Blandón fue quien llevó a Marcos al taller de Estévez. O, más bien, quien le exhortó a que se inscribiera, asegurándole que el maestro era un fresco, a quien no le importaba que un nuevo alumno se matriculara de manera extemporánea. Blandón conocía a Estévez desde el Politécnico, donde estudiaba construcciones civiles y donde Estévez dirigía otro taller de escritores. Alguna vez Marcos acompañó a Blandón a una sesión de Estévez en el Politécnico, y quizás fue allí donde convino matricularse con el maestro. Como el taller del Politécnico era solo para estudiantes de esa institución, Marcos optó por inscribirse en el taller de la Universidad de Antioquia, con sede en el Paraninfo. El taller de escritores de la Universidad de Antioquia tenía una oferta más abierta con respecto al público, y allí asistía un número heterogéneo de personas y profesiones, desde universitarios hasta amas de casa, pasando por médicos, secretarias, etcétera.
Las familias de Blandón y de Marcos vivían en el mismo edificio, en Bello, en un conjunto de cinco bloques de apartamentos que el Fondo Nacional del Ahorro construyó como solución de vivienda para empleados oficiales. El papá de Blandón era maestro; el de Marcos, radiotelegrafista adjunto al Ministerio de Hacienda. Blandón iniciaba la universidad cuando Marcos terminaba el bachillerato. El taller de escritores de Estévez le dio a Blandón la oportunidad de encauzar sus impulsos estéticos. Venía de Támesis, un pueblo del suroeste de Antioquia, por lo que era paisano del maestro. Su padre se hizo al apartamento en la ciudad para albergar a una buena camada de hijos en edad de estudios superiores. Así fue como Blandón y Marcos se conocieron y se hicieron amigos. Marcos leía a Dostoievski y a Kafka, y un día enseñó a Blandón un cuento extraño, con cierto aire con La Metamorfosis. Blandón le invitó a entrar al taller de Estévez. Blandón era un joven entusiasta de la literatura, de espíritu soñador y rebelde. Andaba de las greñas con su padre. Tenía el gusto de la aventura, y solía viajar haciendo autostop. Por esa época, los dos camaradas viajaron de ese modo aventurero a la Costa, donde Marcos tenía parientes. El agarrón con el papá fue grande cuando decidió abandonar su carrera del Politécnico para inscribirse a Medicina en la de Antioquia.
En ese tiempo Blandón vivía inmerso en el avispero de la cultura, los libros, las publicaciones, los cócteles. Formaba parte del comité editorial de una revista poética. Se codeaba con figuras como Estévez, Manuel Mejía Vallejo, José Libardo Porras, Diana Bernal, Everardo Rendón. Escribía poemas y conquistaba amores con sus versos. Preparaba su libro Elegías a Cristo. Leía la obra completa de Sartre. Le entusiasmaba la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Participaba en concursos literarios, y un día ganó el primer puesto en el Ciro Mendía. Avanzaba como pichón de médico. Se había apartado del taller de Estévez alegando que allí se coartaba la imaginación. No asistió más a las sesiones. Aún así, continuó siendo amigo de Estévez, al fin y al cabo eran paisanos. Estévez era férreo en la enseñanza de la técnica, no hacía concesiones a la inspiración. Su idea sobre el talento era que se conseguía con disciplina, día a día, trabajando. De vez en cuando aparecía un genio precoz, como Truman Capote, que a sus dieciocho años escribió una novela que lo catapultó a la fama (Otras voces, otros ámbitos), pero estos eran casos excepcionales, que se daban una vez en cincuenta o cien años. El grueso de la gente debía pagar el precio, esforzarse, echar los bofes. No, Estévez no creía en la inspiración. Transmitía este argumento a sus alumnos. Con la imaginación también tenía sus reservas. Su estilo era realista, fiel a los hechos. Blandón, que profesaba deliquios poéticos, no podía seguir en la línea de Estévez, algo seca y sarmentosa. Prefería una rama florida, la luz de los almendros en flor de Van Gogh, por ejemplo. Así que su paso por el taller fue breve. En ocasiones, como al descuido, se dejaba caer por allí, más en plan de observador, o por distraerse, que como catecúmeno. El espíritu y la emoción de Blandón se avenían más con la lírica, y Estévez dirigía su curso hacia la narrativa. A veces se cruzaba con Estévez en la u y se sentaba un momento a departir con él en la cafetería. Estévez debía tenerlo por un desertor o un renegado, pero prefería la sinceridad a todo. Pese a estas divergencias estilísticas, Blandón tenía a Estévez por una eminencia. un orgullo de Támesis, lo mismo que Porras y Everardo Rendón. Él también se incluía en este ramillete de escritores que ennoblecían el nombre de la patria chica. ¿Por qué no? En ocasiones organizaba eventos culturales (por lo general, el lanzamiento de una obra) y reunía en el pueblo a los paisanos letrados.
Había ido acendrando con los años este genio logístico. Era buen amigo. Con Marcos le había unido una amistad de toda la vida, de muchachos soñadores a viejos cansados y, quizás, desobligados de muchas cosas, incluso del cultivo de la amistad. Pero así era la vida. Siempre estaba al tanto del movimiento cultural, para compartirlo con presteza a los camaradas. Marcos lo recordaba al final de la carrera de Medicina, agobiado por el estudio y por la responsabilidad de pater responsabilis. Había embarazado a la novia. En esos días las disensiones de Blandón con su familia fueron muy ásperas. A la postre, había vencido. Se había graduado, enrolándose, luego, en la maquinaria laboral. Esos semestres finales de la carrera fueron una prueba de titanes. Marcos recuerda cómo Blandón se alternaba con su compañera el disfrute del viernes cultural (salir a ver una película, quedarse bebiendo unas cervezas), ante el imperativo de cuidar a la bebé. Qué verriondera. Y recuerda también la promesa que los dos se hicieron en esos duros meses en que ella ya trabajaba de maestra y Blandón se veía a gatas para acabar su pregrado. Ella le ayudaría con las finanzas en este tiempo agotador y postrero de la carrera y, más tarde, cuando ganara bien como cirujano, él le costearía la especialización. Y con todo, habían salido adelante. Y Blandón no dejó de serle fiel a la literatura. Ya viejo, seguía escribiendo, publicando.
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