viernes, 22 de enero de 2021

De apóstatas

Rechina; feo ese sonido, de una superficie repelente a un objeto repelido, la pizarra y la tiza; ingrato al oído, hiriente; rechina la tiza contra la pizarra; acaso se deba a la grasa, esa falta de agarre, ese rechazo; uy, profe, suena feo; a cuánto adormilado alumno  despierta, todavía con el calor de las cobijas en el cuerpo, legañas en los ojos, aletargados músculos, pereza de escribir; y a buena hora se le ocurre chillar a esa tiza; puede que hasta el profe lo haga adrede; quizás solo se trate de rebeldía de la tiza que, además de rechinar, a veces se parte, se despica, como si se negara a plasmar pizarradas de información, teorías, conceptos, números, fórmulas, la liturgia escrita, encalada, el blanco y desmigajado fantasma de la civilización, el gimiente espectro de la ciencia, el coco que espanta a los críos; y ese rastro borroso, esa mancha lechosa extendida en la pizarra, el palimsesto de tanta tiza, de tanta escritura; la pizarra se desgasta, se torna grasienta, repele a la tiza; la tiza ya no escribe en esa enorme y vertical página verde, negra, el tablero; ya no escribe, resbala, se despica; el residuo de la tiza, polvo en el piso y en la mano del catedrático, rastro lechoso en la pizarra, amén del volátil corpúsculo llevado por el viento, esparcido por la etérea y vasta pizarra del universo; la tiza nevando la barba de Dios, ese redomado fisgón; uy, profe, no haga rechinar la tiza de ese modo, fastidia el oído, electriza la piel, despierta a las falenas recogidas en su sueño diurno; ahí va la mariposita, espantada por el chirrido de la tiza; la mariposita del conocimiento o del odio al conocimiento; hay no poca arrogancia en ese desvelo de la tiza, en ese gesto pontifical, en esa sacralización de la teoría; cuántas pizarradas al día, borre y vuelva a llenar, en la ciudad, en el país, en el mundo; un ejército aplicado, en el despliegue milimétrico de una acción; la estrategia está bien montada; reunid a todos esos críos y heridlos allí donde es preciso, no dejéis títere con cabeza; es lo que hace el diligente oficialillo que maniobra la tiza, un hermano de la orden, un soldado de la entente; llave perfecta, la tiza y la pizarra, y el acucioso profe vomitando su lección; pero, por qué ha de chirriar tan feo la tiza, como si le torcieran el pescuezo; o es la pizarra la que chilla; el chillido es mutuo; o así es que le hace el amor la tiza al tablero, desollándole la piel, provocándole alaridos; atiza la tiza su chorro de semen; la pizarra queda preñada, a su debido tiempo pare ticitas; lo que la pizarra parió, buen título para un tratado; locura, esquizofrenia, todos los males de la vapuleada conciencia; el polvoriento fantasma, esa otra vía láctea del tablero, la mancha de semen; la arrechera de la tiza, copulando a diario con el tablero, metiéndosela toda, su blancuzca y ahusada polla; tenían un poco más de decencia los profesores que se negaban a usar la tiza, que enseñaban perorando, complacidos en el coloquio, esgrimiendo la excusa de la alergia a la tiza; tal vez era solo que evitaban deslucirse el vestido, porque esa tiza sí ensucia; ¡sucia tiza!; una cagada, en definitiva, la tiza; la gran cagada; el profesor llega prisiento con sus ganas de defecar, y defeca en el tablero; muy simple, saca una tiza de su angelical bolsita y se caga en el tablero; ese es el misterio de hoy, el evangelio según el putas; esa blancura es sospechosa; sepulcros blanqueados, así los llamaba el rabí; oh, iletrado rabí, azote de los escribas y la fariseica prole; los que abjuraban de la tiza, predicaban cualquier otra tontería; todos tenían ese aire de misión, de elegida brigada que librará al hombre de las sombras de la ignorancia; iluminados, en fin; ellos escribían en blanco en la pizarra, mientras él escribía en negro en su cuaderno, que llevaba a lápiz; mientras ellos blanqueaban pizarras, él oscurecía la hoja; era su apostasía;                   

martes, 12 de enero de 2021

Tus primeros libros

Como ya trabajabas de profesor y ganabas los pesos, te dabas el lujito de comprar tus primeros libros, un diccionario. Era el instrumental del oficio, el germen de tu biblioteca. Los cuentos de García Márquez, un Larousse, los poemas de Neruda, Carta al Padre. Ahora ya no vendías en la Anticuaria los libros de la casa, los que tu papá sacaba en el Círculo de Lectores. Aquella época de jovenzuelo travieso era cosa del pasado. Al dueño del billar había ido a parar, en metálico, buena parte de aquella sabiduría dilapidada. Parecía una bofetada del destino, una cara enseñanza, que lo que antes malbaratabas, ahora lo adquirieras con sudor. Pero no te pesaba esa condición de castigado. A lo hecho, pecho. Un tanto al desmaño, te ibas haciendo a tus libros, los que te acompañarían por años, a lo largo de las mudanzas de una a otra casa. Tu primer improvisado anaquel fue la parte de encima del chifonier y la pared, allí se fueron escalonando tus iniciales volúmenes, al lado de las enciclopedias compradas por tu papá. Era el cuarto que compartías con tus hermanos, donde apenas había espacio para diferenciar una personalidad, mas se hacía lo que se podía. Corriendo el tiempo, sentirías una especie de enternecimiento y gratitud con respecto a esta experiencia. Cómo un joven individuo, abocado de improviso a la profesión de maestro, haciendo caso omiso a las facetas ingratas de su labor, se pertrecha con la literatura que le gusta e instala ese rudimentario arsenal en medio de un campo hostil. Porque tus hermanos miraban con extrañeza todos esos libracos. Fuera de que les escamoteabas espacio en el chifonier, te dabas ese tonito de superioridad. Y ese recelo acaso se extendiera a tus padres. Ah, es que ahora eras profesor, sí, pero no por placer. Lo que anhelabas era escribir, aislarte en una pieza y dar a luz una historia. Eso, para ti, era más que ser maestro. Eso remitía a otra esfera, a un cielo azul donde, de súbito, brilla una estrella. Y tú querías guardar en ti el resplandor de ese cielo, la fogosidad de ese astro. Sí o sí, tenías que trabajar para sostener los gastos de la universidad. Tu papá no daba abasto con la economía doméstica. Si la vida te ponía delante el trabajo de profesor, bienvenido, tampoco ibas a echar pestes. Sin embargo, ahí estaban en tus manos los cuentos de García Márquez y la Carta al padre, obtenidos mediante un caballeroso canje con la existencia, consistente en deslomarse dictando clase toda una mañana, para merecer el sosegado disfrute de una hora de lectura echado en la cama. Esto último tenía más valor para ti que la dignidad social del maestro. Amabas más ese aire de transgresión que respirabas en el solitario acto de la lectura. Eso que manaba de Eva está dentro de su gato, por ejemplo, era más fecundo y más pleno que una explicación sobre el sustantivo y sus clases. No había comparación. Eran tres mil años de historia. La mujer, que es nuestra madre Eva, contándonos su vida a través del suplicio de la belleza y del juego de las encarnaciones. Ella va a tomar la forma de un gato, será un gato, pero odiará comer ratones. Impondrá al gato su sensibilidad de mujer. Preferirá el jugo de una naranja alimentada por la cal de los huesos de un niño. Que un muchacho de veinte años escribiera así, te dejaba impresionado. Porque esa es la edad que García Márquez tenía cuando escribió esos cuentos: La tercera resignación, La otra orilla de la muerte, Eva está dentro de su gato, Amargura para tres sonámbulos, Diálogo del espejo, Ojos de perro azul, La mujer que llegaba a las seis, Nabo el negro que hizo esperar a los ángeles, Alguien desordena estas rosas, La noche de los alcaravanes, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Un joven de veinte años, tal vez menos, enfrentándonos a La tercera resignación. Era un mundo que te llegaba fácil, que te recreaba la infancia, porque tú también venías de esas visiones, porque tu papá también era telegrafista, porque tu abuela, en su rancho de cañaflecha y palma, relacionaba el revuelo de una mariposita amarilla con la irrupción de una visita o un suceso feliz.