viernes, 11 de junio de 2021

Mi maestro XI

 

*Otro integrante del Taller de Estévez fue Joaquín Botero Berrío, estudiante de la Universidad de Antioquia, que empezó en sociología y acabó en comunicación social. Joaquín reconoce su deuda con el maestro. Ingresó en el círculo de Estévez cuando Marcos ya se apartaba de este. Joaquín era un muchacho de fino trato. Creció en un ambiente culto. Uno de sus placeres favoritos era comprar libros para acrecentar la biblioteca doméstica, herencia familiar. Marcos y Joaquín trabaron amistad por medio de un hermano del primero, que había sido compañero de colegio del segundo. El apego a la lectura y la devoción por los libros encauzaron y vitalizaron el nexo entre ambos. En la época en que Joaquín se hizo discípulo de Estévez, Marcos terminaba la carrera de español y literatura, y se había ido a vivir con una mujer en un apartamentico del centro, en Carabobo con Moore.

Allí lo visitaba Joaquín en sus inicios de pichón de escritor. Un fuerte apretón de mano demostraba la emoción del encuentro. Traía colgado su morral de universitario y vestía con distinguida traza juvenil. Por esa época lucía un hermoso abrigo rosa. Joaquín tomaba asiento en la pequeña mesa del comedor y examinaba los libros que ocasionalmente permanecían allí. Gustaba tenderse en la estera de la salita, junto al oblongo ventanal que daba a Moore y la iglesia Jesús Nazareno. En esa postura romana, platicaba con Marcos, mientras, distraídamente, se rascaba las pelotas. El diálogo sobre libros era sazonado con inesperados giros hacia confidencias y asuntos familiares. A Marcos le agradaba la molicie del joven, esa confianza de sentirse como en su propia casa.     

Marcos recordaba a Joaquín como un jovencito educado, que vivía a una cuadra de su casa, en Bello, y que a veces visitaba a su hermano. Eran muy amigos en ese tiempo. Eran unos pelaos alegres y revoltosos, que sabían encontrarle el humor a la vida. Cursaban noveno en el colegio La Salle, de donde Marcos había egresado igualmente. Marcos recién ingresaba a la universidad. Advirtió que Joaquín era distinto al resto de muchachos al ver que se las arreglaba para, apartándose un instante de estos, hablarle de libros y manifestarle inquietudes literarias. Sí, Joaquín, tenía una vena de introspección, había sido tocado por el numen.  

Esta tendencia a absorberse en el mundo del pensamiento y las letras hizo que Joaquín y Marcos congeniaran. Joaquín no dejó de ser amigo del hermano de Marcos, pero encontró en este, que era unos años mayor que él, la fraternidad en un gusto común, lo que otros llaman afinidad. Marcos era un individuo con un poco más de recorrido en un campo en el que Joaquín incursionaba, en ese orbe alucinado de la literatura. Cada vez fueron más frecuentes sus conversaciones sobre libros. En ocasiones, al salir de la universidad, Joaquín se arrimaba al apartamentico en el piso once del edificio de Carabobo con Moore y dialogaba con Marcos. Hablaban de Estévez y la dinámica del Taller. En ocasiones Joaquín leía a Marcos apuntes de su libreta. Joaquín tenía en su biblioteca novelas excelentes, y abastecía a Marcos, en calidad de préstamo, con joyas tales como El cuarteto de Alejandría, Del amor y otros demonios, Santuario, Luz de agosto, El sonido y la furia. Marcos venía guillado con Faulkner, y Joaquín le proveía en cantidad. Un día le obsequió un volumen de poemas de Emily Dickinson, con la siguiente dedicatoria: "para mi amigo, mentor y albacea testamentario, Marcos Pita, este obsequio que seguro le gustará. Cordialmente Joaquín A. Botero, 'Joaco'". Más tarde le regaló un libro de Raúl Gómez Jattin (Retratos, amanecer en el valle del Sinú, del amor), que dedicó así: "para mi amigo Marcos Pita, con mucho aprecio, Joaquín Botero".  

Por esos días, Marcos también le metía el diente a La montaña mágica, y soñaba con leer El hombre sin atributos, de Musil. Le hablaba mucho a Joaquín de esa novela. Ya había dado cuenta de Las tribulaciones del estudiante Torless, y quería leer El hombre sin atributos. Joaquín no tenía esa novela, de lo contrario, se la habría prestado. La novela de Musil constituyó desde entonces un vínculo sentimental entre los dos amigos, un referente de altos riscos donde es preciso que el águila anide. 

Joaquín se había mudado al barrio Manila, en el Poblado. Para esa época, su padre había muerto, y su madre se había ido a trabajar a los Estados Unidos. Joaquín vivía con su hermana, dos años mayor que él, y alquilaban una habitación a un universitario. Marcos lo visitó allí alguna vez y se dio gusto con esas bellezas de títulos que ennoblecían la biblioteca del amigo. Allí estaba Faulkner, libro por libro, y ese mundo árido, luminoso y trágico de sus personajes. Joaquín ya había viajado varias veces a los Estados Unidos, y preparaba su migración definitiva a ese país, que llegaría a ser su segunda patria. Por aquellos días Marcos y él alternaban bastante. Cierta noche Joaquín invitó a Marcos a beber una cerveza en la taberna La fuerza. En ese entonces La fuerza funcionaba en Palacé, una cuadra abajo del Parque Bolívar. Atronaban con una salsa de lo mejor, que dificultaba la tertulia. Pero los dos amigos reconocían los méritos de esas retumbantes sonoridades afrocaribeñas con que consentían a la clientela. En medio de ese sonido ensordecedor, Joaquín y Marcos hablaban de Kafka. Kafka era el escritor favorito de Marcos. Joaquín le confió que al fin se había decidido a leer la obra del escritor judío, que comenzaría por los Diarios, y Marcos lo alentó. Se sentían bien allí, bebiendo cerveza y hablando de literatura. Joaquín sentía fastidio de la gente de dedo parado, y lo tentaban los sitios del bajo mundo. La fuerza era puro “bajo mundo” y la música salsa profanaba con descaro los patrones del mundo burgués. Amaba el impulso de libertad y la osadía de esos cobres y esos cueros. Por esa época trabajaba en una pizzería, y acaso se sintiera un explotado.

Una de las anécdotas que Joaquín contó a Marcos en una de sus visitas al ático, versaba sobre un pasajero amorío en la universidad. Conoció a una chica en la cafetería. Le pareció hermosísima, a tal punto que no aguantó  el deseo de acercarse y hablarle. Estuvieron conversando un buen rato, entre la mutua simpatía y los buenos augurios. Joaquín quedó tan maravillado que se atrevió a pedirle a la muchacha su número telefónico. Ella no se lo negó. De pronto, la chica se disculpó, argumentando que debía irse. En efecto, se fue. Joaquín permaneció sentado. Cuál no sería su impresión al descubrir que esa bella y fascinante joven cojeaba. Sintió una tristeza desproporcionada, algo terrible, un odio contra la naturaleza, pero más contra sí mismo. En el acto supo que su relación futura con la muchacha se subordinaría al rumbo que tomaran sus prejuicios. Quedó desilusionado. Convino con Marcos en que el ser humano es débil y asqueroso.      

Siguiendo los pasos a su madre y a su hermana, Joaquín se fue a los Estados Unidos. Trabajó duro en distintos oficios, sobre todo como mensajero. No renunció al amor por las letras. Marcos lo recordaba como ese muchacho inexperto que se fiaba de su juicio como crítico literario. Años atrás estuvo en la misma condición de Joaquín, como un alma cándida, admirada, ávida de brújulas y voces de estímulo. Recordaba cómo alguna vez visitó en su oficina de la universidad a un respetado académico en pos de consejo y aliento. Le pidió que le recomendara un listado de libros de obligatoria lectura para un neófito. El profesor se excusó. No solía hacer ese tipo de sugerencias. Cada uno, a su turno, llega a sus libros. Estévez era distinto. Tras su aparente brusqueza y su escasa formación académica, se había tomado la delicadeza de elaborar un compendio de por lo menos cien obras que todo aspirante a escritor debía tener en cuenta. Desde la primera lección, Estévez entregaba este  catálogo al alumno.

Y Joaquín se hizo escritor. Su primer libro, Jardín en Chelsea, vio la luz en 2007, el mismo año en que veía la luz la Antología comentada del cuento antioqueño, de Estévez, una obra a la que el maestro dedicó años y años y que fue publicada póstuma. En Jardín en Chelsea, Joaquín comparte la vida de un inmigrante paisa que trabaja en un sofisticado café de Nueva York, el cual debe salir a entregar pedidos en bicicleta. Memorias de un delivery, su segundo libro, fue publicado en 2009, y el tercero, De Montenegro a Morristown, en 2014. En estas obras Joaquín luce como todo un experto en la crónica periodística, o género de no ficción. Posee un estilo limpio y anecdótico y ágil, con vetas de humor, dones que ya despuntaban cuando leía sus anotaciones de agenda a Marcos, en el apartamentico del piso once del edificio de Carabobo con Moore.                                  

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