viernes, 15 de junio de 2018

Los judíos y el ajedrez

Dios y el hombre juegan una partida de ajedrez. Dios juega con las negras. Pese a la ventaja inicial, el hombre pierde la mayoría de las oportunidades, aunque, alguna vez, Dios le permite hacer tablas.

En este arte, Dios es el indestronable campeón, el Gran Maestro de todos los tiempos.

Legó parte de esta ciencia a los judíos. El ajedrez es de los judíos, así como la Promesa. Los judíos son el pueblo de la Promesa.

El Antiguo Testamento es una partida de ajedrez entre Dios y los judíos. El Pentateuco es la apertura; Jueces y Reyes son el juego medio; la Profecía y la Deportación son el final.

Jesús se asoma y echa un vistazo, como espectador, a la partida, pero no se le permite ir más allá. Jesús no juega ajedrez. Cuando más, fabrica el tablero y las piezas, porque es carpintero.

Es de todos sabido que los mejores jugadores de ajedrez de la historia, con algunas excepciones, han sido judíos. El judío domina la Cäbala, la Combinación.

El Holocausto puede entenderse como el odio de Europa por el genio de los judíos. El judío tiene la ciencia, la bendición. Las mentes más preclaras han sido judías.

viernes, 8 de junio de 2018

Antioquia pujante

El pudor me domina a la hora de hablar de esta Antioquia pujante. Un pudor que se acerca a la timidez, quizás a la indefensión. ¿Y ahora qué es lo que pasa con esta Antioquia pujante? Nada, que sigue pujando cual mujer que va a parir. Va a parir otro hijo. Un hijo de sus entrañas y sus anhelos. Un hijo de su absoluta predilección. Un varón. 

Porque Antioquia es una región de machos, así su nombre sea femenino. Por coherencia con esta potencia viril, debió llamarse Atlántico, Chocó, Nariño, qué se yo. Pero se la denominó Antioquia, la Grande, la que siempre ha soñado con llamarse Antioquia Federal. La que en su himno proclama la perfumada Libertad.

Antioquia, región de machos machos y de machos muchos. Esta es la Antioquia que desbrozó los montes y explotó las minas, que tendió puentes sobre los ríos y abrió trocha hasta el mar. Una Antioquia ufana del machete y la sotana, de los próceres y los deportistas. Esta es la Antioquia que puja porque va a parir otro hijo. Un hijo que nacerá bendecido y arropadito. 

Esta es la Antioquia Grande con su himno libertario, que induce a tratarla con respeto, y a veces hasta con timidez e indefensión. Porque es tan grande, tan pujante. ¿Qué puede sentirse ante estas montañas y estos ríos antioqueños? Montañas y ríos que han visto pasar y pasar la diáspora de la civilización, el progreso, la justicia y la paz?  

   


domingo, 3 de junio de 2018

Colombia no puede soñar


En Colombia no se puede soñar. Ante los sueños se levanta, como una pared infranqueable, un odio brutal. Los que sueñan son señalados, condenados. Contra ellos se lanza la oscura marea de la "razón". Una "razón" que ha prevalecido por años, que aspira a prevalecer como sea, desprestigiando y arrasando a las otras "razones" que pugnan por surgir. 

Hoy por hoy, el antagonismo de esas "razones" sale a relucir en cualquier coloquio. Un odio exacerbado se refleja en la voz de la "razón" que ha dominado por años. En el acto estallan calificativos violentos en contra de las "razones" que sueñan, y esa "razón" eterna  deja sentado que su "verdad" es la "Verdad". No puede haber otra. Menos la "verdad" que sueña.

Es apabullante la brutalidad de esa "verdad". Sus representantes son coherentes con la agresiva semiótica de su "razón". Al referirse a sus rivales, rabiosos, sentencian: "vamos a aplastarlos". Ya los han aplastado de mil maneras, no sólo en el lenguaje. ¿Qué otra cosa puede esperarse?

Pero a esa "razón" endiosada y que se cree todopoderosa, dedico la sencilla y lúcida frase que escuché a  un vecino: "Todo reinado tiene su fin". Y esto aplica, creo, para cualquier "razón", y sobre todo, para la altiva y virulenta  "razón" de los eternos.