domingo, 22 de diciembre de 2024

El profesor de literatura inglesa y norteamericana (Iván Hernández Arbeláez)

Un poema de Emily Dickinson en el cuaderno 51 es el rastro escaso, pero excelso, del profesor que me dictó el seminario de literatura europea en el sexto semestre. Es de los pocos testimonios documentales que poseo de ese curso, ese poema sin título que reza: "una cinta de seda no te salvará del abismo". Ennoblece al profesor el hecho de que el texto en castellano era traducción suya (era un traductor avezado de escritores y poetas ingleses). Recuerdo, dentro de la bibliografía de la materia, el libro Tres poetas norteamericanos (Walt Whitman, Emily Dickinson, Carlos Williams Williams), de la colección Cara y Cruz, de Editorial Norma. Ennoblece nuevamente al profesor, el hecho de que él era el editor de esa colección. Según todo indica, yo eludía tomar apuntes de clase. El método de Iván Hernández era conversacional, una modalidad muy cómoda para él y para los estudiantes. Cosa que uno le agradecía, a la postre, porque era un curso que, a diferencia de los otros, exigía poco trabajo. Iván podía pasar por un catedrático negligente, un fresco, pero compensaba estos inconvenientes con la altura de los autores que recomendaba. Nos entusiasmó con Emily Dickinson. Solía llegar a la sesión con el suéter a la espalda y una caja de Marlboro en la mano. Era de los que fuma en clase. En su curso no recuerdo parciales ni trabajos finales, era pura tertulia, leer los textos y mostrarse versado ante el grupo. Esto y ganabas.

No pudo irme mejor en ese curso, la nota final fue la máxima. A través de esta pasión insuflada por Iván, pude valorar, más tarde, el regalo de Joaquín Botero, que a su regreso de Estados Unidos, por allá en los noventa, me trajo un grueso volumen, hermnosamente editado, con la poesía de Emily Dickinson; y, luego, el acto de Gonzalo Restrepo, quien, al regreso de las mismas latitudes (era profesor de español en Conneticut)  me trajo como presente un librito con una antología de poemas de la autora aludida. Desde entonces, esporádicamente, suelo tomar de mi estante cualquiera de los dos libros y degustar un poema o dos. La emoción es similar a la que siento al releer a Cavafis: La ciudad, Los dioses abandonan a Antonio, etc.   

Chico Marlboro, era como motejaban a Iván, aunque, para mí, le llamaba el Leoncillo. Era blanco, rubio, de bella melena. Un tipo desenfadado, práctico, que no se complicaba con ampulosos programas y bibliografías. Carlos Williams Williams fue un grato descubrimiento. Por supuesto, el viejo Walt Whitman estaba en la carta. Pero Emily Dickinson fue el resplandor. Iván era de los profesores más antiguos en la facultad de Humanidades. Los estudiantes se engañaban con su desgreño metodológico, porque bastaba esculcar un poco en sus actividades fuera de clase para toparse con el traductor y el editor de renombre. Además, claro está, de su vasto saber literario. Era toda una autoridad. Sé que era camarada de Natalia Pikouch y de Hernán Botero, otros de la élite en la facultad. Casi octogenario, con esa memoria antojadiza de los seniles, Hernán Botero me ha confiado que Iván Hernández tenía una casa campestre en Fredonia, adonde, cada que podían escamotear tiempo a la academia, se iban de asueto. Natalia Pikouch era una invitada de lujo, con sus vestidos vaporosos, con sus ojos azules en el rostro lunar, con sus caderas de ánade, con su espiritual encanto. Tengo una fotografía, obsequio de Hernán Botero, donde Natalia Pikouch aparece en sus años de plenitud femenina, en compañía del joven y apuesto Hernán Botero, su entrañable colega y amigo. Están en la finca de Iván, en Fredonia, en modo solaz.  

El bloque doce, segundo piso, escenario donde me veo avanzar en la tarde a la cita con el curso de Iván, seminario de literatura europea. ¿Por qué recuerdo solo a los poetas norteamericanos? En propiedad, no tenían nada que ver con el nombre del curso. Trabajamos a Virginia Woolf. Debió ser la época en que leí Las olas y Fin de viaje, También debimos leer Lección de canto, de Catherine Mansfield, relato que Mario Escobar ponderaba como una excelente pieza en su género. Los poetas norteamericanos en un curso de literatura europea, hacían parte, sin duda, de ese bello desacato de Iván con los formalismos. En esos días, Tita, una condiscípula, intentó conquistar a un enamorado con los versos de Emily Dickinson. "Muerde", le dijo, ofreciendo una manzana donde ya había un mordisco, y deslizando en su mano un papel con los versos de Emily: "Una cinta de seda no te salvará del abismo, lo hará una soga, pero como souvenir, una soga no es bella; es pues, te digo, cada paso una trampa, cada parada un pozo, di pues lo que prefieres, soga o cinta, son módicos los precios". "No me tientes con la idea del Paraíso", respondió el otro, y huyó. Recuerdo que en esos días escribí un poema como continuación  o respuesta a esos versos de la poetisa norteamericana. El ser espiritual escogerá la cinta, que es el símbolo de la poesía. La soga representa el aspecto burdo del mundo. 

Ese suave modo de borrar su clase del recuerdo de los alumnos se me antoja la mayor cualidad de Iván. Parecía petulante, engreído, pero resultaba ser todo lo contrario, un hombre con gran entendimiento de la vida. Un ser que venía de vuelta de muchas cosas. Nunca congeniamos más allá de un saludo convencional. Iván era uno de los editores de la revista Lingüística y Literatura cuando Natalia Pikouch publicó allí mi ensayo sobre La muerte de Iván Ilich. En ese mismo sexto semestre, en literatura europea, con la profesora Vilma Patricia, estudiamos a Goldman, a Lukacs, y a Kristeva, como sustento teórico para la lectura de Balzac, Kafka y Camus. Iván acaso se pareciera a Elkin Restrepo en su concepción de la lectura como goce. Eran opuestos a ver una obra desde una corriente filosófica o social. Lo mismo eran Natalia Pikouch y Hernán Botero. Recuerdo que en teoría literaria, con Óscar Castro, estudiamos a Bajtín y el esquema del cuento maravilloso. Me parecía increíble que la imaginación de los pueblos obedeciera a un molde. Lo mismo me ocurrió cuando Mario Escobar nos compartió el decálogo del cuento de Horacio Quiroga. Estos asuntos me entraban en reversa. Prefería la actitud de Cortazar, la idea de que un cuento surge del misterio, de que el cuentista es solo un vehículo de lo oscuro. Tal vez por esto no acabó de gustarme Hemingway, aunque, de otro lado, es un excelente cuentista. Hemingway decía que un rifle que aparece en la primera página del cuento, por fuerza, debe ser disparado en la quinta página. Vistas las cosas así, un cuento viene a ser un artefacto matemático, una máquina de precisión suiza. En fin, entramos en tal rapto con Emiliy Dickinson que, en una tarde de holganza en Troncos, Tita cogió mi cuaderno y, con su lápiz de punta roma, comenzó a escribir "una cinta de seda...". Un imprevisto cortó su impulso, acaso la llegada de un amigo o que debía marchar a clase, lo que fuera. Total, aún conservo en el cuaderno 51, muy cerca de la página del poema completo de Emily, el verso trunco de Tita, escrito a lápiz, en letra cursiva. ¡Un verso trunco! ¡Qué belleza! Esta amena locura la propició, no en poca medida, Iván Hernández con su amor por la poesía en lengua inglesa. Oh, y como olvidar T.S. Elliot.                 


martes, 27 de agosto de 2024

Marina Quintero (La universidad)

 *Volverse un pedante, intercalar referencias sesudas en el discurso, era acaso uno de los resultados tangibles de tanta academia. Dárselas de entendido en corrientes de pensamiento, libros, autores. Esto saltaba a la vista en una charla cualquiera, sobre todo en la cafetería o el bus, donde el más inteligente parecía ser quien más ensartara términos raros, quien más acudiera a Nietzsche y a Freud. La jerga universitaria estaba saturada de    marxismo y estructuralismo, de Ubermensch y de psicoanálisis. La fórmula era muy socorrida, hacía escuela entre los muros de ciencias sociales: “la  pobreza genera necesidades insatisfechas y estas a su vez, frustración; la respuesta a la frustración es la agresividad”. 

Era ya de por sí agresiva aquella aglomeración de bloques cercados por una valla, aquel experimento social maquillado de altruismo y buenos propósitos. Así el librepensador fuera el pretendido producto final, ¿no era, en suma, un moldeamiento? En ocasiones uno lo sentía, era preciso racionalizarlo. Percibir las fases del proceso, saberse objeto de una intervención en regla, donde nada se escatima en pos de un perfil acorde con las necesidades. Imposible no sentirlo y llevarlo al plano de la lógica. ¿En qué etapa de la producción vas? Se ha esponjado aquí, allí es justo rebanar, ¿qué hacer con las rebabas? ¿Una involución? Nada de eso, siempre hacia adelante. La máquina no para. Bueno, el muchacho ha hecho las cosas bien, ha optado por un título, lo hemos preparado (tremendo bodrio), aquí está el cartón. A la guerra. 

Necesidades insatisfechas, frustración, agresividad. Marina Quintero, la profesora de psicología de la adolescencia, se hacía cargo de la frase. Estos muchachos discutidores, que no tragan entero. Pamplinas. La rebeldía también estaba en el libreto, los disturbios, los muertos. La máquina no se detendría. El simulacro estaba al orden del día. Un disfrazamiento, uno podía racionalizarlo. 

Ya todo era irreversible, me sentí en la etapa del acabado, habían trabajado lo suficiente en mí. En el bloque 16 preparaban mi cartón, con las debidas orlas doradas y rúbricas y timbres. Había que ver lo positivo del asunto, como buen alumno de Comte, je, je. La universidad, las aulas, los grupos humanos, los profesores, me habían moldeado. Un policía podía detenerme y recelar de mi carné. Un guerrillero. Pamplinas. Todo estaba en el libreto.                 


lunes, 26 de agosto de 2024

Hernán Botero y los griegos

Me gustaría reunirme con el profesor, mostrarle mis notas de clase de aquella época, conversar al respecto. ¿Estaría interesado? No creo. O tal vez sí. Su pasión es el verbo. Al menor atisbo discursivo dispara su artillería. Los griegos, lo que pensaba en mi juventud. Lo contrastaría con el parecer de Neruda en Canto general, donde exhorta a enaltecer nuestros mitos, no los ajenos. Seguro que el profesor no estaría de acuerdo con Neruda, lo atacaría por comunista. Es muy dado en él. Odia el bolchevismo, no se traga a Lenin. Tampoco le gusta García Márquez, tal vez por lo mismo, su relación con Fidel. Al profesor hay que entrarle con sutileza, no contrariar su ideología. Es ateo, pero detesta a la izquierda. Un híbrido raro. Uno creería que es apolítico, que no le interesan estos asuntos, pero basta hablarle de Natalia Pikouch, de su rechazo del sistema soviético, para que él se ponga de su lado “Lenin fue un carnicero”. Se declara ateo, pero debe tener sus remojos confesionales. Los viejos acaban bienquistos con la iglesia. Después de años de rebeldía o indiferencia, ahuecan el ala, se adhieren a una seguridad, por mínima que sea. Van a misa, rezan. Camus podría enseñarles maneras. Pero ellos no leen a Camus. Leen a Eurípides. El paganismo, de cualquier modo, es una religión. Se aferran a Alcestis, a Hércules. Neruda no está tan descaminado. Cantemos los cantos nuestros. En aquellos días de la universidad era fácil entusiasmarse con Tales y Homero, Sócrates y Solón, Safo y Alejandro. Visto desde la óptica de Neruda, un profesor como el de literatura griega era una especie de lunático. El romanticismo que lleva a Byron a sacrificarse por Grecia, Neruda no lo entendería. Tampoco entendería a Isaacs y su pastiche criollo. El romántico es un nostálgico. Una nostalgia platónica, del absolutismo monárquico, del rey Sol. Como en la sociedad rusa del siglo XIX, donde los códigos a la moda eran los de Francia, Isaacs sigue modelos franceses, Atala de Chateaubriand. ¿Cómo se comía uno esos cuentos? El Isaacs que comienza a ser atractivo es el de los pasajes vernáculos, en que pinta las costumbres y la naturaleza de esta tierra. Éramos demasiado jóvenes e impresionables. Aquellos discursos hacían mella en uno. La sociedad cruenta en que vivíamos no alcanzaba a quitarnos las legañas de los ojos. Éramos como caballos con anteojeras. Los griegos. Bellos modelos. El orden escultórico, los modos musicales. Neruda recorría la tierra nuestra, sufría con España. Venía de la Araucana, de Anacaona. Mis baños de salsa los viernes en las tabernas eran la contra. ¿Qué le debía yo a los griegos? ¿Ciencia? Tengo una amiga que opina que hay más luz en los tiempos precientíficos. ¿De dónde aprendieron los profesores su discurso? De los libros que escribieron otros profesores, que a su vez lo aprendieron en los libros. Es una seguidilla infernal.                 


domingo, 25 de agosto de 2024

Hernán Botero

El profesor Hernán Botero tenía en su haber varios intentos de suicidio, según se comentaba entre los estudiantes. En ocasiones, estos llegaban a clase y se encontraban con los crespos hechos; el profesor no había acudido. La razón, había intentado matarse o estaba recluido en el hospital mental. Eran los chismes. Este hombre extravagante, preocupado con el misterio de la muerte, más adelante, encargó a uno de sus pupilos que lo ayudara a morir. El auxiliar era uno de sus alumnos más brillantes, un poeta eximio, que, por otra parte, lo admiraba. No tuvo escrúpulo en aceptar. También era un espíritu exaltado. Su misión consistía en procurarle una dosis de cianuro. Era un secreto, por supuesto; pero el asunto, de algún modo, se hendijeó. Total, que el profesor llegó a viejo, lo mismo que el pupilo, y la lanzadera de los días sepultó el grotesco propósito. Con ochenta años y gozando de una salud perfecta (excepto un dolor de piernas crónico que más parecía invento o producto de la hipocondría) el profesor pasaba las tardes en su apartamento escuchando Sueños de amor, de Liszt. Vivía en un cómodo sector de la ciudad, cerca a la biblioteca Piloto y a las universidades. Los bloques eran de un suave crema combinado con adobe, y se guarecían tras una añosa cortina de árboles. Una tarde cualquiera, camino de la biblioteca, pasé frente a la unidad donde moraba el profesor, y me acordé de sus teatrales intentos de suicidio. Medité que otros, sin tanta alharaca, habían dado el paso definitivo. Pensé en Méndez, que se había mandado mudar con el famoso recurso de la ruleta rusa. Méndez, estudiante de segundo año de español y literatura, era ya polvo y olvido. El profesor seguía tras los muros de su apartamento, servido por una mucama, acompañado por su hermano, otro solterón. La música clásica y los libros revivían viejas pasiones, pero acaso no lograban que se acordara de sus frívolos arranques de autodestrucción. La brisa entre los árboles mecía y se llevaba estos recuerdos. El pupilo que prometió acercarlo a las riberas de Caronte no volvió a visitarlo. Se hizo abogado y se dedicó a litigar. Abandonó la poesía. El profesor siempre tuvo una vida regalada, de buen nivel económico. Ahora gozaba de una jugosa pensión, producto de dos decenios al servicio de la universidad. Ni siquiera la pandemia pudo matarlo. Siguió al dedillo las prescripciones higiénicas y, cuando la amenaza pasó, se dio el lujo de salir a dar un paseo a Charly, su mascota. La pelona había cargado con millares, pero él, aunque con pátina de guardado, vivito y coleando, recibía el sol mañanero en los paseos de la unidad. Pensé en Méndez, y sentí el impulso de tocar la puerta del profesor, verle la cara afeitada y las escasas pero vigorosas hebras de cabello. Me recibiría con la ampulosidad característica y sería presa fácil de una conversación libresca, a la que, sin duda, lo empujaría. Le pediría que me prestara Visiones terrenales, su libro de poemas, y prometería devolverlo sin tardanza. Quizá tuviese varios ejemplares y me obsequiara uno. Recordé que en esa unidad también vivía un condiscípulo del pregrado, Jhony, un hombre que pintaba y escribía, y me dije que acaso lo viera aparecer por ahí. Jhony vivió toda la vida en Castilla, pero apenas le nació un hijo, se mudó. Quería rodear al heredero de un buen ambiente. Jhony le dio duro a la bohemia y a los excesos mientras fue universitario, casi a punto de matarse, pero tampoco en este caso la crónica roja podía hablar de un suicidio. Se iba de la mano con el licor y con las drogas, pero no pasaba de ahí. A lo más que llegó fue a una hospitalización, había que desintoxicar el organismo. Lo visité durante la convalecencia. Aún vivía en Castilla. Mi memoria volvía a Méndez. Me apuré y pasé de largo por esa chusca unidad donde el profesor escuchaba Sueños de amor de Liszt y el amigo Jhony se aprestaba a llevar a su hijo a la práctica, pues lo había matriculado en una renombrada escuela de fútbol. No tenía nada que hablar con ellos. En cambio, con Méndez una larga conversación me esperaba.


viernes, 16 de agosto de 2024

Natalia Pikouch (un sueño)

Quedamos de encontrarnos el lunes a las dos de la tarde. Yo propuse la fuente, en plena plazoleta central, junto al bloque de artes. Me dije que sería lo más cómodo para ella. Dado que hubiese acabado su jornada laboral a esa hora, solo tenía que dar unos pasos para llegar al lugar convenido. Estaría cansada. Siempre hay que lidiar con la clase, y el cuerpo ya no es el mismo tras tantos años de enseñanza. Tendría que invitarla por lo menos a un café o un jugo. Nunca hice algo así, invitarla a un café, pero había llegado el momento. ¿Aceptaría?

Me pregunté cómo estaría, bajo qué luz me la presentaría de nuevo la vida, por dónde aparecería, cómo vendría vestida, con qué palabras me saludaría. Recordé el misterio de una noche lejana, cuando me acosté de espaldas en el muro de la fuente y contemplé las estrellas. Del centro del estanque se levantaba la escultura de la pareja solar, el hombre y la mujer unidos en un movimiento sensual, de danza, proyectados hacia el firmamento. Entonces, en ese instante, me cobijó el secreto de un pájaro (más bien era el trazo sutil, sombrío e informe de un pájaro) cruzando las sombras cual azagaya. Pensé que debía ofrecer a alguien el tesoro de este instante: el recogimiento de los árboles, el rielar de las aguas del estanque donde temblaba el reflejo de las farolas, el ritual del pájaro que cruzaba el tiempo. 

Fui a buscarla; pedí información a la secretaria del departamento de artes escénicas; subí al segundo piso, por el lado del balcón; en el recodo me crucé con un manojo de estudiantes que estorbaban el paso y que no se dieron por aludidos; pasé entre ellos, incómodo. Había tres salas de profesores, pero todas estaban cerradas. En la única aula abierta había un profesor veterano y larguirucho, al cual interpelé; estaba ocupado y, más bien con impaciencia, dijo que no conocía a la profesora. Debía ser un docente nuevo. Di marcha atrás. En un costado de la escalera que llevaba al tercer piso había un andamio; un obrero preparaba mezcla en un recipiente. Pronto estuve en el primer piso; pasé frente al departamento de artes escénicas, eché un vistazo adentro. Allí también, en un despacho contiguo, funcionaba el departamento de música. Gané el vestíbulo, frente al patio que comunica los dos bloques. Grupitos de estudiantes holgaban en el piso. Contra el muro había una mesa solidaria: “coja lo que necesite, deje lo que le sobre”. Los artículos donados eran escasos: unos escarpines y un saco. Salí al andén. En el muro que limita con el Camilo había un grafiti, una frase pintada: “Fuerza y grafiti”. Me dirigí al norte, a la zona deportiva. Al pasar, miré el pasillo del otro bloque, el de artes visuales, y reconocí, en un hombrecito que se detenía a saludar a alguien, al operario del aula de apoyo, Tálaga. Parecía difuminado como en una neblina, de la cual resaltaban los blancos mechones de su cabello revuelto. “Una mofeta o Tálaga en la caverna”, pensé.

Ella traía un libro en la mano, La muerte de Iván Ilich. Recordé que yo tenía este libro en casa, una vieja edición popular, de Oveja negra. Además del antedicho título, la edición contenía dos relatos más: El padre Sergio y Después del baile. Había dudado en leer los otros textos, y luego, al hacerlo, me llevé una agradable sorpresa. A través del personaje del padre Sergio (Stépan Kasatski), volví a hallar la azarosa ruta de la búsqueda de mi espiritualidad, el perfeccionamiento del ser. En los afanes de la academia, leí la historia de Iván Ilich, postergando las otras. Era como si la vida me dijese que el verdadero mensaje no estaba en Iván Ilich, sino en el padre Sergio, en ese Stépan que renuncia a su carrera militar, a su matrimonio, a sus tierras, y se hace monje. Y ahora ella estaba allí, con el libro en la mano, como invitándome a hablar de cosas importantes, de lo que hay tras las apariencias. 

Entonces recordé el sueño con los profesores de literatura de la universidad. Viajaban en un  furgón. En una situación un tanto anacrónica, yo iba con ellos. Era como si fuese a una fiesta, porque lucía un traje flamante. Desde la calle, ella se acercó a preguntarme algo, me gritó la pregunta pero no la escuché. Le habló a uno de los profesores próximos a las ventanillas. “Llámalo”, dijo. Así lo hizo el profesor, que no era otro que Hernán Botero. Me acerqué a la ventanilla. “¿Cómo va tu novela?”, me interpeló. “Muy bien”, dije. 

Desperté y me pregunté por qué ella no venía en el carro. ¿Acaso no era profesora de literatura?                    


miércoles, 7 de agosto de 2024

Natalia Pikouch

 Aquella imagen de Kolia en la escalera siempre volvía a mí. Natalia apareciendo al lado del vestidor, hablándome, tan cerca que podía percibir su aliento, el chispeo de su saliva en mi rostro, el reverbero de sus verdes ojos. Aquel momento se había convertido para mí en un tejido esplendoroso, una especie de tapiz persa. De algún modo, se había vuelto escritura, sobrepasando la condición del lenguaje. Hablaba desde otras esferas, por ejemplo, la mística. El muchacho cuya mirada apunta hacia las aguas; la mujer que aguarda a la salida de las termas. Lo mínimo que podía pensar era en un escenario clásico, con un Simónides o un Julio César a bordo.

Acaso era que Natalia me aguardaba allí para invitarme a un paseo por los parajes de la universidad, saliendo desde la zona deportiva, por el costado del bloque 22, hacia la plazoleta central, la biblioteca, la fuente, los árboles. Allí, junto a la escultura de Rodrigo Arenas Betancur, entre el vapor de agua esparcido por la brisa, nos deteníamos, con el bloque de artes y el Camilo a nuestras espaldas. El museo nos haría pícaros gestos, pero nosotros estaríamos gozosos recibiendo la fina lluvia en los rostros, convertidos por los vaporosos lienzos de agua en figuras mitológicas, una ninfa, un sileno. No queríamos saber nada del museo, por ahora. Queríamos adentrarnos en Troncos, sentarnos en una mesa, tomar un café, platicar. Sería el tiempo en que Natalia abandonó el cigarrillo y se conformaba con el hálito balsámico de las palabras, que eran como un sándalo esparcido por el Ganges. Claro, Kolia vendría con nosotros, tocando el violín. Se congregaría una multitud, aplaudirían al muchacho. Allí estaría, cómo no, el profesor Hernán Botero, disertando sobre la areté y la sofrosine. Natalia escucharía con deleite pero, en el momento justo, lo haría callar con un dulce y autoritario gesto. Hernán Botero se moriría de contento complaciendo a su querida amiga. Entonces Natalia recitaría los melancólicos poemas de Ana Ajmátova. Era la especie de felicidad que imaginaba. Nunca una cátedra donde el profesor problematiza todo. Un café, una charla, y los poemas de Ajmátova. Saldríamos por Barranquilla, en un atardecer de luz, libre de disturbios, y subiríamos a la ruta de Bello, justo para ver el crepúsculo en el Quitasol.