domingo, 24 de diciembre de 2017

Plácido Domingo

Algunos datos sueltos de la biografía de este insigne tenor ibérico:

Nació en Madrid, en 1941, pero vivió en México desde temprana edad (sus padres, actores de zarzuela, género genuinamente español, se trasladaron a este país en busca de fortuna) y fue allí donde debutó en el mundo de la ópera. Le debe mucho a México: formación musical, amistades, amor, progreso profesional, etcétera. Aún así, siempre ha sido un incondicional de su España.

A eso de los dieciséis años dio un traspié de joven loco y se casó con una jovencita, de cuya relación quedó un hijo. Se separó de esta y más tarde volvió a casarse con la que sería la mujer de su vida y la madre de sus otros dos hijos: Marta Ornelas. Esta Marta también era cantante de ópera, pero abandonó la carrera musical para impulsar la de su esposo y estar al tanto del hogar.

Larga y exitosa ha sido su trayectoria de tenor, que lo ha llevado de un continente a otro, presentándose en los escenarios más linajudos: El Metropolitan de Nueva York, la Scala de Milan, el Covent Garden de Londres, la Opera de Viena, etcétera, Se ha codeado con Papas, presidentes, figuras del espectáculo. Además de la ópera, su voz  ha acogido  la canción popular (es muy conocida y bella su versión de La paloma), y también ha actuado en la televisión y el cine.

Ha interpretado casi todos los papeles de la ópera lírica y dramática. Es reconocido su interés en popularizar la ópera, que llegue cada vez a más gente, pues para nadie es un secreto que este género es elitista, las entradas son costosísimas.

Plácido ha sido un apasionado de los deportes, sobre todo del fútbol.  

martes, 12 de diciembre de 2017

Felicidad

Felicidad, la flor, es roja, rosa y blanca. Vistos de atrás hacia adelante, estos son los colores de los pétalos. Los de atrás son rojos, los que siguen mezclan el rosa y el blanco. Los pétalos son menudos y holgados, sueltos.

Una maceta con un ejemplar de esta planta reposa en una esquina del muro del patio, cerca al gabinete de las toallas y la lavadora. Toda visita al patio, sobre todo en las horas de luz, chispea maravilla por la sola presencia de esas flores, que por lo general la mata ofrece en escaso número.

El nombre de esta planta me lo suministró una señora que pasaba por el colegio vendiendo flores. Vendía una variedad de felicidad muy distinta a la de mi patio, más hermosa. La señora no volvió a pasar. Ahora suele pasar, los martes o miércoles, una señora, Marta, de Sopetrán, que vende tamarindo azucarado. Me hizo su cliente.

Pregunta por mí a los vigilantes en la puerta del colegio. Estos me llaman: “profe, lo necesita una señora”.

Salgo y es ella, una morena como de cuarenta y tantos, de escasa talla y un poco entrada en carnes. En seguida, por el color de la piel, uno se da cuenta de que es ribereña, de esas razas castigadas y bendecidas por el sol, en esas tierras donde abundan las frutas, entre éstas el tamarindo.


Con el tamarindo tengo una vieja deuda. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Guitarra

Mi práctica cotidiana de guitarra va por estos rumbos:

Comienzo con dos obras de Matteo Carcassi, el Andantino Grazioso y el Vals. Sigo con un Legatissimo de Jairo Enrique Restrepo y con Lágrima, de Tárrega. En seguida ataco  de nuevo a Carcassi, un Andante y Le Papillon, de Mauro Giuliani. A continuación toco la Oda a la Alegría, de Beethoven. Luego, dos obrillas de este servidor: Esperanzas y Melodía Número 2.

Prosigo con tres estudios, uno de Leo Brouwer, uno de Giuliani, otro de Carcassi, como introito  del Vals Venezolano, de A. Lauro, El Intermezzo Número Uno de Luis A. Calvo y el Preludio Criollo, de Rodrigo Riera.

Toco una progresión  que empieza con un CM7, y termino con algún segmento de Brisas de Cádiz, de Emilio Medina. Sólo un segmento, porque todavía no memorizo la obra completa. Estoy en eso, estudiándola.

Mi ejecución de estas obras es modesta, aunque en algunas, las más sencillas, he adquirido agilidad y algo de expresión. Las trabajo como complemento de la guitarra popular, porque mi objetivo primordial es la cantautoría. Sé que la técnica aprendida con este repertorio clásico se inervará poco a poco con  la guitarra popular.

Y así voy.