Me gustaría reunirme con el profesor, mostrarle mis notas de clase de aquella época, conversar al respecto. ¿Estaría interesado? No creo. O tal vez sí. Su pasión es el verbo. Al menor atisbo discursivo dispara su artillería. Los griegos, lo que pensaba en mi juventud. Lo contrastaría con el parecer de Neruda en Canto general, donde exhorta a enaltecer nuestros mitos, no los ajenos. Seguro que el profesor no estaría de acuerdo con Neruda, lo atacaría por comunista. Es muy dado en él. Odia el bolchevismo, no se traga a Lenin. Tampoco le gusta García Márquez, tal vez por lo mismo, su relación con Fidel. Al profesor hay que entrarle con sutileza, no contrariar su ideología. Es ateo, pero detesta a la izquierda. Un híbrido raro. Uno creería que es apolítico, que no le interesan estos asuntos, pero basta hablarle de Natalia Pikouch, de su rechazo del sistema soviético, para que él se ponga de su lado “Lenin fue un carnicero”. Se declara ateo, pero debe tener sus remojos confesionales. Los viejos acaban bienquistos con la iglesia. Después de años de rebeldía o indiferencia, ahuecan el ala, se adhieren a una seguridad, por mínima que sea. Van a misa, rezan. Camus podría enseñarles maneras. Pero ellos no leen a Camus. Leen a Eurípides. El paganismo, de cualquier modo, es una religión. Se aferran a Alcestis, a Hércules. Neruda no está tan descaminado. Cantemos los cantos nuestros. En aquellos días de la universidad era fácil entusiasmarse con Tales y Homero, Sócrates y Solón, Safo y Alejandro. Visto desde la óptica de Neruda, un profesor como el de literatura griega era una especie de lunático. El romanticismo que lleva a Byron a sacrificarse por Grecia, Neruda no lo entendería. Tampoco entendería a Isaacs y su pastiche criollo. El romántico es un nostálgico. Una nostalgia platónica, del absolutismo monárquico, del rey Sol. Como en la sociedad rusa del siglo XIX, donde los códigos a la moda eran los de Francia, Isaacs sigue modelos franceses, Atala de Chateaubriand. ¿Cómo se comía uno esos cuentos? El Isaacs que comienza a ser atractivo es el de los pasajes vernáculos, en que pinta las costumbres y la naturaleza de esta tierra. Éramos demasiado jóvenes e impresionables. Aquellos discursos hacían mella en uno. La sociedad cruenta en que vivíamos no alcanzaba a quitarnos las legañas de los ojos. Éramos como caballos con anteojeras. Los griegos. Bellos modelos. El orden escultórico, los modos musicales. Neruda recorría la tierra nuestra, sufría con España. Venía de la Araucana, de Anacaona. Mis baños de salsa los viernes en las tabernas eran la contra. ¿Qué le debía yo a los griegos? ¿Ciencia? Tengo una amiga que opina que hay más luz en los tiempos precientíficos. ¿De dónde aprendieron los profesores su discurso? De los libros que escribieron otros profesores, que a su vez lo aprendieron en los libros. Es una seguidilla infernal.
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