Un poema de Emily Dickinson en el cuaderno 51 es el rastro escaso, pero excelso, del profesor que me dictó el seminario de literatura europea en el sexto semestre. Es de los pocos testimonios documentales que poseo de ese curso, ese poema sin título que reza: "una cinta de seda no te salvará del abismo". Ennoblece al profesor el hecho de que el texto en castellano era traducción suya (era un traductor avezado de escritores y poetas ingleses). Recuerdo, dentro de la bibliografía de la materia, el libro Tres poetas norteamericanos (Walt Whitman, Emily Dickinson, Carlos Williams Williams), de la colección Cara y Cruz, de Editorial Norma. Ennoblece nuevamente al profesor, el hecho de que él era el editor de esa colección. Según todo indica, yo eludía tomar apuntes de clase. El método de Iván Hernández era conversacional, una modalidad muy cómoda para él y para los estudiantes. Cosa que uno le agradecía, a la postre, porque era un curso que, a diferencia de los otros, exigía poco trabajo. Iván podía pasar por un catedrático negligente, un fresco, pero compensaba estos inconvenientes con la altura de los autores que recomendaba. Nos entusiasmó con Emily Dickinson. Solía llegar a la sesión con el suéter a la espalda y una caja de Marlboro en la mano. Era de los que fuma en clase. En su curso no recuerdo parciales ni trabajos finales, era pura tertulia, leer los textos y mostrarse versado ante el grupo. Esto y ganabas.
No pudo irme mejor en ese curso, la nota final fue la máxima. A través de esta pasión insuflada por Iván, pude valorar, más tarde, el regalo de Joaquín Botero, que a su regreso de Estados Unidos, por allá en los noventa, me trajo un grueso volumen, hermnosamente editado, con la poesía de Emily Dickinson; y, luego, el acto de Gonzalo Restrepo, quien, al regreso de las mismas latitudes (era profesor de español en Conneticut) me trajo como presente un librito con una antología de poemas de la autora aludida. Desde entonces, esporádicamente, suelo tomar de mi estante cualquiera de los dos libros y degustar un poema o dos. La emoción es similar a la que siento al releer a Cavafis: La ciudad, Los dioses abandonan a Antonio, etc.
Chico Marlboro, era como motejaban a Iván, aunque, para mí, le llamaba el Leoncillo. Era blanco, rubio, de bella melena. Un tipo desenfadado, práctico, que no se complicaba con ampulosos programas y bibliografías. Carlos Williams Williams fue un grato descubrimiento. Por supuesto, el viejo Walt Whitman estaba en la carta. Pero Emily Dickinson fue el resplandor. Iván era de los profesores más antiguos en la facultad de Humanidades. Los estudiantes se engañaban con su desgreño metodológico, porque bastaba esculcar un poco en sus actividades fuera de clase para toparse con el traductor y el editor de renombre. Además, claro está, de su vasto saber literario. Era toda una autoridad. Sé que era camarada de Natalia Pikouch y de Hernán Botero, otros de la élite en la facultad. Casi octogenario, con esa memoria antojadiza de los seniles, Hernán Botero me ha confiado que Iván Hernández tenía una casa campestre en Fredonia, adonde, cada que podían escamotear tiempo a la academia, se iban de asueto. Natalia Pikouch era una invitada de lujo, con sus vestidos vaporosos, con sus ojos azules en el rostro lunar, con sus caderas de ánade, con su espiritual encanto. Tengo una fotografía, obsequio de Hernán Botero, donde Natalia Pikouch aparece en sus años de plenitud femenina, en compañía del joven y apuesto Hernán Botero, su entrañable colega y amigo. Están en la finca de Iván, en Fredonia, en modo solaz.
El bloque doce, segundo piso, escenario donde me veo avanzar en la tarde a la cita con el curso de Iván, seminario de literatura europea. ¿Por qué recuerdo solo a los poetas norteamericanos? En propiedad, no tenían nada que ver con el nombre del curso. Trabajamos a Virginia Woolf. Debió ser la época en que leí Las olas y Fin de viaje, También debimos leer Lección de canto, de Catherine Mansfield, relato que Mario Escobar ponderaba como una excelente pieza en su género. Los poetas norteamericanos en un curso de literatura europea, hacían parte, sin duda, de ese bello desacato de Iván con los formalismos. En esos días, Tita, una condiscípula, intentó conquistar a un enamorado con los versos de Emily Dickinson. "Muerde", le dijo, ofreciendo una manzana donde ya había un mordisco, y deslizando en su mano un papel con los versos de Emily: "Una cinta de seda no te salvará del abismo, lo hará una soga, pero como souvenir, una soga no es bella; es pues, te digo, cada paso una trampa, cada parada un pozo, di pues lo que prefieres, soga o cinta, son módicos los precios". "No me tientes con la idea del Paraíso", respondió el otro, y huyó. Recuerdo que en esos días escribí un poema como continuación o respuesta a esos versos de la poetisa norteamericana. El ser espiritual escogerá la cinta, que es el símbolo de la poesía. La soga representa el aspecto burdo del mundo.
Ese suave modo de borrar su clase del recuerdo de los alumnos se me antoja la mayor cualidad de Iván. Parecía petulante, engreído, pero resultaba ser todo lo contrario, un hombre con gran entendimiento de la vida. Un ser que venía de vuelta de muchas cosas. Nunca congeniamos más allá de un saludo convencional. Iván era uno de los editores de la revista Lingüística y Literatura cuando Natalia Pikouch publicó allí mi ensayo sobre La muerte de Iván Ilich. En ese mismo sexto semestre, en literatura europea, con la profesora Vilma Patricia, estudiamos a Goldman, a Lukacs, y a Kristeva, como sustento teórico para la lectura de Balzac, Kafka y Camus. Iván acaso se pareciera a Elkin Restrepo en su concepción de la lectura como goce. Eran opuestos a ver una obra desde una corriente filosófica o social. Lo mismo eran Natalia Pikouch y Hernán Botero. Recuerdo que en teoría literaria, con Óscar Castro, estudiamos a Bajtín y el esquema del cuento maravilloso. Me parecía increíble que la imaginación de los pueblos obedeciera a un molde. Lo mismo me ocurrió cuando Mario Escobar nos compartió el decálogo del cuento de Horacio Quiroga. Estos asuntos me entraban en reversa. Prefería la actitud de Cortazar, la idea de que un cuento surge del misterio, de que el cuentista es solo un vehículo de lo oscuro. Tal vez por esto no acabó de gustarme Hemingway, aunque, de otro lado, es un excelente cuentista. Hemingway decía que un rifle que aparece en la primera página del cuento, por fuerza, debe ser disparado en la quinta página. Vistas las cosas así, un cuento viene a ser un artefacto matemático, una máquina de precisión suiza. En fin, entramos en tal rapto con Emiliy Dickinson que, en una tarde de holganza en Troncos, Tita cogió mi cuaderno y, con su lápiz de punta roma, comenzó a escribir "una cinta de seda...". Un imprevisto cortó su impulso, acaso la llegada de un amigo o que debía marchar a clase, lo que fuera. Total, aún conservo en el cuaderno 51, muy cerca de la página del poema completo de Emily, el verso trunco de Tita, escrito a lápiz, en letra cursiva. ¡Un verso trunco! ¡Qué belleza! Esta amena locura la propició, no en poca medida, Iván Hernández con su amor por la poesía en lengua inglesa. Oh, y como olvidar T.S. Elliot.