*Otro integrante del Taller de
Estévez fue Joaquín Botero Berrío, estudiante de la Universidad de Antioquia,
que empezó en sociología y acabó en comunicación social. Joaquín reconoce su
deuda con el maestro. Ingresó en el círculo de Estévez cuando Marcos ya se
apartaba de este. Joaquín era un muchacho de fino trato. Creció en un ambiente
culto. Uno de sus placeres favoritos era comprar libros para acrecentar la
biblioteca doméstica, herencia familiar. Marcos y Joaquín trabaron amistad por
medio de un hermano del primero, que había sido compañero de colegio del
segundo. El apego a la lectura y la devoción por los libros encauzaron y
vitalizaron el nexo entre ambos. En la época en que Joaquín se hizo discípulo de
Estévez, Marcos terminaba la carrera de español y literatura, y se había ido a
vivir con una mujer en un apartamentico del centro, en Carabobo con Moore.
Allí lo visitaba Joaquín en sus
inicios de pichón de escritor. Un fuerte apretón de mano demostraba la emoción
del encuentro. Traía colgado su morral de universitario y vestía con
distinguida traza juvenil. Por esa época lucía un hermoso abrigo rosa. Joaquín
tomaba asiento en la pequeña mesa del comedor y examinaba los libros que
ocasionalmente permanecían allí. Gustaba tenderse en la estera de la salita,
junto al oblongo ventanal que daba a Moore y la iglesia Jesús Nazareno. En esa postura
romana, platicaba con Marcos, mientras, distraídamente, se rascaba las pelotas.
El diálogo sobre libros era sazonado con inesperados giros hacia confidencias y
asuntos familiares. A Marcos le agradaba la molicie del joven, esa confianza de
sentirse como en su propia casa.
Marcos recordaba a Joaquín como
un jovencito educado, que vivía a una cuadra de su casa, en Bello, y que a
veces visitaba a su hermano. Eran muy amigos en ese tiempo. Eran unos pelaos
alegres y revoltosos, que sabían encontrarle el humor a la vida. Cursaban
noveno en el colegio La Salle, de donde Marcos había egresado igualmente.
Marcos recién ingresaba a la universidad. Advirtió que Joaquín era distinto al
resto de muchachos al ver que se las arreglaba para, apartándose un instante de
estos, hablarle de libros y manifestarle inquietudes literarias. Sí, Joaquín, tenía
una vena de introspección, había sido tocado por el numen.
Esta tendencia a absorberse en el mundo del pensamiento y las letras hizo que Joaquín y Marcos congeniaran. Joaquín no dejó de ser amigo del hermano de Marcos, pero encontró en este, que era unos años mayor que él, la fraternidad en un gusto común, lo que otros llaman afinidad. Marcos era un individuo con un poco más de recorrido en un campo en el que Joaquín incursionaba, en ese orbe alucinado de la literatura. Cada vez fueron más frecuentes sus conversaciones sobre libros. En ocasiones, al salir de la universidad, Joaquín se arrimaba al apartamentico en el piso once del edificio de Carabobo con Moore y dialogaba con Marcos. Hablaban de Estévez y la dinámica del Taller. En ocasiones Joaquín leía a Marcos apuntes de su libreta. Joaquín tenía en su biblioteca novelas excelentes, y abastecía a Marcos, en calidad de préstamo, con joyas tales como El cuarteto de Alejandría, Del amor y otros demonios, Santuario, Luz de agosto, El sonido y la furia. Marcos venía guillado con Faulkner, y Joaquín le proveía en cantidad. Un día le obsequió un volumen de poemas de Emily Dickinson, con la siguiente dedicatoria: "para mi amigo, mentor y albacea testamentario, Marcos Pita, este obsequio que seguro le gustará. Cordialmente Joaquín A. Botero, 'Joaco'". Más tarde le regaló un libro de Raúl Gómez Jattin (Retratos, amanecer en el valle del Sinú, del amor), que dedicó así: "para mi amigo Marcos Pita, con mucho aprecio, Joaquín Botero".
Por esos
días, Marcos también le metía el diente a La montaña mágica, y soñaba con leer
El hombre sin atributos, de Musil. Le hablaba mucho a Joaquín de esa novela. Ya
había dado cuenta de Las tribulaciones del estudiante Torless, y quería leer El
hombre sin atributos. Joaquín no tenía esa novela, de lo contrario, se la
habría prestado. La novela de Musil constituyó desde entonces un vínculo
sentimental entre los dos amigos, un referente de altos riscos donde es preciso
que el águila anide.
Joaquín se había mudado al barrio
Manila, en el Poblado. Para esa época, su padre había muerto, y su madre se
había ido a trabajar a los Estados Unidos. Joaquín vivía con su hermana, dos
años mayor que él, y alquilaban una habitación a un universitario. Marcos lo
visitó allí alguna vez y se dio gusto con esas bellezas de títulos que
ennoblecían la biblioteca del amigo. Allí estaba Faulkner, libro por libro, y
ese mundo árido, luminoso y trágico de sus personajes. Joaquín ya había viajado
varias veces a los Estados Unidos, y preparaba su migración definitiva a ese
país, que llegaría a ser su segunda patria. Por aquellos días Marcos y él alternaban
bastante. Cierta noche Joaquín invitó a Marcos a beber una cerveza en la
taberna La fuerza. En ese entonces La fuerza funcionaba en Palacé, una cuadra
abajo del Parque Bolívar. Atronaban con una salsa de lo mejor, que dificultaba
la tertulia. Pero los dos amigos reconocían los méritos de esas retumbantes
sonoridades afrocaribeñas con que consentían a la clientela. En medio de ese
sonido ensordecedor, Joaquín y Marcos hablaban de Kafka. Kafka era el escritor
favorito de Marcos. Joaquín le confió que al fin se había decidido a leer la
obra del escritor judío, que comenzaría por los Diarios, y Marcos lo alentó. Se
sentían bien allí, bebiendo cerveza y hablando de literatura. Joaquín sentía
fastidio de la gente de dedo parado, y lo tentaban los sitios del bajo mundo.
La fuerza era puro “bajo mundo” y la música salsa profanaba con descaro los patrones
del mundo burgués. Amaba el impulso de libertad y la osadía de esos cobres y
esos cueros. Por esa época trabajaba en una pizzería, y acaso se sintiera un
explotado.
Una de las anécdotas que Joaquín
contó a Marcos en una de sus visitas al ático, versaba sobre un pasajero amorío
en la universidad. Conoció a una chica en la cafetería. Le pareció hermosísima,
a tal punto que no aguantó el deseo de
acercarse y hablarle. Estuvieron conversando un buen rato, entre la mutua
simpatía y los buenos augurios. Joaquín quedó tan maravillado que se atrevió a
pedirle a la muchacha su número telefónico. Ella no se lo negó. De pronto, la
chica se disculpó, argumentando que debía irse. En efecto, se fue. Joaquín
permaneció sentado. Cuál no sería su impresión al descubrir que esa bella y
fascinante joven cojeaba. Sintió una tristeza desproporcionada, algo terrible,
un odio contra la naturaleza, pero más contra sí mismo. En el acto supo que su
relación futura con la muchacha se subordinaría al rumbo que tomaran sus
prejuicios. Quedó desilusionado. Convino con Marcos en que el ser humano es
débil y asqueroso.
Siguiendo los pasos a su madre y
a su hermana, Joaquín se fue a los Estados Unidos. Trabajó duro en distintos
oficios, sobre todo como mensajero. No renunció al amor por las letras. Marcos
lo recordaba como ese muchacho inexperto que se fiaba de su juicio como crítico
literario. Años atrás estuvo en la misma condición de Joaquín, como un alma
cándida, admirada, ávida de brújulas y voces de estímulo. Recordaba cómo alguna
vez visitó en su oficina de la universidad a un respetado académico en pos de
consejo y aliento. Le pidió que le recomendara un listado de libros de
obligatoria lectura para un neófito. El profesor se excusó. No solía hacer ese
tipo de sugerencias. Cada uno, a su turno, llega a sus libros. Estévez era
distinto. Tras su aparente brusqueza y su escasa formación académica, se había
tomado la delicadeza de elaborar un compendio de por lo menos cien obras que
todo aspirante a escritor debía tener en cuenta. Desde la primera lección,
Estévez entregaba este catálogo al
alumno.
Y Joaquín se hizo escritor. Su
primer libro, Jardín en Chelsea, vio la luz en 2007, el mismo año en que veía
la luz la Antología comentada del cuento antioqueño, de Estévez, una obra a la
que el maestro dedicó años y años y que fue publicada póstuma. En Jardín en
Chelsea, Joaquín comparte la vida de un inmigrante paisa que trabaja en un
sofisticado café de Nueva York, el cual debe salir a entregar pedidos en
bicicleta. Memorias de un delivery, su segundo libro, fue publicado en 2009, y
el tercero, De Montenegro a Morristown, en 2014. En estas obras Joaquín luce
como todo un experto en la crónica periodística, o género de no ficción. Posee un
estilo limpio y anecdótico y ágil, con vetas de humor, dones que ya despuntaban
cuando leía sus anotaciones de agenda a Marcos, en el apartamentico del piso
once del edificio de Carabobo con Moore.
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