Leonardo Da Vinci, ¿un maricón mediocre?
Quien trata a Leonardo da Vinci de maricón
mediocre es más marica y mediocre que ninguno. Tan absurda y baja apreciación
la leí en Internet, donde cualquier idiota puede publicar sus barrabasadas.
No es sólo por lo que la Historia le
reconoce, por lo que los pensadores más grandes le ameritan, no. Basta asomarse
a sus pinturas, a sus escritos, a sus apuntes y bocetos de dibujante e
investigador, para maravillarse con la magnitud de su genio.
Un solo trazo de Leonardo equivale a todo
lo que un chapucero puede hacer a lo largo de una vida de intentos.
La capacidad de esa mente era inagotable.
En sus casi setenta años de vida, Leonardo llevó a cabo otra Creación. Tal se
desprende de todo lo que dibujó, de todo lo que investigó, de todo lo que
proyectó.
También era un organizador de fiestas
cortesanas, donde se ocupaba desde la decoración de los espacios hasta el diseño
de vestidos, accesorios, máscaras.
Una sola pincelada de Leonardo nos promete
el cielo.
Sus apuntes y bocetos son un reflejo de su
intensa actividad creadora, que abarcaba numerosos tópicos.
Sus obras afamadas merecen toda la gloria
que se les ha atribuido, tienen la virtud de lo acabado. Pero cuán vario y rico
universo hallamos en sus papeles de diario, en sus esbozos, en sus anotaciones.
Allí daba rienda suelta a su imaginación ilimitada, se solazaba en la gratuidad
del momento, concebía seres grotescos, torbellinos de locura.
Pienso que Kafka tomó imágenes de Da Vinci
para escribir algunas de sus ficciones, sobre todo las que versan sobre
animales, máquinas demenciales, seres condenados.
Son incontables los artistas y poetas que a
través de los tiempos se han apropiado el legado de Leonardo, explotándolo
creativamente.
Sólo basta observar el sketch de un niño o
el de un gato, el de una muchacha o el de un manto, el de un anciano o el de un
caballo (Leonardo amaba los caballos) para darse cuenta de la percepción
poderosa y la disciplina de galeote que poseía Da Vinci.
Seres grotescos y bellos, cotidianos y
fantásticos, colman sus libretas, acompañados por ese otro prodigio de su
ingenio: la escritura especular.
Un hombre con pasión semejante no es de
este mundo, no es un maricón mediocre. Es un titán. Un Prometeo encadenado. Hoy
me pregunto hasta dónde hubiese volado Leonardo si los prejuicios y las
limitaciones de la época en que vivió no lo hubieran maniatado.
A sus sesenta y punta de años ya se veía
muy anciano. El cuerpo le pasó la cuenta de cobro por su infatigable trabajo,
por sus desvelos de buscador, por sus hábitos desordenados. Uno se pregunta
cómo pudo plasmar Monalisa o La última cena un hombre de espíritu tan volátil,
de ocupaciones tan variadas.
Porque no era sólo pintar y proyectar obras
escultóricas y arquitectónicas. Era gobernar un taller con sus aprendices y sus
encargos, era atender los caprichos de los clientes, era someterse a las
regulaciones de la municipalidad, era ocuparse de litigios patrimoniales con
parientes, era codearse con los personajes más encumbrados y, en medio de todo
esto, era aspirar constantemente a la perfección del arte, a la búsqueda de
otros mundos, a la exploración de otros reinos, botánica, mineralogía,
anatomía, física, óptica, mecánica, fauna, flora, máquinas de guerra, labores
de agricultura, etcétera.
Quien observa Monalisa o San Juan Bautista
en el Louvre se sorprende de las dimensiones modestas de estos cuadros. Los
imaginaban más grandes, acordes con el renombre universal del que han gozado.
Por este lado puede que haya decepción. Pero jamás se sienten defraudados por
el aura de genialidad que desprenden esas obras, por el mítico encanto de esa
sonrisa.
Han visto poco de Leonardo, conocen poco.
Es desde la ignorancia y la cortedad desde donde pueden originarse comentarios
cretinos como el que sublevó a un servidor . Que Leonardo no era más
que un maricón mediocre. Con sólo El
hombre de Vitruvio, la famosa imagen donde aborda el estudio de las
proporciones anatómicas del cuerpo humano, con sólo eso, se ha entronizado
Leonardo en la memoria de la humanidad.
En otra imagen indeleble que nos dejó, su
autorretrato, se dibujó viejo, con
luenga barba, con ojos fatigados y labios hastiados. Me pregunto si es atributo
de la mediocridad el aplomo con que un hombre muestra su vejez. No, allí hay
otra cosa, no humildad, más bien nobleza, carácter, valentía. Eso fue Leonardo,
un valiente. Hasta en sus años ruinosos tuvo la serenidad y el afán inquisitivo
de observarse a sí mismo, de leer en su rostro senil las maravillas de la
Creación, la fuerza de la vida.
Esto es lo que refleja la obra de Leonardo,
la fuerza y el don proteico de la vida. Sin duda él fue todas esas cosas que
dibujó: ángel, madona, niño, dragón, caballo, río, valle, montaña, cielo,
guerrero, predicador del desierto, en fin.
Fue todo, menos un maricón mediocre.