viernes, 19 de febrero de 2021

Un gato en el tejado

En diciembre de 1993 recién me graduaba de la universidad, obteniendo el título de licenciado, que me autorizaba  a emplearme en las filas de la docencia pública en instituciones de secundaria. No muy grato oficio, en las actuales circunstancias. En esa fecha acababa la película del capo de la mafia de Medellín. Un militar del Bloque de Búsqueda levanta el brazo, haciendo con la mano la señal de la victoria. Derribado en un techo, ensangrentado el rostro, yace Pablo Escobar, muerto. Ha finiquitado la historia y comienza la leyenda. La tarde en que los medios transmitieron la noticia yo transitaba por el flanco de la Catedral Metropolitana, por el parque Bolívar, en son concupiscente, más que devoto. La nueva se anunciaba con tanto bombo que era como si hubiesen echado campanas al vuelo.

Caminando por la Catedral… Curioso, así también se llama la prisión que Pablo Escobar construyó, donde pasó un tiempo de reclusión, en esos días en que su affair  nos volcó a las situaciones más  inauditas, por ejemplo, que él mismo levantara la cárcel donde luego se hospedaría, donde acaparaba atenciones de divo, y de donde más tarde, increíblemente, se fugó, dando comienzo al filme de la persecución. Parecía una elucubración mediática de Hollywood, con los ingredientes clásicos de la novela negra. El novelón del fugitivo Pablo Escobar tocó las fibras de la sensiblería nacional. De otra parte, aceró y apretó los hilos de la red de los sabuesos, que no se andaban con emotividades plebeyas. Sencillamente, lo cazaron.

La imagen de Pablo Escobar abatido en un techo le dio la vuelta al mundo. Me recuerda a un personaje de La taberna, una novela de Zola, un tipo muy amable, un plomero, Coupeau, que se degrada paulatinamente, luego de caer de un tejado mientras lo repara y, después de la convalecencia, dedicarse a la bebida, terminando alcoholizado y recluido en un sanatorio, donde muere, víctima de la esquizofrenia: veía ratas por todas partes. Las destripaba con el zapato, pero se rehacían.

Coupeau era un artista del tejado, experto en impermeabilización y en canoas. Su accidente se debió a un exceso de confianza. Quienes lo veían trabajar desde abajo sentían escalofrío, pero Coupeau, en la altura, ni se inmutaba. Pablo Escobar cayó en un techo. De allí lo bajaron en angarillas. Esa tarde en Medellín nos sentimos protagonistas de un suceso que impactó al orbe. De acuerdo con las escenas de devoción que se vieron en su funeral, muchos debieron sentirse orgullosos de pertenecer a la ciudad del capo, de oírla nombrar en la prensa mundial. Otros tantos, embebidos de repudio, pensarían: “Siquiera acabó este infierno.”

Las imágenes de la exhumación del cadáver de Pablo Escobar han puesto de relieve al público que el capo se suicidó.  Sus parientes lo confirmaron. Pablo escobar se pegó un tiro en la cabeza con una pistola, arma que le hallaron en la mano. Se quitó la vida. No les dio el gusto a sus enemigos de balearlo vivo. En su ataúd, sobre su cuerpo, pusieron una bandera del Medellín firmada por decenas de simpatizantes suyos. En una de esas extrañas manifestaciones de fervor popular, la gente disputaba por tocarlo antes que cerraran el féretro. No se me ha ocurrido visitarla, pero la casa donde el capo cayó debió quedar revestida de una celebridad tenebrosa. Es en el barrio la Floresta, si no estoy mal. La imagen del tejado es la que me subyuga. Cuántos obreros de la construcción  mueren al año por accidentes de trabajo. La estadística no se conoce, debe ser elevada, porque estos hombres suelen trabajar con escasas, cuando no inexistentes, condiciones de seguridad. Se estrellan contra los techos o  las calles. Pocos cuentan la historia. Si no es por las bien sabidas características de su muerte, por esa jauría de policía y prensa que abocó, cualquiera podría pensar, al verlo exánime en ese techo, que era un albañil  víctima de una caída trágica. Igual que Coupeau.         

La verdad es que como iba vestido en ese momento Pablo Escobar no se distinguía mucho de un obrero. Mordiendo el polvo del techo, medio de costado, se lo ve con una camiseta azul oscura, un pantalón azul claro, descalzo, la panza al aire, porque estaba obeso. Se dice que en sus días de prófugo pasó penalidades, frío, quizás hambre. Se sabe que una vez, para calentarse, a falta de otro recurso, hizo fuego con fajos de dólares. Ahora las tejas del techo le brindaban calor. Muchas están partidas. El capo quebró no pocas con su peso,  otro tanto hicieron los policías, los detectives y los periodistas. Zarabanda en un tejado, pudo titularse dicho episodio. Qué figurones. Y allí, en ese techo, más allá de la chiva noticiosa, del guante a un criminal, había un hombre muerto. En las estrecheces y tropiezos de la fuga, este hombre rico y poderoso se fue aplebeyando. El barrio donde lo sorprendieron distaba mucho de ser un sector exclusivo, y el tejado donde expiró tal vez tuviese cientos de goteras, escondrijos de ratas, deshechos hilos de cometas reventadas, moho, mucho moho. Por otro lado, la muerte de este pez gordo en su techo debió favorecer a los dueños, quienes pleitearían una indemnización por daños y perjuicios. Un desempleado menos, porque un Coupeau criollo repararía el tejado.         

El Coupeau de Zola no se mata en la caída, mas tampoco sigue una vida normal, se llena de pereza y de resabios. Quizás no queda muy bien de la cabeza, pues no se altera al saber que su mujer lo traiciona con su antiguo marido. Tal vez se hace el de la vista gorda. Hace de Lantier, el amante de su esposa, su mejor amigo. Este Lantier es todo un tipo. El vividor. Beben juntos. Coupeau se deteriora y Lantier prospera en su ley de ser un cómodo. Coupeau es cada vez más remiso al trabajo. Sólo anhela estar en la taberna del tío Colombe, en cuya trastienda hay un alambique. Sale a laborar con las mejores intenciones, con sus herramientas en un saco. La energía le dura hasta que se cruza con sus amigotes y acaban en bebeta. ¿Y el saco? Olvidado a los pies de Coupeau, en el piso, junto a la mesa. Es muy divertido. Historias de esta laya topa uno entre nuestros albañiles. Es un gremio de gandules.

El estruendo y las escenas del terror parecen lejanos. El estallido de las bombas mantenía a Medellín en constante zozobra. Era una urbe estigmatizada por la violencia. Lo sigue siendo. La gente común salía a sus quehaceres normalmente. Había que ganarse la vida. Muchos eran albañiles, cuántos de ellos pagados por el dinero del narcotráfico, que estimuló el ramo de la construcción. Edificios lujosos y casas campestres transformaron la panorámica de la ciudad y los municipios aledaños. Nunca como entonces fue más verídica la historia del Pablo Pueblo de Rubén Blades, que construye  mansiones y no tiene una casita propia. Muchos murieron al caer de pisos altos, quizás mientras ponían el techo. En un techo cayó Pablo Escobar, sobre las tejas de barro seco, de tierra natal. En Medellín había muchas ladrilleras. Las fueron acabando o debieron ser trasladadas ante el empuje urbanizador. Una de ellas fue convertida en parque recreativo. Conservaron sus altas chimeneas como un tópico decorativo y lo nombraron con el homónimo: Las chimeneas. Otras ladrilleras se convirtieron en conjuntos residenciales, bloques de apartamentos. Les llamaban tejares. En su último aliento Pablo Escobar bebió el sabor de las tejas, del barro, de su tierra chica, diciéndoles: “tierra soy, como vosotras, polvo de Medallo”. Y murió en su ciudad, en Medellín, como Coupeau murió en su Paris. Murió en lo suyo, cerca a lo suyo, quizás porque acá era donde más seguro se sentía. Murió en el fragor de la guerra, en el caos de la metralla, en el mundo monstruoso que él mismo había instaurado.

La tumba de Pablo Escobar se convirtió en un gancho turístico. ¿Quién no la ha visto? Medellín siguió su curso. Pablo Pueblo continuó en su destino, madrugando a trabajar, a treparse a las alturas de los edificios con que los adinerados exhiben su poder, a arriesgar su vida cada momento, mientras el cemento y las vigas elevan su gigantesco volumen. La ciudad se eriza de termiteros de toda clase, según la condición social. Cuántos programas de vivienda popular. Pablo Pueblo consigue al fin su casita, aunque deba pagar tres veces su valor en quince años de cuotas. No importa, Pablo Pueblo siente que progresa. Mientras tanto, la familia de Pablo Escobar exhuma los restos, los cambia a un ataúd nuevo y los revierte al hoyo. Pablo Escobar no es más que unos huesos disgregados, unos fémures enormes, un cráneo renegrido por la tierra y el tiempo, donde su sobrino, que preside la ceremonia de exhumación, señala la perforación de la bala con que se autoeliminó, y separa dos dientes para pruebas de ADN. Mueco, Pablo escobar retorna a su sueño de siglos, que comenzó en el tejado de una barriada, una tarde en que los medellinenses nos sentimos el foco de la noticia mundial. Allí descansa, en Jardines Monte Sacro, al sur de la ciudad, en una tumba pomposa.  

Mientras tanto, después de comer su arroz vulgarote Pablo Pueblo, echado en su cama, con fatigas superpuestas llamando a Morfeo, mira en la tele la osamenta del capo y es sacudido por emociones encontradas. Y en su casita pobre se siente un rey.

 

 

      

 

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