viernes, 29 de noviembre de 2019

El hombre muerto (Horacio Quiroga)

Es la historia de un campesino (residente de misiones, en la ribera del río Paraná) que encuentra la muerte de manera imprevista, hallándose en pleno trabajo. Era al mediodía. El hombre limpiaba las calles de su bananal (empleaba un machete, era zurdo). Llevaba cinco calles; le faltaban dos. Decidió tenderse a dormir un rato, para, luego, seguir la faena. Al cruzar la alambrada, su pie resbala sobre una corteza desprendida y el machete se le clava en el vientre. La anécdota es simple. El campesino halla su fin. Mas el núcleo semántico del relato estriba en la pugna psicológica del hombre por aceptar que está muriendo. El autor hace una reflexión sobre cómo, durante la vida, pensamos en que un día llegaremos a morir, pero nunca estamos preparados realmente. Nadie conoce su hora. El único testigo del accidente, agonía y deceso del campesino es su caballo, atado a una esquina de la alambrada: "Malacara". En esa especie de abandono que preludia a la muerte, el hombre llega a pensar que todo es una ilusión, que solo está descansando, que el machete no está clavado en su vientre. El día es igual a los otros días. El muchacho que siempre pasa a las once y treinta con el correo para el puerto, acaba de pasar. Su mujer y su hijito vendrán dentro de poco a traerle el almuerzo. Él puede ver la casa, su casa, de techo rojo, desde donde se halla tendido. El bananal, el potrero, la vivienda, todo ha sido fruto de su esfuerzo, de su sudor, obra de sus manos. Se le hace increíble que en un día igual a todos se presente el fin. Nadie puede ayudarlo, ni "Malacara". Desde su terrible debilidad ve que su mujer y su hijito salen de la casa, que le traen el almuerzo.  

El fin (J.L. Borges)

Es la historia de un duelo protagonizado por Martín Fierro y un negro payador, en la llanura, ante la pulpería del inválido Recabarren. Siete años atrás, en otro duelo, Martín Fierro había matado a un hermano del negro cantor. Este llega luego a la pulpería y se enfrenta en un contrapunto donde pierde. Pero estuvo a la espera de la venganza de su hermano. Esperó a Martín Fierro. Su rasgar la guitarra y su figura inofensiva eran familiares en la pulpería. Una tarde cualquiera un jinete surge de la llanura, se acerca y se concreta en la figura de Martín Fierro. Tras breves y duras palabras, se trenzan en combate: poncho en el antebrazo, facón, toda la llanura y la luna para ellos. Recabarren presencia el fin. Primero Martín Fierro raya y marca la cara del negro; luego este hiere mortalmente a su enemigo, y Martín Fierro no se levanta más. El negro limpia en el pasto el facón ensangrentado y se va entre las casas. El ciclo de la venganza se ha reanudado. Ahora él es el otro. 

La siesta del martes (G.G. Márquez)

Es la historia de un hombre llamado Carlos Centeno Ayala, forastero que llega a un pueblo de la costa y, en una noche de invierno, intenta forzar la puerta de una viuda. Al oír ruido esta, que vive sola, se arma con un revólver arcaico y, atravesada de susto, dispara. Al día siguiente, frente a su casa, amanece el cuerpo sin vida de un desconocido. Se trata de un joven de apariencia modesta, un vagabundo, con cara de pasar necesidades. Es Carlos Centeno Ayala. Había sido boxeador aficionado, un llevaporrazos. Le faltaban todos los dientes. La madre y la hermana pequeña del difunto realizan un viaje en tren desde la población donde viven, para visitar la tumba del finado. Llegan a la hora del calor, en la siesta, en un clima ardiente y seco. Van directamente a la casa parroquial. Es gente humilde, digna. Piden al sacerdote las llaves del cementerio. Cuando salen rumbo al camposanto se dan cuenta de que todo el pueblo se ha puesto a curiosear la llegada de las forasteras.  

viernes, 15 de noviembre de 2019

Posamos

Posamos tristes, sombríos
para el ubicuo fotógrafo
que revelará nuestra vana gloria.
Posamos para retratos, para olvidos
de frente, de perfil, de espalda.
De cualquier modo nuestros ojos fulgen.
Somos pereza del tiempo, ocio del aire.
Posamos para permanecer en la huida.
Huida del color, de la sirena, de la mano.
Vértigo de aromas, sopor de siglos, brisa.
Todo nos da la espalda, nos da la sombra.
Posamos para la nube, para el niño.
El nostálgico fotógrafo recupera nuestros sueños
colorea nuestro mar, modela nuestro bíceps.
Pasamos a través de todos los ojos de todas las agujas
cual camellos volátiles, cual árboles aéreos.
Llegamos tan lejos, desafiamos tantos odios
que nadie podrá impedirnos reír algún día.