miércoles, 29 de junio de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 14.)

John Charles se quedó solo en la sala después que toda la familia se durmió. Aunque se sentía agotado, fue fiel a su tarea de leer al menos un capítulo de la Biblia antes de acostarse. Trajo consigo su fólder de máximas para añadir alguna otra a su lista. ¿Qué mayor fuente de sabiduría que la Biblia? La gente debería preocuparse por conocer a fondo esta obra, nutrirse de su savia, compartir sus mensajes. El Génesis, qué inmensidad. Revelación, qué umbral. John Charles abrió el libro de Isaías, lectura de turno por estos días. No más comenzar a leer se sintió reconfortado. Siempre le ocurría así. La voz de las Santas Escrituras le aligeraba el cuerpo y consolaba el espíritu. Mientras leía, meditaba en la visita de Marcos. Se compadeció de los contratiempos de su amigo. ¿Por qué los hombres eran incapaces de armonizar su existencia con el grandioso pulso del cosmos? ¿Por qué daban tumbos entre sus limitaciones y sus miserias? Desde la paz y la penetración de que lo investía el libro sagrado, John Charles no dudó en hallar las respuestas a estas preguntas. El anhelo humano debe proyectarse a la eternidad, fundirse con Dios. John Charles escuchó el latido de la noche, el susurro de la vasta y profunda extensión. Comprendió que la oscuridad de la noche era solo apariencia. No hay horas más claras para el espíritu que estas, se dijo. ¿De qué puede gloriarse el hombre? La noche nos coloca frente al espejo de nuestra pequeñez, de nuestros miedos. Pero el hombre que comprende, asciende un escaño. John Charles se maravillaba de la plenitud con que el Sol se ponía cada tarde. Leía un mensaje de amor en esta plenitud. Con qué gozo bebían las montañas los rayos solares. ¿Quién más fraterno que el Sol? Recordó la leyenda de Ixión. El Sol es la rueda de fuego a la que Ixión está atado. Purgar nuestras faltas, tal vez esta sea la lección. Cuánto error. El Sol es también nuestra estrella, el foco que nos alumbra, la irradiación de la vida desde los abismos de los eones. Nuestra estrella. John Charles se sintió en deuda con el cielo. Se prometió estudiar más sobre las constelaciones. Sabía muy poco de estas. Sabía que Escorpión era visible en el mes de julio, que su astro más brillante era Antares, pero a veces le daba trabajo identificarlos en el firmamento. Sabía que las tres estrellas que solemos llamar los Tres Reyes Magos constituían el cinturón de Orión (El Guerrero), que Alnirac era la más brillante de las tres. Sin embargo, lo más cercano a nosotros es el Sol. Entendió por qué las religiones naturalistas adoran el Sol. Es lo más fraterno. ¿Por qué las personas no emulan esta fraternidad? Muchas veces, tras la máscara de una moral intachable, no hay más que vileza. Recordó el cuento Bola de Sebo, de Guy de Maupassant. La prostituta llora de humillación. Los aristócratas y las monjas advierten sus lágrimas, pero se muestran duros e insensibles. Bola de sebo les sirvió, se sacrificó por ellos, y luego le pagan con escarnio, la rechazan cuando más los necesita. Así es la vida. Todavía debemos trabajar mucho en el espíritu, se dijo John Charles. Santificar la vida. ¿Cómo? Dirigiendo nuestros impulsos a lo eterno, sintiendo cada instante como una oportunidad de corregir nuestras imperfecciones. Teniendo fe. Terminada la lectura seguía pensando en Marcos.        

viernes, 24 de junio de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap.13.)

"Necesitamos que nos concrete algo", dijo John Charles. "Ya les dije lo que pienso. Me parece muy angosto. Examinaré otras opciones. Tengo urgencia en mudarme. Les avisaré". La señora dijo: "Mire, le repito, si usted decide alquilar la pieza y nos da un adelanto podríamos hacerle unas reformas". Continuábamos en el cuarto repleto de trastos viejos. Yo me inclinaba contra el marco, escoltado por los propietarios. Un invencible pudor me retenía allí. Deseaba decirles que no me gustaba la pieza, que no la tomaría, pero no era capaz. La anciana y su hijo me taladraban con la mirada, cual si quisieran sondear el fondo de mi pensamiento. Cuando hablé con mi amigo con respecto al cuarto y convine en ir a echarle una mirada, John Charles me advirtió que no estaba seguro de que me gustara. Insistí en mirarlo. Me había preparado para toparme con una habitación modesta: la realidad superó mis más humildes predicciones. Había supuesto que efectuaría la negociación con el propio John Charles, pero era la madre quien se hacía cargo del asunto, eclipsando al hijo con su autoridad. "Entonces, ¿no le gusta?", insistió John Charles. Titubeé. "Examinaré otras alternativas. En una semana les confirmo". Me sentí agotado. Mi día había sido duro. Me dolía aplastar la esperanza de los otros. Para zafarme del tema del alquiler del cuarto, me aparté suavemente del vano de la puerta y me dirigí al extremo de la plancha que daba a la calle. John Charles y su madre me siguieron. "Hay bella vista desde aquí", dije. "¡Cuidado se corta!", advirtió la mujer, señalando excremento perruno disperso en el piso. "Gracias. Veo bien dónde pongo los pies". Había logrado mi propósito de virar la conversación a un tópico menos dramático. Agradecía de todo corazón la generosidad de mis anfitriones, pero poseía un razonable sentido estético. Hablé banalidades. La anciana nos acompañó unos minutos más. Su rostro pasó de un modo sutilísimo de la ansiedad a la placidez. No volvió a hablar del cuarto ni de sus estrecheces monetarias. Por el contrario, exhibió su faceta bondadosa y risueña. Por último, descendió las escalas, requerida por los nietos. John Charles y yo permanecimos un rato más en la plancha, mientras la piña de luces de Medellín se abrillantaba. Hablamos en el ensoñador efluvio nocturno. "Mire, un hilo", dijo John Charles, mostrando, en efecto, una hilaza que se extendía encima de nuestras cabezas, sobre la plancha y los techos vecinos en una trayectoria más o menos recta. "Parece el hilo reventado de una cometa. No es posible decir de qué lado la estaban elevando. El hilo no muestra principio ni fin. Sus cabos se pierden sobre los tejados", dije. Lola merodeaba por allí, silenciosa, vivaracha. Los ojos de John Charles se animaron tras el cristal de sus gafas. "¿Sabe una cosa?" "¿Qué?" "Cuando le ofrecí la habitación lo hice movido por la osadía de un sueño que avasalló mi cabeza". "¿De qué se trata?" "Como sabe ya hace tiempo que pertenezco a la iglesia mormona. Allí conocí a mi esposa. Cuando me contó de sus descalabros sentimentales y de que andaba tras un alojamiento, me preocupé por sus penurias y me atreví a soñar que viviríamos bajo el mismo techo, que iría a nuestra iglesia, donde hallaría una muchacha con la que se casaría. No lo pensaba de mala fe, no, sino con limpieza de espíritu y fervor". "Le agradezco su preocupación", dije, confuso. Siempre que John Charles se adentraba en el espinoso tema de sus ideas religiosas me hacía mala sangre, simulaba deferencia. "Lo aprecio mucho, Marcos. Usted es una persona de mente abierta. Sé que no lleva una vida sosegada. No ha encontrado un verdadero amor. Me gustaría que se uniera a una mujer del mismo modo que yo me uní con mi esposa, por la eternidad". Mi paciencia estaba tocando a su límite. Me salvó el hecho de que John Charles estuviera melancólico, de que, súbitamente, se cansara de hablar de circuncisión y se sumiera en un silencio místico. De pronto, dijo: " Usted es una máquina intelectual bien lubricada. Sé que será un gran escritor. Algún día pondrá estos menudos hechos en un libro". Sonreí, un poco triste. Me pesó haber abrigado en el pasado ideas recelosas con respecto a la idoneidad viril de John Charles, quien siempre andaba alabando mi cuerpo. Este hombre es un buen camarada, concluí para mis adentros. No dije nada. Sentí con dolor que ningún libro podría contener esos hechos menudos a los que John Charles se refería. La vida era presa del tiempo, de la fugacidad, de un pavoroso azar. Enmudecí. Este momento se inmortalizaría por sí mismo, sin necesidad de la intervención de mi pluma. Eso pensé mientras observaba, perplejo, el rostro soñador de mi amigo, los lánguidos ojos detrás de las gafas, la sutil sonrisa, ebria de emoción. Miramos los barrrios del lado occidental (¡Castilla!), cuajando luz en el incipiente anochecer. Mi retina fue atraída por el paso regular del metro en el tramo vecino. La enorme máquina se deslizaba con fuerza moderada a través del viaducto elevado. Las ventanillas aparecían iluminadas con una luz blanca y tibia. John Charles se confesó admirador entusiasta de esta sensacional obra de ingeniería. Según su parecer, la ciudad en general y el ciudadano común y corriente en particular habían sido beneficiados extraordinariamente por esta innovación del transporte público. Tras unos momentos John Charles apuntó: "Ojalá me ponga en uno de los libros que escriba". Continué reticente, evasivo. Me pareció pueril, y no obstante humana, la esperanza de John Charles. La noche nos espesaba en su jalea umbrosa. Lola bajaba las escalas, brincaba un rato abajo y volvía a subir y a brincar y a bajar. Abajo, entre fragantes especias, doña Leopoldina (este era el nombre de la madre de Jhon Charles) se aclaraba la garganta. Se dejaban oír las voces de los niños. John Charles se puso taciturno. Me contagié del ánimo tristón de mi amigo y del aire de estrechez material que despedía la casa. Momentos más tarde bajamos la escalera. Leonardo vino a nuestro encuentro tocando una trompeta de plástico. Nos sentamos en la sala, donde el desorden de juguetes imperaba. Una emoción triste seguía oprimiendo mi alma. La anciana emergió de la cocina con el rostro suavizado por la ejecución de una tarea amable: la cena. Parecía del todo ajena a la avidez que la dominara momentos atrás. Vino secándose las manos en el delantal. Recordé el día en que la conocí, salía de la cocina envuelta en el mismo gesto. La madre es la realización de la mujer en su sentido más sublime, pensé, ante la infatigable resistencia y el combativo amor del que daba muestras la anciana. Pensé en María, la madre de Dios, según el decir de los católicos, y se me antojó muy bella esa fe. Doña Leopoldina había luchado para sustentar al hijo, y ahora lo hacía con los nietos. La imagen de la serpiente mordiéndose la cola acopló en mi mente dos instantes iguales vividos en épocas distintas. El ovillo seguía devanándose. Me sentí hastiado de tanta vida y tanto trasegar. Me despedí con premura para evitar la molestia de que me invitaran a comer.              

viernes, 10 de junio de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 12.)

Nos levantamos. Cojeando, John Charles avanzó en vanguardia hacia la escalera que conducía a la plancha. Cada impulso de su cuerpo provocaba una serie de temblores desacordados. Presentaba leve joroba. Aunque iba adquiriendo la sapiencia vital de un filósofo, los años habían desmejorado y avejentado su cuerpo. Al menos esta fue la impresión que tuve al seguirlo escaleras arriba. "Voy con ustedes. Niños, espérenme aquí. Leonardo, cuida de tu hermanita Laura mientras yo bajo", dijo la mamá. Y cerró la marcha. Lola no estimó necesario que se le extendiese una invitación para unirse a nosotros. Las escalas desembocaban frente a una pieza en obra negra atestada de cachivaches. Se levantaba allí un fuerte olor de excrementos perrunos. Las emanaciones eran perturbadoras. Las paredes de la habitación no tenían revoque, el piso no tenía losa. Una teja plástica caía en rampa hasta el lado opuesto, sobre la escalera por la que acabábamos de subir. "Queda un restico de claridad", señaló la señora. "La necesaria para que Marcos observe el cuarto", dijo John Charles. Nos acercamos a la pieza. Entre los objetos vetustos mis ojos descubrieron la polvorienta tabla de un aviso que publicitaba el oficio de la madre de mi amigo. "¿Qué es esto?", pregunté, levantando la tabla, examinándola unos instantes y volviéndola a su lugar. El anuncio rezaba: "Inyectología. Servicio a domicilio". "Es mi publicidad. No hace más que rodar de un lado a otro", explicó la mujer, con una hilacha de melancolía en la voz. "¿Por qué no la fija en la fachada?" "No es necesario. He vivido por aquí toda la vida. La gente sabe a qué me dedico". "¿Qué tal el trabajo?" "Soy jubilada, usted lo sabe. Todavía me llaman una que otra vez para cuidar enfermos". El tema languideció por su propia inocuidad. Tras un silencio, con suma reserva, John Charles dijo: "esta es la pieza. No sé si es lo que anda buscando. En caso de que se decidiera a alquilarla, habría que ponerle la puerta y la ventana, y sacar este montón de cacharros. Y por supuesto, poner luz eléctrica. Mi esposa se la instalaría. Ella instaló la del apartamentico que ve allí. Volví a sentir deseos de conocer a la esposa de John Charles, como aquella vez en que acompañé a mi amigo a la escuelita y saludamos a Leonardo y vi el hermoso hoyuelo en el mentón del niño. Qué mujer emprendedora. Me pareció que malbarataba sus capacidades trabajando en confecciones. Me reí bonachón de mi flagrante nulidad en las lides de electricista. En un extremo de la plancha había una pequeña vivienda tosca. En el patiecito externo, cuerdas con ropa puesta a secar. El otro lado de la plancha se veía despejado. "¿Qué opina de la habitación?", preguntó la anciana, sin disimular su ansiedad. "¿Le gusta? Habría que librarla de estos trebejos", se apresuró a recalcar. Yo dirigía concienzudas miradas al cuarto. Mi semblante aparecía reticente. "¿Me dice que podría utilizar el baño y el teléfono de ustedes, dada la confianza que nos une?" "Sí, uno no puede arrendarle una pieza a cualquiera. Con usted es distinto. Sabemos que es una persona responsable". dijo ella. Estaba indeciso. El cuarto me desagradó profundamente. Trataba de no manifestarlo, de conducirme con delicadeza. La noche se iba espesando, y los tres permanecíamos ante el vano. En derredor, pizpireta, Medellín se iluminaba. Detrás de los cristales de las gafas los ojos de John Charles tenían un aire grave y un tanto calculador. Dejaba que su madre hablara. Solo de vez en cuando añadía un detalle o hilvanaba una pregunta. La atmósfera se colmó de tensión y expectativa. De pronto, la figura de John Charles se fue opacando, mientras que la de la madre destacaba los aspectos esenciales del carácter. Ella apuntó: "son tantas las mejoras que hay que hacerle a esto. Todo es dinero. Si usted viera el platal que nos costó techar esta pieza. ¿Cómo la ve?" "No sé..." El mohín anhelante se acentuó en los rostros de la madre y el hijo, los cuales tomaron una expresión atormentada. Algo confundida, ella dijo: "hablando en plata blanca, con un anticipo que usted nos diera haríamos unas reparaciones a la pieza, empezando por ponerle puerta y ventana. Incluso podríamos improvisar una cocineta aquí, en este rinconcito, luego de techarlo convenientemente. En realidad, estamos muy estrechos de dinero. Esa carrera de John Charles nos ha exprimido. Usted ya está trabajando. Empezaron en la misma época, ¿verdad? Esas culequeras de mi hijo, los cambios de programa. No hay bolsillo que resista. Necesitamos más ingresos. Nuestro deseo es ir mejorando todo esto. Vea la escalera, ¿no necesita una barandilla? Así evitaríamos accidentes a los niños". John Charles se acorazó en un silencio sombrío. Parecía abatido. La anciana tenía un deje menesteroso en la voz, desesperación en la mirada. Me removí, incómodo. La madre me miraba con ojos penetrantes. Dijo: "cada día todo sube más. Sube la comida, sube el transporte, suben los servicios, pero los arriendos los reajustan una miseria". Su acento se hizo quejumbroso; su rostro, duro. John Charles seguía abstraído. Era imposible no discernir la hiel de reproche en las palabras de la madre. El hijo había sido un fardo pesado toda la vida. En lo que a mí respecta, ya había oído varias veces esas reprensiones amargas. En tales casos salían a flote las tiranteces entre ellos. "No es lo que necesita, ¿cierto?", dijo John Charles, saliendo de su abstracción, siempre con el grave aire de cálculo. Añadió: "mire, el apartamentico del extremo se lo alquilamos hace un mes a una pareja con dos niñas. Tiene dos cuartos, salita, cocineta, baño. Pagan una nonada. Si me hubiera hablado antes. Se acomoda perfectamente a sus deseos". En la voz de John Charles se demoraba una sombrita de pesadumbre. Yo seguía indeciso. Miraba el interior del cuarto con su montón de desechos, con su aire deprimente, con sus ladrillos desnudos, y sentía un gran descontento. El implorante desvalimiento de las caras de mis anfitriones lograba inquietarme. Sentí el imperativo ético de ser claro. "Quería formarme una idea. Bien. Me parece que el cuarto está muy angosto. Busco algo más amplio. Necesito un espacio que me brinde cierta independencia. ¿Comprende? Miraré otras alternativas. Si no encuentro nada mejor, me quedaré con la pieza". Parecía imposible no encontrar nada mejor. El aire se preñó de omisiones, de un silencio incómodo, de leve tristeza. Lola aparecía y desaparecía como un oscuro poder impetuoso, callado y enigmático. El vaho de caca de perro mordía la nariz. La noche se tupía.