miércoles, 7 de agosto de 2024

Natalia Pikouch

 Aquella imagen de Kolia en la escalera siempre volvía a mí. Natalia apareciendo al lado del vestidor, hablándome, tan cerca que podía percibir su aliento, el chispeo de su saliva en mi rostro, el reverbero de sus verdes ojos. Aquel momento se había convertido para mí en un tejido esplendoroso, una especie de tapiz persa. De algún modo, se había vuelto escritura, sobrepasando la condición del lenguaje. Hablaba desde otras esferas, por ejemplo, la mística. El muchacho cuya mirada apunta hacia las aguas; la mujer que aguarda a la salida de las termas. Lo mínimo que podía pensar era en un escenario clásico, con un Simónides o un Julio César a bordo.

Acaso era que Natalia me aguardaba allí para invitarme a un paseo por los parajes de la universidad, saliendo desde la zona deportiva, por el costado del bloque 22, hacia la plazoleta central, la biblioteca, la fuente, los árboles. Allí, junto a la escultura de Rodrigo Arenas Betancur, entre el vapor de agua esparcido por la brisa, nos deteníamos, con el bloque de artes y el Camilo a nuestras espaldas. El museo nos haría pícaros gestos, pero nosotros estaríamos gozosos recibiendo la fina lluvia en los rostros, convertidos por los vaporosos lienzos de agua en figuras mitológicas, una ninfa, un sileno. No queríamos saber nada del museo, por ahora. Queríamos adentrarnos en Troncos, sentarnos en una mesa, tomar un café, platicar. Sería el tiempo en que Natalia abandonó el cigarrillo y se conformaba con el hálito balsámico de las palabras, que eran como un sándalo esparcido por el Ganges. Claro, Kolia vendría con nosotros, tocando el violín. Se congregaría una multitud, aplaudirían al muchacho. Allí estaría, cómo no, el profesor Hernán Botero, disertando sobre la areté y la sofrosine. Natalia escucharía con deleite pero, en el momento justo, lo haría callar con un dulce y autoritario gesto. Hernán Botero se moriría de contento complaciendo a su querida amiga. Entonces Natalia recitaría los melancólicos poemas de Ana Ajmátova. Era la especie de felicidad que imaginaba. Nunca una cátedra donde el profesor problematiza todo. Un café, una charla, y los poemas de Ajmátova. Saldríamos por Barranquilla, en un atardecer de luz, libre de disturbios, y subiríamos a la ruta de Bello, justo para ver el crepúsculo en el Quitasol.                   


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