viernes, 21 de mayo de 2021

Mi maestro IX

*Ahora, de vez en cuando, Estévez le hacía objeto de ese brusco puñetazo en el hombro con que tomaba por sorpresa a los alumnos de su confianza. Era su modo de mostrar el aprecio, el verdadero aprecio. Era una insólita manera de expresar el afecto. El Carnudo y Marcos llegaron a hablar de estas extrañas manifestaciones de amistad del maestro: ambos las sufrieron. Sí, sufrieron. “Sufrir” es el verbo que se impone ante el acto extravagante con que el pelicano les demostraba que los quería. El puñetazo causaba más impacto (y dolor) dado que, por lo general, tomaba desprevenida a la “víctima”.  Era su modo de saludar. Había que estar ojo avizor contra efusiones tan bruscas. Era un hombre de gran vigor físico, y era evidente que estaba orgulloso de tal fortaleza. Marcos se sobaba (aturrullado, perplejo), porque el tipo pegaba duro, pero a la vez se sonreía y se sentía a gusto por haber conquistado la amistad de un ser tan hosco en apariencia. En la vida ordinaria de este individuo insociable debían de ser raros estos momentos de apertura que, por masoquista que parezca, los magullados por el golpe tomaban como una dádiva el salvaje saludo. Combinaba los puñetazos sorpresivos con juguetones amagos de boxeo, pero estos últimos los empleaba en medio de la charla o al despedirse. Así esa vez en que, habiendo finalizado la carrera, Marcos se cruzó con él en la u. El maestro andaba de un genio acre, y su rostro era la imagen del desencanto. Reiniciaba el Taller, luego del receso de vacaciones. “Otra vez en este mierdero”, dijo. Su estampa abrumada no fue impedimento para que se mostrara gentil con Marcos. “¿ha buscado algo?”, le preguntó al joven, cuando este le declaró que urgía un empleo. Ante su réplica afirmativa, no pudo evitar el desabrimiento de Estévez: “sí, porque del cielo no le va a caer”.  Marcos le confió que había enviado su hoja de vida a varios colegios. Estévez se ofreció a darle una carta de recomendación cuando la requiriera. Marcos se lo agradeció. Fue entonces cuando le lanzó un jab amistoso. A Marcos siempre le gustó el boxeo, su léxico, sus tecnicismos.  De niño, en la escuela, gozaba cuando el profesor los ponía a boxear. Uno quedaba en suspenso, en un feliz desconcierto, ante ese juego pugilístico del viejo. A Marcos le entristeció su cansancio, que todavía la necesidad lo obligara al trajín de la cátedra, cuando lo que él deseaba era dedicarle todo su tiempo a la literatura. Se preguntó cuánto le faltaría para pensionarse, si había sido lo suficientemente organizado para ir cotizando. Lo vio ingresar al auditorio con su bolso de cuero, su agenda y su camada de discípulos detrás. Entre estos Marcos distinguió dos o tres rostros conocidos. Olimpo, por ejemplo(al que, en chanza, llamaba El inmortal), con su inevitable chaqueta azul de estilo deportivo. Pensó que la desgana y la acritud del maestro se descargaría, quieras que no, contra algunos de sus alumnos. Conocía lo mal dispuesto que el viejo estaba con Olimpo, cómo lo postergaba cada que alistaba sus hojas para leer. Le dio pena por Olimpo, que no desistía, a pesar del trato desconsiderado del maestro. Sí, qué mierdero, se dijo Marcos, viendo todo aquello como una inexplicable relación sadomasoquista. El placer y el sufrir. Los fuertes puñetazos directos al hombro, los jab juguetones. Cómo unas palabras te llevan a la cúspide, y cómo el más ligero desdén te sume en la derrota. Se acordó de Arturo (el amigo de infancia que atendía un puesto de papitas fritas en el Parque Bolívar) y el Zarco, de sus bromas celebradas con puñetazos en el hombro. Se la pasaban contándose chistes, y festejaban los más exitosos con un puñetazo del escucha al narrador. Extraño rito de diversión y barbarie. Olimpo siempre escribía en hojas. Era el primero en llegar a la sesión, con media hora de adelanto. Era el más ansioso para leer, pero Estévez no le daba chance, le cortaba las ganas. Y, a pesar de todo, se decía Marcos,  había que tener gratitud. Porque muchas ocasiones uno no asistía al taller por ver una lección, por dominar la técnica de la novela o por esponjarse con sus escritos, sino por disipar la angustia que lo apretaba, para buscarse a sí mismo a través de los otros y sus búsquedas, de sus triunfos y sus fracasos. Y hallaba allí a Estévez, esa mole de voluntad y fuerza. Esa montaña de intrincados caminos y vericuetos, pero también de suaves descansos y abrigadas arboledas. Estévez era un hombre que amaba la literatura, y había entregado su vida a esa disciplina. En este sentido, era un individuo con una pasión auténtica y avasalladora. De ahí que Marcos sintiera como un golpe bajo el comentario de la profesora Lucía Gómez, cuando afirmó que Estévez le parecía, definitivamente, un escritor muy flojo. Y añadió que ella no se consideraba escritora, que no tenía madera para eso, que lo suyo era la crítica literaria y el cine (“¡Soy cineasta a morir!”). Marcos había estado varias veces en la oficina del cuarto piso que Lucía compartía con otra profesora, siempre en plan de recibir asesoría académica. Le llamaban la atención los dos poemas que colgaban en la pared detrás de su escritorio, uno de Emily Dickinson y otro de Quevedo. Los textos aparecían ampliados, con viñetas y enmarcados en madera y vidrio. El de Emily Dickinson no tenía título. Era ese que dice “una cinta de seda no te salvará del abismo, lo hará una soga, pero como suvenir una soga no es bella”. El de Quevedo se titulaba Amor constante más allá de la muerte. En la repisa de los libros, un portarretrato con la fotografía de un hombre, al que ella denominada “mi amor”. El de Lucía era un escritorio amplio y confortable, tras el que se sentaba con la seguridad que brindan varios lustros de disfrute de un cargo importante. Marcos olía todo esto en la mirada complacida que se refugiaba tras las gafas de la profesora. En la amenidad y la soltura de la mujer, Marcos percibía la sagacidad de saber granjearse una posición y la constancia de atenerse a una vida acomodaticia. Desde su sillón perpetuo la profesora podía darse el lujo de ser amable y ostentar modestia. El lánguido aroma de su perfume, el sutil polvo en su rostro, las arruguitas inevitables, la delicada evolución de sus manos gordezuelas, todo en ella favorecía la imagen de la mesura y el decoro. Todavía tenía un cuerpo duro, tal vez conservado a punta de gimnasio. Un cuerpo como un libro de gran volumen, cuyas hojas, pese a estar bien encuadernadas,  comienzan a desprenderse. Al observar el exterior de ese mundo tan espiritual y sugestivo en que Lucía se movía, Marcos no dejaba de adivinar inquietudes, soledades, deseos. 

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