lunes, 22 de marzo de 2021

Una naranja

La fruta descansa en la palma de mi mano. Es una fruta redonda, cuyo peso presiona levemente hacia abajo. Experimento su contacto con mi piel. Es un roce blando, que me transmite una sensación de frescura. Esta fruta posee diversas tonalidades, aún no es amarilla del todo; muestra zonas verdes, otras ligeramente oscuras, como si fueran lunares opacos en el cuerpo de una persona. Sin embargo, predominan el amarillo y el verde, confundidos, naciendo el uno del otro, formando una curiosa textura, cuya coloración me parece asombrosa. Esta fruta es más ancha en la parte media y superior que en la inferior; por debajo es donde menos madura está. Presenta infinidad de pecas minúsculas, pequeñas marcas, leves cicatrices, lo que me hace pensar en la manera cómo la fruta se va desarrollando en el árbol, cómo cuelga de la rama, cómo se ve expuesta al sol, a la lluvia, al aire, en fin, a múltiples elementos que la van moldeando y marcando. Su forma me recuerda un globo, pero no de esos que elevamos en Navidad o en los festejos, sino de aquellos globos de verdad, aerostáticos, que invitan a viajes por las alturas, desde los que uno puede contemplar la tierra inmensa deslizándose allá abajo; también me recuerda un globo terráqueo en escala reducida, de esos que exhiben la representación gráfica de los continentes, los océanos, los polos, los meridianos, los paralelos, los trópicos, etcétera, y que uno gira a su gusto, bien sea en sentido horizontal o vertical. Me recuerda, además, el vientre de una mujer en cinta, lo mismo que el diseño de los planetas. Esta fruta posee dos polos, señalados, en el centro, por pequeños orificios o nudos, que semejan órganos de comunicación de la misma con el mundo exterior: el nudo inferior es un poco más grande, se parece a un botón, tiene un tinte verdoso, es la parte por donde la fruta se une al tallito de la rama (¡pedúnculo! ¡peciolo!). El agujero superior me recuerda el diminuto ojo de un insecto. El de abajo debe tener una función similar a la del ombligo de los humanos por donde, a través del cordón que une a la nueva criatura con la madre, se transmiten las sustancias nutritivas. 

Al apretarla siento cómo se contrae blandamente. Vuelvo a sentir el roce fresco, como si mi mano disfrutara con anticipación del placer que tendrá mi boca al comer esta fruta. Experimento, además, su solidez, la concreción de una masa cuyas moléculas están fuertemente unidas. Aún así, siento que si la apretara una y otra vez, acabaría magullándose, perdiendo su redonda consistencia, su dureza (¡oh gratia plena!). Mi mano se cierra perfectamente contra la redondez de esta fruta, sin cubrirla del todo. Ni siquiera empleando las dos manos alcanzo a taparla. Esto se debe a que mis manos no pueden formar, al unirse, un círculo perfecto que albergue a la fruta, ocultándola a mi vista. Siempre quedarían partes visibles a través de las hendijas de mis dedos.

Si coloco la fruta con el vértice hacia abajo, me recuerda un trompo.            

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