domingo, 25 de agosto de 2024

Hernán Botero

El profesor Hernán Botero tenía en su haber varios intentos de suicidio, según se comentaba entre los estudiantes. En ocasiones, estos llegaban a clase y se encontraban con los crespos hechos; el profesor no había acudido. La razón, había intentado matarse o estaba recluido en el hospital mental. Eran los chismes. Este hombre extravagante, preocupado con el misterio de la muerte, más adelante, encargó a uno de sus pupilos que lo ayudara a morir. El auxiliar era uno de sus alumnos más brillantes, un poeta eximio, que, por otra parte, lo admiraba. No tuvo escrúpulo en aceptar. También era un espíritu exaltado. Su misión consistía en procurarle una dosis de cianuro. Era un secreto, por supuesto; pero el asunto, de algún modo, se hendijeó. Total, que el profesor llegó a viejo, lo mismo que el pupilo, y la lanzadera de los días sepultó el grotesco propósito. Con ochenta años y gozando de una salud perfecta (excepto un dolor de piernas crónico que más parecía invento o producto de la hipocondría) el profesor pasaba las tardes en su apartamento escuchando Sueños de amor, de Liszt. Vivía en un cómodo sector de la ciudad, cerca a la biblioteca Piloto y a las universidades. Los bloques eran de un suave crema combinado con adobe, y se guarecían tras una añosa cortina de árboles. Una tarde cualquiera, camino de la biblioteca, pasé frente a la unidad donde moraba el profesor, y me acordé de sus teatrales intentos de suicidio. Medité que otros, sin tanta alharaca, habían dado el paso definitivo. Pensé en Méndez, que se había mandado mudar con el famoso recurso de la ruleta rusa. Méndez, estudiante de segundo año de español y literatura, era ya polvo y olvido. El profesor seguía tras los muros de su apartamento, servido por una mucama, acompañado por su hermano, otro solterón. La música clásica y los libros revivían viejas pasiones, pero acaso no lograban que se acordara de sus frívolos arranques de autodestrucción. La brisa entre los árboles mecía y se llevaba estos recuerdos. El pupilo que prometió acercarlo a las riberas de Caronte no volvió a visitarlo. Se hizo abogado y se dedicó a litigar. Abandonó la poesía. El profesor siempre tuvo una vida regalada, de buen nivel económico. Ahora gozaba de una jugosa pensión, producto de dos decenios al servicio de la universidad. Ni siquiera la pandemia pudo matarlo. Siguió al dedillo las prescripciones higiénicas y, cuando la amenaza pasó, se dio el lujo de salir a dar un paseo a Charly, su mascota. La pelona había cargado con millares, pero él, aunque con pátina de guardado, vivito y coleando, recibía el sol mañanero en los paseos de la unidad. Pensé en Méndez, y sentí el impulso de tocar la puerta del profesor, verle la cara afeitada y las escasas pero vigorosas hebras de cabello. Me recibiría con la ampulosidad característica y sería presa fácil de una conversación libresca, a la que, sin duda, lo empujaría. Le pediría que me prestara Visiones terrenales, su libro de poemas, y prometería devolverlo sin tardanza. Quizá tuviese varios ejemplares y me obsequiara uno. Recordé que en esa unidad también vivía un condiscípulo del pregrado, Jhony, un hombre que pintaba y escribía, y me dije que acaso lo viera aparecer por ahí. Jhony vivió toda la vida en Castilla, pero apenas le nació un hijo, se mudó. Quería rodear al heredero de un buen ambiente. Jhony le dio duro a la bohemia y a los excesos mientras fue universitario, casi a punto de matarse, pero tampoco en este caso la crónica roja podía hablar de un suicidio. Se iba de la mano con el licor y con las drogas, pero no pasaba de ahí. A lo más que llegó fue a una hospitalización, había que desintoxicar el organismo. Lo visité durante la convalecencia. Aún vivía en Castilla. Mi memoria volvía a Méndez. Me apuré y pasé de largo por esa chusca unidad donde el profesor escuchaba Sueños de amor de Liszt y el amigo Jhony se aprestaba a llevar a su hijo a la práctica, pues lo había matriculado en una renombrada escuela de fútbol. No tenía nada que hablar con ellos. En cambio, con Méndez una larga conversación me esperaba.


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