Rechina; feo ese sonido, de una superficie repelente a un objeto repelido, la pizarra y la tiza; ingrato al oído, hiriente; rechina la tiza contra la pizarra; acaso se deba a la grasa, esa falta de agarre, ese rechazo; uy, profe, suena feo; a cuánto adormilado alumno despierta, todavía con el calor de las cobijas en el cuerpo, legañas en los ojos, aletargados músculos, pereza de escribir; y a buena hora se le ocurre chillar a esa tiza; puede que hasta el profe lo haga adrede; quizás solo se trate de rebeldía de la tiza que, además de rechinar, a veces se parte, se despica, como si se negara a plasmar pizarradas de información, teorías, conceptos, números, fórmulas, la liturgia escrita, encalada, el blanco y desmigajado fantasma de la civilización, el gimiente espectro de la ciencia, el coco que espanta a los críos; y ese rastro borroso, esa mancha lechosa extendida en la pizarra, el palimsesto de tanta tiza, de tanta escritura; la pizarra se desgasta, se torna grasienta, repele a la tiza; la tiza ya no escribe en esa enorme y vertical página verde, negra, el tablero; ya no escribe, resbala, se despica; el residuo de la tiza, polvo en el piso y en la mano del catedrático, rastro lechoso en la pizarra, amén del volátil corpúsculo llevado por el viento, esparcido por la etérea y vasta pizarra del universo; la tiza nevando la barba de Dios, ese redomado fisgón; uy, profe, no haga rechinar la tiza de ese modo, fastidia el oído, electriza la piel, despierta a las falenas recogidas en su sueño diurno; ahí va la mariposita, espantada por el chirrido de la tiza; la mariposita del conocimiento o del odio al conocimiento; hay no poca arrogancia en ese desvelo de la tiza, en ese gesto pontifical, en esa sacralización de la teoría; cuántas pizarradas al día, borre y vuelva a llenar, en la ciudad, en el país, en el mundo; un ejército aplicado, en el despliegue milimétrico de una acción; la estrategia está bien montada; reunid a todos esos críos y heridlos allí donde es preciso, no dejéis títere con cabeza; es lo que hace el diligente oficialillo que maniobra la tiza, un hermano de la orden, un soldado de la entente; llave perfecta, la tiza y la pizarra, y el acucioso profe vomitando su lección; pero, por qué ha de chirriar tan feo la tiza, como si le torcieran el pescuezo; o es la pizarra la que chilla; el chillido es mutuo; o así es que le hace el amor la tiza al tablero, desollándole la piel, provocándole alaridos; atiza la tiza su chorro de semen; la pizarra queda preñada, a su debido tiempo pare ticitas; lo que la pizarra parió, buen título para un tratado; locura, esquizofrenia, todos los males de la vapuleada conciencia; el polvoriento fantasma, esa otra vía láctea del tablero, la mancha de semen; la arrechera de la tiza, copulando a diario con el tablero, metiéndosela toda, su blancuzca y ahusada polla; tenían un poco más de decencia los profesores que se negaban a usar la tiza, que enseñaban perorando, complacidos en el coloquio, esgrimiendo la excusa de la alergia a la tiza; tal vez era solo que evitaban deslucirse el vestido, porque esa tiza sí ensucia; ¡sucia tiza!; una cagada, en definitiva, la tiza; la gran cagada; el profesor llega prisiento con sus ganas de defecar, y defeca en el tablero; muy simple, saca una tiza de su angelical bolsita y se caga en el tablero; ese es el misterio de hoy, el evangelio según el putas; esa blancura es sospechosa; sepulcros blanqueados, así los llamaba el rabí; oh, iletrado rabí, azote de los escribas y la fariseica prole; los que abjuraban de la tiza, predicaban cualquier otra tontería; todos tenían ese aire de misión, de elegida brigada que librará al hombre de las sombras de la ignorancia; iluminados, en fin; ellos escribían en blanco en la pizarra, mientras él escribía en negro en su cuaderno, que llevaba a lápiz; mientras ellos blanqueaban pizarras, él oscurecía la hoja; era su apostasía;
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