*Buscando en sus cuadernos de
aquella época, Marcos halló a otro alumno del taller de Estévez. Se trataba de
Edgar Hincapié Arrubla, quien asistió un buen tiempo a las sesiones cuando
estas tenían lugar en la Biblioteca Pública Piloto, a las seis de la tarde. Por
esos días, Edgar descolló en el grupo con su cuento Afanes, que el maestro
elogió, prometiendo incluirlo en la Antología del cuento Antioqueño. Edgar
vivía en Villa Hermosa, tenía mujer, hijos. Trabajaba en el centro, en la
placita Uribe, atendiendo un negocio de cambio de moneda. Congeniaron como
condiscípulos de Estévez, y Marcos tuvo la oportunidad de visitarlo varias
veces en aquella placita de antiguos edificios, ornada con palmeras, donde
campeaba el busto del ilustre militar y político y en cuya esquina
suroccidental funcionaba esa famosa repostería, La Viña.
La pasión por la escritura había
echado raíces en este hombre menudo y vivaracho. Por aquellos días los negocios
iban bien, el dinero fluía, y Edgar era un maniático comprador de libros y de
obras de arte. Estaba orgulloso de su biblioteca, donde uno podía encontrar a
los cuentistas rusos, lo mismo que a Jerome David Salinger y a Mario Puzzo,
entre otras bellezas. Su oficina quedaba cerca del Pasaje la Bastilla, y los
libreros del sector, sabedores del gusto de Edgar por la literatura, le
llevaban títulos de toda laya, que este se apresuraba a adquirir. Mantenía una
bibliotequita en su despacho. Y siempre que Marcos lo visitaba, lo encontraba
leyendo. Edgar no tardó en llevar a Marcos a su casa, mostrándole sus
estanterías repletas de obras (ante las cuales Marcos no pudo más que lanzar
una exclamación de júbilo y sentir una
secreta envidia) e invitándolo a unos aguardientes. Marcos siempre salía de la
casa del amigo con algún libro excelente, como los Nueve cuentos, de Salinger,
autor que en ese tiempo le traía encantado.
En estas tertulias hogareñas
Marcos fue conociendo a Edgar, a quien apodaban Carnudo en el barrio, donde era
una persona popular, pues había dedicado muchos años a los equipos de fútbol de
la comunidad en la faceta de manager. El ingenio lingüístico del vulgo, que
Marcos admiraba, volvía a ponerse de relieve con el apodo de Edgar, esta vez
con el ingrediente de la ironía. Qué maravilla, motejaban Carnudo a un tipo
fileño, magro, a un falto de carnes, como era Edgar en ese entonces. Así pues,
el amor por el fútbol era otro elemento afín entre estos dos amigos hermanados
por la literatura. Edgar era un afiebrado seguidor del DIM. Algún domingo de
esos, acompañó a Marcos a Itaguí, donde este tenía que jugar un partido. Una
sesión dedicada a las estructuras de la novela, la cantaleta de Estévez sobre
escribir hechos y nada más que hechos, y algún verso de Unamuno atravesado
entre comentarios y lecturas, sazonaban la rutina del taller. Edgar podía estar
satisfecho, porque había escrito un buen cuento. Y eso que no consagraba a la
escritura todo el tiempo y la disciplina requeridos. La vida se le iba en el
trabajo y la familia. Leía bastante, pero no era muy puntual con las
anotaciones en la agenda.
Un encuentro entre Edgar y Marcos
podía darse de esta forma: Marcos lo visitaba en su oficina, le devolvía libros
que le tenía en préstamo (Papá Goriot, de Balzac, Reflejos en tus ojos dorados,
de Carson Mac Cullers, Franny and Zoe, de Salinger). Edgar lo invitaba a
almorzar en la cafetería del edificio, vieja construcción de siete pisos, donde
funcionaban joyerías, despachos de abogados, negocios de inversiones, de cambio
de moneda, comercializadores de cueros y otros asuntos. Empleaban el ascensor
para subir hasta la cafetería, ubicada en el quinto piso. El ascensor tenía
mala facha, estaba despintado, mugriento. La cafetería estaba más arreglada.
Comían bandeja con picada, arroz, lentejas, ensalada de huevo, plátano maduro,
arepa. Un pelo crespo aparecía en la comida de Marcos, y este, mientras lo
sacaba y lo ponía en el borde del plato aprovechaba la ocasión para bromear:
“el trofeo”. La idea inicial consistía en ir a almorzar a casa de Edgar, pero
este cambió de plan, aguardaba a una mujer que le enseñaría una ropa para su
hija. Tras almorzar, bajaron a la oficina, donde había dos hombres maduros
jugando cartas, a uno de los cuales Edgar llamó “patrón”. Llegó la señora de la
ropa (a la que Marcos ya había visto antes allí) y todos salieron. Edgar y la
mujer se dirigieron hacia Guayaquil (Edgar se quitó el reloj y lo guardó, para
no sacrificarlo). Marcos se encaminó a su casa. Caminaron juntos hasta la
esquina y los dos amigos se separaron con un apretón de manos. Edgar le prometió
llamarlo el sábado. Pensaba organizar una velada.
Y así iba la vida.
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