martes, 25 de septiembre de 2018

El extraño pez de las dársenas


Los operarios veían de tarde en tarde un raro pez que se acercaba a la dársena. Era un espécimen grande, tal vez de la familia de los cachalotes. Aparecía en esa hora del atardecer que precede a la noche, cuando la luz y la actividad de los hombres, antes de aplacarse en la sombra, sufren una suerte de paroxismo. El pez sacaba del agua la cabeza y el lomo y observaba con ojos nostálgicos los enormes depósitos de mercancías. Nadie sabía qué le atraía o qué buscaba. Algunos suponían que le gustaba el olor de la brea, o quizás el aroma de la madera, porque había un astillero por ahí cerca.

Uno de los trabajadores del puerto tenía un niño de ocho años y, de tarde en tarde, solía llevarlo consigo cuando éste no iba al colegio. El pequeño acostumbraba llevar una cometa a estas excursiones. Al atardecer, el padre se desocupaba antes de lo habitual y acompañaba a su hijo a la explanada junto al muelle. En el viento vigoroso de la costa, la cometa se elevaba y ganaba altura en un instante. Hombre y niño se sentían a sus anchas.

Como una barcaza varada en un banco de arena el pez se quedaba allí, detenido, observando la dársena, hasta que un preciso reloj interno lo impulsaba a partir. Y partía. No era seguro que volviera al día siguiente. Por lo general, tardaba semanas en volver. De pronto, reaparecía. Algún marinero intentó cazarlo cierta vez, pero desistió al ver la melancolía con que los ojos de la bestia miraban el muelle.        

domingo, 23 de septiembre de 2018

Mi amigo Pastor

Evito a mi amigo Pastor. Él está ahí cuando llego, sentado en la silla, como si me esperara desde siempre, como si nos debiéramos una conversación, la coda de un diálogo que empezamos no sé cuando. Lo evito y sigo hacia el orinal. O  tal vez sea al salir del orinal cuando evito a mi amigo Pastor, no recuerdo. La verdad, la memoria comienza a jugarme malas pasadas. La memoria. Instalada en una región del cerebro bien estudiada por los neurocientíficos, inmaterialidad alojada en una porción de materia cerebral, la memoria se me antoja fascinante, igual que los tendones, igual que las células reconstructoras de tejidos, igual que todo el cuerpo. ¡Maravilla!

Más me maravilla mi amigo Pastor sentado ahí en su silla de ruedas. Acabo por descubrir que es una silla de ruedas donde está sentado mi amigo Pastor. ¿Qué le habrá pasado? El cuerpo se le ve consumido, y el rostro le adelgazó. Sus ojos y su densidad total son los de un convaleciente. Yo debería acercarme y hablarle, pero me retraigo y sigo de largo. Porque de pronto me doy cuenta de que mi amigo Pastor y yo quizás no somos tan amigos, que el lenguaje hablado tal vez no sea la forma ideal para comunicarnos. El lenguaje. También está alojado en una subregión del cerebro, en el hemisferio izquierdo, si no estoy mal. Una lesión en esta zona puede cuusar un serio trastorno llamado afasia. Hay afasia del habla y de la escucha. A esta última los neuroanalistas le llaman Afasia Receptiva: cuando no entendemos lo que nos dicen.

Tal vez porque sospecho una afasia receptiva en mi amigo Pastor, es que paso de largo sin hablarle, sin saludarle, sin preguntarle qué le ocurrió, por qué está postrado en una silla de ruedas. O tal vez porque nuestra amistad es del todo mental. Hay amistades de este tipo. Las mías son casi todas así.    

De ayer

Estoy sentado sobre un sillón, en un extremo de la sala, mirando. Mis ojos rozan levemente el estampado del sofá, su brazo recto, y vagan luego por la bruñida baldosa que brilla con la luz que se desparrama desde afuera, entra por la puerta y llena el ámbito. Más allá de la puerta explayada, en el rellano de granito, en el balconcito, están los niños, siluetas morenas, dibujadas con trazos precisos, con exactas y bellas proporciones. Desde aquí puedo contemplar dos tramos de la baranda y, de la escalera, uno que desciende y otro que asciende, ambos truncos, insinuándose hasta un destino que no conozco. Más allá de la barandilla, color indefinido, vuela el vacío de la tarde, del aire, donde se amalgaman y se yuxtaponen las voces humanas, los ruidos de la calle doméstica, de los motores de los coches, de los niños. Siempre los niños llenándolo todo de color y de sonrisas. 

Oblicuo, negro, delgado, un cable eléctrico cual cuerda de guitarra pulsada por el aire define su trazo moreno, su irse viniendo desde quién sabe dónde, nítida forma contra la transparencia del aire límpido, transparente, grato. Un poco más lejos, no mucho, plana, repleta de colores fugaces, lentos, agradables, se ventila una azotea, liso cemento, color gris de nube, donde hay un ladrillo roto, hecho añicos, almagre reguero detenido. Las infantiles voces, el olor fragante de la cocina, el crujir de la puerta con la brisa que la mueve... La tarde, paulatina, exacta, llega de lejos, de cerca, de mí  mismo. Mis ojos, fascinados, contemplan. Ladra en la calle un perrito que conozco. En la distancia, con golpes de tambores, una banda de guerra, marcial y poderosa, se aleja, se aleja por quién sabe qué calle.

Geométricos, triangulares, al sesgo, buídos, se yerguen, enormes, crema su color, las altas paredes de los edificios vecinos; sus tejados claros, de ribetes ondulosos, casi grises, casi blancos. Resaltan, ingentes, frente a mi puerta, allá en el golpe rítmico donde el aire los modela, nítidos, concretos en la forma de simétricos ladrillos verticales, horizontales, claros. 

Aún más lejos, por encima de los tejados, el aire pinta de verde las sensibles, claroscuras, danzantes copas de unos árboles distantes pero llenos de alborozo, de sosiego, de calma.

Al fin, tras la lineal espalda de los techos, llenas, compactas, verdes, terrosas, tostadas como pan, las montañas puras, pesadas, milenarias, plácidas, parecen estremecerse soberanamente al compás intermitente de los tambores golpeteando. Una mujer pasa por la escalera: es delgada, suave, lleva una falda de cuadritos azules. Yo conozco a esa mujer. La he visto en el paisaje de otros días menos nostálgicos y llenos. Brevemente, por un espacio estelar de tiempo, se interpone entre mis ojos y las densas montañas. Tengo tiempo de mirar en los edificios próximos los pequeños ventanales, sus festoneados cortinajes recogidos, sus celosías abiertas. Allá, en la falda tostada de la montaña, diminutas, sus techos opacos por la inevitable huída del sol, yacen, repletas de sí mismas, las casas de ladrillo de los barrios altos, trepando como un mapache por la montaña de rojiza tierra. La brisa suave contornea con precisión el paisaje. Tras las elevadas copas danzantes de los árboles, nítidos, tras los tejados, en ordenadas filas urbanizadas, inclinadas, se prolongan las construcciones, planas, achatadas, como una estampa de una bella ciudad italiana: sus calles largas y amplias, los múltiples muros desparramados en su color almagre, los techos apagados, la vida palpitante en la distancia, bajo el vuelo de las alas negras: es un pájaro de ligero vuelo el que las mira.

En la oscura, definida, cortante arista de las montañas, donde cede el verde color al color oscuro, donde se compacta la unión de cielo y tierra, saltan al abismo mis ojos. Miro al cielo azulado, levemente lácteo. Miro las nubes. Miro, maravillado, el tostado crepúsculo, el tupido follaje; escucho y miro a los niños y siento, humana, la brisa que inflama de lejanía las cortinas. Miro el desplazarse donairoso de los pájaros negros. Son ellos la incipiente noche, el oscuro crespón que llega de pronto.

Cuando los niños sonríen en la cocina y los postreros sones de los tambores se definen, un martillo golpetea el ritmo de la tarde, un obrero, un dios, una flor suspensa, yo miraba estático la vida! 

         

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Ideas

*Un hombre encuentra un libro escrito en un idioma que no entiende. Es de gran tamaño y da la impresión de decir cosas muy importantes, pero está un poco usado. El hombre, que necesita dinero, piensa en vender el libro. Imagina que le darán mucha plata por él. ¿A quién ofrecérselo? A una persona estudiada, lógico. Nunca a un iletrado como él.

Ofrece el libro. Le informan que está escrito en inglés y que trata de temas científicos, mas no tiene gran valor, porque está desgastado y los datos que contiene son algo anticuados. Todos le dicen lo mismo. 

Entonces el hombre se olvida del deseo de conseguir dinero con la venta del libro y decide aprender a leer, primero en su idioma, y luego en inglés. Con mucho esfuerzo, lo consigue. Entonces se da a la tarea de leer el libro y se absorbe en él de tal manera que su vida cambia por completo. Se torna un estudioso, amante de la ciencia. Con el tiempo, logra ser reconocido como un gran científico. 

Variación: el libro encontrado cuenta su propia vida.

*Una familia da posada a un forastero (un caminante) y, desde esa noche, (el hombre se marcha al día siguiente, temprano) todos en casa se dan cuenta de que las cosas comienzan a marchar mejor. Las dificultades que les aquejaban, cesan. En adelante viven días prósperos. (El relato puede ser una parábola de la caridad). La familia conservará un bello recuerdo del forastero.

*Odiaba la lluvia. Cada que llovía, ponía cara de enojo y, desde un sitio bien cubierto, a salvo de la menor salpicadura, despotricaba contra esta húmeda y fastidiosa invasora. Un día en que, bajo un balcón, se hallaba atrapado por el aguacero, una mujer muy hermosa cruzó por su lado como una aparición y le susurró: "estás enamorado de la lluvia". Y siguió de largo. De repente, el espíritu amargo salió del hombre y en su lugar reinó la alegría. Loco de contento, travieso niñín, corrió a la calle  y brincó en la lluvia, mojándose y cantando de felicidad. Desde entonces vivió dichoso. Y nunca olvidó el rostro angelical y fugitivo de la mujer que cambió su existencia.