De pie, ante la
parejita sentada en la barra, mientras conversaba con éstos, el adamado jayán
jugueteaba distraídamente con el cabello de la muchacha. Frente a ellos, que
tenían una postura lateral con respecto a él, a la barra y al salón, el hombrón
de afeminados gestos y delicada voz, con la mano derecha en el respaldo de la
silla del muchacho, con la izquierda entorchaba y desentorchaba, compactaba y
ahuecaba, las sueltas madejas del cabello de la chica, que lo dejaba hacer. Su empaque
de boxeador peso pesado y su estatura de basquetbolista o de eunuco elevándose
sobre la achaparrada parejita, el amaricado jovenzuelo, con un corte de pelo
fashion, con la cara empolvada, con la camiseta negra de los meseros del bar, hablaba
con vivacidad a sus dos interlocutores, el pelado de camiseta roja y la pelada
de gafitas. La música envolvía y velaba sus palabras, pero su gesticulación era
inconfundible, la de una loca. En cierto instante su mano derecha hizo la
mímica de la preñez, y los vecinos de la barra, que lo miraban, pudieron leer,
en ese accionar, que hablaba de una mujer, quizás amiga de los tres, que se
hallaba embarazada. El breve tiempo que platicó con la parejita, el talludo
ganímedes acarició con su manaza el cabello de la muchacha. Después que se
separó de ellos, se lo vio en sus actitudes habituales: yendo entre las mesas a
solicitud de los clientes, de pie contra la pared junto a la entrada, recostado
a la barra en parla con los cantineros o algún parroquiano conocido. Había en
su porte una imponencia de columna griega. Algo entre desdén y descoco.
martes, 21 de julio de 2020
En la barra
jueves, 9 de julio de 2020
La escritura del dios (Jorge Luis Borges)
lunes, 6 de julio de 2020
El estambre y los tambores
Mientras tú juegas, el brujo aporrea los
tambores. Sonido talismánico, conjuro, para que te vaya bien, para que anotes
gol, o al menos para que salgas sano y salvo, contento. Puede que no haya
triunfo, basta con que salgas ileso. Es un brujo muy curioso el que golpea los
tambores, con más cabezas y brazos que cualquiera de los monstruos de la
mitología. Imagina los tambores, imagina el sonido. Un Giovanni Hidalgo no le
llega a los talones. Imagina el espacio de ese brujo, de esa percusión. Es algo
extraordinario. Mientras tú recorres la cancha en el jadeo y el sudor del
ansia, ansia de gol, tu padre, el brujo, aporrea los tambores, exhorta a las
fuerzas ancestrales, las fuerzas guerreras, las fuerzas protectoras, para que
te vaya bien, para que salgas sano y salvo, para que regreses contento.
Y ella, tu madre, mientras te ve jugar,
pues siempre te acompaña, teje su colcha imaginaria, misma que comenzó a tejer
el primer partido, misma que teje juego tras juego. Nomás inicia el cotejo, ella
engarza el estambre y empieza a tejer. Mientras tú juegas, ella teje. La colcha
avanza, se agranda, cae al piso, forma pliegues, se amontona, se extiende, ella
ignora ya hasta dónde, ya no la concibe, ya no la abarca. Desde el día en que,
por pesada, ya no pudo levantarla; desde el día en que, por extensa, no pudo ya
abarcarla, resolvió dejarla en la cancha, siempre así. Pero el cabo del
estambre es el mismo, vaya donde vaya, el cabo siempre está, y la colcha
conserva el tamaño que los días y el trabajo de ella le han conferido.
El brujo se sintoniza con el partido, con
la hora en que juegas, y percute los cueros todo el tiempo que dura el match. Mientras
tú juegas y ella teje, el brujo se envuelve en el encantamiento de los
tambores, envoltura que se expande y cobija al mundo, los cielos, las
estrellas, los ciclos. Es un ritual simultáneo, tú fuerceando por el gol, el
brujo ayudándote con el tam-tam. Es un instante sagrado, así lo cree el brujo,
que también suda, que también se cansa, como tú de tanto correr, pero que sigue
manduqueando los parches.
En apariencia, ella observa el juego como
uno más de los espectadores, sufre y goza, de acuerdo con los incidentes del
partido. Nadie pensaría que está tejiendo, que está agrandando la colcha, una
colcha que acaso nunca complete, aunque su dimensión ya es exorbitante. La
colcha está ahí, como una red fina e invisible, tan sutil como el aire. Alguna
vez alguien, por una percepción inaudita, en un momento de magia, siente que la
colcha lo envuelve, lo moldea, lo protege. Quizás tú lo has sentido, alguna
vez, mientras juegas, mientras te afanas por el gol, mientras gritas, mientras
lamentas una jugada infructuosa. Quizás también percibas, recónditamente, el
sonido de los tambores, aquello que no es melodía, sólo ritmo, algo semejante a
los latidos del corazón, al frufrú de la sangre en las venas. Entonces, por un
instante, tal vez te conectes con el rito del brujo, con la obra de la
tejedora, con los profundos e inefables mensajes del infinito.
Tal vez ocurre cuando te distraes un
segundo, por ejemplo, cuando el balón se va por la banda y tardan en
recuperarlo, en reiniciar el juego, y entonces pareciera que atisbas otros
orbes, que una materia indescifrable te guiña el ojo. Es que tal vez escuchas
el lejano son de los tambores, el suave murmullo del tejido. Ni tú mismo
sabrías interpretar esos instantes. Pero hay brujos percutiendo tambores, hay
matronas tejiendo la colcha.