*Entre los compañeros del Taller
que Marcos recuerda, está Luis Carlos,
que sentía pánico ante la página en blanco. Estudiaba medicina. Estaba lleno de
miedos y titubeos. En una sesión había leído un texto ante Estévez y un
reducido grupo. En verdad que causó bochorno con sus rubores y excusas
constantes. Parecía acomplejado. Se veía lleno de escrúpulos. Y en realidad,
escribía bien. Hacía buen uso del lenguaje. ¿Qué temía, pues? Su relato era
autobiográfico. Decía sentir pavor a ir más lejos, y se detenía, y se iba en
reiteraciones y rodeos. Decepcionó al auditorio, no tanto por la calidad de su
escrito, como por ese histerismo tonto, cuya base era una tremenda inseguridad.
Era extraño, porque Luis Carlos era, de ordinario, un tipo sociable y
comunicativo, diríase que hasta exultante, y harto risueño. Era una autoridad
en cuestiones de música colombiana y, gracias a él, Marcos conoció a Luis
Antonio Calvo, el Maestro de Los Intermezzos. ¿Qué clase de individuo era en el
fondo? Marcos se dijo que el problema de Luis Carlos debía de ser su prevención
ante la crítica y su temor al fracaso. Estévez obvió cualquier opinión ante ese
drama, habló elogiosamente del relato en sí y dio el turno a Zaida.
Zaida nunca cumplía con la tarea,
pero zanjaba cualquier deudilla con su sonrisa, que traía loco a Estévez. El pintor, de nutrida barba, siempre daba en el blanco, así que no había
líos con él. Era un hombre añoso, jovial.
Doña Misterio estaba entre
ellos como una hada madrina sin varita mágica, con su eterna y benévola
sonrisa. No incidía en nada. Era una especie de adorno, una reliquia, un tótem.
Espitia, el periodista, era un poco
torpe para expresar sus ideas oralmente, se enredaba. Vivía amparado en su
prestigio de columnista. Por costumbre, leía un texto a publicar o uno publicado
en El colombiano. Estévez se alzaba de hombros. Era poco lo que debía corregir
a Espitia. Este iba al Taller solo
por vanidad, a esponjarse. Marcos miraba al grupo y se preguntaba si de allí
saldría un gran escritor. En la sonrisa inefable de Doña Misterio creyó leer
una respuesta. El asunto estribaba en sostenerse hasta lo último. Las deserciones
estaban a la orden del día. Aquel muchacho alto y claro, Iván, el que escribía
poemas, no había regresado. Según se comentó, fue apresado durante una marcha
estudiantil. La policía lo sorprendió con aerosol en su mochila y se lo
llevaron. Lo devolvieron del calabozo hecho un bagazo, un autómata. Se mudó de
ciudad.
¡Cuántos alumnos pasaron por el
taller en los años en que Marcos estuvo matriculado! Blandón, pichón de médico,
que fue quien le ponderó a Estévez y lo impulsó a inscribirse. Diana Bernal,
que estudiaba periodismo en la UPB y acabó yéndose a Bogotá. El viejo al que
Estévez siempre postergaba. Rostros de un día, que no dejaron huella. Caridad,
que una vez rompió en llanto en plena sesión. Ramón, el de la voz aniñada, que
estudiaba comunicación social y que terminó yéndose a vivir a Pereira.
Mercedes, que solía acompañar a Ramón. Rubén Darío, que lucía una hermosa
barba, delicado y sensible, que trabajaba en un taller de diseño gráfico. Uno
al que Marcos apodaba el Filósofo, y que una vez leyó un cuento titulado Por un
carisellazo. Y bueno, el Carnudo, con su cuento Afanes, texto que gustó de tal
modo a Estévez que se quedó con él y prometió incluirlo en su proyectada
antología. Tantos condiscípulos. Algunos de los que Marcos solo conserva el
nombre escueto (“Álvaro”), pero del que no tenía más detalles. Otros, a los que
un apunte breve salvó de perderse en el limbo. Por ejemplo, Teresa Penagos, con
su cuento Solo para hombres. Anécdotas, relatos, crónicas, cuentos, intentos de
novela, cuánta prosa, cuántas historias burbujearon en el profano espacio del
taller, que, sin embargo, tenía un toque de sacralidad. Bibiana, Nubia, Carlos,
tantos nombres. Amas de casa, oficinistas, abogados, médicos, periodistas,
estudiantes, profesores, artistas, diversa y extravagante personalia dimanada
del amplio y polimorfo mundo de la ciudad.
El Carnudo afirma que Jorge
Franco (que se hizo famoso por su novela Rosario Tijeras) pasó por el taller de
Estévez. Marcos no lo recuerda. El Carnudo dice: “era un joven muy recatadito y
callado, que casi no se atrevía a leer, pero que cuando lo hacía, mostraba
talento”. Y claro, José Libardo Porras, de una época más temprana, cuando
Marcos ni siquiera pensaba en matricularse con Estévez. De esa su época, Marcos
se acuerda de un condiscípulo con un estilo rebuscado y altisonante. Se llamaba
Aníbal y se pavoneaba con el diccionario María Moliner y esas cosas. También
asistía a la sesión un tocayo del Carnudo, Edgar, que era algo adamado,
regordete, bajito, moreno, que amaba declamar poesía negra. En el tremedal de
la memoria, algunos rostros volvían con precisión, otros permanecían en la
niebla. El Carnudo asegura que Luis Fernando Macías también fue del taller de
Estévez, que solía asistir en compañía de Espitia, pero Marcos tampoco lo
recuerda. Sí recuerda a Aníbal, el coloradote y añoso y presuntuoso del léxico
pedante. Recuerda a Olga, una que era doctora o estudiaba medicina. Recuerda a
Mario León, el escultor, que tenía un verbo muy suyo para designar el acto de
escribir: “rayar”. “¿Rayando mucho?”, era la pregunta fatal que espetaba al
cruzarse con uno.