lunes, 28 de junio de 2021

Mi maestro XIV

Así como he dicho que a Estévez era raro escucharlo hablar de política, de religión o de fútbol; que no recuerdo en sus escritos referencias al ajedrez, tema que ha apasionado a más de un escritor (en este momento recuerdo a Borges y a Pessoa, sus poemas en este sentido); debo decir también que muy pocas veces le oí apreciaciones sobre música, aspecto de la experiencia humana en que los escritores suelen deleitarse, y en el que algunos son unas verdaderas biblias (en este momento recuerdo a Alejo Carpentier y su novela Concierto barroco, y a Joyce, que era más que un entendido al respecto, y que en Ulises da suficiente prueba de ello). Sin embargo, una tarde,  en la cafetería universitaria (Kokoriko, Guayaquil, donde el maestro tenía sus cuarteles de invierno), donde mataba el tiempo leyendo o escribiendo previo a la clase, una tarde, digo, en que Marcos lo acompañó por un rato (también estaba allí otro pupilo, del que Estévez aseguró que tenía madera), extrañamente, oyó a este conversar sobre música. Estévez solía ser parco en elogios. Así que si afirmaba que ese otro pupilo que estaba con ellos tenía madera, había que darlo por un hecho. Era con este muchacho, al que Marcos no conocía (pues ya se había retirado del taller) con quien Estévez hablaba de música. 

La tecnología para escuchar música en aquellos años de 1990 venía apenas en el casete, y, claro, el long play. Pero era de casetes que Estévez y el pupilo dialogaban. Los casetes de entonces eran como el Spotyfy de hoy. Hoy las aplicaciones virtuales y los medios electrónicos para la recepción de la música alcanzan un alto grado de sofisticación. El cidí y la memoria se han quedado como una triste antigualla. Hoy existe el Bluetootl (que posibilita la transmisión de voz y datos entre distintos dispositivos) y los jóvenes andan pertrechados con su bafle y su Spotyfy. Metiendo un poquito la nariz en esta oferta, encuentra uno a Larg Player MP3 Player y a  Powerful Music Player. Además está Deezer, ofrecida como una de las mejores aplicaciones gratuitas de música. 

Somos del todo profanos en esta tecnología, aunque nos valemos de ella en lo posible, por lo general con el auxilio de nuestros hijos, que vuelan. El maestro y la gente de antes deben retorcerse en sus tumbas al solo anuncio de estas novedades. Estévez andaba con sus casetes, de esto se enteró Marcos como al acaso aquella tarde. Así pues que el maestro poseía un espíritu filarmónico, amaba la música. Marcos llegó al sitio cuando Estévez y el alumno se hallaban dialogando. Hablaban de casetes tomados en préstamo, devueltos, prometidos. Estévez debía tener con el préstamo de los casetes la misma precaución que con los libros. Esto es, anotar al deudor en su libreta, y soltarle material solo si había regresado el anterior. Era lo más cuerdo, en una cultura en que nos creemos a pies juntillas la frase popular de que el que presta música y libros de entrada va perdiendo. No se devuelven. Extraña y caprichosa costumbre, por no decir, censurable.

Marcos no podía esperar que el género de música del que Estévez hablaba con el estudiante fuese la salsa, que era lo que a él le hacía erizar la piel. La verdad, tampoco era de música clásica de lo que maestro y alumno conversaban. Demás que con respecto a la música clásica, Estévez debía poseer la cultura de un hombre leído, amante de la estética. Debía saber de Bach, de Beethoven, de Mozart, ¿cómo no? Pero es que tampoco hablaban de los cultos compositores y de los refinados compases, no. Hablaban de cantautores latinoamericanos. Estévez era un apasionado de Atahualpa Yupanqui. Marcos no esperaba encontrarse con esta joya. En ese momento entendió la afinidad entre Estévez y Blandón. Ambos profesaban afecto por esa música del continente dolida y desgarrada, que es un clamor de la tierra y un son contestatario. Ahora entendía un poco la sensibilidad de estos hombres de montaña, de riscos, de altitudes, almas un tanto amargadas, cavilosas, llagadas por una mortificación que no es de ahora, que patentiza el yugo español, colonialista. 

Atahualpa Yupanqui, el cantautor argentino, cuyo verdadero nombre era Héctor Roberto Chavero (así como Héctor Lavoe se llamaba, realmente, Héctor Pérez, un tema de Héctores, vaya), este maestro se las traía. Marcos debía confesar su completa ignorancia sobre este género. Los intentos de Blandón por congeniarlo con esta tendencia musical, fueron del todo infructuosos. Igualmente, Marcos estaba seguro del mismo resultado adverso, con respecto al amigo, las veces en que trató de familiarizarlo con la salsa, aunque fue Blandón quien lo llevó por primera vez a la Titular, que en ese entonces quedaba por los puentes de la Oriental, entre Juan del Corral y Carabobo. Cuero namá. 

Por el tiempo en que se daba esta conversación entre Estévez y su alumno, Atahualpa Yupanqui había muerto en Francia. Francia le había galardonado con distinciones honoríficas. Hay un cuento de Borges, El fin, donde se habla de un payador, de una guitarra, de un odio viejo y una venganza, un duelo en la llanura. Martín Fierro y el negro, Recabarren. Aunque conocía muy poco de la música de Atahualpa Yupanqui (se prometía escucharla, en honor a Estévez), Marcos adivinaba el sustrato de la historia borgiana, del gaucho, en la guitarra y la voz de Atahualpa. Y ese otro cuento de Borges, El sur, donde la faca vuelve y juega. No era distinto al tipo antioqueño, al montañero, de alma replegada y pronto a la venganza. Era el mismo aire andino, las mismas emociones, iguales tragedias. En Antioquia es el machete. Borges lo refina, el facón. Estévez debió hablarles en el taller de la muerte de Atahualpa (vaya nombre que escogió Roberto, el mero nombre era una confesión de rebeldía), aunque Marcos no lo recuerda. Cuántas cosas dolorosas se callaría Estévez, a quien en esos días también se le murió un hijo. De esto sí se acuerda Marcos, y de la tristeza del maestro, que envejeció diez años en un instante. 

Era todo eso, Atahualpa, un rasgueo de guitarra, una queja. Marcos sintió que la música de Atahualpa era ese lugar recóndito, íntimo, personal, donde jamás podría alcanzar a Estévez, donde no podría competir con él, donde no podría espetarle: "te superé". Así como jamás podría alcanzar a Borges en sus sombras y en sus mundos de la otra orilla. Borges era un orillero. Solo con ese cuento, El fin, Borges establecía su amor por la música de su país. El payador. La payada. Tantas cosas que ignoramos, a las que nuestra sensibilidad no da albergue. Identidades, dirá alguien.

Aquella tarde en que Atahualpa cantaba desde los casetes (hoy canta desde Spotyfy), en que Estévez reveló a Marcos por qué Borges es un grande, cómo se inscribe la literatura en la cultura de una nación, cómo la música nos resarce del dolor, no faltó la anécdota coqueta. Una amiga de Marcos que pasaba por allí se detuvo a saludar a este con un beso en la mejilla. "Hola, profesor", dijo ella, saludando a Estévez. Risueño, pícaro, Estévez bromeó: "Me siento engañado, ¿dónde está mi beso?" Y todos celebraron la salida con una risa algo embarazada. La muchacha siguió su camino pronto, al advertir que los presentes se hallaban enzarzados en sus asuntos, y también algo intimidada por los alientos de gavilán de Estévez. De nuevo fue muy cariñosa con Marcos. Y de nuevo el maestro reclamó igual trato. 

Estévez era enamoradizo.       

                                     

domingo, 27 de junio de 2021

Mi maestro XIII

Blandón fue quien llevó a Marcos al taller de Estévez. O, más bien, quien le exhortó a que se inscribiera, asegurándole que el maestro era un fresco, a quien no le importaba que un nuevo alumno se matriculara de manera extemporánea. Blandón conocía a Estévez desde el Politécnico, donde estudiaba construcciones civiles y donde Estévez dirigía otro taller de escritores. Alguna vez Marcos acompañó a Blandón a una sesión de Estévez en el Politécnico, y quizás fue allí donde convino matricularse con el maestro. Como el taller del Politécnico era solo para estudiantes de esa institución, Marcos optó por inscribirse en el taller de la Universidad de Antioquia, con sede en el Paraninfo. El taller de escritores de la Universidad de Antioquia tenía una oferta más abierta con respecto al público, y allí asistía un número heterogéneo de personas y profesiones, desde universitarios hasta amas de casa, pasando por médicos, secretarias, etcétera.

Las familias de Blandón y de Marcos vivían en el mismo edificio, en Bello, en un conjunto de cinco bloques de apartamentos que el Fondo Nacional del Ahorro construyó como solución de vivienda para empleados oficiales. El papá de Blandón era maestro; el de Marcos, radiotelegrafista adjunto al Ministerio de Hacienda. Blandón iniciaba la universidad cuando Marcos terminaba el bachillerato. El taller de escritores de Estévez le dio a Blandón la oportunidad de encauzar sus impulsos estéticos. Venía de Támesis, un pueblo del suroeste de Antioquia, por lo que era paisano del maestro. Su padre se hizo al apartamento en la ciudad para albergar a una buena camada de hijos en edad de estudios superiores. Así fue como Blandón y Marcos se conocieron y se hicieron amigos. Marcos leía a Dostoievski y a Kafka, y un día enseñó a Blandón un cuento extraño, con cierto aire con La Metamorfosis. Blandón le invitó a entrar al taller de Estévez. Blandón era un joven entusiasta de la literatura, de espíritu soñador y rebelde. Andaba de las greñas con su padre. Tenía el gusto de la aventura, y solía viajar haciendo autostop. Por esa época, los dos camaradas viajaron de ese modo aventurero a la Costa, donde Marcos tenía parientes. El agarrón con el papá fue grande cuando decidió abandonar su carrera del Politécnico para inscribirse a Medicina en la de Antioquia.

En ese tiempo Blandón vivía inmerso en el avispero de la cultura, los libros, las publicaciones, los cócteles. Formaba parte del comité editorial de una revista poética. Se codeaba con figuras como Estévez, Manuel Mejía Vallejo, José Libardo Porras, Diana Bernal, Everardo Rendón. Escribía poemas y conquistaba amores con sus versos. Preparaba su libro Elegías a Cristo. Leía la obra completa de Sartre. Le entusiasmaba la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Participaba en concursos literarios, y un día ganó el primer puesto en el Ciro Mendía. Avanzaba como pichón de médico. Se había apartado del taller de Estévez alegando que allí se coartaba la imaginación. No asistió más a las sesiones. Aún así, continuó siendo amigo de Estévez, al fin y al cabo eran paisanos. Estévez era férreo en la enseñanza de la técnica, no hacía concesiones a la inspiración. Su idea sobre el talento era que se conseguía con disciplina, día a día, trabajando. De vez en cuando aparecía un genio precoz, como Truman Capote, que a sus dieciocho años escribió una novela que lo catapultó a la fama (Otras voces, otros ámbitos), pero estos eran casos excepcionales, que se daban una vez en cincuenta o cien años. El grueso de la gente debía pagar el precio, esforzarse, echar los bofes. No, Estévez no creía en la inspiración. Transmitía este argumento a sus alumnos. Con la imaginación también tenía sus reservas. Su estilo era realista, fiel a los hechos. Blandón, que profesaba deliquios poéticos, no podía seguir en la línea de Estévez, algo seca y sarmentosa. Prefería una rama florida, la luz de los almendros en flor de Van Gogh, por ejemplo. Así que su paso por el taller fue breve. En ocasiones, como al descuido, se dejaba caer por allí, más en plan de observador, o por distraerse, que como catecúmeno. El espíritu y la emoción de Blandón se avenían más con la lírica, y Estévez dirigía su curso hacia la narrativa. A veces se cruzaba con Estévez en la u y se sentaba un momento a departir con él en la cafetería. Estévez debía tenerlo por un desertor o un renegado, pero prefería la sinceridad a todo. Pese a estas divergencias estilísticas, Blandón tenía a Estévez por una eminencia. un orgullo de Támesis, lo mismo que Porras y Everardo Rendón. Él también se incluía en este ramillete de escritores que ennoblecían el nombre de la patria chica. ¿Por qué no? En ocasiones organizaba eventos culturales (por lo general, el lanzamiento de una obra) y reunía en el pueblo a los paisanos letrados.

Había ido acendrando con los años este genio logístico. Era buen amigo. Con Marcos le había unido una amistad de toda la vida, de muchachos soñadores a viejos cansados y, quizás, desobligados de muchas cosas, incluso del cultivo de la amistad. Pero así era la vida. Siempre estaba al tanto del movimiento cultural, para compartirlo con presteza a los camaradas. Marcos lo recordaba al final de la carrera de Medicina, agobiado por el estudio y por la responsabilidad de pater responsabilis. Había embarazado a la novia. En esos días las disensiones de Blandón con su familia fueron muy ásperas. A la postre, había vencido. Se había graduado, enrolándose, luego, en la maquinaria laboral. Esos semestres finales de la carrera fueron una prueba de titanes. Marcos recuerda  cómo Blandón se alternaba con su compañera el disfrute del viernes cultural (salir a ver una película, quedarse bebiendo unas cervezas), ante el imperativo de cuidar a la bebé. Qué verriondera. Y recuerda también la promesa que los dos se hicieron en esos duros meses en que ella ya trabajaba de maestra y Blandón se veía a gatas para acabar su pregrado. Ella le ayudaría con las finanzas en este tiempo agotador y postrero de la carrera y, más tarde, cuando ganara bien como cirujano, él le costearía la especialización. Y con todo, habían salido adelante. Y Blandón no dejó de serle fiel a la literatura. Ya viejo, seguía escribiendo, publicando.                  

                

miércoles, 23 de junio de 2021

Mi maestro XII

 

*Buscando en sus cuadernos de aquella época, Marcos halló a otro alumno del taller de Estévez. Se trataba de Edgar Hincapié Arrubla, quien asistió un buen tiempo a las sesiones cuando estas tenían lugar en la Biblioteca Pública Piloto, a las seis de la tarde. Por esos días, Edgar descolló en el grupo con su cuento Afanes, que el maestro elogió, prometiendo incluirlo en la Antología del cuento Antioqueño. Edgar vivía en Villa Hermosa, tenía mujer, hijos. Trabajaba en el centro, en la placita Uribe, atendiendo un negocio de cambio de moneda. Congeniaron como condiscípulos de Estévez, y Marcos tuvo la oportunidad de visitarlo varias veces en aquella placita de antiguos edificios, ornada con palmeras, donde campeaba el busto del ilustre militar y político y en cuya esquina suroccidental funcionaba esa famosa repostería, La Viña.         

La pasión por la escritura había echado raíces en este hombre menudo y vivaracho. Por aquellos días los negocios iban bien, el dinero fluía, y Edgar era un maniático comprador de libros y de obras de arte. Estaba orgulloso de su biblioteca, donde uno podía encontrar a los cuentistas rusos, lo mismo que a Jerome David Salinger y a Mario Puzzo, entre otras bellezas. Su oficina quedaba cerca del Pasaje la Bastilla, y los libreros del sector, sabedores del gusto de Edgar por la literatura, le llevaban títulos de toda laya, que este se apresuraba a adquirir. Mantenía una bibliotequita en su despacho. Y siempre que Marcos lo visitaba, lo encontraba leyendo. Edgar no tardó en llevar a Marcos a su casa, mostrándole sus estanterías repletas de obras (ante las cuales Marcos no pudo más que lanzar una exclamación de júbilo  y sentir una secreta envidia) e invitándolo a unos aguardientes. Marcos siempre salía de la casa del amigo con algún libro excelente, como los Nueve cuentos, de Salinger, autor que en ese tiempo le traía encantado.

En estas tertulias hogareñas Marcos fue conociendo a Edgar, a quien apodaban Carnudo en el barrio, donde era una persona popular, pues había dedicado muchos años a los equipos de fútbol de la comunidad en la faceta de manager. El ingenio lingüístico del vulgo, que Marcos admiraba, volvía a ponerse de relieve con el apodo de Edgar, esta vez con el ingrediente de la ironía. Qué maravilla, motejaban Carnudo a un tipo fileño, magro, a un falto de carnes, como era Edgar en ese entonces. Así pues, el amor por el fútbol era otro elemento afín entre estos dos amigos hermanados por la literatura. Edgar era un afiebrado seguidor del DIM. Algún domingo de esos, acompañó a Marcos a Itaguí, donde este tenía que jugar un partido. Una sesión dedicada a las estructuras de la novela, la cantaleta de Estévez sobre escribir hechos y nada más que hechos, y algún verso de Unamuno atravesado entre comentarios y lecturas, sazonaban la rutina del taller. Edgar podía estar satisfecho, porque había escrito un buen cuento. Y eso que no consagraba a la escritura todo el tiempo y la disciplina requeridos. La vida se le iba en el trabajo y la familia. Leía bastante, pero no era muy puntual con las anotaciones en la agenda.

Un encuentro entre Edgar y Marcos podía darse de esta forma: Marcos lo visitaba en su oficina, le devolvía libros que le tenía en préstamo (Papá Goriot, de Balzac, Reflejos en tus ojos dorados, de Carson Mac Cullers, Franny and Zoe, de Salinger). Edgar lo invitaba a almorzar en la cafetería del edificio, vieja construcción de siete pisos, donde funcionaban joyerías, despachos de abogados, negocios de inversiones, de cambio de moneda, comercializadores de cueros y otros asuntos. Empleaban el ascensor para subir hasta la cafetería, ubicada en el quinto piso. El ascensor tenía mala facha, estaba despintado, mugriento. La cafetería estaba más arreglada. Comían bandeja con picada, arroz, lentejas, ensalada de huevo, plátano maduro, arepa. Un pelo crespo aparecía en la comida de Marcos, y este, mientras lo sacaba y lo ponía en el borde del plato aprovechaba la ocasión para bromear: “el trofeo”. La idea inicial consistía en ir a almorzar a casa de Edgar, pero este cambió de plan, aguardaba a una mujer que le enseñaría una ropa para su hija. Tras almorzar, bajaron a la oficina, donde había dos hombres maduros jugando cartas, a uno de los cuales Edgar llamó “patrón”. Llegó la señora de la ropa (a la que Marcos ya había visto antes allí) y todos salieron. Edgar y la mujer se dirigieron hacia Guayaquil (Edgar se quitó el reloj y lo guardó, para no sacrificarlo). Marcos se encaminó a su casa. Caminaron juntos hasta la esquina y los dos amigos se separaron con un apretón de manos. Edgar le prometió llamarlo el sábado. Pensaba organizar una velada.

Y así iba la vida.                 

viernes, 11 de junio de 2021

Mi maestro XI

 

*Otro integrante del Taller de Estévez fue Joaquín Botero Berrío, estudiante de la Universidad de Antioquia, que empezó en sociología y acabó en comunicación social. Joaquín reconoce su deuda con el maestro. Ingresó en el círculo de Estévez cuando Marcos ya se apartaba de este. Joaquín era un muchacho de fino trato. Creció en un ambiente culto. Uno de sus placeres favoritos era comprar libros para acrecentar la biblioteca doméstica, herencia familiar. Marcos y Joaquín trabaron amistad por medio de un hermano del primero, que había sido compañero de colegio del segundo. El apego a la lectura y la devoción por los libros encauzaron y vitalizaron el nexo entre ambos. En la época en que Joaquín se hizo discípulo de Estévez, Marcos terminaba la carrera de español y literatura, y se había ido a vivir con una mujer en un apartamentico del centro, en Carabobo con Moore.

Allí lo visitaba Joaquín en sus inicios de pichón de escritor. Un fuerte apretón de mano demostraba la emoción del encuentro. Traía colgado su morral de universitario y vestía con distinguida traza juvenil. Por esa época lucía un hermoso abrigo rosa. Joaquín tomaba asiento en la pequeña mesa del comedor y examinaba los libros que ocasionalmente permanecían allí. Gustaba tenderse en la estera de la salita, junto al oblongo ventanal que daba a Moore y la iglesia Jesús Nazareno. En esa postura romana, platicaba con Marcos, mientras, distraídamente, se rascaba las pelotas. El diálogo sobre libros era sazonado con inesperados giros hacia confidencias y asuntos familiares. A Marcos le agradaba la molicie del joven, esa confianza de sentirse como en su propia casa.     

Marcos recordaba a Joaquín como un jovencito educado, que vivía a una cuadra de su casa, en Bello, y que a veces visitaba a su hermano. Eran muy amigos en ese tiempo. Eran unos pelaos alegres y revoltosos, que sabían encontrarle el humor a la vida. Cursaban noveno en el colegio La Salle, de donde Marcos había egresado igualmente. Marcos recién ingresaba a la universidad. Advirtió que Joaquín era distinto al resto de muchachos al ver que se las arreglaba para, apartándose un instante de estos, hablarle de libros y manifestarle inquietudes literarias. Sí, Joaquín, tenía una vena de introspección, había sido tocado por el numen.  

Esta tendencia a absorberse en el mundo del pensamiento y las letras hizo que Joaquín y Marcos congeniaran. Joaquín no dejó de ser amigo del hermano de Marcos, pero encontró en este, que era unos años mayor que él, la fraternidad en un gusto común, lo que otros llaman afinidad. Marcos era un individuo con un poco más de recorrido en un campo en el que Joaquín incursionaba, en ese orbe alucinado de la literatura. Cada vez fueron más frecuentes sus conversaciones sobre libros. En ocasiones, al salir de la universidad, Joaquín se arrimaba al apartamentico en el piso once del edificio de Carabobo con Moore y dialogaba con Marcos. Hablaban de Estévez y la dinámica del Taller. En ocasiones Joaquín leía a Marcos apuntes de su libreta. Joaquín tenía en su biblioteca novelas excelentes, y abastecía a Marcos, en calidad de préstamo, con joyas tales como El cuarteto de Alejandría, Del amor y otros demonios, Santuario, Luz de agosto, El sonido y la furia. Marcos venía guillado con Faulkner, y Joaquín le proveía en cantidad. Un día le obsequió un volumen de poemas de Emily Dickinson, con la siguiente dedicatoria: "para mi amigo, mentor y albacea testamentario, Marcos Pita, este obsequio que seguro le gustará. Cordialmente Joaquín A. Botero, 'Joaco'". Más tarde le regaló un libro de Raúl Gómez Jattin (Retratos, amanecer en el valle del Sinú, del amor), que dedicó así: "para mi amigo Marcos Pita, con mucho aprecio, Joaquín Botero".  

Por esos días, Marcos también le metía el diente a La montaña mágica, y soñaba con leer El hombre sin atributos, de Musil. Le hablaba mucho a Joaquín de esa novela. Ya había dado cuenta de Las tribulaciones del estudiante Torless, y quería leer El hombre sin atributos. Joaquín no tenía esa novela, de lo contrario, se la habría prestado. La novela de Musil constituyó desde entonces un vínculo sentimental entre los dos amigos, un referente de altos riscos donde es preciso que el águila anide. 

Joaquín se había mudado al barrio Manila, en el Poblado. Para esa época, su padre había muerto, y su madre se había ido a trabajar a los Estados Unidos. Joaquín vivía con su hermana, dos años mayor que él, y alquilaban una habitación a un universitario. Marcos lo visitó allí alguna vez y se dio gusto con esas bellezas de títulos que ennoblecían la biblioteca del amigo. Allí estaba Faulkner, libro por libro, y ese mundo árido, luminoso y trágico de sus personajes. Joaquín ya había viajado varias veces a los Estados Unidos, y preparaba su migración definitiva a ese país, que llegaría a ser su segunda patria. Por aquellos días Marcos y él alternaban bastante. Cierta noche Joaquín invitó a Marcos a beber una cerveza en la taberna La fuerza. En ese entonces La fuerza funcionaba en Palacé, una cuadra abajo del Parque Bolívar. Atronaban con una salsa de lo mejor, que dificultaba la tertulia. Pero los dos amigos reconocían los méritos de esas retumbantes sonoridades afrocaribeñas con que consentían a la clientela. En medio de ese sonido ensordecedor, Joaquín y Marcos hablaban de Kafka. Kafka era el escritor favorito de Marcos. Joaquín le confió que al fin se había decidido a leer la obra del escritor judío, que comenzaría por los Diarios, y Marcos lo alentó. Se sentían bien allí, bebiendo cerveza y hablando de literatura. Joaquín sentía fastidio de la gente de dedo parado, y lo tentaban los sitios del bajo mundo. La fuerza era puro “bajo mundo” y la música salsa profanaba con descaro los patrones del mundo burgués. Amaba el impulso de libertad y la osadía de esos cobres y esos cueros. Por esa época trabajaba en una pizzería, y acaso se sintiera un explotado.

Una de las anécdotas que Joaquín contó a Marcos en una de sus visitas al ático, versaba sobre un pasajero amorío en la universidad. Conoció a una chica en la cafetería. Le pareció hermosísima, a tal punto que no aguantó  el deseo de acercarse y hablarle. Estuvieron conversando un buen rato, entre la mutua simpatía y los buenos augurios. Joaquín quedó tan maravillado que se atrevió a pedirle a la muchacha su número telefónico. Ella no se lo negó. De pronto, la chica se disculpó, argumentando que debía irse. En efecto, se fue. Joaquín permaneció sentado. Cuál no sería su impresión al descubrir que esa bella y fascinante joven cojeaba. Sintió una tristeza desproporcionada, algo terrible, un odio contra la naturaleza, pero más contra sí mismo. En el acto supo que su relación futura con la muchacha se subordinaría al rumbo que tomaran sus prejuicios. Quedó desilusionado. Convino con Marcos en que el ser humano es débil y asqueroso.      

Siguiendo los pasos a su madre y a su hermana, Joaquín se fue a los Estados Unidos. Trabajó duro en distintos oficios, sobre todo como mensajero. No renunció al amor por las letras. Marcos lo recordaba como ese muchacho inexperto que se fiaba de su juicio como crítico literario. Años atrás estuvo en la misma condición de Joaquín, como un alma cándida, admirada, ávida de brújulas y voces de estímulo. Recordaba cómo alguna vez visitó en su oficina de la universidad a un respetado académico en pos de consejo y aliento. Le pidió que le recomendara un listado de libros de obligatoria lectura para un neófito. El profesor se excusó. No solía hacer ese tipo de sugerencias. Cada uno, a su turno, llega a sus libros. Estévez era distinto. Tras su aparente brusqueza y su escasa formación académica, se había tomado la delicadeza de elaborar un compendio de por lo menos cien obras que todo aspirante a escritor debía tener en cuenta. Desde la primera lección, Estévez entregaba este  catálogo al alumno.

Y Joaquín se hizo escritor. Su primer libro, Jardín en Chelsea, vio la luz en 2007, el mismo año en que veía la luz la Antología comentada del cuento antioqueño, de Estévez, una obra a la que el maestro dedicó años y años y que fue publicada póstuma. En Jardín en Chelsea, Joaquín comparte la vida de un inmigrante paisa que trabaja en un sofisticado café de Nueva York, el cual debe salir a entregar pedidos en bicicleta. Memorias de un delivery, su segundo libro, fue publicado en 2009, y el tercero, De Montenegro a Morristown, en 2014. En estas obras Joaquín luce como todo un experto en la crónica periodística, o género de no ficción. Posee un estilo limpio y anecdótico y ágil, con vetas de humor, dones que ya despuntaban cuando leía sus anotaciones de agenda a Marcos, en el apartamentico del piso once del edificio de Carabobo con Moore.