J.D. Salinger
(1919-2010). Escritor de Estados Unidos. De familia acomodada, su carrera como estudiante fue más bien irregular, pues no se adaptaba a las instituciones. (La irresponsabilidad con la academia y la rebeldía que demuestra Holden Coufield, protagonista de Un guardián en el centeno tiene resonancias autobiográficas) En su ascendencia se cruzan las raíces judía y alemana. Viajó a Europa patrocinado por su padre, un industrial, el cual quería que aprendiera algo relacionado con los negocios familiares. Salinger se dedicó a la escritura. Igual que Hemingway y otros escritores de su generación, enviaba cuentos a revistas y periódicos, hasta que sus relatos fueron aceptados y celebrados.
Su primera y quizás más famosa obra es Un guardián en el centeno, que publicó en 1951, cuando apenas contaba 32 años. Nueve cuentos es otro de sus libros, además de Frany y Zoe y Levantad carpinteros la viga maestra. En varias de sus obras aparece la familia Glass, de la que Seymur es el miembro más conspicuo (Levantad carpinteros, Un día perfecto para el pez banana).
Salinger refleja en sus escritos sus experiencias personales: la guerra, sus traumas posbélicos, su crítica de la sociedad, su aislamiento, su excentricidad. Se casó tres veces y dejó dos hijos. Seymur Glass es una especie de alter ego o personaje depositario del ser del autor.
Amaba la filosofía zen y las corrientes de pensamiento provenientes de Oriente, lo cual puede rastrearse en sus obras, en el cuento Teddy, por ejemplo, al igual que en Levantad carpinteros.
Recomiendo empezar la lectura de este autor con Un guardián entre el centeno, luego continuar con los Nueve cuentos y seguir con Frany y Levantad carpinteros.
También dejó un n¿buen número de cartas.
domingo, 21 de abril de 2013
sábado, 20 de abril de 2013
Teddy, por Salinger
Al final de este cuento hay una concepción sobre la educación, propuesta, precisamente, por Teddy, a petición de Nicholson, su interlocutor. ¿Qué piensa de la enseñanza un ser que asegura haber pasado por diversas encarnaciones, seguidor de Veda? Sus ideas pedagógicas van en contravía de los modelos en boga, de la Señora Lógica. Este Teodoro Macardle (Teddy) se las trae: "No empezaría con las cosas con que por lo general comienzan las escuelas"... "Reuniría a los niños y les enseñaría a meditar"... "Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son"... "Les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás"... "Les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana (la Lógica) que sus padres y todo el mundo les han hecho morder"... "Que empezaran con las verdaderas formas de mirar las cosas y no mirándolas como hacen todos los comedores de manzanas"..."Se necesitaría mucha meditación y vacío para recuperarlo todo, el conocimiento consciente (todo está ahí), pero uno podría hacerlo si quisiera, si se abriera lo suficiente".
Antes de morir, antes del final, Teddy postula y comunica a Nicholson, una especie de psicólogo, sus convencimientos sobre la educación. Todos sabemos cómo acaba el cuento: Teddy va sereno a su cita con la muerte, en la piscina del barco en que viaja con su familia. No tiene miedo. ¿Por qué habla precisamente sobre la educación, sobre el ser, antes de morir? Porque es un tema vital para la sociedad. Cuánto más para esa sociedad estadounidense, enferma, con tantos prejuicios, traumas y problemas. Es aterradora la seguidilla de atentados de psicópatas que vemos en las noticias. Un país de megalómanos y guillados. Quizás debido precisamente a lo que Salinger denuncia en su cuento Teddy: el sacrosanto monopolio de la Lógica.
Plenitud por la meditación, por la búsqueda del ser, es lo que propone Salinger en su cuento Teddy, una terapéutica, una curación por la reflexión, la introspección fecunda. Esto no vale sólo para los Estados Unidos, sino para todo este orbe desenfrenado, embrutecido, alienado, al borde del colapso. Teddy enfrenta sin temores la muerte, porque se sabe eterno, pero también quizás porque este mundo le parece demasiado estúpido.
Yo soy profesor. A diario siento resonar en mí las palabra de Teddy sobre los comedores de manzanas (los súbditos de la Señora Lógica, de los Lineamientos Curriculares, de los Planes de Estudio, de las Competencias, de los Diarios de Campo, de los Libros de Disciplina, de los Comités de Convivencia, de las Planillas de Notas). A diario medito que todo esto está mal encaminado, que es preciso hacer un alto y encauzar de nuevo los pasos. Quizás no sea posible, porque existen fuerzas contrarias demasiado poderosas y enemigas del cambio.
viernes, 19 de abril de 2013
Pierdes conmigo
Pierdes conmigo, sucio mercader,
porque yo regalo sones
mientras tú vendes acciones.
Pierdes conmigo y puede que envidie tu cielo.
Pero me importa más el infierno exquisito
De atisbar lo inexorable
De bordear el abismo del instante.
Pierdes conmigo, porque salgo avante en mi sueño
Mientras a ti te enreda el dinero.
Pierdes conmigo, aunque ganes millones,
Porque mi rédito es lo inmenso
Y aun más lo pequeño.
Pierdes conmigo, sucio mercader,
porque yo regalo sones
mientras tú vendes acciones.
Pierdes conmigo y puede que envidie tu cielo.
Pero me importa más el infierno exquisito
De atisbar lo inexorable
De bordear el abismo del instante.
Pierdes conmigo, porque salgo avante en mi sueño
Mientras a ti te enreda el dinero.
Pierdes conmigo, aunque ganes millones,
Porque mi rédito es lo inmenso
Y aun más lo pequeño.
Nunca imaginé ser profesor
Nunca imaginé ser profesor. De niño jamás soñé ser algo especial cuando fuese grande, ni siquiera futbolista, actividad (o juego) que tanto me gustaba. Respetaba a mis profesores, pero nunca fueron modelos a seguir, ni siquiera el de sociales, Jairo Morales, que era deportista, amistoso y que me caía tan bien. Nunca me imaginé siendo como ninguno de ellos, aunque, salvo dos o tres, no tenía motivo para censurar sus vidas. Había unos energúmenos, otros borrachines y mujeriegos, pero estos comportamientos a mí, chico de once o doce años, no me alteraban más allá de lo razonable. Quizás porque mi padre también era energúmeno, bebedor y mujeriego.
Jamás me imaginé ser nada. Sólo al finalizar la adolescencia y empezar la juventud tuve el firme convencimiento de que me gustaría escribir. No me decía: "quiero ser escritor", sino que pensaba que escribir era delicioso. Me matriculé en Español y Literatura creyendo que allí se estimularía mi tendencia a la escritura: qué chasco. Allí medio se forma en pedagogía, pero la dotación en literatura es escasa. Lo que no hicieras por tus propios medios...
Soy profesor de secundaria en un plantel oficial, pero mi inclinación primordial es hacia la literatura y, actualmente, hacia la música en su faceta de canción inédita. Soy profesor, y acaso hoy en día esto sea una de las cosas que no quiero ser, aunque me gusta enseñar. Batallo el aire embrutecedor de los colegios, pero no puedo afirmar que salga indemne. Mucha erosión, enervamiento y llaga han de haber causado todos estos años de este oficio tan ingrato. A veces me siento un loquero en medio de un arrebatado jaleo de alienados, y creo que yo soy un alienado más. Es de manicomio.
Soy profesor, lo que jamás imaginé ser, y que tal vez estaba escrito en los inevitables rollos del destino. Mucha gente tuvo sueños de niño, que se les cumplieron de grandes. Afortunados. En mí todo fue azaroso. Y lo sigue siendo. Aunque soy profesor, entiendo que dentro de mí habitan los sinos del mendigo, del asesino, del demente. Trato de sublimar en literatura estas vetas ocultas y oscuras del ser, iluminar las más transparentes.
Soy profesor, pero mis ratos más gratos no están en el colegio, en ese gran artificio social, sino en estos momentos en que escribo y toco guitarra y canto mis canciones. Están en la soledad. Si uno pudiera elegir por profesión la soledad y vivir de ello...
Es que mi vida es eso hace mucho tiempo: soledad. Una soledad amable, que habito con las presencias y voces de mi propio ser.
Nunca imaginé ser profesor. De niño jamás soñé ser algo especial cuando fuese grande, ni siquiera futbolista, actividad (o juego) que tanto me gustaba. Respetaba a mis profesores, pero nunca fueron modelos a seguir, ni siquiera el de sociales, Jairo Morales, que era deportista, amistoso y que me caía tan bien. Nunca me imaginé siendo como ninguno de ellos, aunque, salvo dos o tres, no tenía motivo para censurar sus vidas. Había unos energúmenos, otros borrachines y mujeriegos, pero estos comportamientos a mí, chico de once o doce años, no me alteraban más allá de lo razonable. Quizás porque mi padre también era energúmeno, bebedor y mujeriego.
Jamás me imaginé ser nada. Sólo al finalizar la adolescencia y empezar la juventud tuve el firme convencimiento de que me gustaría escribir. No me decía: "quiero ser escritor", sino que pensaba que escribir era delicioso. Me matriculé en Español y Literatura creyendo que allí se estimularía mi tendencia a la escritura: qué chasco. Allí medio se forma en pedagogía, pero la dotación en literatura es escasa. Lo que no hicieras por tus propios medios...
Soy profesor de secundaria en un plantel oficial, pero mi inclinación primordial es hacia la literatura y, actualmente, hacia la música en su faceta de canción inédita. Soy profesor, y acaso hoy en día esto sea una de las cosas que no quiero ser, aunque me gusta enseñar. Batallo el aire embrutecedor de los colegios, pero no puedo afirmar que salga indemne. Mucha erosión, enervamiento y llaga han de haber causado todos estos años de este oficio tan ingrato. A veces me siento un loquero en medio de un arrebatado jaleo de alienados, y creo que yo soy un alienado más. Es de manicomio.
Soy profesor, lo que jamás imaginé ser, y que tal vez estaba escrito en los inevitables rollos del destino. Mucha gente tuvo sueños de niño, que se les cumplieron de grandes. Afortunados. En mí todo fue azaroso. Y lo sigue siendo. Aunque soy profesor, entiendo que dentro de mí habitan los sinos del mendigo, del asesino, del demente. Trato de sublimar en literatura estas vetas ocultas y oscuras del ser, iluminar las más transparentes.
Soy profesor, pero mis ratos más gratos no están en el colegio, en ese gran artificio social, sino en estos momentos en que escribo y toco guitarra y canto mis canciones. Están en la soledad. Si uno pudiera elegir por profesión la soledad y vivir de ello...
Es que mi vida es eso hace mucho tiempo: soledad. Una soledad amable, que habito con las presencias y voces de mi propio ser.
lunes, 8 de abril de 2013
Entre la literatura y la música
Ahí va mi vida: entre la literatura y la música. Por estos días soy más música, más guitarra y canción inédita, creo. Aunque no puedo afirmarlo categóricamente. No dejo de escribir, de afilar la pluma. Por estos días acabé una novelita: Las cenizas de Santiago, que trata de una mujer en busca de los restos de su padrastro: los encuentra, tras un viaje a una región maleada por la violencia, y les da sepultura. No he vuelto sobre ella. Quedé fatigado con la escritura, aunque no es un texto extenso. Es que adelantaba otros escritos al mismo tiempo.
La música, la guitarra, la canción inédita: veremos en qué acaba todo eso. Sí, he soltado una migaja, aflojado lo de la escritura, en beneficio de la música, que me ha atrapado. Por ahí leí a un escritor mexicano que afirmaba que prefería triunfar como padre que como escritor. Es cierto: la literatura no puede privarnos de las cosas elementales, aislarnos en una torre de cristal, convertirnos en monstruos, seres insociables. En este sentido tomo mi afición por la guitarra y las canciones inéditas. La música es muy grata, y no quiero perder la ocasión de explorarla, de deleitarme con ella. Un instrumento como la guitarra es todo un mundo, vasto como una novela. Componer y cantar es algo delicioso.
Podría decir, parafraseando al autor mexicano, que prefiero triunfar como cantaautor que como escritor. De hecho, mis pretensiones en literatura son modestas: Un buen libro de cuentos, que ya escribí y fue publicado, además de laureado; publicar un buen libro de poemas y una novela, es lo que me resta. Ya los tengo escritos, inéditos.
En música mis pretensiones también son austeras: si la suerte lo permite, dar recitales con mi guitarra en recintos pequeños. Por eso trabajo.
Ahí va mi vida: entre la literatura y la música. Por estos días soy más música, más guitarra y canción inédita, creo. Aunque no puedo afirmarlo categóricamente. No dejo de escribir, de afilar la pluma. Por estos días acabé una novelita: Las cenizas de Santiago, que trata de una mujer en busca de los restos de su padrastro: los encuentra, tras un viaje a una región maleada por la violencia, y les da sepultura. No he vuelto sobre ella. Quedé fatigado con la escritura, aunque no es un texto extenso. Es que adelantaba otros escritos al mismo tiempo.
La música, la guitarra, la canción inédita: veremos en qué acaba todo eso. Sí, he soltado una migaja, aflojado lo de la escritura, en beneficio de la música, que me ha atrapado. Por ahí leí a un escritor mexicano que afirmaba que prefería triunfar como padre que como escritor. Es cierto: la literatura no puede privarnos de las cosas elementales, aislarnos en una torre de cristal, convertirnos en monstruos, seres insociables. En este sentido tomo mi afición por la guitarra y las canciones inéditas. La música es muy grata, y no quiero perder la ocasión de explorarla, de deleitarme con ella. Un instrumento como la guitarra es todo un mundo, vasto como una novela. Componer y cantar es algo delicioso.
Podría decir, parafraseando al autor mexicano, que prefiero triunfar como cantaautor que como escritor. De hecho, mis pretensiones en literatura son modestas: Un buen libro de cuentos, que ya escribí y fue publicado, además de laureado; publicar un buen libro de poemas y una novela, es lo que me resta. Ya los tengo escritos, inéditos.
En música mis pretensiones también son austeras: si la suerte lo permite, dar recitales con mi guitarra en recintos pequeños. Por eso trabajo.
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