*Ahora, de vez en cuando, Estévez
le hacía objeto de ese brusco puñetazo en el hombro con que tomaba por sorpresa
a los alumnos de su confianza. Era su modo de mostrar el aprecio, el verdadero
aprecio. Era una insólita manera de expresar el afecto. El Carnudo y Marcos
llegaron a hablar de estas extrañas manifestaciones de amistad del maestro:
ambos las sufrieron. Sí, sufrieron. “Sufrir” es el verbo que se impone ante el
acto extravagante con que el pelicano les demostraba que los quería. El
puñetazo causaba más impacto (y dolor) dado que, por lo general, tomaba
desprevenida a la “víctima”. Era su modo
de saludar. Había que estar ojo avizor contra efusiones tan bruscas. Era un
hombre de gran vigor físico, y era evidente que estaba orgulloso de tal
fortaleza. Marcos se sobaba (aturrullado, perplejo), porque el tipo pegaba
duro, pero a la vez se sonreía y se sentía a gusto por haber conquistado la
amistad de un ser tan hosco en apariencia. En la vida ordinaria de este
individuo insociable debían de ser raros estos momentos de apertura que, por
masoquista que parezca, los magullados por el golpe tomaban como una dádiva el
salvaje saludo. Combinaba los puñetazos sorpresivos con juguetones amagos de
boxeo, pero estos últimos los empleaba en medio de la charla o al despedirse.
Así esa vez en que, habiendo finalizado la carrera, Marcos se cruzó con él en
la u. El maestro andaba de un genio acre, y su rostro era la imagen del
desencanto. Reiniciaba el Taller, luego del receso de vacaciones. “Otra vez en
este mierdero”, dijo. Su estampa abrumada no fue impedimento para que se
mostrara gentil con Marcos. “¿ha buscado algo?”, le preguntó al joven, cuando
este le declaró que urgía un empleo. Ante su réplica afirmativa, no pudo evitar
el desabrimiento de Estévez: “sí, porque del cielo no le va a caer”. Marcos le confió que había enviado su hoja de
vida a varios colegios. Estévez se ofreció a darle una carta de recomendación
cuando la requiriera. Marcos se lo agradeció. Fue entonces cuando le lanzó un
jab amistoso. A Marcos siempre le gustó el boxeo, su léxico, sus tecnicismos. De niño, en la escuela, gozaba cuando el
profesor los ponía a boxear. Uno quedaba en suspenso, en un feliz desconcierto,
ante ese juego pugilístico del viejo. A Marcos le entristeció su cansancio, que
todavía la necesidad lo obligara al trajín de la cátedra, cuando lo que él
deseaba era dedicarle todo su tiempo a la literatura. Se preguntó cuánto le
faltaría para pensionarse, si había sido lo suficientemente organizado para ir
cotizando. Lo vio ingresar al auditorio con su bolso de cuero, su agenda y su
camada de discípulos detrás. Entre estos Marcos distinguió dos o tres rostros
conocidos. Olimpo, por ejemplo(al que, en chanza, llamaba El inmortal), con su
inevitable chaqueta azul de estilo deportivo. Pensó que la desgana y la acritud
del maestro se descargaría, quieras que no, contra algunos de sus alumnos.
Conocía lo mal dispuesto que el viejo estaba con Olimpo, cómo lo postergaba
cada que alistaba sus hojas para leer. Le dio pena por Olimpo, que no desistía,
a pesar del trato desconsiderado del maestro. Sí, qué mierdero, se dijo Marcos,
viendo todo aquello como una inexplicable relación sadomasoquista. El placer y
el sufrir. Los fuertes puñetazos directos al hombro, los jab juguetones. Cómo
unas palabras te llevan a la cúspide, y cómo el más ligero desdén te sume en la
derrota. Se acordó de Arturo (el amigo de infancia que atendía un puesto de
papitas fritas en el Parque Bolívar) y el Zarco, de sus bromas celebradas con
puñetazos en el hombro. Se la pasaban contándose chistes, y festejaban los más
exitosos con un puñetazo del escucha al narrador. Extraño rito de diversión y
barbarie. Olimpo siempre escribía en hojas. Era el primero en llegar a la
sesión, con media hora de adelanto. Era el más ansioso para leer, pero Estévez
no le daba chance, le cortaba las ganas. Y, a pesar de todo, se decía Marcos, había que tener gratitud. Porque muchas
ocasiones uno no asistía al taller por ver una lección, por dominar la técnica
de la novela o por esponjarse con sus escritos, sino por disipar la angustia
que lo apretaba, para buscarse a sí mismo a través de los otros y sus
búsquedas, de sus triunfos y sus fracasos. Y hallaba allí a Estévez, esa mole
de voluntad y fuerza. Esa montaña de intrincados caminos y vericuetos, pero
también de suaves descansos y abrigadas arboledas. Estévez era un hombre que
amaba la literatura, y había entregado su vida a esa disciplina. En este
sentido, era un individuo con una pasión auténtica y avasalladora. De ahí que
Marcos sintiera como un golpe bajo el comentario de la profesora Lucía Gómez,
cuando afirmó que Estévez le parecía, definitivamente, un escritor muy flojo. Y
añadió que ella no se consideraba escritora, que no tenía madera para eso, que
lo suyo era la crítica literaria y el cine (“¡Soy cineasta a morir!”). Marcos
había estado varias veces en la oficina del cuarto piso que Lucía compartía con
otra profesora, siempre en plan de recibir asesoría académica. Le llamaban la atención
los dos poemas que colgaban en la pared detrás de su escritorio, uno de Emily
Dickinson y otro de Quevedo. Los textos aparecían ampliados, con viñetas y
enmarcados en madera y vidrio. El de Emily Dickinson no tenía título. Era ese
que dice “una cinta de seda no te salvará del abismo, lo hará una soga, pero
como suvenir una soga no es bella”. El de Quevedo se titulaba Amor constante
más allá de la muerte. En la repisa de los libros, un portarretrato con la
fotografía de un hombre, al que ella denominada “mi amor”. El de Lucía era un
escritorio amplio y confortable, tras el que se sentaba con la seguridad que
brindan varios lustros de disfrute de un cargo importante. Marcos olía todo
esto en la mirada complacida que se refugiaba tras las gafas de la profesora.
En la amenidad y la soltura de la mujer, Marcos percibía la sagacidad de saber
granjearse una posición y la constancia de atenerse a una vida acomodaticia.
Desde su sillón perpetuo la profesora podía darse el lujo de ser amable y
ostentar modestia. El lánguido aroma de su perfume, el sutil polvo en su
rostro, las arruguitas inevitables, la delicada evolución de sus manos
gordezuelas, todo en ella favorecía la imagen de la mesura y el decoro. Todavía
tenía un cuerpo duro, tal vez conservado a punta de gimnasio. Un cuerpo como un
libro de gran volumen, cuyas hojas, pese a estar bien encuadernadas, comienzan a desprenderse. Al observar el
exterior de ese mundo tan espiritual y sugestivo en que Lucía se movía, Marcos
no dejaba de adivinar inquietudes, soledades, deseos.
viernes, 21 de mayo de 2021
Mi maestro IX
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