lunes, 31 de mayo de 2021

Mi maestro X

*Entre los compañeros del Taller que Marcos recuerda, está Luis Carlos, que sentía pánico ante la página en blanco. Estudiaba medicina. Estaba lleno de miedos y titubeos. En una sesión había leído un texto ante Estévez y un reducido grupo. En verdad que causó bochorno con sus rubores y excusas constantes. Parecía acomplejado. Se veía lleno de escrúpulos. Y en realidad, escribía bien. Hacía buen uso del lenguaje. ¿Qué temía, pues? Su relato era autobiográfico. Decía sentir pavor a ir más lejos, y se detenía, y se iba en reiteraciones y rodeos. Decepcionó al auditorio, no tanto por la calidad de su escrito, como por ese histerismo tonto, cuya base era una tremenda inseguridad. Era extraño, porque Luis Carlos era, de ordinario, un tipo sociable y comunicativo, diríase que hasta exultante, y harto risueño. Era una autoridad en cuestiones de música colombiana y, gracias a él, Marcos conoció a Luis Antonio Calvo, el Maestro de Los Intermezzos. ¿Qué clase de individuo era en el fondo? Marcos se dijo que el problema de Luis Carlos debía de ser su prevención ante la crítica y su temor al fracaso. Estévez obvió cualquier opinión ante ese drama, habló elogiosamente del relato en sí y dio el turno a Zaida.

Zaida nunca cumplía con la tarea, pero zanjaba cualquier deudilla con su sonrisa, que traía loco a Estévez. El pintor, de nutrida barba,  siempre daba en el blanco, así que no había líos con él. Era un hombre añoso, jovial.  Doña Misterio estaba entre ellos como una hada madrina sin varita mágica, con su eterna y benévola sonrisa. No incidía en nada. Era una especie de adorno, una reliquia, un tótem. Espitia, el periodista, era un poco torpe para expresar sus ideas oralmente, se enredaba. Vivía amparado en su prestigio de columnista. Por costumbre, leía un texto a publicar o uno publicado en El colombiano. Estévez se alzaba de hombros. Era poco lo que debía corregir a Espitia. Este iba al Taller solo por vanidad, a esponjarse. Marcos miraba al grupo y se preguntaba si de allí saldría un gran escritor. En la sonrisa inefable de Doña Misterio creyó leer una respuesta. El asunto estribaba en sostenerse hasta lo último. Las deserciones estaban a la orden del día. Aquel muchacho alto y claro, Iván, el que escribía poemas, no había regresado. Según se comentó, fue apresado durante una marcha estudiantil. La policía lo sorprendió con aerosol en su mochila y se lo llevaron. Lo devolvieron del calabozo hecho un bagazo, un autómata. Se mudó de ciudad.

¡Cuántos alumnos pasaron por el taller en los años en que Marcos estuvo matriculado! Blandón, pichón de médico, que fue quien le ponderó a Estévez y lo impulsó a inscribirse. Diana Bernal, que estudiaba periodismo en la UPB y acabó yéndose a Bogotá. El viejo al que Estévez siempre postergaba. Rostros de un día, que no dejaron huella. Caridad, que una vez rompió en llanto en plena sesión. Ramón, el de la voz aniñada, que estudiaba comunicación social y que terminó yéndose a vivir a Pereira. Mercedes, que solía acompañar a Ramón. Rubén Darío, que lucía una hermosa barba, delicado y sensible, que trabajaba en un taller de diseño gráfico. Uno al que Marcos apodaba el Filósofo, y que una vez leyó un cuento titulado Por un carisellazo. Y bueno, el Carnudo, con su cuento Afanes, texto que gustó de tal modo a Estévez que se quedó con él y prometió incluirlo en su proyectada antología. Tantos condiscípulos. Algunos de los que Marcos solo conserva el nombre escueto (“Álvaro”), pero del que no tenía más detalles. Otros, a los que un apunte breve salvó de perderse en el limbo. Por ejemplo, Teresa Penagos, con su cuento Solo para hombres. Anécdotas, relatos, crónicas, cuentos, intentos de novela, cuánta prosa, cuántas historias burbujearon en el profano espacio del taller, que, sin embargo, tenía un toque de sacralidad. Bibiana, Nubia, Carlos, tantos nombres. Amas de casa, oficinistas, abogados, médicos, periodistas, estudiantes, profesores, artistas, diversa y extravagante personalia dimanada del amplio y polimorfo mundo de la ciudad.          

El Carnudo afirma que Jorge Franco (que se hizo famoso por su novela Rosario Tijeras) pasó por el taller de Estévez. Marcos no lo recuerda. El Carnudo dice: “era un joven muy recatadito y callado, que casi no se atrevía a leer, pero que cuando lo hacía, mostraba talento”. Y claro, José Libardo Porras, de una época más temprana, cuando Marcos ni siquiera pensaba en matricularse con Estévez. De esa su época, Marcos se acuerda de un condiscípulo con un estilo rebuscado y altisonante. Se llamaba Aníbal y se pavoneaba con el diccionario María Moliner y esas cosas. También asistía a la sesión un tocayo del Carnudo, Edgar, que era algo adamado, regordete, bajito, moreno, que amaba declamar poesía negra. En el tremedal de la memoria, algunos rostros volvían con precisión, otros permanecían en la niebla. El Carnudo asegura que Luis Fernando Macías también fue del taller de Estévez, que solía asistir en compañía de Espitia, pero Marcos tampoco lo recuerda. Sí recuerda a Aníbal, el coloradote y añoso y presuntuoso del léxico pedante. Recuerda a Olga, una que era doctora o estudiaba medicina. Recuerda a Mario León, el escultor, que tenía un verbo muy suyo para designar el acto de escribir: “rayar”. “¿Rayando mucho?”, era la pregunta fatal que espetaba al cruzarse con uno.          


viernes, 21 de mayo de 2021

Mi maestro IX

*Ahora, de vez en cuando, Estévez le hacía objeto de ese brusco puñetazo en el hombro con que tomaba por sorpresa a los alumnos de su confianza. Era su modo de mostrar el aprecio, el verdadero aprecio. Era una insólita manera de expresar el afecto. El Carnudo y Marcos llegaron a hablar de estas extrañas manifestaciones de amistad del maestro: ambos las sufrieron. Sí, sufrieron. “Sufrir” es el verbo que se impone ante el acto extravagante con que el pelicano les demostraba que los quería. El puñetazo causaba más impacto (y dolor) dado que, por lo general, tomaba desprevenida a la “víctima”.  Era su modo de saludar. Había que estar ojo avizor contra efusiones tan bruscas. Era un hombre de gran vigor físico, y era evidente que estaba orgulloso de tal fortaleza. Marcos se sobaba (aturrullado, perplejo), porque el tipo pegaba duro, pero a la vez se sonreía y se sentía a gusto por haber conquistado la amistad de un ser tan hosco en apariencia. En la vida ordinaria de este individuo insociable debían de ser raros estos momentos de apertura que, por masoquista que parezca, los magullados por el golpe tomaban como una dádiva el salvaje saludo. Combinaba los puñetazos sorpresivos con juguetones amagos de boxeo, pero estos últimos los empleaba en medio de la charla o al despedirse. Así esa vez en que, habiendo finalizado la carrera, Marcos se cruzó con él en la u. El maestro andaba de un genio acre, y su rostro era la imagen del desencanto. Reiniciaba el Taller, luego del receso de vacaciones. “Otra vez en este mierdero”, dijo. Su estampa abrumada no fue impedimento para que se mostrara gentil con Marcos. “¿ha buscado algo?”, le preguntó al joven, cuando este le declaró que urgía un empleo. Ante su réplica afirmativa, no pudo evitar el desabrimiento de Estévez: “sí, porque del cielo no le va a caer”.  Marcos le confió que había enviado su hoja de vida a varios colegios. Estévez se ofreció a darle una carta de recomendación cuando la requiriera. Marcos se lo agradeció. Fue entonces cuando le lanzó un jab amistoso. A Marcos siempre le gustó el boxeo, su léxico, sus tecnicismos.  De niño, en la escuela, gozaba cuando el profesor los ponía a boxear. Uno quedaba en suspenso, en un feliz desconcierto, ante ese juego pugilístico del viejo. A Marcos le entristeció su cansancio, que todavía la necesidad lo obligara al trajín de la cátedra, cuando lo que él deseaba era dedicarle todo su tiempo a la literatura. Se preguntó cuánto le faltaría para pensionarse, si había sido lo suficientemente organizado para ir cotizando. Lo vio ingresar al auditorio con su bolso de cuero, su agenda y su camada de discípulos detrás. Entre estos Marcos distinguió dos o tres rostros conocidos. Olimpo, por ejemplo(al que, en chanza, llamaba El inmortal), con su inevitable chaqueta azul de estilo deportivo. Pensó que la desgana y la acritud del maestro se descargaría, quieras que no, contra algunos de sus alumnos. Conocía lo mal dispuesto que el viejo estaba con Olimpo, cómo lo postergaba cada que alistaba sus hojas para leer. Le dio pena por Olimpo, que no desistía, a pesar del trato desconsiderado del maestro. Sí, qué mierdero, se dijo Marcos, viendo todo aquello como una inexplicable relación sadomasoquista. El placer y el sufrir. Los fuertes puñetazos directos al hombro, los jab juguetones. Cómo unas palabras te llevan a la cúspide, y cómo el más ligero desdén te sume en la derrota. Se acordó de Arturo (el amigo de infancia que atendía un puesto de papitas fritas en el Parque Bolívar) y el Zarco, de sus bromas celebradas con puñetazos en el hombro. Se la pasaban contándose chistes, y festejaban los más exitosos con un puñetazo del escucha al narrador. Extraño rito de diversión y barbarie. Olimpo siempre escribía en hojas. Era el primero en llegar a la sesión, con media hora de adelanto. Era el más ansioso para leer, pero Estévez no le daba chance, le cortaba las ganas. Y, a pesar de todo, se decía Marcos,  había que tener gratitud. Porque muchas ocasiones uno no asistía al taller por ver una lección, por dominar la técnica de la novela o por esponjarse con sus escritos, sino por disipar la angustia que lo apretaba, para buscarse a sí mismo a través de los otros y sus búsquedas, de sus triunfos y sus fracasos. Y hallaba allí a Estévez, esa mole de voluntad y fuerza. Esa montaña de intrincados caminos y vericuetos, pero también de suaves descansos y abrigadas arboledas. Estévez era un hombre que amaba la literatura, y había entregado su vida a esa disciplina. En este sentido, era un individuo con una pasión auténtica y avasalladora. De ahí que Marcos sintiera como un golpe bajo el comentario de la profesora Lucía Gómez, cuando afirmó que Estévez le parecía, definitivamente, un escritor muy flojo. Y añadió que ella no se consideraba escritora, que no tenía madera para eso, que lo suyo era la crítica literaria y el cine (“¡Soy cineasta a morir!”). Marcos había estado varias veces en la oficina del cuarto piso que Lucía compartía con otra profesora, siempre en plan de recibir asesoría académica. Le llamaban la atención los dos poemas que colgaban en la pared detrás de su escritorio, uno de Emily Dickinson y otro de Quevedo. Los textos aparecían ampliados, con viñetas y enmarcados en madera y vidrio. El de Emily Dickinson no tenía título. Era ese que dice “una cinta de seda no te salvará del abismo, lo hará una soga, pero como suvenir una soga no es bella”. El de Quevedo se titulaba Amor constante más allá de la muerte. En la repisa de los libros, un portarretrato con la fotografía de un hombre, al que ella denominada “mi amor”. El de Lucía era un escritorio amplio y confortable, tras el que se sentaba con la seguridad que brindan varios lustros de disfrute de un cargo importante. Marcos olía todo esto en la mirada complacida que se refugiaba tras las gafas de la profesora. En la amenidad y la soltura de la mujer, Marcos percibía la sagacidad de saber granjearse una posición y la constancia de atenerse a una vida acomodaticia. Desde su sillón perpetuo la profesora podía darse el lujo de ser amable y ostentar modestia. El lánguido aroma de su perfume, el sutil polvo en su rostro, las arruguitas inevitables, la delicada evolución de sus manos gordezuelas, todo en ella favorecía la imagen de la mesura y el decoro. Todavía tenía un cuerpo duro, tal vez conservado a punta de gimnasio. Un cuerpo como un libro de gran volumen, cuyas hojas, pese a estar bien encuadernadas,  comienzan a desprenderse. Al observar el exterior de ese mundo tan espiritual y sugestivo en que Lucía se movía, Marcos no dejaba de adivinar inquietudes, soledades, deseos. 

viernes, 14 de mayo de 2021

Mi maestro VIII

Eso es lo que debo eliminar de mi cuento, el cálculo. Nada de premeditación, eso estropea la historia. ¿Qué un cuento es como un organismo? Sí, lo concedo. Pero con reservas. ¿Cuál es esa muchacha de la u que odia el estructuralismo? Me gustó cómo lo dijo, sin que sus palabras delataran una pose. Contención, eso es lo que debe haber en mi cuento. Esta es la verdadera destreza del narrador. Todavía hay mucho por aprender. De acuerdo con Estévez sobre que uno escribe lo que vive. Sí, pero no sólo la vida real, sino, y con mayor intensidad, la vida de la imaginación. Me entra en reversa toda esa teorización del Taller, el decálogo del escritor. Hay que estar ahí, sin embargo. Hacerse una idea. No puede ser tan complicado, el supuesto parto, el dolor y las lágrimas. No, no puede ser tan arduo. Debe ser tan natural como amar y, cuando menos, como masturbarse. Un cuento no debe ser un pajazo, no obstante. Es más bien como hacer el amor, bien hecho. Un acto de exaltación y potencia. Así que, omito la palabra cálculo. No acaba de gustarme. Es más por el lado de la aventura, de lo desconocido. Y también debe haber alegría. Nada de tormento. Sí hay una lucha, pero es como en el sexo. De acuerdo con Estévez en que escribir es una compulsión. Ya son cinco los años que llevo emborronando cuartillas. Comencé a los dieciocho. Ningún niño precoz, tampoco como el viejo. Estévez debería ser más amable con él, permitirle que lea sus escritos. Lo ataja, brusco, negándole el turno. Con Espitia, en cambio, es más solícito. ¿Por qué? Espitia no hace más que pavonearse, es un periodista activo, un escritor con oficio. Pero el viejo. No entiendo esa dureza de Estévez. El viejo es puntual con las tareas que Estévez nos deja. Se ve que le gusta escribir, que lo disfruta. A decir verdad, el grupo lo ha desahuciado. Es un sexagenario de extracción rústica, con bastantes arrugas y ojos acuosos; tiene un carácter dócil, juvenil, alegre, gárrulo. En sus conversaciones siempre vuelve la memoria al campo, al pasado, a los tiempos de los pioneros. Quién sabe si no es uno de estos, de los arrieros que abrieron trochas y fundaron los primeros asentamientos. El viejo es la persona de más edad del Taller, cuenta hecha de Estévez, que se acerca a los sesenta, diría yo. Claro que ha leído. La lectura de sus textos es recibida con escepticismo, ironía, desprestigio. ¿Por qué? El viejo no se inmuta. Eso me gusta. Tiene una voluntad de aprender enorme, que se me antoja admirable. Hoy, después de la sesión, vine caminando con él por las mojadas calles del centro. Vive en Barrio Nuevo, así que es mi vecino. En la buseta, de regreso a casa, casi me ahogó la fiebre de una ansiedad sin sentido. Mi temperatura corporal subió peligrosamente. La cara me ardía. Estuve al límite de mi resistencia, próximo al vahído. Me negué a aceptar que ese repentino delirio debiese su causa a la presencia mortificante de tres muchachas que viajaban en la buseta. Especialmente una morocha que frotaba con insistencia sus nalgas y hombros contra mi espalda. Mi miembro se encabritó. Lo reprimí con fórmulas psicológicas. Estuve tan perturbado que otorgué a los movimientos de la negra la propiedad de un lenguaje cifrado por medio del cual intentaba seducirme. Sin embargo, fui consciente de la necedad de mis ideas. También llegué a creer que la chica estaba enfadada por mi proximidad y trataba de comunicármelo con su constante fricción. Entonces, puritano, rechazaba los incitantes roces. Al mismo tiempo, me traían atrapado los ojos y las pestañas de una muchacha con nariz de lorita. En esta reconocí a una vecina con la que he cruzado infinitas miradas, pero ni una palabra. Sí, ya es hora de empezar a escribir en serio. ¿Acaso no me lo he dicho infinidad de veces? Parezco disco rayado. Cualquiera que fisgonee en mis cuadernos se daría cuenta. Escribir en serio, escribir en serio, en serio. Tengo veintitrés años y los días corren. Debería tomarlo con el desparpajo del viejo. ¿Qué importa escribir o no escribir, leer o no leer? ¿Qué vale un Estévez ante la grandeza de un pionero? Sí, escribir ese cuento que me redima. Cinco años desde la casa de Flor. Este nombre debe ser un talismán. En casa de Flor cogí un bloc y un lapicero, y lo que siguió tuvo un aire de ceremonia propiciatoria, un fuego de iniciación. Ahí se desnudó el misterio. Y fue también en esa casa donde nos dimos cuenta, el domingo que nos mudamos a Bello, que papá tenía otra mujer. Mamá explotó.

sábado, 8 de mayo de 2021

Mi maestro VII

 

En otro sueño conversaba con Estévez, el viejo maestro. La voz añeja, la entonación paternal, el discurso exacto y sentencioso. Amonestaba a Marcos sobre cierto cariz de su formación intelectual, algo sobre el marxismo-leninismo. Marcos se mostraba reacio a los consejos del maestro, afirmaba su postura, le pedía que lo dejara experimentar su propio camino. Era un sueño extraño, al menos en la temática. En la vigilia, el maestro jamás expresó adhesión a las ideas socialistas. Quizás era del mismo parecer de Natalia, la profesora de la u, que lanzaba denuestos contra el régimen comunista de la Unión Soviética. Marcos, en cambio, simpatizaba con esas ideas. Obvio, rechazaba la represión estatal, la censura del pensamiento, las persecuciones, las purgas. Pero amaba el cuadro romántico de la comunidad socialista, la propiedad en común, el trabajo colectivo. No creía que el camino del socialismo tuviese que llegar al brazo de hierro, al gulag. Se inclinaba por una imagen creativa y humana. Era quizás de todo esto de lo que platicaba con Estévez en el sueño. No veía la figura del maestro, solo escuchaba su voz. Era como si hablara desde detrás de un telón, como si desde allí observara la malacrianza de Marcos, tratando de corregirlo.

A Marcos le inquietaba esta apatía política de Estévez. No es que él, Marcos, se enfrascara en el tema, no, pero tenía sus simpatías por la izquierda. Tampoco escuchó jamás una mención a Estévez sobre el ajedrez, práctica que a él lo entusiasmaba. Ni en la vigilia ni en sus ficciones Estévez había demostrado gusto por el deporte ciencia. Quizás nunca le llamara la atención. En cambio, era un apasionado de la física cuántica y la matemática. También era un apasionado de la Historia. Tenía en su biblioteca, completa, la Enciclopedia de la Historia de la Civilización, de Will Durant. Con el tiempo y el aumento de la confianza, esta obra acreció el nexo entre maestro y alumno, pues Estévez se la fue prestando a Marcos tomo por tomo. Estévez apuntaba el dato en una agenda, para asegurarse de que la información sobre el deudor del volumen no se le perdiera en los tremedales de la memoria. Era el tiempo en que Marcos se había alejado del Taller, convencido de que Estévez ya le había aportado bastante. Ya había escuchado hasta el hastío de labios de este lo que es un personaje, un sector de historia, un suceso, un hecho. Había trabajado a conciencia las tareas que el maestro dejaba sobre esos temas, desglosando los contenidos, afianzándolos a medida que los ponía en práctica, yendo de lo simple a lo complejo, de lo fragmentario e inacabado a la totalidad. Era así como había pergeñado esbozos de cuentos y relatos completos, que luego leía en la sesión, sujetándose a la crítica severa de Estévez. Comenzó a darse cuenta de que iba por buen camino, cuando los elogios de Estévez comenzaron a menudear. En cierta ocasión, luego de que Marcos leyera su escrito, exclamó: “aprendan, aprendan”, dirigiéndole a continuación estas palabras: “muy bien, joven, se nota que está trabajando como de se debe”. Eran los triunfos esperados, tras los malos ratos y la madera sin compasión recibidos al comienzo. Cometía dislates de tal magnitud, que ponía al personaje yendo por un caminito polvoriento en un aparte donde hablaba de la lluvia. Pero se había propuesto estar ahí, no soltar, llegar. Una clase de Estévez las más de las veces se iba en la disertación magisterial, por lo común sobre un tema suelto o traído al acaso, porque el profesor no estilaba un rigor teórico ni una metodología estructurada. Aquello era un conversatorio, donde se ventilaban conceptos enmarcados en el tópico general de la narrativa. La sesión se le iba a Marcos en tomar notas y en escuchar las ocasionales intervenciones de los talleristas. Tomaba escasas notas, relacionadas, especialmente, con el léxico nuevo: gazapo (conejo joven), otero (de otear, altozano), soto (claro en un bosque). Esta última palabra le gustaba bastante a Marcos.

Estévez enseñaba la precisión en el uso de las palabras. Hay que pesar bien los vocablos. Valerse del diccionario, no librarse a la suposición ni a la costumbre. Esto es, ser riguroso con el lenguaje, constatar el significado de los términos. Cuántas veces empleamos mal una palabra, apoyados en la nefasta autoridad de la tradición, sin tomarnos la tarea de comprobar. Un ejemplo, el término “tenaz”, que la mayoría de las personas emplea mal. De cualquier cosa decimos que es “tenaz”, queriendo significar que es admirable, digno de elogio, en fin. Sin embargo, “tenaz” es lo que porfía, lo que persiste, lo que se arraiga. Aplicado a una persona, este adjetivo tiene el mismo valor de “terco”.

Así, uno aprendía a desconfiar de la supuesta seguridad con que usamos las palabras en la cotidianidad. Esta prevención era saludable, porque nos ponía en guardia, nos precavía de embarrarla y recibir madera.

A veces, cariñosamente, en sus adentros, Marcos apodaba a Estévez “Bagual”. Cualquiera de los que pasamos por el Taller recuerda la obligada sesión dedicada al dominio de la sinonimia, y la serie de ejemplos a los que el maestro acudía. “Caballo” es un nombre común que designa a una especie animal. Pero, cuán vario es el espectro de clases de caballos que acoge el término “caballo”. Así, Estévez precisaba que “bagual” es el caballo salvaje, padre, jefe de manada, casi lo mismo que el “mustang” inglés; un “bridón” es un caballo de precio, manejado con las rodillas; una “jaca” es un caballo fino, que montan las mujeres; el “semental” es un caballo padre, reproductor; el “percherón” es un caballo corpulento, de raza francesa, usado para carga; “matalón” o “táparo” es el caballejo común, viejo, acabado, maltrecho. Estévez hacía un aparte dedicado al color del “caballo”. Un “alazán” es un caballo color canela;  y el “tordo” tiene el color mezclado, blanco y negro; el “moro” es el caballo de pelo negro, con una estrella o mancha en la frente.              

Los ejemplos eran muchos.