo superará. Por eso sintió una emoción turbia, entre agrado y repulsión. Y no pudo evitar escribir, más tarde, en su agenda: “me inquieta ese muchacho. Sé que fui duro con él, sin necesidad. Al menos debí invitarlo a que se quedara, a que estuviera en la sesión en calidad de observador. Apareció cuando la clase había comenzado. Dijo que quería inscribirse en el Taller. Le respondí que las matrículas habían pasado, que debía aguardar hasta el próximo semestre. Se fue, un poco con el rabo entre las patas, confuso, defraudado. Lo imagino reculando, hecho un lío, avergonzado, absurdo; yendo hasta el extremo del corredor, bajando la escalinata, saliendo del Paraninfo, odiándome por mi intransigencia. ¿Cómo se presentaría la Plaza San Ignacio ante sus ojos, luego de esa experiencia bochornosa? Yo seguí adelante con la clase, mientras él, cegado por la vergüenza y la rabia, emergía a la plaza donde campea el busto del Leguleyo. ¿Cómo vería a Santander, al Hombre de las Leyes? El bronce del prócer le recordaría mi figura inflexible, apegada a las normas. “No puede matricularse hasta el próximo semestre”. Me vi ridículo, por mi severidad. Desde las paredes, los payasos me zaherían, y algunos de los talleristas acaso pensaran que mi crudeza fue exagerada. ¡Payaso! Un viejo y con esa irreductibilidad, con esa soberbia, cuando los años deben inclinarme hacia la ecuanimidad y la bondad. ¿Por qué hacer pasar un mal rato a ese muchacho? Un joven atolondrado que viene en busca de mi saber, y lo despido con tal arrogancia. Un senil con semejante intemperancia. Cuando ya debería estar de vuelta del recelo, del odio, del miedo, del orgullo y la vanidad; cuando debería haber depuesto toda belicosidad y todo anhelo de engrandecimiento, cuando debería mostrarme amable y sencillo. ¿Qué me irrita en ese joven? Sus veinte años. Eso es lo que me altera, me incomoda, me mortifica. Su juventud. Tal vez por eso me mostré tan áspero con él y, prácticamente, lo eché de mi clase. Lo eché, escudado en la norma, cuando es otro sentimiento, oscuro y bajo, el que actuó en mí. Ahora siento que sus ojos de perro apaleado me buscan y me reprochan mi acritud. El payaso se ríe, y su gesto de burla se multiplica en las paredes, mezclado con el colorido chillón de los trajes, las pelucas, las narices postizas y el maquillaje desmedido. Payasos. Payaso. Ahora la censura callada de ese muchacho, el silencio dolido con que se escabulló, me hacen ver como un payaso. La imagen vuelve, incisiva, atormentadora. El salón, la redonda mesa presidida por mi figura magisterial, los pupilos cerrando el círculo. El joven irrumpiendo, preguntando, siendo repelido por mi brusqueza. Un muchacho con rostro huraño, con mochila de universitario. Un pelao que irrumpe en un aula donde un viejo dicta cátedra. No conoce a nadie allí. Ha tenido el valor de presentarse, lo que demuestra la fuerza de su voluntad. Es un joven tímido, pero ha oído que yo enseño lo que él necesita, y se aparece, indaga. Y yo lo despido, fingiendo cortesía, valiéndome de mi autoridad, más que de la sensatez. Y él retrocede, se va, malogrado el intento. ¿Quién sabe si ese muchacho solitario y medroso vale más que toda mi clase? Y yo me he negado la grandeza de decirle: “Quédese, observe la sesión. Si le gusta, se matricula el semestre entrante”. Este recuerdo me perseguirá siempre. ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde sale? Algo muy profundo se estremeció en mí al verlo irrumpir en el salón. Tal vez me recordó a mí mismo cuando tenía veinte años, mi soledad, mis búsquedas. Miré sus ojos y vi lo inmenso. Supe que venía de lejos. En su empaque aullaba el mar, se removía el viento. Vi pájaros rituales revolotear sobre su cabeza. El ardor del río destellaba en su piel oscura, rachas de calor despedía su espalda. ¿Quién es? ¿De dónde viene? Le rodea una atmósfera de forastero, del que encontrará su patria en la escritura o en ninguna parte. De pie en el umbral del salón, sentí su aire de canícula, su condición de expatriado. En la noche le hablé a Rosa del muchacho, de la impresión que me hizo verlo aparecerse allí, de ese impulso oscuro y ruin que me impelió a echarlo. “Obré mal, ¿cierto?” “Sí, obraste mal” “¿Crees que vuelva?”No sé”. “Tengo la corazonada de que volverá”. Vi la ciudad en sus ojos, aunque supe que venía de lejos. Vi el pétreo tejido de los edificios y las calles, los túneles del vértigo y el dolor, la luz del vidente y el tiempo de la consumación. Era un ser distinto a mí, que me continuaba y me superaba. Me hizo sentir, de una vez y para siempre, un viejo. “Rosa…” “¿Qué?” “Ese muchacho…” “¿Qué hay con él?” “Me hizo sentir viejo”. Su solo irrumpir en el salón me aplastó, me venció. No estaba preparado para tal sacudón. Fue como un ángel del Apocalipsis. Vi la ciudad en sus ojos. Yo mismo me vi en sus pupilas, trasegando entre el pandemonio, succionado y castigado por los días. Sus ojos me contuvieron. Era como si me conociera, como si poseyera el secreto de mi historia. ¿Por qué? Había toda una vida de diferencia entre nuestras edades. ¿Por qué adiviné que me conocía? Acaso sentí un escalofrío. Ese momento de suspenso encarnó un enigma. Pude decirle que se quedara, opté por rechazarlo. Se fue. “Rosa… ¿por qué lo hice? Ese muchacho se veía tan desamparado”. Quizás necesitaba más que nosotros estar allí, sentado a la mesa, resguardado entre una conversación. Sentí su embarazo ante mi negativa, vi su retroceder, cómo volvió sobre sus pasos. Se fue, pero imprimió su atmósfera, de un modo misterioso, en el aire del salón. Creo que toda la clase se acordó de él. Yo sentí el afán de escribir este apunte en mi agenda: “Hoy se presentó en el Taller un muchacho…” Después que se marchó, los payasos de las láminas acentuaron sus muecas de burla. La sesión pareció asentarse sobre arenas movedizas. Las frases sonaron huecas, falaces. Las miradas profanaban una suerte de verdad revelada. Creímos escuchar una música, tal vez el fragor de unas alas. Cierta viscosidad intolerable se cernió sobre los escritos en nuestras agendas, un cieno. La imagen del joven, ahora ido, lo llenó todo. ¿A dónde iría? ¿Dónde se metería? Desconfiamos de él, nos pusimos en guardia. Su mochila no podía contener más que una escritura sediciosa, desesperada, luminosa, quizás balbuciente, pero fustigada de relámpagos. “Rosa… ese muchacho…” “Dices que volverá” “Es lo que creo… ¿y si no vuelve?” “Hay que esperar” “Sí. En este momento debe estar escribiendo…”         

lunes, 26 de abril de 2021

Mi maestro IV

Uno de esos salones destartalados del Paraninfo que acogían al Taller en esos días, tenía paredes adornadas con láminas de payasos. A Estévez le prestaban unas veces un salón, en ocasiones, otro, por lo general en el segundo o tercer piso. Para cada sesión, el administrador de la edificación o el conserje le entregaba la llave y Estévez se dirigía al aula haciendo, en unión con sus pupilos, la conmovedora imagen de la gallina y los pollitos. Estos aguardaban a que él se las viese con el candado y abriera la puerta, para entrar y ocupar sus puestos. Por costumbre, trabajaban en mesa redonda. Estévez mantenía el candado en la mesa, ante sí, y jugueteaba con él entre sus manazas mientras hablaba. Tiempo después, en el recuerdo, Marcos volvía a ver a Estévez recorriendo los pasillos y ascendiendo las escaleras del Paraninfo. Los salones tenían piso de tabla. Más tarde el edificio sería remodelado. Volvía a ver la figura de Estévez presidiendo la mesa redonda. En ocasiones, a su lado, se situaba una mujer joven con rostro de ratoncito inquieto, la compañera del maestro, que se le unía luego de salir del trabajo. Al parecer, era enfermera. Los más allegados sabían que Estévez venía de un divorcio, del rompimiento con su familia. Se daba otra oportunidad con esta muchacha. Una muchacha que acaso estuviese asustada ante la imponencia con que su hombre dictaba la clase, la dureza con que corregía los exabruptos literarios de los alumnos, ese aire adusto (que algunas veces podía ser tomado por intransigencia) que intimidaba a los discípulos, coartando impulsos de oposición. En el recuerdo, Marcos volvía a ver al maestro  y a la muchacha que lo acompañaba durante la sesión, con la que se marchaba al terminar la clase, mientras los demás se dispersaban. Era una historia de amor, la de Estévez y esa joven. 

Mucho tiempo de su existencia, en lo que abarcaba su rol de tallerista, Estévez hubo de vérselas con aulas, puertas, candados. En cierta forma, parecía un carcelero. Algunos de los desertores argumentaban que el Taller cortaba las alas a la imaginación. Ese referente férreo no era extraño a la figura de Estévez. En algunos aspectos, hacía pensar en el término Cortina de Hierro, que alude a un plano político, a un interdicto espacial, a una conducta extremista. Todo maestro tiene algo de dictador. La llave, el candado, la puerta. Cuando el Taller funcionó en el segundo piso de la Piloto debía hacer lo mismo: tener el candado o la llave a resguardo durante la sesión, y cerrar bien al salir. Cierto tiempo, tal vez porque sufría una afección respiratoria, estilaba aplicarse gotas nasales. Para muchos de sus alumnos debía de ser memorable la imagen: sacaba de su bolso de cuero un tarrito, levantaba la cabeza mirando al cielorraso y dejaba caer una gota en cada fosa; luego, tapaba el tarrito y lo volvía al bolso. Aunque era un hombre de admirable fortaleza física, por aquellos días su rostro ya mostraba un matiz ceniciento. A veces se veía decaído, y su semblante se tornaba como el de un niño enfadado por una tontería. Profundas arrugas surcaban su faz. Los colores chillones y la risa a mandíbula batiente de los payasos en las láminas parecían ironizar a aquel salón donde un veterano y agrio maestro teorizaba.                               

lunes, 19 de abril de 2021

Mi maestro III

Seguro que fue para escribir “Violeta” que entrevistaste a unos travestis. Necesitabas saber cómo piensa un ser así, qué vivencias le ocurren. Recuerdo que nos leíste este cuento en el Taller, pidiéndonos la opinión. ¿Qué podía yo decir sobre esa historia? Se trata de un marica que acaba teniendo sexo con un perro. “Miserablemente hermoso”, creo que fue lo que dije. Era el tiempo en que me había ganado tu confianza, en que apreciabas mi opinión y me exhortabas para que la expresara en medio de la clase. Seguro que ya habías escrito en tu agenda algunas palabras elogiosas sobre mí, tal vez pensando que en mí, como en muchos otros a lo largo de la historia del Taller, la semilla había fructificado. Algunas veces me telefoneabas a la casa y si yo no estaba, me dejabas la razón con mi madre o mi hermana. Cierto día me llamaste para preguntarme por mi reiterada ausencia a la sesión, qué pasaba. Y yo respondía como un buen hijo a esos tiernos jalones de oreja, y me daba una vuelta por el Taller. Pero la verdad es que ya estaba harto. En tus llamadas sentía un asomo de amistad. Es que eran muchos días de brega, de perseguir el ideal, de soportar tus ríspidas correcciones, de volver sobre la senda, comenzar de nuevo, halando el cabo de un relato, rompiendo lo escrito y sentarse otra vez ante la página en blanco. Un día me regalaste una agenda, “para que no escriba más en esos cuadernos deleznables”. Después me prestabas libros, uno o dos cada vez, y solo reanudabas el crédito cuando te devolvía los de turno. Nunca te fallé en ese aspecto, la consideración y el respeto sobre todo. Comenzaba a fallarte en otro asunto, no en quedarme con uno de los libros que me prestabas. Era aún más terrible. Comenzaba a fallarte en la lealtad, esto es, comenzaba a traicionarte. Fue hasta irónico, porque mientras más me honrabas con tu confianza y aprecio, menos acataba tus postulados con respecto a la escritura. Acaso advirtieras mi incomodidad. Al cabo de varios semestres había descubierto inconsistencias en el culto a la técnica, en el Decálogo del escritor, en los “amarres” y las “extrapolaciones”. La literatura me sabía a otra cosa, a algo más suelto y desenfadado, lejos del rigor y el tormento. Te dabas cuenta de que ya no era de los tuyos, de que no te seguía a ciegas, de que había escogido mi propio camino. Eso te gustó. Y lo trataste en una sesión, avalando mis ideas ante los demás. Lo que yo sustentaba es que la digresión también es válida, que la literatura no puede ser un estrecho corsé, una receta. Hay que escribir sin sentirse atado a tantas prescripciones. Soltarse y punto, como en una catarsis. Esto es lo que yo exponía. Que la imaginación es la fuente, que escribir es una aventura, que no sabemos a dónde va a llevarnos la palabra que soltamos. Que es como una invocación, como un ritual chamánico. Quizás por eso me tomaste más cariño. Porque ahora hablábamos como iguales. Porque no me daba miedo declarar una opinión contraria. No necesitabas un coro de aduladores. Te gusto mi sinceridad. Una sinceridad que en nada se peleaba con la realidad: éramos, simplemente, dos estilos distintos. Y eso quedó claro. Entonces podíamos seguir siendo amigos, desde la caballerosa y digna altura del buen criterio.

martes, 6 de abril de 2021

Mi maestro II

Creo haber demostrado que ese cuento que me premiaste (“Lucero”) era bueno de verdad, que no me regalaste el primer puesto. Eras el jurado del concurso, así que vi un inconveniente en este hecho. Me urgías a que enviara el cuento, que era muy bueno, que no tendría rival. No es que desconfiara de mi escrito. Sencillamente, era jugar con ventaja, y eso me parecía contrario al decoro. No creas que no dudé. Era mucho insistir de tu parte y mucho vacilar de la mía. Al final lo envié y ganó, pero el episodio nunca dejó de parecerme vergonzoso. Tal vez tu amor a la literatura estuvo por encima de la sujeción a la probidad. Desde que lo leí en el Taller, el cuento te gustó. Era una historia escueta, desgarradora, jalonada por pincelazos de poesía. Tal vez también me estimabas un poco. Acaso advertías mis penalidades de universitario: un muchacho que debe trabajar para sustentarse el estudio. Quizás me considerabas un explotado, la bicoca ganada en el colegio privado donde laboraba apenas me alcanzaría para los pasajes y los frescos. Debías saber de sacrificios. El Aldemar de tus novelas llega muy joven a Medellín y le toca trabajar de obrero textil. Me alcé con el premio, un dinero que me sirvió para salir de apuros. Además, publicaron la obra. Una cadena radial divulgó la noticia. Fausto cantó el himno nacional en la ceremonia de premiación. Yo era aún muy inexperto y, sobre todo, bastante despreocupado, para calar la dimensión del acontecimiento. En cambio, tú sabías el significado real de tal distinción. Y me la ofreciste, maestro. Me la serviste en bandeja. Hiciste que mi nombre sonara. ¿Cómo dudar de tu criterio? Este pensamiento me sosegaba una migaja. Tal vez en esa época “Lucero” fue uno de los mejores cuentos que se escribieron en la ciudad. Y esto, según tu parecer, resistía cualquier análisis y te impulsaba a enrostrar cualquier señalamiento. Hoy pienso que tal vez esa historia te atrapó de tal modo que quisiste verla impresa, y este capricho fue superior a la objeción moral. Acaso, igual que yo y que otro buen número de medellinenses, conservas un ejemplar en tu biblioteca. Los premios que vinieron luego me resarcieron de la maluquera. Ya habías finado cuando mi libro de Once cuentos me valió la presea nacional. En los datos biográficos de la solapa reconocí mi deuda contigo. Yo era producto de tu Taller, maestro. Qué bueno haberte entregado mi libro. No se pudo. La noche del lanzamiento de la obra, Héctor Osorio, condiscípulo de la universidad, me transmitió un dato que me causó gran alegría. “Esa prosa tuya es muy buena. Estévez te hace un elogio en su libro Diario de un escritor. Dice que eras el que mejor escribía en su Taller”. No podía creerlo. En ese momento el premio recién ganado y el volumen publicado no valían tanto como lo que Héctor acababa de comunicarme. Ese breve fragmento en Diario de un escritor era mi justificación y mi revancha. En los días que siguieron, no descansé hasta trasladarme a la Piloto y buscar esas líneas. Las hallé. Se trata de un comentario que haces sobre tu cuento “Violeta”. Una vez en el Taller nos pusiste a leerlo y a opinar al respecto. Mi opinión te pareció profunda. Y de esto versa el fragmento, que transcribí en mi cuaderno. Muy tarde nos damos cuenta de las cosas. Hoy mi libro Once cuentos está en la Piloto, cerca de los tuyos, como dos espíritus que guardaran el vivac de la memoria. Siempre mantuve la más estricta reserva sobre el premio a “Lucero”, del mismo modo que fui fiel a la promesa de no hablar a nadie de la pistola que guardabas en tu escritorio. Esa pistola me asustaba. Siempre temí que siguieras los pasos de Hemingway, del que honrabas el estilo. Esperaba que el día menos pensado la prensa anunciara la noticia. Olvidaba que existía por lo menos una razón que te anclaba férreamente a la vida: tu tierno hijo. Tal vez Hemingway no contaba con una atadura tan fuerte. O quizás tuvo más cojones. No se sabe. Según las prescripciones de Hemingway con relación a la técnica del cuento, si al principio se muestra una escopeta colgada en una pared, es natural que a la mitad o en el desenlace de la historia esa escopeta sea disparada. El autor de Por quién doblan las campanas aplicó en sí mismo esa ley de la narración. Toda la vida manejó armas. Le pareció lógico mandarse mudar usando una de estas. Hasta lo último fue fiel a la técnica.