miércoles, 29 de noviembre de 2017

Leonardo Da Vinci, ¿un maricón mediocre?

Quien trata a Leonardo da Vinci de maricón mediocre es más marica y mediocre que ninguno. Tan absurda y baja apreciación la leí en Internet, donde cualquier idiota puede publicar sus barrabasadas.
No es sólo por lo que la Historia le reconoce, por lo que los pensadores más grandes le ameritan, no. Basta asomarse a sus pinturas, a sus escritos, a sus apuntes y bocetos de dibujante e investigador, para maravillarse con la magnitud de su genio.
Un solo trazo de Leonardo equivale a todo lo que un chapucero puede hacer a lo largo de una vida de intentos.
La capacidad de esa mente era inagotable. En sus casi setenta años de vida, Leonardo llevó a cabo otra Creación. Tal se desprende de todo lo que dibujó, de todo lo que investigó, de todo lo que proyectó.
También era un organizador de fiestas cortesanas, donde se ocupaba desde la decoración de los espacios hasta el diseño de vestidos, accesorios, máscaras.
Una sola pincelada de Leonardo nos promete el cielo.
Sus apuntes y bocetos son un reflejo de su intensa actividad creadora, que abarcaba numerosos tópicos.
Sus obras afamadas merecen toda la gloria que se les ha atribuido, tienen la virtud de lo acabado. Pero cuán vario y rico universo hallamos en sus papeles de diario, en sus esbozos, en sus anotaciones. Allí daba rienda suelta a su imaginación ilimitada, se solazaba en la gratuidad del momento, concebía seres grotescos, torbellinos de locura.
Pienso que Kafka tomó imágenes de Da Vinci para escribir algunas de sus ficciones, sobre todo las que versan sobre animales, máquinas demenciales, seres condenados.
Son incontables los artistas y poetas que a través de los tiempos se han apropiado el legado de Leonardo, explotándolo creativamente.
Sólo basta observar el sketch de un niño o el de un gato, el de una muchacha o el de un manto, el de un anciano o el de un caballo (Leonardo amaba los caballos) para darse cuenta de la percepción poderosa y la disciplina de galeote que poseía Da Vinci.
Seres grotescos y bellos, cotidianos y fantásticos, colman sus libretas, acompañados por ese otro prodigio de su ingenio: la escritura especular.
Un hombre con pasión semejante no es de este mundo, no es un maricón mediocre. Es un titán. Un Prometeo encadenado. Hoy me pregunto hasta dónde hubiese volado Leonardo si los prejuicios y las limitaciones de la época en que vivió no lo hubieran maniatado.
A sus sesenta y punta de años ya se veía muy anciano. El cuerpo le pasó la cuenta de cobro por su infatigable trabajo, por sus desvelos de buscador, por sus hábitos desordenados. Uno se pregunta cómo pudo plasmar Monalisa o La última cena un hombre de espíritu tan volátil, de ocupaciones tan variadas.
Porque no era sólo pintar y proyectar obras escultóricas y arquitectónicas. Era gobernar un taller con sus aprendices y sus encargos, era atender los caprichos de los clientes, era someterse a las regulaciones de la municipalidad, era ocuparse de litigios patrimoniales con parientes, era codearse con los personajes más encumbrados y, en medio de todo esto, era aspirar constantemente a la perfección del arte, a la búsqueda de otros mundos, a la exploración de otros reinos, botánica, mineralogía, anatomía, física, óptica, mecánica, fauna, flora, máquinas de guerra, labores de agricultura, etcétera.
Quien observa Monalisa o San Juan Bautista en el Louvre se sorprende de las dimensiones modestas de estos cuadros. Los imaginaban más grandes, acordes con el renombre universal del que han gozado. Por este lado puede que haya decepción. Pero jamás se sienten defraudados por el aura de genialidad que desprenden esas obras, por el mítico encanto de esa sonrisa.
Han visto poco de Leonardo, conocen poco. Es desde la ignorancia y la cortedad desde donde pueden originarse comentarios cretinos como el que sublevó a un servidor . Que Leonardo no era más que un maricón mediocre.  Con sólo El hombre de Vitruvio, la famosa imagen donde aborda el estudio de las proporciones anatómicas del cuerpo humano, con sólo eso, se ha entronizado Leonardo en la memoria de la humanidad.
En otra imagen indeleble que nos dejó, su autorretrato,  se dibujó viejo, con luenga barba, con ojos fatigados y labios hastiados. Me pregunto si es atributo de la mediocridad el aplomo con que un hombre muestra su vejez. No, allí hay otra cosa, no humildad, más bien nobleza, carácter, valentía. Eso fue Leonardo, un valiente. Hasta en sus años ruinosos tuvo la serenidad y el afán inquisitivo de observarse a sí mismo, de leer en su rostro senil las maravillas de la Creación, la fuerza de la vida.
Esto es lo que refleja la obra de Leonardo, la fuerza y el don proteico de la vida. Sin duda él fue todas esas cosas que dibujó: ángel, madona, niño, dragón, caballo, río, valle, montaña, cielo, guerrero, predicador del desierto, en fin.

Fue todo, menos un maricón mediocre.

martes, 28 de noviembre de 2017

Colegios y el fin de año

Otra vez esta turbamulta, este ajetreo, este frangollo. Fin de año. El colegio: alumnos inundan la sala de profesores, docentes echándolos, porque esta es la sala de profesores, no la de alumnos. Estudiantes como lapas-pólipos apiñados junto a los profesores, presentando refuerzos, intentando salvar el año. Cuánto he vivido esto, cuánto debería estar cansado, hastiado de todo esto, cuanto hace que debiera haberlo dejado atrás. 

Este ajetreo, este frangollo, esta turbamulta. Alumnos que abandonan la sala de profesores decepcionados, iracundos, mascando insultos, porque un docente no los pasó. Y el docente  riposta con argumentos como este: "cuántas veces te advertí". En fin. Son escenas ingratas, con broncas latentes o manifiestas. Aterra pensar que en cada colegio de la ciudad, del país, del planeta, ocurre lo mismo en fechas similares. Es una imagen deplorable de la escuela, del sistema educativo. 

Este frangollo, esta turbamulta, este ajetreo. Lo malo, lo bueno, lo regular. La mente que ha diseñado todas estas categorizaciones sobre la evaluación, sobre los desempeños adecuados y los no adecuados, sobre ganar y perder. Esa mente tan científica, tan exacta, tan fría. Pensar en lo pertinaz y en lo fugaz de estos cuadros, cuadros que se reeditan cada año, que a su vez culminan, se esfuman. Rostros, voces, dramas. Pensar que, a la vista de un tercero, este tinglado del que gana y el que pierde no deja de ser una simple curiosidad, tal vez un absurdo.

Esta batahola, este tumulto, este fragor. Fin de año. Profesores como santuarios a los que acuden desesperados peregrinos en pos de alivio. Sentados en sus escritorios, reciben oleadas de estudiantes que pronuncian sus nombres como si invocaran una divinidad: "Marina", "Juan", "profe". Recuerdan antiguos oráculos, penitencias, castigos, dolor, consuelo. Pero todo esto tiene un no sé qué de teatral, de simulación, de torpe terapéutica. Al final casi todos ganan. Los sufridos penitentes salen con rostros descansados. Como si todo no fuera más que una farsa.

Este fragor, esta batahola, este tumulto. Lo que no se ganó en las aulas se gana en la sala de profesores. Lo que no se entendió durante la lección, en el tiempo regular de la clase, se supone entendido en la sala de profesores, a los trancazos. Y así va la vida. Asusta pensar que este burdo y espasmódico tráfico de información entre alumno y profesor pretenda pasar como saber.

Este tumulto, este fragor, esta batahola. El número se alza como una divinidad superior al dios-profesor. El número, con suprema exactitud, rige el reino de la evaluación. El número y el ser. El ser y el número. La escala de lo superior, de lo mediano, de lo bajo. Sorprende reconocer que hayamos hecho de la matemática, en este nivel, un Infierno de los números.          


lunes, 27 de noviembre de 2017

Escuelas


En general, cada corriente de pensamiento, cada época, ha postulado un tipo de escuela. Desde tiempos antiguos la mente del alumno ha sido el barro propicio al moldeamiento de un sistema conceptual, de una ideología. 

Recordando a las volandas, encuentro tipos de escuelas: la socrática con su dialéctica, la epicúrea con la ciencia del placer, la escolástica con su teocentrismo, la cartesiana que privilegia el raciocinio y la duda metódica, la naturalista de Rousseau con su concepción de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, Neill y la escuela del  juego y la libertad, Sujomlinsky y la escuela del trabajo, Piaget y el constructivismo, Dewey y el funcionalismo, Pavlov y el conductismo, Freud y el psicoanálisis, Marx y la  escuela de los proletarios, Pestalozi y su escuela filantrópica, Frobel y el liberalismo pedagógico, Decroly y Montesori y las escuelas científicas con su teoría de que existen principios psicológicos y orientaciones prácticas que deben orientar la educación, Freire y la didáctica del diálogo y la participación, Derrida y la deconstrucción, la escuela de la Internet y las nuevas tecnologías, en fin.

Escuelas, filosofías, doctrinas, cuerpos conceptuales; unos idealistas, otros materialistas, en fin. Paso por alto algunas, quizás muchas, pero este no es un estudio concienzudo, son notas ligeras, al vuelo. Es un intento de representarme el espectro del pensamiento pedagógico a través del tiempo, basado en lo que me enseñaron en la universidad y en lo que he leído. Tantos referentes, incontables. Nietszche, por ejemplo, con su filosofía del superhombre, postula un tipo de educación, como lo fue también, en otra perspectiva, la de Comenio con su idea de que el alumno es tabula rasa, arcilla virgen donde se imprime el saber, lo mismo que Diógenes con su cinismo y  Thoreau con su vida en los  bosques. Cantidad de escuelas, al punto de que cada hombre, cada modo de pensar, constituye una corriente pedagógica.

De toda esta indigesta ensalada de concepciones, ¿con cuál tendencia me inscribo como maestro? Me considero idealista, con cierto corte trascendentalista. Sí, porque detesto el conductismo y no soy afecto a las ideologías extremistas. El de Neill y el de Freire son  prototipos que tal vez me agraden. No soy demasiado apegado a las nuevas tecnologías. En cierto aspecto, todavía soy tradicionalista, en otro, revolucionario. Soy un crítico acerbo del sistema, por tanto, escéptico.

Dialogaba no hace mucho con un colega, representante sindical, el cual, a raíz del paro reciente, considera justo que los maestros doblen la jornada laboral para restituirles el tiempo a los estudiantes, como si creyera que permanencia física en una institución equivale a calidad educativa. Mi posición es contraria. Tal vez porque soy rebelde por naturaleza, quizás porque pienso que la escuela es más lo que castra que lo que libera, es más lo que moldea (léase ideología) que lo que forma. Creo que los jóvenes no necesitan que les restituyan un tiempo viciado con tanto cretinismo e intransigencia, con tanta obsolescencia y cuadrícula. No, no creo que los jóvenes necesitan que les devuelvan un tiempo tan esquemático y pobre, un tiempo vigilado y cronometrado, donde la represión y la sospecha son elementos del proceder cotidiano. Los jóvenes no necesitan la devolución de un tiempo que los ahoga, de un tiempo que es despótico y violento, de un tiempo retrógrado y perverso, que crea con frío cálculo las condiciones de la desigualdad y la injusticia.

Es la escuela del terror y del miedo.

Los jóvenes necesitan otro tiempo, su tiempo, que no es el tiempo de la escuela, esa desfigurada, caótica, gélida escuela de muertos. Una escuela sin alma, muerta, donde la inercia más terrible sigue accionando los miembros raídos de un cadáver embalsamado.            



   

martes, 14 de noviembre de 2017

Anoche no dormí


Anoche no dormí. La indisposición de la gripe me impidió pegar ojo. Pasé una noche alucinante. Me ocurren unas cosas. Creí volverme loco, perder el juicio, acabar en el caos, en la nada. La noción del cuerpo desapareció entre la fatiga y las alucinaciones. Creo que estuve al borde de una de esas situaciones descabelladas que Maupasant narra en alguno de sus cuentos, El horla, por ejemplo. Sí, ya no había cuerpo, sólo una mente caldeada, ideas atropelladas, delirio. El yo se había hecho trizas entre la salivadera, la tos y el insomnio.


En medio de la crisis, juré no volver a beber café. Con ser que no abuso de él, en la exasperación de anoche lo culpé de mis padecimientos. Daba vueltas en la cama, me levantaba, iba al baño. Estos actos desesperados  los repetí un montón de veces. Mi angustia contrastaba con la calma de Elena, nuestra gata, que dormía a nuestros pies. Mi mujer, a mi lado, poco se inmutó con mi desequilibrio: dormía el sueño de los justos. Mentira, su día es laborioso y esforzado, una maquinita amorosa, merece la recompensa de Morfeo. Sólo intentar cerrar los ojos y dormir, me atacaban unos ronquidos molestos, que parecían venir de una dimensión ajena a mi fisiología, acaso de la región del desvarío.

A las cuatro de la madrugada opté por levantarme a leer. Vine a la sala y me acomodé en el sofá con los cuentos de Rulfo entre mis manos. Mi cuerpo se caía de cansancio, pero el reposo le era esquivo. Leí dos cuentos, el que da nombre al volumen y Diles que no me maten. Maya, nuestra otra gata, no estaba en la sala, como de costumbre, se había ido a dormir al cuarto de Alejo. En su  compañía hubiese hallado cierto alivio (¡es tan tranquila y cálida!), pero también esta merced me fue negada. ¿Por qué la gripe me depara noches tan delirantes? No es la primera vez que me pasa. Hoy, en este momento, el malestar sigue cabalgándome. Tomo pastas. Uso chaqueta y bufanda. Me cuido de las corrientes de aire.

lunes, 13 de noviembre de 2017

¿Esquizoide?

Siente que no gusta a los demás. No, no gusta a los demás. ¿Por qué? No lo sabe. Quizás es demasiado soberbio, o demasiado prevenido, no logra dimensionarlo. No gusta, no gusta. Siente que no gusta. No gusta tal vez porque no quiere gustar. No quiere gustar a cierta gente. Siente que lo miran raro, o que ni siquiera quieren mirarlo, como si les hubiese hecho algo. Sí, les ha hecho mucho, no los tiene en cuenta, no los considera para nada, no quiere nada con ellos. No quiere nada con ellos porque los considera unos hipócritas, eso es. Unos redomados hipócritas. La gente más hipócrita que ha existido.

¿No es culpa de ellos? Sí, es culpa de ellos, en gran parte. Porque se han aliado con la facción  utilitarista, con el bando de los déspotas. Han querido sacar tajada de ello, a costa de lo que sea, han querido sacar usufructo. Han querido sentirse superiores, despreciando al resto. Por eso los rehuye, les saca el cuerpo, los evita, así le digan evasivo, esquizoide. No gusta a los demás porque estos se sienten analizados, criticados, rechazados por él. Se sienten mal en su presencia, porque él los desenmascara con una sola mirada, solo con olerlos. Los detecta a la legua.

Prefiere estar solo antes que departir con ellos. No es altivez, no. Es sentido de supervivencia. Son unos caníbales, les gusta la carne humana, es su plato favorito. Lo odian porque no se les sirve en bandeja, porque no se presta para sus fiestecitas voraces. Lo odian porque hace rato descubrió su jueguito. Y no les agrada sentirse descubiertos. Lo miran con desconfianza y buscan la manera de deshacerse de él. 

Antes de que esto pase, les jugará más de una mala pasada. Porque es que no los quiere. Tratarán de atraérselo y moldearlo. Pero su odio hacia ellos es epitelial, visceral. No les come cuento. Los deja con los crespos hechos. En ocasiones siente a fondo el rechazo de ellos, cómo no. Es un aborrecimiento reconcentrado, a muerte. Lo entiende. Son enemigos declarados. Más allá de las falsas cortesías, son rivales a ultranza. No se gustan. Porque él ha decidido atacar a ese bando utilitarista y despótico donde sea que lo encuentre. Ante ese monstruoso bando, él sera aún más monstruoso.