Se van.
De 6-3 se van los muchachos y las muchachas. Una no volvió porque la mataron un
sábado en la madrugada, en ambiente de farra. Tenía 14 años. Otro no volvió
porque, otro fin de semana, le dieron unos balazos. Otro se fue por amenazas a
la familia: mejor cambiar de barrio. Total, 6-3 se va quedando solo, con un
manojo de alumnos, cuando la matrícula inicial casi llegaba a los cincuenta. Los
llaman desertores, porque abandonan el colegio. Se van de las filas, de la
silla, incluso de la vida, como Luisa, la muchacha de 14 años. No vuelven. Desaparecen.
En vez de desertores, debieran llamarles desaparecidos. O abandonados. Porque
no se sabe de qué lado es el abandono, si de los muchachos al colegio o del
estado a los muchachos. Los llaman desertores. Casi traidores. En 6-3 las
numerosas sillas vacías hacen pensar en un cementerio de tumbas NN, sujetos sin
identificación, sin filiación. Crucecitas sin nombre. Sujetos sin documento.
Habitantes del Limbo. En la planilla oficial del colegio se los caracteriza
sumariamente: “Matrícula cancelada”. Y con esto se cierra el caso.
Se van. De 6-3 se
van los muchachos y las muchachas. No vuelven. Todos son repitentes. La mayoría
exceden la edad normal del grado. Se fue la muchacha que tenía a la mamá en la
cárcel por vender droga. Se fue la que tenía a la mamá hospitalizada a causa de
un cáncer de seno. Se fue la que no quiso seguir estudiando porque prefirió
jibariar. Se fue la que consumía marihuana en el colegio. Se fue el chico que
solo venía a caminar los corredores. Se fue el que solo parecía venir por el
refrigerio escolar: enchuspaba en su morral todos los que podía, sin importarle
que algunos se quedaran sin comida. Se fue el que solo venía a escuchar música
en los audífonos y a estar callado. Se fue otro que solo venía a ver qué podía
destrozar, desde una silla hasta la caja de tizas. Se fue la que siempre se
quejaba de dolor de barriga. Se fue el que solo venía a hablar de fútbol, y que
un día apostó tres mil pesos con un compañero a que Henry era de Brasil.
También están los
que abandonaron 6-3 al ser promovidos a séptimo. Pero fueron muy contados, tres
o cuatro. No resistieron mucho, solo uno no desertó. El primer período se
esforzaron por ganar todas las materias. Al lograr el propósito de ser
promovidos, se relajaron, se aburrieron, se fueron. Solo uno no desertó. 6-3 no
parece echarlos de menos. Al menos no los echó de menos como a los que siempre
fueron de 6-3. Porque los que pasaron a séptimo, en cierta forma traicionaron
al grupo y, de algún modo, fueron repudiados. No los echó de menos tanto como a
Luisa o al chico que tuvo que cambiar de barrio debido a las amenazas. Eran
harina de otro costal. En cambio 6-3 tuvo, desde el principio, un carácter
particular una especie de marca de familia, una suerte de franja amarilla. Son
como los desheredados. Son los predestinados al fracaso, los Marlon, los Johan,
que no acabarían, los que desertarían. Y no acabaron. Desertaron. Son el grupo
del estigma. Y 6-3 lo acepta. Asiste imperturbable a su desintegración, como un
leproso asiste impotente a la desmembración de su cuerpo. Quedan trece o catorce.
Por octubre se los cuenta sin dificultad, porque hay más sillas vacías que
ocupadas. 6-3 es ahora, desde cierto
punto de vista, un grupo más manejable, como un puerco espino al que le cortan
las púas para poder cogerlo con la mano. En el caso de 6-3 cada púa es un
chico, una chica; y son cortados,
desechados, para que pueda existir un asomo de normalidad, un mínimo de
contacto civilizado. Y aún así no es fácil. Porque 6-3 es la piedra en el
zapato. Los trece o catorce que quedan son jóvenes amansados, pero también
seres cansados, perdidos, como entes. Son como náufragos sin memoria,
moviéndose torpes entre los destrozos, sin luz, sin horizonte. Son chicos y
chicas que, salvo unas pocas excepciones, saben que van a perder el año. A
algunos no les importa. Vienen de perder dos, tres años; perder otro les tiene sin cuidado. Quizás
muchos de este resto de horror quieran desertar, pero no pueden, no los dejan,
porque acaso son los que todavía tienen en casa un referente de autoridad. No
obstante, se les ve en el rostro: son desertores potenciales.
Un día como hoy en
6-3, en este resto apaleado, se ve a una chica que todo el tiempo está con un
bafle en la mano, escuchando música a un volumen poco sensato y, por tanto, hay
que rogarle: “Bájele”. Se ve a otra chica aperezada, de momentáneos
avivamientos y posteriores recaídas en el marasmo. Sus ojos parecen cansados,
tristes. En los momentos en que reacciona, baila al compás de la música del
bafle de la otra muchacha. Pero el baile no dura mucho y, en sí, es una cosa
sin alma, extraviada. Otra chica se sienta en el piso, la espalda contra la
pared. Va deslizando la espalda y acaba acostada en el piso, de lado,
recogiendo las piernas en posición fetal. Al fondo del salón (pero este salón
parece desfondado al infinito) tres chicos forman un grupito cómplice, un
islote obnubilado en torno al celular que sostiene uno de ellos. Se ve a tres o
cuatro que hacen la actividad. Las sillas vacías, empero, son las que más
resaltan. Son los Johan, los Marlon, las Karen, las Mónica, y tantos otros que
se fueron.
Triste realidad.... que impotencia vivir en un mundo tan cruel. Pero que mensaje tan asertivo, que bueno leerte hoy y que nos mostres ese otro punto de vista para comprender mejor la realidad de los muchachos de hoy....acabas de darme otras herramientas quizá para ser más comprensiva y enseñar más desde el amor. Gracias !
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