Quedamos de encontrarnos el lunes a las dos de la tarde. Yo propuse la fuente, en plena plazoleta central, junto al bloque de artes. Me dije que sería lo más cómodo para ella. Dado que hubiese acabado su jornada laboral a esa hora, solo tenía que dar unos pasos para llegar al lugar convenido. Estaría cansada. Siempre hay que lidiar con la clase, y el cuerpo ya no es el mismo tras tantos años de enseñanza. Tendría que invitarla por lo menos a un café o un jugo. Nunca hice algo así, invitarla a un café, pero había llegado el momento. ¿Aceptaría?
Me pregunté cómo estaría, bajo qué luz me la presentaría de nuevo la vida, por dónde aparecería, cómo vendría vestida, con qué palabras me saludaría. Recordé el misterio de una noche lejana, cuando me acosté de espaldas en el muro de la fuente y contemplé las estrellas. Del centro del estanque se levantaba la escultura de la pareja solar, el hombre y la mujer unidos en un movimiento sensual, de danza, proyectados hacia el firmamento. Entonces, en ese instante, me cobijó el secreto de un pájaro (más bien era el trazo sutil, sombrío e informe de un pájaro) cruzando las sombras cual azagaya. Pensé que debía ofrecer a alguien el tesoro de este instante: el recogimiento de los árboles, el rielar de las aguas del estanque donde temblaba el reflejo de las farolas, el ritual del pájaro que cruzaba el tiempo.
Fui a buscarla; pedí información a la secretaria del departamento de artes escénicas; subí al segundo piso, por el lado del balcón; en el recodo me crucé con un manojo de estudiantes que estorbaban el paso y que no se dieron por aludidos; pasé entre ellos, incómodo. Había tres salas de profesores, pero todas estaban cerradas. En la única aula abierta había un profesor veterano y larguirucho, al cual interpelé; estaba ocupado y, más bien con impaciencia, dijo que no conocía a la profesora. Debía ser un docente nuevo. Di marcha atrás. En un costado de la escalera que llevaba al tercer piso había un andamio; un obrero preparaba mezcla en un recipiente. Pronto estuve en el primer piso; pasé frente al departamento de artes escénicas, eché un vistazo adentro. Allí también, en un despacho contiguo, funcionaba el departamento de música. Gané el vestíbulo, frente al patio que comunica los dos bloques. Grupitos de estudiantes holgaban en el piso. Contra el muro había una mesa solidaria: “coja lo que necesite, deje lo que le sobre”. Los artículos donados eran escasos: unos escarpines y un saco. Salí al andén. En el muro que limita con el Camilo había un grafiti, una frase pintada: “Fuerza y grafiti”. Me dirigí al norte, a la zona deportiva. Al pasar, miré el pasillo del otro bloque, el de artes visuales, y reconocí, en un hombrecito que se detenía a saludar a alguien, al operario del aula de apoyo, Tálaga. Parecía difuminado como en una neblina, de la cual resaltaban los blancos mechones de su cabello revuelto. “Una mofeta o Tálaga en la caverna”, pensé.
Ella traía un libro en la mano, La muerte de Iván Ilich. Recordé que yo tenía este libro en casa, una vieja edición popular, de Oveja negra. Además del antedicho título, la edición contenía dos relatos más: El padre Sergio y Después del baile. Había dudado en leer los otros textos, y luego, al hacerlo, me llevé una agradable sorpresa. A través del personaje del padre Sergio (Stépan Kasatski), volví a hallar la azarosa ruta de la búsqueda de mi espiritualidad, el perfeccionamiento del ser. En los afanes de la academia, leí la historia de Iván Ilich, postergando las otras. Era como si la vida me dijese que el verdadero mensaje no estaba en Iván Ilich, sino en el padre Sergio, en ese Stépan que renuncia a su carrera militar, a su matrimonio, a sus tierras, y se hace monje. Y ahora ella estaba allí, con el libro en la mano, como invitándome a hablar de cosas importantes, de lo que hay tras las apariencias.
Entonces recordé el sueño con los profesores de literatura de la universidad. Viajaban en un furgón. En una situación un tanto anacrónica, yo iba con ellos. Era como si fuese a una fiesta, porque lucía un traje flamante. Desde la calle, ella se acercó a preguntarme algo, me gritó la pregunta pero no la escuché. Le habló a uno de los profesores próximos a las ventanillas. “Llámalo”, dijo. Así lo hizo el profesor, que no era otro que Hernán Botero. Me acerqué a la ventanilla. “¿Cómo va tu novela?”, me interpeló. “Muy bien”, dije.
Desperté y me pregunté por qué ella no venía en el carro. ¿Acaso no era profesora de literatura?
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