miércoles, 25 de marzo de 2020

Pablo Casals y la disciplina del estudio


Cuando tenía noventa y cinco años, el maestro Pablo Casals vivía en Puerto Rico. Los que lo visitaban en esta época, lo encontraban dedicado al estudio  de la obra Sueño de una noche de verano, de Mendelsshon. Se cuenta que, pese a su avanzada edad, a su natural desmedro físico, era un anciano vital y alegre. Amaba la música a tal punto que jamás perdonó a un músico que una vez hizo un comentario de mal gusto sobre ella. Toda la vida recordó con desagrado la salida de tono de este colega.

Pablo Casals conquistó al mundo con la magia de su violoncelo. Consagró toda la vida a la música. Sus datos biográficos no vienen mucho al caso al propósito de estas líneas. Sin embargo, anoto la capsulita de que, a los ochenta años, se casó con una muchacha de veinte. Anoto y apruebo su elección de buscar, en sus últimos años, el aire paradisíaco del Caribe. 


El afán de estas líneas consiste en encomiar el amor al estudio, la disciplina que conduce a la perfección, la constancia que lleva a la maestría. Pablo Casals hacía gala de estas virtudes. Con décadas de distancia, siento el mismo asombro  que experimentaban los admiradores que lo visitaban en aquel tiempo en su morada caribeña. Un hombre casi centenario, de limitado vigor físico, seguía consultando los arcanos, sondeando el mar de las maravillas. A los  noventa y cinco años, invocaba la luz de Mendelsshon en El sueño de una noche de verano.      

domingo, 1 de marzo de 2020

Tres textos


La gata

Otra vez la gata en la cabecera de la cama, acurrucada en la almohada y la cobija. Lo mismo que anoche, cuando Gustavo tuvo que cargarla y llevársela. En esta ocasión Gustavo no estaba. Me pareció mucha descortesía con la gata, que por segunda noche consecutiva me hacía los honores ofreciéndose a dormir conmigo. No, no iba a ser tan ramplón. Así que la dejé tranquila en la cabecera, dueña del lecho, y dormí en la cama del lado, tras desembarazarla de mi morral, mis ropas, mi guitarra. Fui al closet por una cobija y solucionado el problema.

La presencia de la gata mantuvo tranquilos a los ratones, quienes se cuidaron de armar el alboroto de la noche anterior. Hasta que amaneció estuvo la gata allí. Un gran rato la sentí bañándose, lamiéndose con la lengua, a conciencia. Ya clareaba cuando la e abrí la puerta y salió. Volvió al rato. Me di cuenta de que no había podido escabullirse al patio porque todo estaba cerrado, nadie se había levantado. Los domingos doña Juana  se apereza en la cama hasta las nueve. José tampoco madruga. Ven la misa en la tele, acostados, cada uno en su lecho. Abrí la puerta y la reja del estudio y la gata se escurrió por allí.   

En mi gaveta 

En mi gaveta guardo una transparente bolsita plástica con las banderitas tricolores que obtuve en el colegio por izar el pabellón patrio como mejor estudiante del grupo. Guardo los carnés consecutivos de los distintos grados del bachillerato, las "metamorfosis" fotográficas de mi rostro a través de los años. Guardo el esqueleto  disecado de una estrella de mar, cuya forma me recuerda a un hombrecito de pie con los brazos abiertos y la cabeza en punta. Guardo una copia en hojas de bloc y encuadernada de Tribulaciones de un Punkero, una novela de Jhony Barrientos, un amigo de la universidad. Guardo un potecito en cerámica, pintado en gris y con un adorno en relieve de caparazones marinas, obsequio de un alumno en mis inicios de maestro, en cuyo asiento, del lado externo, escribí con lapicero negro: "Juan Alejandro Gutiérrez, Nov. 1/90. Colegio de la Salle". Guardo un pedazo de corteza del tronco de uno de los tamarindos del patio de mi abuela, árboles abolidos. Guardo tres monedas no tan antiguas, dos de Estados Unidos, de 25 y 5 centavos respectivamente, ambas con la leyenda "In God we trust"; la otra es cubana, de diez centavos, del año 2000, ornada con una imagen del "Castillo de la fuerza".          



Tomás

Se cuela al estudio (aunque cada vez somos más condescendientes y cariñosos con él y lo suyo ya no es colarse, es ser bienvenido) y se atreve hasta la terraza, donde se echa a calentarse. Si uno abre la puerta que comunica el estudio con la terraza, lo ve allá, sobre el deslucido tapete (la intemperie desluce todo), echado a su antojo, gris y blanco, más gris que blanco, gris y flaco, el amigo Tomás. Cuando se cansa en la terraza, se desliza a la sala de grabación (se supone que hemos abierto la puerta de la terraza o al menos dejado una hendija por donde Tomás entre) y nos acompaña un rato. Perezoso, dormiletas, sobre el sofá o el estuche de mi guitarra, se recoge en sí mismo y asiste a nuestro querer hacer música, a nuestro estar allí por horas tejiendo una canción.

A Tomás dediqué mi canción Edad, porque él estuvo allí durante la grabación, echado en el sofá, a mi lado, su cabeza recostada en mi mano. Edad, mi canción, le debe algo a Tomás, el gato escuálido, el gato gris, el gato amigo: quizás la atmósfera de tristeza y eternidad que manan mis versos. Se cansa de estar en la sala de grabación y le abro la puerta y se va  en busca de los otros espacios de la casa, espacios donde están el cuido y el agua, donde está Milton, su dueño, que también es músico y cantante. Así que Tomás vive en la Casa de la Música. Y así será recordado. El Gato de la Casa de la Música. Nuestro amigo.

Se cuela en mi recuerdo, hoy que estoy ya en mi casa, en mi espacio de escritor, y lo ato a mis ficciones, a mis desvelos, a mi tiempo de palabras y silencios , de búsquedas y encuentros.