miércoles, 17 de enero de 2018

Las gatas de la casa

Son dos, Elena y Maya. Elena tiene dos años (años humanos), Maya uno y medio. Elena es gris y blanca, Maya, blanca, negra y marrón. La más traviesa es Maya: le apodamos "Terremoto" y "Papeleta". Ama la calle. Cada día, con sus maullidos, nos pide que le demos el recreo en la acera, la zona verde y en ocasiones más allá... porque, a veces, la atrevida suele escaparse más allá...

Elena es tranquila, un poco soñolienta, a la vez dependiente y desapegada, en la medida en que en veces se aísla y, en veces, busca nuestro calor, por ejemplo, cuando, en la noche, se sube a nuestra cama y duerme a nuestros pies. Maya no es así, duerme donde puede, en ocasiones en el sofá de la sala, otras oportunidades con Mariana, que es su ama, su "mamá". Por regla general, Maya es la primera en estar en la sala cada mañana, pendiente de la calle, asomándose a la ventana.

A Elena también le gusta la calle. No tarda en sumarse a Maya cuando les abrimos la puerta y, en veces, también da maullidos suplicantes. Ya afuera, no es tan díscola como Maya. Se mueve en un área reducida (nuestra fachada, escaleras vecinas, la grama, cuando más trepa a un árbol) y siempre obedece al llamado a entrar, que suele ser, amén de la voz, sonoras palmadas al aire.

A Maya es más arduo hacerla entrar. Se escapa. Hay que perseguirla, atraparla, traerla cargada, refunfuñando, aplicándole "la máquina" (sujetar fuerte la piel del cuello, halándola, tortura necesaria). La descarada repulsa y, en ocasiones, propina arañazos.

Sin embargo, las dos son un amor, el encanto de la casa. Con su carácter distinto, con sus colores "personales", con su compañía cotidiana, tornan más grata la vida familiar, la irisan con una magia indescriptible.

Gracias, Elena; gracias, Maya.  

lunes, 15 de enero de 2018

Estudio

Dedicas una hora a pasar revista a tus libretas, sin saber a ciencia cierta qué es lo que buscas. Es en la madrugada, con un frío que cala los huesos y el alma, porque al estudio entran corrientes de aire. Una hora, quizás un poco más, trajinando tus libretas, inquiriendo en tus apuntes, leyendo fragmentos de vidas, de historias.

La página en blanco aguarda en la pantalla del computador encendido. Pantalla (hoja en blanco) que se oscurece cada cierto tiempo y que vuelve a su naturaleza cuando tocas el cursor. Hoja en blanco que aguarda la continuación de la escritura, un episodio más enhebrado a la historia.

Tardas en hallar lo que buscas. Tal vez porque no buscas nada concreto, así Margarita la de Ituango y Jhon Jairo el de Concordia reincidan en los apuntes encontrados. Una joven pueblerina, un policía. La repetición de estos nombres en tus apuntes acaso quieran dar una pista, un sendero por el que transitar.

Piensas que la hoja en blanco de la pantalla acogerá a Margarita, a Jhon Jairo, porque la lectura de los apuntes te ha predispuesto hacia ellos. No es así. Cuando al fin empiezas a signar la hoja en blanco, es otro personaje quien toma carne: Casandra.

Así de misterioso es el estudio.