La familia Tyrone protagoniza una historia donde cada personaje lleva en sí una condena o una pugna con la existencia. El clan está compuesto por los esposos (James y Mary) y los hijos (Jamie y Edmund). Los hechos transcurren en una casa de vacaciones que los Tyrone poseen en una villa retirada de la populosa Nueva York. La paz hogareña falta, debido a la debilidad de carácter de los miembros. El viejo James Tyrone es un avaro, al que la familia le recuerda su defecto con corrosiva frecuencia. Mary es morfinómana; Jamie, alcohólico; Edmund, el más joven, vive minado por una enfermedad fatídica, la tuberculosis. Por otra parte, el recuerdo de Eugene, que murió de dos años, atormenta a los Tyrone. Eugene era el menor, antes de que naciera Edmund. James se dedicó al teatro (como actor) toda su vida, ejemplo que siguió su hijo Jamie, pero sin tanto lucimiento como su padre. Los Tyrone viven en medio de pasiones tempestuosas, cada uno se constituye en juez de los otros y de sí mismo. Todos están socavados por una ley fatal: Mary se doblega cada vez más ante el reumatismo y la droga con que intenta, vanamente, aplacarlo. James es víctima de su avaricia. Edmund está sentenciado a morir en un sanatorio y Jamie, a perderse en la disipación.
lunes, 28 de septiembre de 2020
martes, 8 de septiembre de 2020
El muchacho del Village Vanguard (En memoria de Scott La Faro)
Rocco Scott La Faro murió diez días después de alcanzar la gloria. La sesión del 25 de junio de 1961 en el Village Vanguard con el Trío de Bill Evans, se hizo legendaria. Ese domingo celestial quedó registrado en un álbum sublime: Sunday at the Village Vanguard.
Falleció el 6 de julio siguiente en un accidente de tránsito,
en Flint, Nueva York. Conducía de Warsaw a Geneva (regresaba a casa, luego de
una velada con amigos), acompañado de su amigo Frank Ottley. A causa de la
fatiga (habían tenido una jornada extenuante de nado y manejo) chocaron contra
un árbol. El carro se incendió. Ambos murieron.
Scott La faro tenía veinticinco años. Tenía un rostro de
muchacho, blanco como una luna en el alba. Los últimos temas que escuchó,
durante la velada en Warsaw, fueron: Miracolus Mandarin (Bela Bartok) y Chet
Baker Sing (Chet Baker). Los restos de Scott reposan en el cementerio de
Glenwood, en Geneva, junto a los de su padre, que también era músico.
En sus seis años de actividad en el gran mundo de la música
(de 1956 a 1961), actuó con figuras tan señeras como Victor Feldman, Benny
Goodman, Cal Tjader, Chet Baker, y Bill
Evans.
Se afirma que el trío de Bill Evans fue de los más influyentes en el escenario del jazz y que, junto con el Waltz for Debby, Sunday at the Village Vanguard es una de sus mejores producciones.
Una cosa es decirlo, escribirlo en estas líneas, otra es
escucharlo, sentir la etérea palpitación de las teclas, el sortilegio del bajo,
el cascareo sutil de la batería. Allí estaban los tres, Bill Evans, Scott La
faro, Paul Motian, inventando su propio universo, comunicando un verbo
esencial, entregando al mundo el nepente de la música.
Allí está el bajo de Scott, ese sonido recóndito que sientes
como un llamado a las profundidades de un misterio; ese bordoneo en el trasfondo
de un orbe inervado de armonía, de
resplandores y penumbras; ese revelador fraseo de las cuerdas nigrománticas.
Otra cosa es escucharlo.
Scott tenía un bello rostro. Ya era un hombre, sin embargo, una luz de adolescencia nimbaba su cara. Alado y blanco, como un ángel, el espectro de la música iluminaba sus rasgos. Recuerda esas pinturas italianas, de Fra Angélico o de Leonardo en que un heraldo del cielo acompaña la escena y, merced a la trompeta que siempre toca, da a la atmósfera un sustrato de premonición.
La muerte gloriosa, según el ideal griego, muy temprano le
abrió las puertas, cuando tenía ante sí una promisoria carrera en la música.
Había nacido en Newark (New Jersey), en el seno de una
familia siciliana de gran tradición musical. A los diecisiete años se afincó en
el bajo, el instrumento que lo hizo famoso, pero en sus comienzos se dedicó al
piano, al clarinete y al saxo. Se cuenta que se consagró al bajo luego de que,
jugando baloncesto, tuvo una lesión que le impidió tocar el saxo.
Geneva (Ginebra) es una población del estado de Nueva York,
entre los condados de Ontario y Seneca. Allí se trasladó la familia de Scott
cuando este era adolescente. Scott estudió en el Ithaca College. Se le recuerda
como un joven con especial capacidad para la música, aunque no tan versado en
la teoría. Desde muy temprano comenzó a tocar en los clubes nocturnos de
Geneva. Unas veces tocaba el saxo, otras, el contrabajo.
Geneva, Ithaca, Seneca, Flint… En esa bella región de lagos y
bahías, ríos y riachuelos, montes y cascadas, vivió Scott La faro. Fue antiguo
aposento de los iroqueses, que fueron los verdaderos dueños de esas tierras.
Acaso no haya sido gratuito que fueran a vivir a un pueblo que, en cierto modo,
remite a Italia, a Génova. Scott amaba nadar. El agua, el lago, el río, el mar,
el espacio abierto, tal vez es eso lo que buscaban los La faro al trasladarse a
Geneva. En esa región de encantadores paisajes de bahías, lagos, ríos y
bosques, en el fervor y el ansia de la juventud, murió Scott La faro.
Las fotografías que de él se conservan lo muestran, la
mayoría de las veces, con su contrabajo, el instrumento en que era un genio. En
otras del Village Vanguard, entre bastidores, aparece con Bill y Paul, sentados
en torno a una mesita, conversando. Hay una en que Paul fuma y mira a Bill, que
sonríe. Scott también sonríe, pero con las vista baja.
El Village Vanguard es un club de jazz de Nueva York, situado en el 178 de la Séptima Avenida, en el barrio Greenwich Village. Fundado en 1935, ha acogido a los mejores músicos de jazz: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Marsalis, etcétera. Sus grabaciones en vivo, donde se conservan la voz del presentador y los aplausos y risas del público, son el documento legítimo de una época. El Village Vanguard aún hoy abre sus puertas al público y realiza presentaciones de grupos de jazz. Esto demuestra que la magia de Orfeo acompaña al hombre por los siglos de los siglos, y que, entre la complacencia y el disfrute, siempre estará el aviso de las ménades.
Ya Billie Holliday y Charlie Parker se habían congraciado con
la fatalidad que les cobró cara la genialidad, arrojándolos al fango de la
droga y la autodestrucción. Eran los días en que Malcolm Little quería comerse
el mundo que lo había vomitado como a un hijo espurio. John Coltrane y Miles
Davis habían recogido el estandarte de Charlie Parker e intentaban refrescar
con su música el aliento de cadaverina del planeta. Y allí estaba Scott, con
ese rostro de doncel, bello y austero, en la flor de la vida. Un muchacho sano,
dedicado a su arte. Allí estaba Bill Evans, haciendo trizas su hígado a punta
de alcohol y heroína. Y estaba Paul Motian, con su bigotito a lo Henry Fiol. A
Bill la cuerda le daría hasta 1980, a
Paul hasta el 2011. El ángel músico, Scott, se fue el primero, en julio 1961,
entre los discursos de resistencia pacífica del reverendo Luther King Junior y
la vergüenza imperialista de Bahía cochinos. El ángel músico se había ido.
Recuperarlo en un poema acaso sea una tarea meritoria. Retrataría en su rostro el albayalde de la aurora, en sus ojos el cálido azul de una costa siciliana. Dejaría sus cabellos un poco crecidos y su cara llenita, porque me parece que esto va mejor con su tímida sonrisa. Lo pondría, por supuesto, al lado de Bill Evans y de Paul Motian, entre bastidores, en el Village Vanguard, porque es allí donde su figura tiene más consistencia, donde su estro musical fluye a borbotones.
Buscas en youtube vídeos que lo muestren en vivo, para verlo
en plena ejecución de su arte, en el ensoñado, sensual y catártico ataque del
bajo. Casi no encuentras nada. Sólo las carátulas de los álbumes. Quizás se
precise una pesquisa más a fondo.
Rastrearlo quizás en el tiempo en que tocaba con Chet Baker, con Pat Moran. De
pronto hallas esta joya: “Scott La faro playing his Prescott Bass”. Allí está
Scott, en vivo, en una grabación de la época, en blanco y negro.
Encuentras, además, vídeos y grabaciones de entrevistas a
personajes que hablan de Scott. Por ejemplo, la de George Clabin al propio Bill
Evans en 1966; y la de Phi Palombi a
Barrie Kolstein, sobre el bajo Prescott 1825 que usaba Scott. También, por
supuesto, encontramos información enciclopédica sobre su biografía.
Hay un extraño embrujo en ese bajo, en esa batería, en esas
teclas, en aquellos años fulgurantes y sombríos en que el mundo se sentía al
borde del derrumbe o de la iluminación. Un saxo bastaba a conjurar lo bello y
lo terrible de aquellos días. Que un talento como Scott sólo viviera hasta los
veinticinco, que Charlie Parker no pasara de los treinta y cinco, que Bill
Evans se desplomara a los cincuenta y uno, tiene algo de trágico y revelador.
Scott nos mostró un destello de su genio. En su contrabajo, la mágica
combustión de una vida.
Coda
En el siglo XIX, en New Hampshire, Abraham Prescott (1789-1858) construyó
perdurables bajos, violoncelos y violines. Su firma se posicionó como una de
las más célebres. Desde entonces, los
bajos Prescott han sido apreciados por numerosos músicos profesionales en
Estados Unidos y en el mundo.
Scott La faro usaba un bajo Prescott de 1825. Al momento del
accidente, lo traía consigo en el auto. El instrumento sufrió algunos daños.
Fue restaurado por Barrie Kolstein, heredero de la compañía Samuel Kolstein and
Son, con sede en Nueva York. Los Kolstein son los dueños actuales del bajo de
Scott. Lo han conservado por más de cuarenta años en un estuche especial, a
temperatura y humedad constante. Ocasionalmente, permiten a algunos músicos,
como Phi Palombi, que usen el Prescott 1825 del legendario bajista. Hay vídeos
en youtube. Palombi con el bajo de Scott.
Debe ser única la sensación de tocar un instrumento que
sobrepasa nuestra estatura, una gigante caja de música con contera, que
sostenemos ante nosotros, al que le hurtamos sincopados sonidos. Debe ser única
la sensación de tocar un instrumento en que un virtuoso ha grabado su sello.
Ahí está Phi Palombi, tocando una obra de Scott La faro, Witchcraft (Brujería),
en el bajo de Scott La faro. Y eso era Scott en el contrabajo, un brujo. Y
están el baterista y el pianista, acompañando al bajo, reeditando el Trío. El
trío de jazz, esa constelación luminosa y sintética. Bill Evans, Paul Motian,
Scott La faro, hoy muertos.
Pero ahí está Scott, el brujo, tocando su Prescott 1825,
conjurando lo ignoto. Toca de pie, otras veces, sentado. En su elegante
vestido, el albo doncel exorciza el bajo, sus dedos chamánicos electrizan las
cuerdas. Ahí está él, en su rapto, tocando entre las consagradas estrellas del
jazz.
domingo, 6 de septiembre de 2020
Mientras agonizo (William Faulkner): codicilo.
Cash, Jewel, Darl. Anse, Addie, Vernon, Vardaman, Cora, Armstid, son personajes que uno aprende a amar. Estos seres que colman y surcan las páginas de la novela nos desagradan al comienzo, al considerarlos sumamente estrechos, romos y egoístas. Luego, este parecer se modifica y la tenacidad (esa terquedad) de la familia Bundren nos atrapa. Cuando los vemos viajar en su carreta con el ataúd de la difunta (ella va metida ahí); cuando los vemos vencer los percances en su obstinada idea de llegar a Jefferson y dar sepultura a su deudo: entonces nos sacuden el corazón. Los vemos en toda su dimensión humana. Vemos que el egoísmo cede lugar a la búsqueda del bienestar común, llegando al sacrificio. Jewel se desprende de su caballo manchado (que pudo comprar trabajando horas extras, jornaleando de noche, después de cumplir sus tareas en la casa), cediéndolo a Snopes en el negocio por el nuevo tronco de mulas, en remplazo de las que murieron al cruzar el río.
Hay episodios estremecedores. Por ejemplo, cuando cruzan el río crecido y Cash, que no sabe nadar, está a punto de ahogarse. Se salva, pero queda mal librado de una pierna. Más que su vida, le importan sus herramientas de ebanista. Es grandioso el pasaje en que Vernon, Jewel y Darl se meten al río a cazar las herramientas de Cash y luego, al recuperarlas, se las llevan , porque Cash está ansioso por verlas y sentirlas próximas.
Cada personaje posee una faceta que lo caracteriza y le otorga fuerza literaria. Anse sueña con comprarse una dentadura postiza, para lo cual ha ahorrado durante mucho tiempo. Es un hombre simple, al que fatalmente se le toma cariño. Addie tiene un corazón donde lidian el odio y el amor, y donde, al final, se establece el desdén. En su pasado hay un secreto que constituye el instante crucial de su vida: la vez que le fue infiel a Anse. En Dewey Dell se agita el embrujo de la ciudad (recuerda uno ese cuento de Rulfo, Es que somos muy pobres, y otro de Onelio Cardoso, Mi hermana Vicia). Darl es quizás en quien identificamos al autor. Es el segundo hijo de los Bundren, el que sigue a Cash, y todos, menos Cora, opinan que es un espécimen raro. Incluso el pequeñuelo, Vardaman, hace gala de una naturaleza psíquica activa, irritada, rayana en el frenesí.
Uno se siente tentado a declarar que el personaje central de la novela es el ataúd y lo que contiene: la podredumbre de Addie Bundren. Ante el río inundado, los Bundren buscan un paso por diferentes lugares. Los puentes están inutilizados y los vados son peligrosos. Pasan los días. Los zopilotes empiezan a asediar el ataúd.
viernes, 4 de septiembre de 2020
Mientras agonizo (William Faulkner)
En el carácter de los Bundren existe esa terquedad propia de los campesinos. Son personas llenas de escrúpulos, de supersticiones, de prejuicios. Almas rústicas, se encierran en las demarcaciones de un mundo que puede ser estrecho en lo físico, pero psicológicamente activo. Los Bundren están marcados por la naturaleza de sus ideas, sentimientos y pasiones. La historia central gira en torno a la determinación de la familia (Anse, Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell, Vardaman) de cumplir la voluntad de la difunta Addie Bundren: que no la entierren en el campo, sino en la ciudad, en Jefferson, junto a sus deudos.
No se sabe si tildar a los Bundren de patéticos o de chiflados: sin duda merecen una porción de ambos calificativos. Sobre todo son obstinados, egoístas, aprensivos. Emprenden el viaje con el ataúd, por caminos enfangados, a raíz del invierno y la riada que ha inutilizado los puentes principales. En la caja, después de cuatro días de recorrido, el cadáver de Addie Bundren despide un olor intolerable. Pero los Bundren se empeñan en llegar a Jefferson. Van en carreta, excepto Jewel, que los acompaña a caballo. Cada uno de estos seres lleva una intensa vida subjetiva, producto de la imposibilidad de comunicación con los demás. Desarrollan una vida mental enfermiza. Esto se refleja en sus monólogos, recurso narrativo del que se vale Faulkner para mostrar dicha peculiaridad del carácter de sus personajes.
Jewel vive la chifladura con su caballo, Vardaman con un pez; Darl es un bicho raro, Cash un ebanista abstraído por su trabajo; Dewey Dell, una chica apasionada, viviendo entre las exigencias de las labores domésticas y el aire clandestino de la adolescencia. Anse es un viejo al que, además de las menguas de la edad, lo atormentan los remordimientos.
Sí, la vida psíquica de estos personajes se mueve entre la alucinación y los impulsos más oscuros del ser humano. Es un mundo donde el amor ha sido desplazado por el egoísmo. Los Bundren son seres aislados en sus propios universos, atados por los lazos de la sangre, la cotidianidad, el trabajo. Viven de una manera mecánica, primaria, pensando en sobrevivir, en conseguir el sustento, sometidos a los azares de la existencia. No hay concordia entre ellos. Como clan, son un círculo cerrado, receloso. Pero, al interior, se nota el egocentrismo de cada cual, las pasiones violentas, la hostilidad, la aspereza de unas personas influidas por el medio. Son campesinos.