*Volverse un pedante, intercalar referencias sesudas en el discurso, era acaso uno de los resultados tangibles de tanta academia. Dárselas de entendido en corrientes de pensamiento, libros, autores. Esto saltaba a la vista en una charla cualquiera, sobre todo en la cafetería o el bus, donde el más inteligente parecía ser quien más ensartara términos raros, quien más acudiera a Nietzsche y a Freud. La jerga universitaria estaba saturada de marxismo y estructuralismo, de Ubermensch y de psicoanálisis. La fórmula era muy socorrida, hacía escuela entre los muros de ciencias sociales: “la pobreza genera necesidades insatisfechas y estas a su vez, frustración; la respuesta a la frustración es la agresividad”.
Era ya de por sí agresiva aquella aglomeración de bloques cercados por una valla, aquel experimento social maquillado de altruismo y buenos propósitos. Así el librepensador fuera el pretendido producto final, ¿no era, en suma, un moldeamiento? En ocasiones uno lo sentía, era preciso racionalizarlo. Percibir las fases del proceso, saberse objeto de una intervención en regla, donde nada se escatima en pos de un perfil acorde con las necesidades. Imposible no sentirlo y llevarlo al plano de la lógica. ¿En qué etapa de la producción vas? Se ha esponjado aquí, allí es justo rebanar, ¿qué hacer con las rebabas? ¿Una involución? Nada de eso, siempre hacia adelante. La máquina no para. Bueno, el muchacho ha hecho las cosas bien, ha optado por un título, lo hemos preparado (tremendo bodrio), aquí está el cartón. A la guerra.
Necesidades insatisfechas, frustración, agresividad. Marina Quintero, la profesora de psicología de la adolescencia, se hacía cargo de la frase. Estos muchachos discutidores, que no tragan entero. Pamplinas. La rebeldía también estaba en el libreto, los disturbios, los muertos. La máquina no se detendría. El simulacro estaba al orden del día. Un disfrazamiento, uno podía racionalizarlo.
Ya todo era irreversible, me sentí en la etapa del acabado, habían trabajado lo suficiente en mí. En el bloque 16 preparaban mi cartón, con las debidas orlas doradas y rúbricas y timbres. Había que ver lo positivo del asunto, como buen alumno de Comte, je, je. La universidad, las aulas, los grupos humanos, los profesores, me habían moldeado. Un policía podía detenerme y recelar de mi carné. Un guerrillero. Pamplinas. Todo estaba en el libreto.