Eso es lo que debo eliminar de mi cuento, el cálculo. Nada de premeditación, eso estropea la historia. ¿Qué un cuento es como un organismo? Sí, lo concedo. Pero con reservas. ¿Cuál es esa muchacha de la u que odia el estructuralismo? Me gustó cómo lo dijo, sin que sus palabras delataran una pose. Contención, eso es lo que debe haber en mi cuento. Esta es la verdadera destreza del narrador. Todavía hay mucho por aprender. De acuerdo con Estévez sobre que uno escribe lo que vive. Sí, pero no sólo la vida real, sino, y con mayor intensidad, la vida de la imaginación. Me entra en reversa toda esa teorización del Taller, el decálogo del escritor. Hay que estar ahí, sin embargo. Hacerse una idea. No puede ser tan complicado, el supuesto parto, el dolor y las lágrimas. No, no puede ser tan arduo. Debe ser tan natural como amar y, cuando menos, como masturbarse. Un cuento no debe ser un pajazo, no obstante. Es más bien como hacer el amor, bien hecho. Un acto de exaltación y potencia. Así que, omito la palabra cálculo. No acaba de gustarme. Es más por el lado de la aventura, de lo desconocido. Y también debe haber alegría. Nada de tormento. Sí hay una lucha, pero es como en el sexo. De acuerdo con Estévez en que escribir es una compulsión. Ya son cinco los años que llevo emborronando cuartillas. Comencé a los dieciocho. Ningún niño precoz, tampoco como el viejo. Estévez debería ser más amable con él, permitirle que lea sus escritos. Lo ataja, brusco, negándole el turno. Con Espitia, en cambio, es más solícito. ¿Por qué? Espitia no hace más que pavonearse, es un periodista activo, un escritor con oficio. Pero el viejo. No entiendo esa dureza de Estévez. El viejo es puntual con las tareas que Estévez nos deja. Se ve que le gusta escribir, que lo disfruta. A decir verdad, el grupo lo ha desahuciado. Es un sexagenario de extracción rústica, con bastantes arrugas y ojos acuosos; tiene un carácter dócil, juvenil, alegre, gárrulo. En sus conversaciones siempre vuelve la memoria al campo, al pasado, a los tiempos de los pioneros. Quién sabe si no es uno de estos, de los arrieros que abrieron trochas y fundaron los primeros asentamientos. El viejo es la persona de más edad del Taller, cuenta hecha de Estévez, que se acerca a los sesenta, diría yo. Claro que ha leído. La lectura de sus textos es recibida con escepticismo, ironía, desprestigio. ¿Por qué? El viejo no se inmuta. Eso me gusta. Tiene una voluntad de aprender enorme, que se me antoja admirable. Hoy, después de la sesión, vine caminando con él por las mojadas calles del centro. Vive en Barrio Nuevo, así que es mi vecino. En la buseta, de regreso a casa, casi me ahogó la fiebre de una ansiedad sin sentido. Mi temperatura corporal subió peligrosamente. La cara me ardía. Estuve al límite de mi resistencia, próximo al vahído. Me negué a aceptar que ese repentino delirio debiese su causa a la presencia mortificante de tres muchachas que viajaban en la buseta. Especialmente una morocha que frotaba con insistencia sus nalgas y hombros contra mi espalda. Mi miembro se encabritó. Lo reprimí con fórmulas psicológicas. Estuve tan perturbado que otorgué a los movimientos de la negra la propiedad de un lenguaje cifrado por medio del cual intentaba seducirme. Sin embargo, fui consciente de la necedad de mis ideas. También llegué a creer que la chica estaba enfadada por mi proximidad y trataba de comunicármelo con su constante fricción. Entonces, puritano, rechazaba los incitantes roces. Al mismo tiempo, me traían atrapado los ojos y las pestañas de una muchacha con nariz de lorita. En esta reconocí a una vecina con la que he cruzado infinitas miradas, pero ni una palabra. Sí, ya es hora de empezar a escribir en serio. ¿Acaso no me lo he dicho infinidad de veces? Parezco disco rayado. Cualquiera que fisgonee en mis cuadernos se daría cuenta. Escribir en serio, escribir en serio, en serio. Tengo veintitrés años y los días corren. Debería tomarlo con el desparpajo del viejo. ¿Qué importa escribir o no escribir, leer o no leer? ¿Qué vale un Estévez ante la grandeza de un pionero? Sí, escribir ese cuento que me redima. Cinco años desde la casa de Flor. Este nombre debe ser un talismán. En casa de Flor cogí un bloc y un lapicero, y lo que siguió tuvo un aire de ceremonia propiciatoria, un fuego de iniciación. Ahí se desnudó el misterio. Y fue también en esa casa donde nos dimos cuenta, el domingo que nos mudamos a Bello, que papá tenía otra mujer. Mamá explotó.
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