miércoles, 23 de junio de 2021

Mi maestro XII

 

*Buscando en sus cuadernos de aquella época, Marcos halló a otro alumno del taller de Estévez. Se trataba de Edgar Hincapié Arrubla, quien asistió un buen tiempo a las sesiones cuando estas tenían lugar en la Biblioteca Pública Piloto, a las seis de la tarde. Por esos días, Edgar descolló en el grupo con su cuento Afanes, que el maestro elogió, prometiendo incluirlo en la Antología del cuento Antioqueño. Edgar vivía en Villa Hermosa, tenía mujer, hijos. Trabajaba en el centro, en la placita Uribe, atendiendo un negocio de cambio de moneda. Congeniaron como condiscípulos de Estévez, y Marcos tuvo la oportunidad de visitarlo varias veces en aquella placita de antiguos edificios, ornada con palmeras, donde campeaba el busto del ilustre militar y político y en cuya esquina suroccidental funcionaba esa famosa repostería, La Viña.         

La pasión por la escritura había echado raíces en este hombre menudo y vivaracho. Por aquellos días los negocios iban bien, el dinero fluía, y Edgar era un maniático comprador de libros y de obras de arte. Estaba orgulloso de su biblioteca, donde uno podía encontrar a los cuentistas rusos, lo mismo que a Jerome David Salinger y a Mario Puzzo, entre otras bellezas. Su oficina quedaba cerca del Pasaje la Bastilla, y los libreros del sector, sabedores del gusto de Edgar por la literatura, le llevaban títulos de toda laya, que este se apresuraba a adquirir. Mantenía una bibliotequita en su despacho. Y siempre que Marcos lo visitaba, lo encontraba leyendo. Edgar no tardó en llevar a Marcos a su casa, mostrándole sus estanterías repletas de obras (ante las cuales Marcos no pudo más que lanzar una exclamación de júbilo  y sentir una secreta envidia) e invitándolo a unos aguardientes. Marcos siempre salía de la casa del amigo con algún libro excelente, como los Nueve cuentos, de Salinger, autor que en ese tiempo le traía encantado.

En estas tertulias hogareñas Marcos fue conociendo a Edgar, a quien apodaban Carnudo en el barrio, donde era una persona popular, pues había dedicado muchos años a los equipos de fútbol de la comunidad en la faceta de manager. El ingenio lingüístico del vulgo, que Marcos admiraba, volvía a ponerse de relieve con el apodo de Edgar, esta vez con el ingrediente de la ironía. Qué maravilla, motejaban Carnudo a un tipo fileño, magro, a un falto de carnes, como era Edgar en ese entonces. Así pues, el amor por el fútbol era otro elemento afín entre estos dos amigos hermanados por la literatura. Edgar era un afiebrado seguidor del DIM. Algún domingo de esos, acompañó a Marcos a Itaguí, donde este tenía que jugar un partido. Una sesión dedicada a las estructuras de la novela, la cantaleta de Estévez sobre escribir hechos y nada más que hechos, y algún verso de Unamuno atravesado entre comentarios y lecturas, sazonaban la rutina del taller. Edgar podía estar satisfecho, porque había escrito un buen cuento. Y eso que no consagraba a la escritura todo el tiempo y la disciplina requeridos. La vida se le iba en el trabajo y la familia. Leía bastante, pero no era muy puntual con las anotaciones en la agenda.

Un encuentro entre Edgar y Marcos podía darse de esta forma: Marcos lo visitaba en su oficina, le devolvía libros que le tenía en préstamo (Papá Goriot, de Balzac, Reflejos en tus ojos dorados, de Carson Mac Cullers, Franny and Zoe, de Salinger). Edgar lo invitaba a almorzar en la cafetería del edificio, vieja construcción de siete pisos, donde funcionaban joyerías, despachos de abogados, negocios de inversiones, de cambio de moneda, comercializadores de cueros y otros asuntos. Empleaban el ascensor para subir hasta la cafetería, ubicada en el quinto piso. El ascensor tenía mala facha, estaba despintado, mugriento. La cafetería estaba más arreglada. Comían bandeja con picada, arroz, lentejas, ensalada de huevo, plátano maduro, arepa. Un pelo crespo aparecía en la comida de Marcos, y este, mientras lo sacaba y lo ponía en el borde del plato aprovechaba la ocasión para bromear: “el trofeo”. La idea inicial consistía en ir a almorzar a casa de Edgar, pero este cambió de plan, aguardaba a una mujer que le enseñaría una ropa para su hija. Tras almorzar, bajaron a la oficina, donde había dos hombres maduros jugando cartas, a uno de los cuales Edgar llamó “patrón”. Llegó la señora de la ropa (a la que Marcos ya había visto antes allí) y todos salieron. Edgar y la mujer se dirigieron hacia Guayaquil (Edgar se quitó el reloj y lo guardó, para no sacrificarlo). Marcos se encaminó a su casa. Caminaron juntos hasta la esquina y los dos amigos se separaron con un apretón de manos. Edgar le prometió llamarlo el sábado. Pensaba organizar una velada.

Y así iba la vida.                 

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