jueves, 30 de abril de 2020

Tratado de la piedra

La piedra rompecabezas

Era cuando nos trabábamos en guerra con otras bandas de rapaces. Las piedras eran las armas, arrojadizas, generalmente certeras, porque casi siempre resultaba alguno con la crisma sangrante. Eso acababa la batalla de inmediato. El herido rompía en quejidos y los compinches se apresuraban a atenderlo. Los rivales, ante la magnitud de los hechos, se retiraban entre contentos y preocupados.
La piedra había logrado su propósito. Entonces se aquietaba. Dormía.
Ninguno, excepto yo, tenía la devoción anómala de coleccionar las piedras con que le habían descalabrado la cabeza. Colecciono piedras.
Aquí están, ante mis ojos, en exposición,  anfractuosas, veteadas. Duermen su pétreo sueño sin remordimientos, tal vez aguardando, en vano, la oportunidad de participar en otra batalla campal y romper una que otra cabeza de muchacho díscolo. Pero no lo permitiré. Las he cautivado.   

La piedra de candela

Era cuando las viejas candelas, que también llaman encendedores, se cargaban con una piedrita. Le decíamos “piedra de candela”. La piedra de candela era un trocito de plomo o de pedernal que se incrustaba en un resorte. Aseguraba la chispa. ¡La chispa! El rodillo esmerilado, al contacto con la piedra, hace saltar la chispa. Y la chispa inflama el combustible y produce el fuego. ¡El fuego!
Con todo lo estandarizado que pueda ser hoy en día, un encendedor sigue pareciéndome un adminículo mágico. Fuego portátil, ¿les parece trivial? No, es pura magia, una maravilla. Accionas el mecanismo de encendido y listo, ahí está, la llama.

En la actualidad, los nuevos tipos de encendedores prescinden de la piedra y se bastan con una batería y un circuito eléctrico, un cablecito. Ah, los tiempos de la mecha de algodón, de la gasolina blanca, de las viejas candelas Colibrí. Hoy, el encendedor común es un objeto sencillo y barato, desechable. Los de antes, las reliquias como la vieja candela Colibrí, eran una obra de arte. Traían su piedra, apta para chispear. Hoy, la chispa es eléctrica.    

miércoles, 22 de abril de 2020

El Árbol de la Vida

La brisa agita las ramas del chumbimbo, verde campana al otro lado de la cerca. Casi puede oírse el bisbiseo de las hojas. Casi retumban los sonidos en el aire caliente, que salcocha y oxida el cuerpo. Casi es una ilusión la calle, el tiempo. El estridor de las cigarras percute el yunque y, desde el oído, tachonado de gorjeos de pájaros, rebota y se expande en las encandiladas paredes de la tarde. Se deja oír y cesa el resuello de un taladro. Todo a esta hora tiene que ver con el tímpano. La vista se fatiga. La fisiología se apacigua en un pesado dormitar. Al fondo, la undosa masa de las montañas se amuralla,cerrando el paisaje, recibiendo todo el castigo de la canícula. Las cimas se gozan en su imponente abandono, en su insolado tegumento, en su altiva lejanía.Y en el paroxismo de luz de la cresta del monte Dios y la naturaleza conversan.

Afloja el calor. El hombre recuerda su trayecto a través del día y de la vida (que es como un largo día), reedita en la memoria los pasajes más próximos, de los que su cuerpo todavía siente la resonancia, bajarse de un bus en la plaza de un pueblo, entrar a un restaurante, comer, recargar el celular en un puestecito de la esquina, caminar hasta la casa y, tras  encerrarse a solas tras cuatro paredes, abrir la puerta del balcón.

En la copa del chumbimbo aún pegan los resplandores del sol y un vientecillo juguetón se empalaga con las ramas. Pero ya es más sombra que luz este árbol repleto de gajos de pequeños y redondos frutos, parecidos a mamoncillos.El hombre encuentra en la gravead de las montañas una innegable afinidad con su existencia. Su sensación del momento es un eco de los movimientos y gradaciones de la luz.Recuerda que al atravesar la plaza saludó a un chico de doce años, que le reconoció y le devolvió una expresión benévola. El muchacho jugaba baloncesto con unos amigos en la placa deportiva al lado del atrio de la iglesia. El hombre siguió su camino, el morral al hombro, en la mano una bolsa y una botella de agua.

Unas nubes regordetas, blancas y con rasgones grises, se recortan en el azul desvaído del cielo, sobre las montañas que se van oscureciendo. ¡Nubes! Tienen algo de querube, saben a esquirla de sueño escabullida de algún rincón del tiempo. Avanzan en caravana, entre marsopa y dromedario. Allí todavía palpita la claridad, como en una concha de nácar se recogen las nubes. Nácar y, más arriba, donde el domo se insinúa, el azul indefinible. Es como si una voz resonara en el silencio, como si del mudo estropicio del crepúsculo sutiles acordes fluyeran. El hombre mira al horizonte y la cresta del monte le susurra un nombre. Esa parte de la cima semeja un elefante echado, donde la trompa hace de pendiente. Un nombre que él no tiene empacho en asimilar con el chico al que saludó al atravesar la plaza, con los juveniles años de este jovencito de camisilla y pantaloneta y tenis al mejor estilo de las estrellas del basquetbol profesional. Un nombre con cierto dejo indígena y, sin duda, también con un retintín africano, en definitiva, mestizo.

De rosa se colorean las nubes, que han decidido avanzar más lento que de costumbre, cristalizadas en figuras de pórfido.Una voz sin edad habla dentro del hombre. Es una voz cuya tesitura acoge el periplo de la vida, con sus altibajos, con su drama, con su mensaje. El rosa se sumerge en gris, no sin dar batalla. El chumbimbo todavía se recorta en el espacio, pero ahora su tez es mulata. Chumbimbo.  Gajos de frutos redondos como oscuras canicas. Las ramas repletas de gajos. El tronco triple del chumbimbo muestras sendas despellejaduras en la base. Por ahí le inyectaron un veneno para derribarlo. Es que por esta parte del baldío pasará una vía y el chumbimbo les estorba. Abajo con él entonces. Es la lógica de los constructores de vías. Nada que hacer. Entonces todas esas ramas, todos esos gajos de pepas. Sabrá Dios.

El periplo de la vida, la circunnavegación del día, el hombre abocado a esta hora de contemplación, un paisaje montañoso. Un cerro enorme, piramidal, oscuridad total a contraluz del sol que se pone. El hombre conversa con el cerro. Nombres indígenas, africanos, en definitiva, mestizos, caracolean en su mente. El niño que juega basquetbol en la plaza recuerda al hombre otro niño de otro tiempo, muy atrás en su historia. Echar abajo un árbol anteponiendo una vía, sacrificar a un animal porque está enfermo o viejo, en fin. Trasegar por estos lugares, ir de un lado al otro, revivir una vivencia del ayer, un tiempo que no se resigna a morir. Los montes altos y un río corriendo encañonado. Las quebradas tributarias de ese río. Los hombres asentándose en derredor, anudándose al entorno.

El cerro y el hombre se miran, viejos amigos. Todavía hay significados que buscan expresarse, sentidos que intentan resolverse. Como brisa nostálgica, como un peregrino de landas, el hombre se entrevera a la vida. Ascender a la cima del cerro, algo que el hombre no ha hecho. Lo suyo ha sido siempre la contemplación. El cerro no lo ha invitado a otra cosa. Para cada uno el cerro tiene un llamado diferente.

Un día y otro se suceden. El chumbimbo y el hombre también se miran. Los pasos que abren el camino, las casas que albergan las presencias, las voces calladas en la sombra, los cuerpos arropados por la noche. El día. En toda época un niño recuerda al hombre  veterano el libro de la vida, a cuyas páginas postreras el segundo está llegando. El día. El chumbimbo, verde campana. El monte y los recuerdos. Ve allá, clama una voz dentro del hombre. No, ya he ido. Vengo de regreso. Pero debo seguir viviendo. La sensación no escatima un segundo.

El día, leche de pájaros, baba de despertares. El hombre no ha dormido bien. Estuvo desvelado gran parte de la noche. Se levantó, encendió la luz, tomó un libro de la mesa y se puso a leer. Lo que el hombre ha construido con los libros, la retícula de sueños en que ambos se imbrican, chumbimbo, monte, y la leche del día, alivio de penas. También hay que succionar vida de la noche, piensa el hombre, vida del insomnio, vida de la madrugada y sus ruidos y sus apéndices de hielo. Se anticipa al día, su actividad se adelanta al alba, lee, luego se pone al computador y escribe, hasta que amanece y entonces se percata de que la noche es bella, de que los miedos acendran una región del alma todavía en barbecho.

Hay que vivir. El niño juega baloncesto en la plaza, tranquilo en la compañía de sus amigos, en la certeza de una casa, una madre, comodidades. Su casa no está lejos de la plaza, y la mamá o la abuela siempre pueden extender una mano protectora. El niño disfruta sus últimos días de vacaciones. En una semana se reanudará el calendario escolar. Quién es ese señor que te saluda, preguntan los compañeros. Un tío político. Ah, la vida. Tiene uno que vivir tanto para entender una nonada. Quemarse las pestañas para decantar una migaja. Sin embargo, esa migaja es la esencia. Temblorosas ramas del chumbimbo, hojas aceitosas de rocío, pájaros como talismanes de un tiempo nuevo. Bañarse, ir a la plaza a beber un café, piensa el hombre. Algo sagrado en cada monte, la proximidad al cielo, el aire más puro. ¡Himalayas! Es como decir aleluya. Volcarse al día, los hombres en su agite, salir al trabajo, despedirse de la mujer, tomar un transporte, pensar en tantas cosas. No obstante, es tan natural.


Ese otro niño había escapado de casa. La misma brisa, los mismos cielos, pero aquel niño se había volado de la casa, se había ido de andariego. Hombre, buscas a ese niño escapado, ahí lo tienes, míralo, juega baloncesto con sus amigos. Podría ser, pero no es tan fácil. Es la manera como miro ese monte, como el cerro piramidal me mira, como el río se encañona. Sé que de alguna manera soy ese niño que juega baloncesto, mi sobrino político. Pero queda algo. Nada más como miras ese monte que ahora besa el sol. Es eso. 

lunes, 13 de abril de 2020

Gay Lusac y las mucamitas (Onirismo)


En el torbellino de su sangre alcoholizada Gay Lusac sacaba porcentajes. El quince por ciento reincidía a tal punto que trasbordó al subconsciente transformado en pesadilla. Quince por ciento de alcohol en las bebidas fermentadas, cerveza, vino. Quince a treinta por ciento en las bebidas destiladas, aguardiente, vodka, tequila, etcétera. Ah, viejo Gay Lusac. ¿No era el quince el número que solía tocarle en la lista del colegio? Claro, era el quince. Su apellido empezaba por la "G". "Ginebra", susurró Gay Lusac, extendiéndole un vaso de esta bebida, que él rechazó, prefería el cogñac. El número quince en la lista del colegio estaba bien, mediaba la serie,reportándole el consabido beneficio práctico: tanto si el profesor comenzaba a llamar por el principio, como si comenzaba por el final, tenía un margen de salvación, en el caso de que se tratara de rehuir la entrega de la tarea. Era poco probable que el profesor comenzara a llamar por la mitad, aunque no faltaba el que lo hiciera, dándoselas de sagaz. 

Gay Lusac aparecía con la facha del profesor de español, beodo, por supuesto. ¿Vendría ahora con los sonetos de Quevedo? Nada. Seguía recitando porcentajes de alcohol en las bebidas, fermentadas y destiladas. "Ginebra", claro, se fabrica con las raíces o las fibras del enebro. Recordó esa obra de Da Vinci, el retrato de una mujer. No era una belleza al estilo de las madonas de Botticelli, pero tenía su encanto esa Ginevra di Benci. Solo que el pincel de Leonardo la hubiese escogido,con eso tenía para inmortalizarla. Pero él no podía soñar con esas beldades, aunque el viejo Gay Lusac le ayudase. A él le fueron asignadas por ucase imperial las mucamitas. Sencillas y tímidas mucamitas. De esas que ni siquiera son capaces de mirar a los ojos a un hombre. Mucamas de hebdomadarios nombres: Nubia, Gilma, María, Marta. De esas que se ruborizan cuando les aprietas la mano.                     

jueves, 9 de abril de 2020

La espera de los dioses


Es algo que todavía me inquieta. Ocurrió días atrás. Había una manifestación en la plaza frente a la alcaldía, gente que abogaba por la reparación por las víctimas, que delataba la corrupción de los organismos oficiales encargados de los auxilios a los familiares de éstas, que insultaba al gobierno por mantener en el desempleo y la inopia a las personas honestas, mientras prodigaba un trato privilegiado y pagaba sueldos a los paras y a la guerrilla.  

La protesta rompía la calma habitual del sector. Los líderes comunitarios se turnaban la palabra en el megáfono. Como nadie siente el dolor hasta que no lo toca en carne propia, la indiferencia del común es la nota predominante en estos casos. Pero no faltan los curiosos que se detienen a observar. En un sitio tan concurrido, es de suponer que más de un transeúnte se interesó por conocer las reclamaciones de los congregados. Yo fui uno de éstos.

Repito, la mayoría de la gente no se da por aludida. Cada uno está en sus ocupaciones y sus afanes. El frutero sólo quiere vender sus frutas; quien va a su trabajo no puede perder el tiempo abriendo la boca aquí y allá. 

En actitud preventiva, como desprevenidos, cuatro o cinco policías se apostaron  cerca de la tarima de la manifestación. Era lo de siempre, sólo basta que haya un brote contestatario para que el sistema responda con represión  Bueno, pero de esto no trata la anécdota.

Tres indígenas embera de los que venden Vive 100 en la plaza conversaban a unos metros de la protesta. Sin duda, se situaron allí al ver en la multitud una potencial clientela. Esto queda descartado. Cualquiera lo haría. Sin embargo, advertí algo singular en ese trío. Aunque esperaban que la venta se disparara con la afluencia de personas, el discurso de los manifestantes, y tal vez éstos mismos, les tenían sin cuidado. Parecían tres dioses impasibles entretenidos en un coloquio que tuviera un móvil del todo ajeno a las cosas de este mundo. Me recordaron el Ramayana, el pueblo de los monos que auxilia al héroe en su lucha contra los demonios. Despedían un aire oriental, de ermitaños en meditación. También pensé que eran tres divinidades desterradas que aguardaran parsimoniosamente la reconquista de su reino usurpado.  


sábado, 4 de abril de 2020

Una muchacha y su hermana


La muchacha perdió décimo. La hermana vino a matricularla. Están sentadas en las sillas del interior de la portería, esperando. Están allí, tranquilas, con ese confiado sosiego de la juventud. Me siento en una silla contigua y converso con ellas. En los rostros y en las voces hay un aire costeño, dulce y enigmático. La hermana estudia ingeniería, va en el tercer semestre. Su hobby es el dibujo. Un simple hobby. Lo que más le gusta es bailar, chacotear. Para eso son jóvenes. Descubro en ellas algo más que juventud, una gracia oriental, que se refleja en la belleza de sus rostros y en cierta impasibilidad con que asumen el momento, la espera. ¿Tendrán ancestros árabes, sirios? ¿Tendrán en la sangre los genes de los oasis y los dátiles, de las mezquitas y las alfombras voladoras? Una sonrisa preciosa perla a menudo el rostro de la más joven, mientras que la cara de la hermana es un encanto de seriedad y agudeza. Así debió ser Sherezada. 

El día puede regalarte, cuando gustas del arte, así de pronto, un friso persa en vivo: La muchacha y su hermana. Son de Montería, donde sinuoso corre el Sinú. Sólo llevan un año en Medellín. La muchacha tiene mejillas redondas y sonrosadas; la hermana es morena. Sentadas allí, ajenas al trajín de la gente en proceso de matrícula, recuerdan el espíritu con que los estoicos afrontan la vida. ¡Y son tan lozanas y graciosas! Converso con la hermana, y esta contesta con desenfado a mis preguntas. Riposta, a su vez, interrogándome sobre esto y aquello. Advierto la inteligencia sutil de sus palabras y me percato de que estoy ante una mujer deliciosa. Me percato de la altiva finura de esta grácil damita. Y la vida se me antoja maravillosa. 
Al despedirme, le pregunto el nombre:
"Irma".