martes, 21 de julio de 2020

En la barra

De pie, ante la parejita sentada en la barra, mientras conversaba con éstos, el adamado jayán jugueteaba distraídamente con el cabello de la muchacha. Frente a ellos, que tenían una postura lateral con respecto a él, a la barra y al salón, el hombrón de afeminados gestos y delicada voz, con la mano derecha en el respaldo de la silla del muchacho, con la izquierda entorchaba y desentorchaba, compactaba y ahuecaba, las sueltas madejas del cabello de la chica, que lo dejaba hacer. Su empaque de boxeador peso pesado y su estatura de basquetbolista o de eunuco elevándose sobre la achaparrada parejita, el amaricado jovenzuelo, con un corte de pelo fashion, con la cara empolvada, con la camiseta negra de los meseros del bar, hablaba con vivacidad a sus dos interlocutores, el pelado de camiseta roja y la pelada de gafitas. La música envolvía y velaba sus palabras, pero su gesticulación era inconfundible, la de una loca. En cierto instante su mano derecha hizo la mímica de la preñez, y los vecinos de la barra, que lo miraban, pudieron leer, en ese accionar, que hablaba de una mujer, quizás amiga de los tres, que se hallaba embarazada. El breve tiempo que platicó con la parejita, el talludo ganímedes acarició con su manaza el cabello de la muchacha. Después que se separó de ellos, se lo vio en sus actitudes habituales: yendo entre las mesas a solicitud de los clientes, de pie contra la pared junto a la entrada, recostado a la barra en parla con los cantineros o algún parroquiano conocido. Había en su porte una imponencia de columna griega. Algo entre desdén y descoco. 


jueves, 9 de julio de 2020

La escritura del dios (Jorge Luis Borges)

Tzinacán, último sacerdote del imperio (que vive bajo la tutela de un dios al que es costumbre sacrificar víctimas humanas), presencia y sufre en carne propia la intrusión de las hordas conquistadoras, fieras ávidas de botín, cebadas en la matanza. El conquistador Pedro Alvarado somete a Tzinacán a terribles suplicios, con el fin de arrancarle la confesión del escondite del tesoro. Tzinacán no habla, padece los tormentos serenamente. Pedro Alvarado despoja, estraga e incendia la ciudad, y encarcela al sacerdote en una prisión circular, de piedra, en la cual, separados por un muro medianero que no alcanza a la bóveda, yace en compañía de un jaguar. En la bóveda se ha practicado un agujero por el que un carcelero, valiéndose de una roldana y una cuerda, hace llegar trozos de carne y cántaros de agua al animal y al reo, respectivamente. Tzinacán ha envejecido en la cárcel y aguarda, abnegado, la muerte. En medio de sus meditaciones, el prisionero recuerda una de las profecías o leyendas del dios imperial: el dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras, el primer día de la Creación escribió una sentencia mágica con el propósito de conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero consta que perdura, secreta, y que la leerá el elegido. Tzinacán se impone la tarea de agotar el tiempo que aún  le conceda la muerte descifrando la escritura del dios. Baraja varias hipótesis, imagina distintas fórmulas, se dicta numerosas preguntas, antes de alcanzar el instante maravilloso de la unión con la divinidad. La imagen que le revela este suceso es una Rueda infinita, en la que están fusionadas todas las entidades, causas y efectos, realidades, preguntas y respuestas del Cosmos. Antes, Tzinacán ya había razonado que, siendo el tigre uno de los atributos del dios, en él podría estar la escritura. Y, en efecto, estaba allí. Ahora sólo necesitaba descifrarla. La imagen de la Rueda, de la que él mismo es una parte, le da la explicación. Tzinacán lee la escritura del dios en las rayas y lunares del tigre. Entendiendo la esencia de la Rueda, entiende el misterio del jaguar. Es una fórmula de catorce palabras, de cuarenta sílabas. Pero Tzinacán no la revela, no la comunica, porque es consciente de que, ante los designios del universo, un hombre (y sus dichas o desventuras triviales) no vale nada, es nadie. Por eso no pronuncia la fórmula del dios y prefiere morir en la oscuridad y el olvido. Tzinacán se convence de que “aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría una infinita concatenación de hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios solo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo”.
     


lunes, 6 de julio de 2020

El estambre y los tambores

Mientras tú juegas, el brujo aporrea los tambores. Sonido talismánico, conjuro, para que te vaya bien, para que anotes gol, o al menos para que salgas sano y salvo, contento. Puede que no haya triunfo, basta con que salgas ileso. Es un brujo muy curioso el que golpea los tambores, con más cabezas y brazos que cualquiera de los monstruos de la mitología. Imagina los tambores, imagina el sonido. Un Giovanni Hidalgo no le llega a los talones. Imagina el espacio de ese brujo, de esa percusión. Es algo extraordinario. Mientras tú recorres la cancha en el jadeo y el sudor del ansia, ansia de gol, tu padre, el brujo, aporrea los tambores, exhorta a las fuerzas ancestrales, las fuerzas guerreras, las fuerzas protectoras, para que te vaya bien, para que salgas sano y salvo, para que regreses contento.

Y ella, tu madre, mientras te ve jugar, pues siempre te acompaña, teje su colcha imaginaria, misma que comenzó a tejer el primer partido, misma que teje juego tras juego. Nomás inicia el cotejo, ella engarza el estambre y empieza a tejer. Mientras tú juegas, ella teje. La colcha avanza, se agranda, cae al piso, forma pliegues, se amontona, se extiende, ella ignora ya hasta dónde, ya no la concibe, ya no la abarca. Desde el día en que, por pesada, ya no pudo levantarla; desde el día en que, por extensa, no pudo ya abarcarla, resolvió dejarla en la cancha, siempre así. Pero el cabo del estambre es el mismo, vaya donde vaya, el cabo siempre está, y la colcha conserva el tamaño que los días y el trabajo de ella le han conferido.         

El brujo se sintoniza con el partido, con la hora en que juegas, y percute los cueros todo el tiempo que dura el match. Mientras tú juegas y ella teje, el brujo se envuelve en el encantamiento de los tambores, envoltura que se expande y cobija al mundo, los cielos, las estrellas, los ciclos. Es un ritual simultáneo, tú fuerceando por el gol, el brujo ayudándote con el tam-tam. Es un instante sagrado, así lo cree el brujo, que también suda, que también se cansa, como tú de tanto correr, pero que sigue manduqueando los parches.

En apariencia, ella observa el juego como uno más de los espectadores, sufre y goza, de acuerdo con los incidentes del partido. Nadie pensaría que está tejiendo, que está agrandando la colcha, una colcha que acaso nunca complete, aunque su dimensión ya es exorbitante. La colcha está ahí, como una red fina e invisible, tan sutil como el aire. Alguna vez alguien, por una percepción inaudita, en un momento de magia, siente que la colcha lo envuelve, lo moldea, lo protege. Quizás tú lo has sentido, alguna vez, mientras juegas, mientras te afanas por el gol, mientras gritas, mientras lamentas una jugada infructuosa. Quizás también percibas, recónditamente, el sonido de los tambores, aquello que no es melodía, sólo ritmo, algo semejante a los latidos del corazón, al frufrú de la sangre en las venas. Entonces, por un instante, tal vez te conectes con el rito del brujo, con la obra de la tejedora, con los profundos e inefables mensajes del infinito.

Tal vez ocurre cuando te distraes un segundo, por ejemplo, cuando el balón se va por la banda y tardan en recuperarlo, en reiniciar el juego, y entonces pareciera que atisbas otros orbes, que una materia indescifrable te guiña el ojo. Es que tal vez escuchas el lejano son de los tambores, el suave murmullo del tejido. Ni tú mismo sabrías interpretar esos instantes. Pero hay brujos percutiendo tambores, hay matronas tejiendo la colcha.

Mientras juegas fútbol, acaso presientas las raíces viajeras, los andariegos juncos, las selvas enteras disfrazadas en una rama, escondidas en un vástago, los mares completos travestidos de sudor, de acre saliva, las constelaciones cabales revelándose en el destello de una lata abollada, y esto es que el brujo sigue manoteando los tambores, y esto es que la madre amorosa sigue engarzando el estambre.