viernes, 24 de junio de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap.13.)

"Necesitamos que nos concrete algo", dijo John Charles. "Ya les dije lo que pienso. Me parece muy angosto. Examinaré otras opciones. Tengo urgencia en mudarme. Les avisaré". La señora dijo: "Mire, le repito, si usted decide alquilar la pieza y nos da un adelanto podríamos hacerle unas reformas". Continuábamos en el cuarto repleto de trastos viejos. Yo me inclinaba contra el marco, escoltado por los propietarios. Un invencible pudor me retenía allí. Deseaba decirles que no me gustaba la pieza, que no la tomaría, pero no era capaz. La anciana y su hijo me taladraban con la mirada, cual si quisieran sondear el fondo de mi pensamiento. Cuando hablé con mi amigo con respecto al cuarto y convine en ir a echarle una mirada, John Charles me advirtió que no estaba seguro de que me gustara. Insistí en mirarlo. Me había preparado para toparme con una habitación modesta: la realidad superó mis más humildes predicciones. Había supuesto que efectuaría la negociación con el propio John Charles, pero era la madre quien se hacía cargo del asunto, eclipsando al hijo con su autoridad. "Entonces, ¿no le gusta?", insistió John Charles. Titubeé. "Examinaré otras alternativas. En una semana les confirmo". Me sentí agotado. Mi día había sido duro. Me dolía aplastar la esperanza de los otros. Para zafarme del tema del alquiler del cuarto, me aparté suavemente del vano de la puerta y me dirigí al extremo de la plancha que daba a la calle. John Charles y su madre me siguieron. "Hay bella vista desde aquí", dije. "¡Cuidado se corta!", advirtió la mujer, señalando excremento perruno disperso en el piso. "Gracias. Veo bien dónde pongo los pies". Había logrado mi propósito de virar la conversación a un tópico menos dramático. Agradecía de todo corazón la generosidad de mis anfitriones, pero poseía un razonable sentido estético. Hablé banalidades. La anciana nos acompañó unos minutos más. Su rostro pasó de un modo sutilísimo de la ansiedad a la placidez. No volvió a hablar del cuarto ni de sus estrecheces monetarias. Por el contrario, exhibió su faceta bondadosa y risueña. Por último, descendió las escalas, requerida por los nietos. John Charles y yo permanecimos un rato más en la plancha, mientras la piña de luces de Medellín se abrillantaba. Hablamos en el ensoñador efluvio nocturno. "Mire, un hilo", dijo John Charles, mostrando, en efecto, una hilaza que se extendía encima de nuestras cabezas, sobre la plancha y los techos vecinos en una trayectoria más o menos recta. "Parece el hilo reventado de una cometa. No es posible decir de qué lado la estaban elevando. El hilo no muestra principio ni fin. Sus cabos se pierden sobre los tejados", dije. Lola merodeaba por allí, silenciosa, vivaracha. Los ojos de John Charles se animaron tras el cristal de sus gafas. "¿Sabe una cosa?" "¿Qué?" "Cuando le ofrecí la habitación lo hice movido por la osadía de un sueño que avasalló mi cabeza". "¿De qué se trata?" "Como sabe ya hace tiempo que pertenezco a la iglesia mormona. Allí conocí a mi esposa. Cuando me contó de sus descalabros sentimentales y de que andaba tras un alojamiento, me preocupé por sus penurias y me atreví a soñar que viviríamos bajo el mismo techo, que iría a nuestra iglesia, donde hallaría una muchacha con la que se casaría. No lo pensaba de mala fe, no, sino con limpieza de espíritu y fervor". "Le agradezco su preocupación", dije, confuso. Siempre que John Charles se adentraba en el espinoso tema de sus ideas religiosas me hacía mala sangre, simulaba deferencia. "Lo aprecio mucho, Marcos. Usted es una persona de mente abierta. Sé que no lleva una vida sosegada. No ha encontrado un verdadero amor. Me gustaría que se uniera a una mujer del mismo modo que yo me uní con mi esposa, por la eternidad". Mi paciencia estaba tocando a su límite. Me salvó el hecho de que John Charles estuviera melancólico, de que, súbitamente, se cansara de hablar de circuncisión y se sumiera en un silencio místico. De pronto, dijo: " Usted es una máquina intelectual bien lubricada. Sé que será un gran escritor. Algún día pondrá estos menudos hechos en un libro". Sonreí, un poco triste. Me pesó haber abrigado en el pasado ideas recelosas con respecto a la idoneidad viril de John Charles, quien siempre andaba alabando mi cuerpo. Este hombre es un buen camarada, concluí para mis adentros. No dije nada. Sentí con dolor que ningún libro podría contener esos hechos menudos a los que John Charles se refería. La vida era presa del tiempo, de la fugacidad, de un pavoroso azar. Enmudecí. Este momento se inmortalizaría por sí mismo, sin necesidad de la intervención de mi pluma. Eso pensé mientras observaba, perplejo, el rostro soñador de mi amigo, los lánguidos ojos detrás de las gafas, la sutil sonrisa, ebria de emoción. Miramos los barrrios del lado occidental (¡Castilla!), cuajando luz en el incipiente anochecer. Mi retina fue atraída por el paso regular del metro en el tramo vecino. La enorme máquina se deslizaba con fuerza moderada a través del viaducto elevado. Las ventanillas aparecían iluminadas con una luz blanca y tibia. John Charles se confesó admirador entusiasta de esta sensacional obra de ingeniería. Según su parecer, la ciudad en general y el ciudadano común y corriente en particular habían sido beneficiados extraordinariamente por esta innovación del transporte público. Tras unos momentos John Charles apuntó: "Ojalá me ponga en uno de los libros que escriba". Continué reticente, evasivo. Me pareció pueril, y no obstante humana, la esperanza de John Charles. La noche nos espesaba en su jalea umbrosa. Lola bajaba las escalas, brincaba un rato abajo y volvía a subir y a brincar y a bajar. Abajo, entre fragantes especias, doña Leopoldina (este era el nombre de la madre de Jhon Charles) se aclaraba la garganta. Se dejaban oír las voces de los niños. John Charles se puso taciturno. Me contagié del ánimo tristón de mi amigo y del aire de estrechez material que despedía la casa. Momentos más tarde bajamos la escalera. Leonardo vino a nuestro encuentro tocando una trompeta de plástico. Nos sentamos en la sala, donde el desorden de juguetes imperaba. Una emoción triste seguía oprimiendo mi alma. La anciana emergió de la cocina con el rostro suavizado por la ejecución de una tarea amable: la cena. Parecía del todo ajena a la avidez que la dominara momentos atrás. Vino secándose las manos en el delantal. Recordé el día en que la conocí, salía de la cocina envuelta en el mismo gesto. La madre es la realización de la mujer en su sentido más sublime, pensé, ante la infatigable resistencia y el combativo amor del que daba muestras la anciana. Pensé en María, la madre de Dios, según el decir de los católicos, y se me antojó muy bella esa fe. Doña Leopoldina había luchado para sustentar al hijo, y ahora lo hacía con los nietos. La imagen de la serpiente mordiéndose la cola acopló en mi mente dos instantes iguales vividos en épocas distintas. El ovillo seguía devanándose. Me sentí hastiado de tanta vida y tanto trasegar. Me despedí con premura para evitar la molestia de que me invitaran a comer.              

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