martes, 12 de enero de 2021

Tus primeros libros

Como ya trabajabas de profesor y ganabas los pesos, te dabas el lujito de comprar tus primeros libros, un diccionario. Era el instrumental del oficio, el germen de tu biblioteca. Los cuentos de García Márquez, un Larousse, los poemas de Neruda, Carta al Padre. Ahora ya no vendías en la Anticuaria los libros de la casa, los que tu papá sacaba en el Círculo de Lectores. Aquella época de jovenzuelo travieso era cosa del pasado. Al dueño del billar había ido a parar, en metálico, buena parte de aquella sabiduría dilapidada. Parecía una bofetada del destino, una cara enseñanza, que lo que antes malbaratabas, ahora lo adquirieras con sudor. Pero no te pesaba esa condición de castigado. A lo hecho, pecho. Un tanto al desmaño, te ibas haciendo a tus libros, los que te acompañarían por años, a lo largo de las mudanzas de una a otra casa. Tu primer improvisado anaquel fue la parte de encima del chifonier y la pared, allí se fueron escalonando tus iniciales volúmenes, al lado de las enciclopedias compradas por tu papá. Era el cuarto que compartías con tus hermanos, donde apenas había espacio para diferenciar una personalidad, mas se hacía lo que se podía. Corriendo el tiempo, sentirías una especie de enternecimiento y gratitud con respecto a esta experiencia. Cómo un joven individuo, abocado de improviso a la profesión de maestro, haciendo caso omiso a las facetas ingratas de su labor, se pertrecha con la literatura que le gusta e instala ese rudimentario arsenal en medio de un campo hostil. Porque tus hermanos miraban con extrañeza todos esos libracos. Fuera de que les escamoteabas espacio en el chifonier, te dabas ese tonito de superioridad. Y ese recelo acaso se extendiera a tus padres. Ah, es que ahora eras profesor, sí, pero no por placer. Lo que anhelabas era escribir, aislarte en una pieza y dar a luz una historia. Eso, para ti, era más que ser maestro. Eso remitía a otra esfera, a un cielo azul donde, de súbito, brilla una estrella. Y tú querías guardar en ti el resplandor de ese cielo, la fogosidad de ese astro. Sí o sí, tenías que trabajar para sostener los gastos de la universidad. Tu papá no daba abasto con la economía doméstica. Si la vida te ponía delante el trabajo de profesor, bienvenido, tampoco ibas a echar pestes. Sin embargo, ahí estaban en tus manos los cuentos de García Márquez y la Carta al padre, obtenidos mediante un caballeroso canje con la existencia, consistente en deslomarse dictando clase toda una mañana, para merecer el sosegado disfrute de una hora de lectura echado en la cama. Esto último tenía más valor para ti que la dignidad social del maestro. Amabas más ese aire de transgresión que respirabas en el solitario acto de la lectura. Eso que manaba de Eva está dentro de su gato, por ejemplo, era más fecundo y más pleno que una explicación sobre el sustantivo y sus clases. No había comparación. Eran tres mil años de historia. La mujer, que es nuestra madre Eva, contándonos su vida a través del suplicio de la belleza y del juego de las encarnaciones. Ella va a tomar la forma de un gato, será un gato, pero odiará comer ratones. Impondrá al gato su sensibilidad de mujer. Preferirá el jugo de una naranja alimentada por la cal de los huesos de un niño. Que un muchacho de veinte años escribiera así, te dejaba impresionado. Porque esa es la edad que García Márquez tenía cuando escribió esos cuentos: La tercera resignación, La otra orilla de la muerte, Eva está dentro de su gato, Amargura para tres sonámbulos, Diálogo del espejo, Ojos de perro azul, La mujer que llegaba a las seis, Nabo el negro que hizo esperar a los ángeles, Alguien desordena estas rosas, La noche de los alcaravanes, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Un joven de veinte años, tal vez menos, enfrentándonos a La tercera resignación. Era un mundo que te llegaba fácil, que te recreaba la infancia, porque tú también venías de esas visiones, porque tu papá también era telegrafista, porque tu abuela, en su rancho de cañaflecha y palma, relacionaba el revuelo de una mariposita amarilla con la irrupción de una visita o un suceso feliz.

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