martes, 30 de junio de 2020

El baldío (Augusto Roa Bastos, escritor paraguayo)

Un hombre arrastra un cadáver hacia lo más profundo de un solar lleno de matojos, desperdicios y mal olor. Es evidente que lo va a esconder. El cuerpo inerte, remolcado por el otro, va tropezando con las basuras, rebotando con los desniveles del terreno, engarzándose en las matas. El que lo arrastra responde a estas dificultades con jadeos y maldiciones atenuadas. Cuando ha cubierto el cadáver con hojas y piensa marcharse, escucha un llanto. Se pone nervioso. Termina por acercarse al blanquecino envoltorio de papel del que sale el quejido. Y este hombre que quizás acaba de matar a otro, que lo ha tirado en un solar, recoge a la criatura abandonada y se la lleva consigo, alejándose a prisa del lugar, entre el desamparo de la indefinible ternura que comienza a habitarlo.

jueves, 25 de junio de 2020

Regresos

Es de los regresos de lo que hablan estos días: el bosque de guaduas de la Aguacatala, entre la Regional y las Vegas, sitio que me remonta a mis tiempos de Santa María, cuando, en busca de charcos y esparcimientos al aire libre, incursionaba por las vecindades, Guayabal, el Poblado. Rumbo a mi trabajo en Belén, paso todos los días por ese bosquecillo, subo las escalas y me interno una migaja en él, hasta alcanzar la acera donde espero el bus de Circular. Ahí están los grupos de guaduas, las briznas secas acolchando el piso, otros árboles diversos, todos con esa pátina añosa de lo casi centenario. El crecimiento urbano respetó esa arboleda. Mi recuerdo también es reverente. 

En el andén bajo el puente se aposta desde la mañanita un chacero parapléjico, con una pierna y un brazo torcidos, cojo. Suele estar ahí cuando paso. Nos saludamos tibiamente, sin que medien palabras, con un gesto imperceptible. Se diría más bien que nos saludamos con una declaración mental de recíproca buena voluntad. El chacero es delgado, moreno, de unos cuarenta y pico años. Se le ve diligente en el vestir, aunque sencillo. Me da la impresión de que guarda la base de su caja, una especie de trípode, entre las guaduas, en el corazón de la arboleda. A veces lo veo salir de allí, como un espíritu silvestre, con el madero en las manos. Me parece una alegoría. La comodidad sobre todo, me digo. Una carga menos a la hora de partir rumbo a casa. La gente es muy ingeniosa. Un conocido mío guarda una palita sin mango entre las matas de una tumba vecina a la de mi deudo: la saca de su escondite siempre que pone flores en la sepultura de su hermano.


jueves, 18 de junio de 2020

La lista del olvido

Se van. De 6-3 se van los muchachos y las muchachas. Una no volvió porque la mataron un sábado en la madrugada, en ambiente de farra. Tenía 14 años. Otro no volvió porque, otro fin de semana, le dieron unos balazos. Otro se fue por amenazas a la familia: mejor cambiar de barrio. Total, 6-3 se va quedando solo, con un manojo de alumnos, cuando la matrícula inicial casi llegaba a los cincuenta. Los llaman desertores, porque abandonan el colegio. Se van de las filas, de la silla, incluso de la vida, como Luisa, la muchacha de 14 años. No vuelven. Desaparecen. En vez de desertores, debieran llamarles desaparecidos. O abandonados. Porque no se sabe de qué lado es el abandono, si de los muchachos al colegio o del estado a los muchachos. Los llaman desertores. Casi traidores. En 6-3 las numerosas sillas vacías hacen pensar en un cementerio de tumbas NN, sujetos sin identificación, sin filiación. Crucecitas sin nombre. Sujetos sin documento. Habitantes del Limbo. En la planilla oficial del colegio se los caracteriza sumariamente: “Matrícula cancelada”. Y con esto se cierra el caso.
Se van. De 6-3 se van los muchachos y las muchachas. No vuelven. Todos son repitentes. La mayoría exceden la edad normal del grado. Se fue la muchacha que tenía a la mamá en la cárcel por vender droga. Se fue la que tenía a la mamá hospitalizada a causa de un cáncer de seno. Se fue la que no quiso seguir estudiando porque prefirió jibariar. Se fue la que consumía marihuana en el colegio. Se fue el chico que solo venía a caminar los corredores. Se fue el que solo parecía venir por el refrigerio escolar: enchuspaba en su morral todos los que podía, sin importarle que algunos se quedaran sin comida. Se fue el que solo venía a escuchar música en los audífonos y a estar callado. Se fue otro que solo venía a ver qué podía destrozar, desde una silla hasta la caja de tizas. Se fue la que siempre se quejaba de dolor de barriga. Se fue el que solo venía a hablar de fútbol, y que un día apostó tres mil pesos con un compañero a que Henry era de Brasil.
También están los que abandonaron 6-3 al ser promovidos a séptimo. Pero fueron muy contados, tres o cuatro. No resistieron mucho, solo uno no desertó. El primer período se esforzaron por ganar todas las materias. Al lograr el propósito de ser promovidos, se relajaron, se aburrieron, se fueron. Solo uno no desertó. 6-3 no parece echarlos de menos. Al menos no los echó de menos como a los que siempre fueron de 6-3. Porque los que pasaron a séptimo, en cierta forma traicionaron al grupo y, de algún modo, fueron repudiados. No los echó de menos tanto como a Luisa o al chico que tuvo que cambiar de barrio debido a las amenazas. Eran harina de otro costal. En cambio 6-3 tuvo, desde el principio, un carácter particular una especie de marca de familia, una suerte de franja amarilla. Son como los desheredados. Son los predestinados al fracaso, los Marlon, los Johan, que no acabarían, los que desertarían. Y no acabaron. Desertaron. Son el grupo del estigma. Y 6-3 lo acepta. Asiste imperturbable a su desintegración, como un leproso asiste impotente a la desmembración de su cuerpo. Quedan trece o catorce. Por octubre se los cuenta sin dificultad, porque hay más sillas vacías que ocupadas. 6-3  es ahora, desde cierto punto de vista, un grupo más manejable, como un puerco espino al que le cortan las púas para poder cogerlo con la mano. En el caso de 6-3 cada púa es un chico, una chica;  y son cortados, desechados, para que pueda existir un asomo de normalidad, un mínimo de contacto civilizado. Y aún así no es fácil. Porque 6-3 es la piedra en el zapato. Los trece o catorce que quedan son jóvenes amansados, pero también seres cansados, perdidos, como entes. Son como náufragos sin memoria, moviéndose torpes entre los destrozos, sin luz, sin horizonte. Son chicos y chicas que, salvo unas pocas excepciones, saben que van a perder el año. A algunos no les importa. Vienen de perder dos, tres años;  perder otro les tiene sin cuidado. Quizás muchos de este resto de horror quieran desertar, pero no pueden, no los dejan, porque acaso son los que todavía tienen en casa un referente de autoridad. No obstante, se les ve en el rostro: son desertores potenciales.

Un día como hoy en 6-3, en este resto apaleado, se ve a una chica que todo el tiempo está con un bafle en la mano, escuchando música a un volumen poco sensato y, por tanto, hay que rogarle: “Bájele”. Se ve a otra chica aperezada, de momentáneos avivamientos y posteriores recaídas en el marasmo. Sus ojos parecen cansados, tristes. En los momentos en que reacciona, baila al compás de la música del bafle de la otra muchacha. Pero el baile no dura mucho y, en sí, es una cosa sin alma, extraviada. Otra chica se sienta en el piso, la espalda contra la pared. Va deslizando la espalda y acaba acostada en el piso, de lado, recogiendo las piernas en posición fetal. Al fondo del salón (pero este salón parece desfondado al infinito) tres chicos forman un grupito cómplice, un islote obnubilado en torno al celular que sostiene uno de ellos. Se ve a tres o cuatro que hacen la actividad. Las sillas vacías, empero, son las que más resaltan. Son los Johan, los Marlon, las Karen, las Mónica, y tantos otros que se fueron.                   

jueves, 4 de junio de 2020

Interiores, un filme de Woody Allen

Presenta unos personajes viciados por la opresión de las grandes ciudades modernas, cuyo más formidable emblema es Nueva York. Seres con trastornos psicológicos (Eve, Joey, Frederick, Renata) alternan con otros de naturaleza más firme (Arthur, Flynn, Mike, Pearl). Todos, sin embargo, sobrenadan en el burbujeante caldo de la desesperación y de la vida como trampa. Los supuestamente equilibrados accionan en un mundo donde el trabajo tiene un ácido gusto a evasión: el cine, la literatura, el arte, la jurisprudencia. El autor pone el dedo en la úlcera de una sociedad que arrincona al hombre, destrozando sus nervios, tornándolo carne de manicomio. Eve es una enferma mental. Su obsesión con la decoración, su carácter escrupuloso sintomatizan el morbo. Joey es la eterna insatisfacción, el perenne cabo suelto. Frederick es el escritor negado a la fama, lleno de frustración, cuyo magro destino lo reduce al oficio de crítico literario. Flynn es actriz. Mike, cineasta. Arthur, abogado. Un orbe de intelectuales, de profesionales, de gente realizada en lo económico. Aunque lo monetario no representa un problema (todos tienen ingresos seguros, unos más elevados que otros), la psiquis tiene averías. Queda el signo estremecedor del ser humano cautivo entre los tentáculos de la megápolis, víctima de conflictos maniaco-depresivos, inconforme, promiscuo, movedizo, viviendo a una velocidad vertiginosa, malgastando la vida en la darwiniana lucha por la supervivencia, dentro de círculos afectivos deteriorados. Woody Allen muestra el desconsuelo de las clínicas de reposo, donde Eve (que es cabeza de una familia dividida por los roles profesionales, y por el carácter, por supuesto) acaba siendo hospitalizada. Arthur y Eve tienen tres hijas: Joey, Flynn y Renata. Esta última es una escritora de renombre, lo que no la salvaguarda de los reproches y las dudas con respecto a la utilidad de su oficio. Arthur y Eve se divorcian cuando sus hijas ya están grandes. El divorcio, otra evidencia de una sociedad donde los valores están hechos añicos. Y el vértigo. El turismo cosmopolita es otra suerte de huída. Eve termina suicidándose, ante la imposibilidad de reconciliarse con Arthur, arrinconada por sus nervios (alcohol, pastas). Arthur se casa de nuevo, con Pearl. No faltan las escenas de adulterio (Frederick y Flynn traicionan a Renata, esposa del primero). Vidas incompletas, destinos desastrosos, ambientes enfermizos, en fin, el absurdo, el destazamiento del ser humano, es lo  que nos comparte el lente de Woody Allen.