Así como he dicho que a Estévez era raro escucharlo hablar de política, de religión o de fútbol; que no recuerdo en sus escritos referencias al ajedrez, tema que ha apasionado a más de un escritor (en este momento recuerdo a Borges y a Pessoa, sus poemas en este sentido); debo decir también que muy pocas veces le oí apreciaciones sobre música, aspecto de la experiencia humana en que los escritores suelen deleitarse, y en el que algunos son unas verdaderas biblias (en este momento recuerdo a Alejo Carpentier y su novela Concierto barroco, y a Joyce, que era más que un entendido al respecto, y que en Ulises da suficiente prueba de ello). Sin embargo, una tarde, en la cafetería universitaria (Kokoriko, Guayaquil, donde el maestro tenía sus cuarteles de invierno), donde mataba el tiempo leyendo o escribiendo previo a la clase, una tarde, digo, en que Marcos lo acompañó por un rato (también estaba allí otro pupilo, del que Estévez aseguró que tenía madera), extrañamente, oyó a este conversar sobre música. Estévez solía ser parco en elogios. Así que si afirmaba que ese otro pupilo que estaba con ellos tenía madera, había que darlo por un hecho. Era con este muchacho, al que Marcos no conocía (pues ya se había retirado del taller) con quien Estévez hablaba de música.
La tecnología para escuchar música en aquellos años de 1990 venía apenas en el casete, y, claro, el long play. Pero era de casetes que Estévez y el pupilo dialogaban. Los casetes de entonces eran como el Spotyfy de hoy. Hoy las aplicaciones virtuales y los medios electrónicos para la recepción de la música alcanzan un alto grado de sofisticación. El cidí y la memoria se han quedado como una triste antigualla. Hoy existe el Bluetootl (que posibilita la transmisión de voz y datos entre distintos dispositivos) y los jóvenes andan pertrechados con su bafle y su Spotyfy. Metiendo un poquito la nariz en esta oferta, encuentra uno a Larg Player MP3 Player y a Powerful Music Player. Además está Deezer, ofrecida como una de las mejores aplicaciones gratuitas de música.
Somos del todo profanos en esta tecnología, aunque nos valemos de ella en lo posible, por lo general con el auxilio de nuestros hijos, que vuelan. El maestro y la gente de antes deben retorcerse en sus tumbas al solo anuncio de estas novedades. Estévez andaba con sus casetes, de esto se enteró Marcos como al acaso aquella tarde. Así pues que el maestro poseía un espíritu filarmónico, amaba la música. Marcos llegó al sitio cuando Estévez y el alumno se hallaban dialogando. Hablaban de casetes tomados en préstamo, devueltos, prometidos. Estévez debía tener con el préstamo de los casetes la misma precaución que con los libros. Esto es, anotar al deudor en su libreta, y soltarle material solo si había regresado el anterior. Era lo más cuerdo, en una cultura en que nos creemos a pies juntillas la frase popular de que el que presta música y libros de entrada va perdiendo. No se devuelven. Extraña y caprichosa costumbre, por no decir, censurable.
Marcos no podía esperar que el género de música del que Estévez hablaba con el estudiante fuese la salsa, que era lo que a él le hacía erizar la piel. La verdad, tampoco era de música clásica de lo que maestro y alumno conversaban. Demás que con respecto a la música clásica, Estévez debía poseer la cultura de un hombre leído, amante de la estética. Debía saber de Bach, de Beethoven, de Mozart, ¿cómo no? Pero es que tampoco hablaban de los cultos compositores y de los refinados compases, no. Hablaban de cantautores latinoamericanos. Estévez era un apasionado de Atahualpa Yupanqui. Marcos no esperaba encontrarse con esta joya. En ese momento entendió la afinidad entre Estévez y Blandón. Ambos profesaban afecto por esa música del continente dolida y desgarrada, que es un clamor de la tierra y un son contestatario. Ahora entendía un poco la sensibilidad de estos hombres de montaña, de riscos, de altitudes, almas un tanto amargadas, cavilosas, llagadas por una mortificación que no es de ahora, que patentiza el yugo español, colonialista.
Atahualpa Yupanqui, el cantautor argentino, cuyo verdadero nombre era Héctor Roberto Chavero (así como Héctor Lavoe se llamaba, realmente, Héctor Pérez, un tema de Héctores, vaya), este maestro se las traía. Marcos debía confesar su completa ignorancia sobre este género. Los intentos de Blandón por congeniarlo con esta tendencia musical, fueron del todo infructuosos. Igualmente, Marcos estaba seguro del mismo resultado adverso, con respecto al amigo, las veces en que trató de familiarizarlo con la salsa, aunque fue Blandón quien lo llevó por primera vez a la Titular, que en ese entonces quedaba por los puentes de la Oriental, entre Juan del Corral y Carabobo. Cuero namá.
Por el tiempo en que se daba esta conversación entre Estévez y su alumno, Atahualpa Yupanqui había muerto en Francia. Francia le había galardonado con distinciones honoríficas. Hay un cuento de Borges, El fin, donde se habla de un payador, de una guitarra, de un odio viejo y una venganza, un duelo en la llanura. Martín Fierro y el negro, Recabarren. Aunque conocía muy poco de la música de Atahualpa Yupanqui (se prometía escucharla, en honor a Estévez), Marcos adivinaba el sustrato de la historia borgiana, del gaucho, en la guitarra y la voz de Atahualpa. Y ese otro cuento de Borges, El sur, donde la faca vuelve y juega. No era distinto al tipo antioqueño, al montañero, de alma replegada y pronto a la venganza. Era el mismo aire andino, las mismas emociones, iguales tragedias. En Antioquia es el machete. Borges lo refina, el facón. Estévez debió hablarles en el taller de la muerte de Atahualpa (vaya nombre que escogió Roberto, el mero nombre era una confesión de rebeldía), aunque Marcos no lo recuerda. Cuántas cosas dolorosas se callaría Estévez, a quien en esos días también se le murió un hijo. De esto sí se acuerda Marcos, y de la tristeza del maestro, que envejeció diez años en un instante.
Era todo eso, Atahualpa, un rasgueo de guitarra, una queja. Marcos sintió que la música de Atahualpa era ese lugar recóndito, íntimo, personal, donde jamás podría alcanzar a Estévez, donde no podría competir con él, donde no podría espetarle: "te superé". Así como jamás podría alcanzar a Borges en sus sombras y en sus mundos de la otra orilla. Borges era un orillero. Solo con ese cuento, El fin, Borges establecía su amor por la música de su país. El payador. La payada. Tantas cosas que ignoramos, a las que nuestra sensibilidad no da albergue. Identidades, dirá alguien.
Aquella tarde en que Atahualpa cantaba desde los casetes (hoy canta desde Spotyfy), en que Estévez reveló a Marcos por qué Borges es un grande, cómo se inscribe la literatura en la cultura de una nación, cómo la música nos resarce del dolor, no faltó la anécdota coqueta. Una amiga de Marcos que pasaba por allí se detuvo a saludar a este con un beso en la mejilla. "Hola, profesor", dijo ella, saludando a Estévez. Risueño, pícaro, Estévez bromeó: "Me siento engañado, ¿dónde está mi beso?" Y todos celebraron la salida con una risa algo embarazada. La muchacha siguió su camino pronto, al advertir que los presentes se hallaban enzarzados en sus asuntos, y también algo intimidada por los alientos de gavilán de Estévez. De nuevo fue muy cariñosa con Marcos. Y de nuevo el maestro reclamó igual trato.
Estévez era enamoradizo.